Me encantan las fiestas de la clase alta. El comportamiento de la gente intentando ser natural produce el efecto contrario. Parece que les han pintado sobre un fondo de jardín. Rígidos en sus poses y mesurados en sus comentarios se mezclan en el lienzo de la escena como tonos monocromáticos y aburridos. Si te acercas a alguno de eso grupos alguien te presentará comentando tus títulos y logros. Después se comenzará con la fase que he tenido a bien llamar: “hablemos de lo evidente”. Una suerte de impresiones son lanzadas desde cada uno de los componentes de dicha fiesta sobre cuestiones evidentes de dominio público. Cada comentario es más evidente que el anterior. “Que buen día hace”, “sí que lo hace”, “esta época es lo que tiene”, “menuda temperatura”, “las nubes son blancas, el cielo es azul, me visto en Armani, ¿dónde coño te vistes tú?”.
Uno empieza a rebotar de grupo en grupo intentando meter baza y riendo sin ganas de ocurrencias mediocres. A veces una copa caída nos hace girar a todos la cabeza para mirar en esa dirección. Hoy no he comido porque sabía que había cóctel. Además estoy sin un duro. Intento cubrir mis necesidades básicas por la patilla de fiesta en fiesta. Empieza a salir la comida mientras me voy posicionando para pillar cacho. Me acerco al grupo más cercano a la cocina que es de donde salen los camareros con la bandejas. Soy prudente, pregunto algo de dominio público mientras doy por hecho que soy tonto del culo. Como allí nadie sabe de qué hablar, después de la pregunta tienes a unas ocho personas contándote la misma cosa treinta veces. Yo aguanto como un campeón hasta que llegan los hojaldres. Mala suerte, los saladitos están correosos como el chicle. Me he metido el primero hace diez minutos y todavía tengo masa en la boca. Salen las croquetas y pruebo suerte, me quemo el paladar con la besamel caliente. Aguanto, disimulo mientras me habla no sé quién de no sé cuántos y le digo a todo que sí con la boca hueca y salivando. Pido vino mientras alargo la mano entre las cabezas con recato para que no se note que tengo más hambre que el perro de un ciego. Brochetas, calamares y medallones de solomillo al foie se alejan de mi encuentro mientras miro por encima de las cabezas y sigo sonriendo como un idiota. Asiento, peloteo y complazco a mi alrededor mientras degluto con mesura, disimulando mi ansia.
Al principio nos hizo gracia a todos y yo mismo contemplaba la escena como en un sueño. Un chucho pequeño con un lazo en la cabeza se frota contra mi pierna indecorosamente. Es el chihuahua de la marquesa, anfitriona del evento. Sutilmente y sin ser descortés agito al principio suavemente la pierna mientras noto que el animalito se pone cada vez más cachondo. Sin dejar de masticar sonrío a mis allegados mientras digo no sé qué de lo bonito que es el perrito. Aparece la Marquesa por fin. El perrito se llama Chochi. Chochi es travieso. Chochi es malo y su mamita le va a llevar a la habitación para que deje en paz a los invitados. Pero allí no se mueve nadie más que Chochi que está a punto de consumar lo que empezó. Sonrío mirando a la marquesa ¡Ja! Qué divertido es Chochi. Alguien llama a la marquesa, se gira. Sutilmente le tiro un cacahuete al perrito encestándolo en la oreja. Entra hasta dentro porque no queda rastro del fruto seco. El animal ni se inmuta. Pruebo con un poco de vino y fallo con acierto. Le cae en los ojos mientras se aleja entre quejumbrosos ladridos. Observo que mi acción pasa inadvertida. La marquesa, una señora aún en edad de merecer se vuelve hacia mí, busca a Chochi con la mirada. Acercarse al anfitrión de la casa es merienda segura. Los camareros acuden con bandejas rebosantes mientras ella, con una copa de espumoso en la mano, hace caso omiso al catering. Aprovecho la cobertura, trago sin masticar a manos llenas. Alabo su casa, su fiesta y su perfume. La veo mucho más delgada. Miento, no la había visto en mi vida, pero cuela. Empezamos a hablar de lo divertido que fue el año pasado. Río a boca llena de estúpidas anécdotas. Me invento alguna para parecer que estuve el año pasado y para mi asombro todos la recuerdan perfectamente. Como tengo cancha y allí nadie me contradice, elevo la mentira a un grado superlativo y comienzo a subir el grado de estupidez. Creo que estoy algo borracho porque me patina la lengua. Aquello gusta y sigo dándole al tintorro mientras hablo con la boca llena.
Me percato que soy el centro de la fiesta y mientras me escucho contar una historia donde la marquesa nos interpretó a todos “el cara al sol” la primavera pasada, veo que alguien arruga el rostro.
Un tipo pequeño con pinta de secretario me mira sin sonrisa en el rostro. Creo que me ha descubierto. Se va posicionando a mi lado mientras me agarra del codo y me dice no sé qué de que tengo una llamada. Giro y requiebro. Le presento a la multitud como el mejor intérprete de chistes de la fiesta y le suelto a las fieras que quieren carnaza. Él niega y yo insisto. Me meto cien gramos de pata negra en la boca y los acumulo en el lateral para ir chupándolo entre tanto. La Marquesa no conoce la faceta de su empleado y está encantada con la idea. Le guiño un ojo y mientras dice la primera palabra me voy distanciando a un segundo plano. Me alejo poco a poco mientras que el bendito abrumado por la masa narra posiblemente el peor chiste que he oído en mi vida. Discreción y eficacia son las palabras que definen este momento. Me pierdo entre la multitud buscando la fruta escarchada, la bombonería y la pastelería selecta.
Observo desde la distancia a la multitud. Ríe encantada con su nuevo bufón el cual feliz en su nuevo rol se ha olvidado de mí. Aparece Chochi de nuevo en la escena. Llega trotando feliz a mi encuentro. Levanto mi vista y veo que nadie me mira. Cojo a Chochi con recato mientras que jovial se deja hacer. Mido distancias, calculo posibilidades y lanzo a Chochi por encima de la valla unos diez metros hacia afuera. Como hay algarabía y bullicio me permito en viva voz la palabras “a tomar por culo el perrito”. Al principio se queja; después ni se le oye. Pido un cigarro a un camarero con la excusa, “estoy dejando de fumar”. Me pongo cómodo y le doy a los espumosos secos. Reflexiono sobre lo dura que es la vida y me percato de que por fin esto se ha convertido en una verdadera fiesta.
CxF




Paloma Benavente
Buenísimo, Felipe. Cómo me río con esa marquesa, ese perro patada llamado Chochi, ese gran buscavidas que maneja el ambiente a su antojo…
Nicolas Mattera
Grande, Felipe!, Muy Grande!! No he parado de reír. La frase final lo dice todo… “Reflexiono sobre lo dura que es la vida y me percato de que por fin esto se ha convertido en una verdadera fiesta”, jajajajja, que no se termine, queremos más de este buen buscavidas!!!!
Felipe Ferrante
Muchas gracias a ambos por dejarme participar en el proyecto.
Si va haber muchos más cuentos…he vuelto a las letras.
Besos.
Paloma Benavente
Gran noticia, entonces.
Papo
Chee!! Me estoy matando de la risa…
Que dura que es la vida cuando hay que aparentar tanto, debe ser tan cansador no?? jaja… Pensar que el perro es el unico ser que no estaba fingiendo en la escena y lo mandaron a correr.
Felicitaciones, la verdad, me encanto.
Saludos
Rober
Fantástico, personal, felipiano y ferrantiero. Como todo lo que haces. No puedo evitar imaginarte a ti mismo en semejante sarao, buscando con avidez los cien gramos de pata negra y mirando de soslayo a quienquiera se atreva a acercarse. Y jurándosela a Chochi, a la marquesa, y al hijo de puta responsable de la bazofia de saladitos correosos.
Mis más sincera enhorabuena, y mi más fuerte abrazo
Andres
Grande y mordaz como solo tu puedes hacerlo. Y totalmente deacuerdo con Rober en que no he podido imaginarte como ese canalla encantador que has puesto de protagonista.
¡Ole, ole y ole!
Felipe.Ferrante
Muchas gracias. La verdad es que encuentro muy vital este tipo de textos porque un poco mas allá del humor me parecen muy interesantes los personajes que ajenos a su condición o circunstancias, deciden vivir a su manera.
Un abrazo.
Elena
Siempre que leo un cuento tuyo (empecé por el final porque este es el más reciente leido) me atrapa y me quedo con ganas de más. Deberías plantearte retomar esa novela que seguro nos atraparía a todos (incluido a ti ahora que has retomado las letras). Sigue escribiendo y dando rienda a tu brillante imaginación (sólo a ti se te ocurre meterle un panchito al chucho en la oreja, genial). Saludos.