El gran sueño, de F. Scott Fitzgerald

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El gran sueño, de F. Scott Fitzgerald

Eran los años de una profunda y desconocida transformación del tejido social, tal vez la más extensa y compleja de todo el siglo XX. Por ahí andaba ese mundo de la primera posguerra cientificista y mecanizada de la historia. El pulpo de la Sociedad de Naciones, la épica movilización humana que alteró el Imperio Ruso con la URSS, los New Rich del nuevo y devorador imperio americano o la Alemania no muy derrotada buscando su estabilidad en la República de Weimar y un país aluvial, la Argentina, que se convertía en la quinta potencia mundial y, progresivamente, en la metáfora de sí misma. El progreso queda lejos de la vieja Europa.

En ese lodo va tomando cuerpo una incipiente y autodestructiva “Generación Perdida” de los años 20, que tiene en F. Scott Fitzgerald, ese muchacho de Saint Paul, Minnesota, uno de los más lúcidos exponentes.

Era, según dicen, un tipo inteligente y divertido, con una visión tan aguda de la realidad que estaba dispuesto a volar alto bajo la excitante música del jazz.

Empezó a crecer bajo el ala de los suplementos literarios de los periódicos más vendidos de Nueva York, donde publicaba sus cuentos. Luego, en 1918, sería llamado a las armas y ese acontecimiento se convertiría en un espejo donde se reflejaría casi toda su obra literaria.

Al igual que el inolvidable Jay Gatsby, de traje militar acudió a una de las fiestas más reputadas del este, en el Country Club, donde conocería —al igual que su personaje— a quien sería el amor de su vida: la loca y millonaria Zelda Sayre.

Si el mundo conocido hasta entonces se derrumbaba sin remedio bajo las piernas desnudas de las nuevas generaciones de muchachitas y de conceptos como “Proletariado” o “Clases sociales”, el joven F. Scott Fitzgerald se convirtió en un cronista avispado de ese gran cambio en tiempo real. En gran parte de su obra reflejó con talento y una prosa ágil, y por momentos poética, la irrupción del gran sueño americano en la mente de los muchachitos de posguerra. Un sueño, se entiende, comprado a base de la incalculable riqueza de esa nueva y confusa clase social que compartía camarotes, hoteles y cenas majestuosas junto a las viejas glorias de una aristocracia reacia a perder sus privilegios.

Esas son las caras que pululan por los libros Scott Fitzgerald. Y esa es, justamente, la tragedia que refleja, la inagotable sed del imperio que reclama su reconocimiento en la sociedad mundial, al igual que El gran Gatsby, a base de las frígidas luces que como un faro atraen a las polillas de esa aristocracia en decadencia. Acaso porque todos quieren verse reflejada en ella.

Pero, si cabe, a diferencia de quienes se propusieron retratar el paisaje que los rodeaba, F. Scott Fitzgerald se convirtió en el paisaje mismo y, como tal, en un personaje más del County Club de Montgomery, que lo lanzó, como dice Manuel Vicent, a “una aventura estética atormentada, llena de lujo, maletas y viajes detrás del éxito”.

Los “Locos Años 20” se digerían, entonces, con las aceitunas en los martinis en viajes sin escalas entre la Costa Azul y Long Island, con noches que no terminaban nunca y uno podía convivir sin sonrojarse entre gangsters y actores y artistas de la talla de Picasso o de Hemingway. Y entre todo eso, a veces, escribió un libro.

Tanto él, como Zelda, eran sus propios personajes de ficción que en la opulencia del dinero se dispusieron a inmolarse en un entorno de extrema frivolidad que, empero, los aislaba cada día más. Así se pasaba la vida entre los salones del Ritz, bailando con gente vana y torturada por su propio desprecio, siempre tan atentas a sacrificarse por un código social que los martirizaba y les negaba el amor verdadero. Como le dice Gatsby a Tom Buchanan, aquel racista y perverso esposo de Daisy: “Nunca le ha amado, ¿me oye? Se casó con usted porque yo era pobre y se cansó de esperarme… Fue una terrible equivocación, pero en el fondo, no ha amado a nadie más que a mí”.

Las cosas para Fitzgerald subyacen en el fondo, en esa capa del inconsciente donde solo se llega con litros y litros de alcohol para remover los sentimientos más duros del ser hasta que las resacas vuelven a acomodar los sentidos y la noche, como cada noche, vuelve a empezar. Nada se rompe. Todo sigue igual.

Finalmente así se apagan las luces. El sueño americano, interpretado por Fitzgerald, como aquellas impolutas y lujosas fiestas en la mansión de Gatsby cuyo único sentido es atrapar la atención de Daisy —y de todo una clase social—, termina estrellado contra sus propios fundamentos. El sueño no existe, o dicho de otra manera es superficial y Gatsby, y todos, seguimos pagando “muy alto precio por haber vivido demasiado tiempo con un solo sueño”.

Hay cosas que el dinero no puede apropiarse: un pasado “decente”, un buen apellido o la pertenencia a una clase. ¿Quién es Gatsby? Nadie. Y por lo tanto nadie vuelve a su mansión de Long Island donde las luces se veían desde el otro lado de la bahía. Allí es velado en la más absoluta y despreciativa soledad: es el lugar que le reserva el tiempo a los que no tienen historia.

También eso anticipó Fitzgerald que en 1940, recluido en un cubículo de la Metro de Hollywood, murió escribiendo unos guiones que jamás se rodarían. En su epitafio, junto al amor de su vida y compañera de tantas noches, dice: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacía el pasado”. La última frase de El gran Gatsby.

Comentarios

  1. Paloma Benavente

    20 julio, 2011

    Me encanta la elegancia con la que Fitzgerald retrata los paisajes de la Costa Azul y esos personajes que van por la vida como de puntillas, sin mojarse por nada ni por nadie. Ni siquiera por ellos mismos.

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    Felipe Ferrante

    10 agosto, 2011

    Yo sólo ví la película y me encantó, por lo que cuentas no es muy diferente en argumento al libro…me imagino que en forma sí. En la película me pareció muy interesante el punto de vista del narrador, un amigo de Gatsby…me pregunto cuanto habría de este narrador en Fitzgerald y cuando de lo que le hubiese gustado ser en el personaje de Gatsby.
    El artículo es impecable.

    Felicidades.

  3. Felipe Ferrante

    21 agosto, 2011

    Me terminé el libro. La frase final de la historia, después de ese desalentador viaje, es el colofón de cierre de una grandisima novela. La impotencia se mezcla con la nostalgia…a la deriva seguimos siendo quienes eramos y de nada sirve nadar contra esa corriente. Aún así como lector me quedo con las últimas palabras que Nick le dirige a Gatsby: “¡Son asquerosa gentuza…Tú vales más que todos ellos juntos!”

    Quizás en un mundo imperfecto e injusto lo único que le queda Gatsby es que alguien le recuerde como el “Gran”, el que hizo así mismo. Que alguien le recuerde con justicia.

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    Nicolas Mattera

    21 agosto, 2011

    Me gusta esa reflexión.
    Tuve la misma sensación de vacío y a la vez de hermetismo: cuando las luces se apagan somos lo que somos, por suerte o por desgracia. El único personaje 100% autentico, aún con su tapadera, es Gatsby y como tal termina como termina.
    Que a nadie se le ocurra mover el avispero de esa clase privilegiada y mucho menos desde adentro. Que todo sigo como hasta ahora, podrido y repodrido, pero siempre es mejor eso que mostrar lo que realmente somos!

    Celebro esa lectura, don Felipe!!

  5. Profile photo of Paloma Benavente

    Paloma Benavente

    28 agosto, 2011

    Ayer vi la película, con Mia Farrow y Robert Redford. ¿Quién puede amar a esa mujer idiotizada -y consciente de ser tontita- que da como excusa en la escena final: “lo siento, querido, intenté llamarte pero he estado muy ocupada con la nueva casa”?
    A ese matrimonio únicamente le interesa el dinero, y cuando se juntan con alguien de abajo es para destrozarlo. Ya tuvieron que huir de Chicago por “una cana al aire” y ahora, de Long Island. Van sembrando la muerte y la desolación a su paso.

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