Era una mujer despampanante

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    Era una mujer despampanante

    —Era una mujer despampanante —dijo Antonio poniendo ficha. El resto de jugadores siguió con la mirada la silueta que pasaba al otro lado de la ventana del bar.

    —Aún sigue siéndolo —dijo Mauricio con la vista fija en su hilera. Levantó la cabeza y vio que sus compañeros lo miraban sin aprobación. —A su manera, sigue siéndolo —aclaró y colocó una ficha sobre el tapete verde.

    —Mi mujer dice que se volvió loca —Pedro manoseó una ficha doble de seises y otra con una parte blanca sin decidirse por ninguna de las dos. Puso la doble.

    —Dicen que vivió en Estados Unidos, que allí empezó todo —cuando le tocó el turno a Evaristo, miró a sus compañeros de dominó guardando unos segundos para dar intriga antes de colocar ficha.

    —De pequeña, apuntaba maneras. Era una niña muy guapa. Jugaba con mi hija —Antonio dio un trago a su Sol y Sombra antes de continuar—. En cambio la hermana, llamaba menos la atención.

    —Pero salió mejor parada —Mauricio enarcó las cejas, en un gesto de tristeza.

    —Pobre muchacha. Su belleza fue su condena.

    Tras otra ronda de turnos, Pedro cerró la jugada con su última ficha. Sus compañeros resoplaron, Antonio de alivio, los otros dos de fastidio por haber perdido la partida.

    —¿Otra? —dijo Pedro, revolviendo las fichas. Los demás negaron con la cabeza.

    —Tú, Mauricio —dijo Evaristo—; tú sabes qué es lo que pasó con esa chica…

    —No sé más que cualquiera.

    —Cuenta, cuenta —Pedro no dejaba de remover las fichas, por si les apetecía volver a jugar después.

    —Mi hija y ella eran íntimas —intervino Antonio, molesto por no ser él el narrador requerido.

    —Eso, cuando eran muy pequeñas. Después, nada. Pero la chiquilla iba al estanco de Mauricio —dijo Evaristo, cortando toda participación de cualquier otro. Antonio podía ganar siempre al dominó, pero nadie superaba a Mauricio contando historias —. Él tiene más detalles.

    Mauricio se lió un cigarrillo con la parsimonia de quien sabe agarrar un auditorio por las orejas. Pedro se pasó la lengua por los labios y le dio lumbre, ansioso por que comenzase su relato. Mauricio aspiró y expulsó el humo echando la cabeza hacia atrás. Con voz grave, dijo:

    —El primer cambio vino cuando se tiñó el pelo de rubio…

     

    Belén se pasaba la mano por su larga cabellera haciéndola saltar como una cola de caballo, en un gesto entre coqueto y molesto para la hermana.

    —¿Te gusta? —le dijo mirándole a los ojos sin quitar su radiante sonrisa.

    —No sé. Estás rara.

    Belén le hizo una mueca torciendo el gesto.

    —¿Y a ti? —preguntó al novio de su hermana, acariciándole el brazo con sus uñas largas—. ¿A que me queda muy bien?

    —Sí —respondió de forma escueta el chico, fascinado por la belleza de Belén. No quería ofender a su novia, pero Belén era mucho más guapa. Y daba la sensación de intuir lo que los hombres querían de ella.

    —¿Ves? Tu novio sabe más que tú, paleta —dijo, guiñándole un ojo al chico y se alejó hacia la puerta del final del pasillo dando saltitos para que su pelo se moviese como las crines de un caballo, su animal preferido. Su minifalda blanca se bamboleaba al ritmo de sus caderas aún por desarrollar. La hermana dio un codazo a su novio para que apartase la mirada. Él la sonrió con cara de disculpa.

    Abajo, frente al portal, un moreno de ojos verdes esperaba a Belén sentado en un descapotable que llamaba la atención de los niños de aquel barrio obrero. Ella se subió y le dio un beso en los labios.

    —Estás preciosa. ¿Vas a comprar tabaco? —y le tendió un billete casi sin mirarla. Belén sonrió satisfecha de su triunfo. Al bajar del coche, exageró los pasos de modelo que había ensayado frente al espejo del baño. Su falda robó la atención de los niños que descuidaron a su paso la vigilancia que tenían sobre el descapotable para fijar los ojos en su retaguardia.

    —Buenas tardes, Mauricio. Dame un Lucky.

    —Qué guapa te has puesto, Belén —dijo el viejo. La chica sonrió agachando la cabeza—. ¿Quién es el mozo que te acompaña?

    —Un amigo. ¿A que es guapo?

    —Mucho.

    —Trabaja en la televisión. Dice que soy perfecta como azafata en El Cuponazo.

    —Tú eres perfecta para todo lo que te propongas —dijo el viejo, y le lanzó una sonrisa que hizo que Belén se sonrojase. Al verla salir, no le quitó ojo de su faldita saltarina.

     

    —¿Y ese fue el que la dejó embarazada? —interrumpió Pedro. Los demás lo miraron con reproche. Después, volvieron la cabeza hacia Mauricio, instándolo a que respondiese.

    —Pudo ser cualquiera —contestó.

    —Debió embaucarla con lo de la tele —dijo resentido Antonio—. Estos listos se creen que pueden arrasar con todo. Mi hija…

    —Dejemos que Mauricio continúe su relato —dijo Evaristo, y pidió otro Chinchón.

    —Lo importante es que no perdió la sonrisa ni cuando el padre la echó de casa —dijo Mauricio.

    —Ese Paco era un bruto —sentenció Antonio—. Pero a ver qué hubiese hecho cualquiera en su lugar. Cuando una hija te sale rana…

    —La chiquilla tenía que ver a la madre a escondidas, cuando sabía que el padre no estaba.

    —¿Os acordáis aquel día, cuando el padre apareció por sorpresa? Debía olerse algo y apareció sin avisar. Si no llega a ser por Mauricio…

     

    Belén apresuraba el paso calle abajo. Abochornada, intentaba ocultar las lágrimas tras los cristales oscuros de sus grandes gafas de sol. El padre la perseguía gritándola, con la voz desgañitada. La madre los miraba desde la terraza, agarrada a la barandilla con los puños crispados sin atreverse a intervenir.

    —¡No vuelvas a pisar esta santa casa! ¡No eres mi hija! Yo solo tengo una hija. Para mí, estás muerta; ¿me oyes? ¡Muerta!

    Belén iba abriéndose paso entre los niños, que no le quitaban los ojos de encima.

    —¡Yo no te crié para que fueses una puta!

    Uno de los niños se rió, y señalándola con el dedo gritó: ¡Puta! El resto de los niños lo siguieron coreándolo.

    Mauricio salió del estanco y le dio una colleja al primer niño que había gritado.

    —¡Cállate, burro! —le dijo. Los niños se alejaron corriendo. Cuando estuvieron fuera del alcance de Mauricio, lo insultaron—. ¡Cómo os coja…!

    El padre la alcanzó de un brazo y, dándole la vuelta, estampó un tortazo en la cara de ángel de Belén.

    —¡Puta, más que puta! Has traído la desgracia a mi casa. Tu madre se pasa las noches llorando de vergüenza…

    Mauricio corrió a evitar que volviese a golpearla, agarrándole de la muñeca. Belén se refugió en el estanco, cerrando la puerta con violencia.

    —Paco —gritó Mauricio a la cara del padre—, métete en tu casa y ocúpate de tu mujer. Aquí ya no tienes nada que hacer.

    El hombre se revolvió hasta conseguir soltarse de las fuertes manos de Mauricio. Se alejó unos pasos, pero se dio media vuelta y siguió despotricando a distancia, hasta que se cansó y se metió en el portal. La madre lloraba en la terraza, buscando con la mirada triste a su hija.

    Cuando Mauricio entró en el estanco no vio a Belén por ningún lado. Debía haberse escondido en la trastienda.

    —¡Belén! —la llamó.

    —¡No pienso salir si está esa bestia contigo! —su voz rozaba el histerismo.

    —Sal. Tu padre ya se ha ido.

    La chica salió con los ojos rojos por las lágrimas que se apresuró a esconder tras las gafas de sol. Mauricio le tendió un pañuelo que ella recogió con mano temblorosa. Esperó a que se serenase un momento antes de ofrecerle un cigarrillo y hablarle.

    —¿Sigues fumando Lucky?

    Ella asintió con la cabeza, arrimando la punta del cigarrillo a la llama que Mauricio le tendía.

    —No le hagas caso. Tu padre pierde los nervios con nada —dijo, y le levantó las inmensas gafas de sol. Un moratón en el pómulo no conseguía afearle el rostro, aunque la hacía parecer más desvalida.

    Mauricio se fijó en que algo había cambiado en ella: los labios parecían más grandes, los pómulos eran más huesudos, los ojos algo más achinados. Llevaba lentillas azules que le volvían felina la mirada. Parecía que su belleza se había cubierto de plástico celofán y su piel reflejaba la luz con un brillo artificial. Pero a Mauricio le siguió pareciendo la niña bonita que iba a su estanco a por celtas para el padre. Hasta que un día los compró para ella.

    La hizo sentarse en un taburete y cerró la puerta con llave para que nadie pudiese molestarlos.

    —¿Esto te lo hizo él?

    Belén le miró como si no supiese a quién se refería.

    —Tu padre —aclaró Mauricio.

    —No. Fue un accidente.

    —Con la puerta de la cocina, supongo.

    Belén se acomodó las gafas de sol y dio una honda calada al cigarrillo. No le respondió.

    —Aparecías muy guapa en Farmacia de guardia.

    —¿Me viste? —Belén le miró por encima de las gafas, intrigada. Una leve sonrisa volvió a adornar su sugerente boca.

    —¿Bromeas? Todo el barrio te vio. Tu hermana avisó a Raimundo, el del bar, y fuimos todos a ver tu actuación. Cuando apareciste, el bar entero arrancó en un aplauso.

    —Solo hacía de figuración —dijo ella, con falsa modestia—. Me dieron unas frases, pero al final decidieron quitarlas.

    —Y, ¿en qué andas ahora?

    —Me voy a Hollywood, Mauricio. Madrid ya no tiene nada para mí. En Farmacia de guardia he conocido a otro actor y me ha dicho que allí mi trabajo será reconocido. Venía a despedirme de mi madre.

    —¿Has visto a tu hermana?

    Belén hizo una mueca. Negó con la cabeza.

    —No nos vemos desde su boda —dijo—. Desde que tuvo al niño, no he sabido nada de ella. Creo que ese idiota con el que se casó no la deja acercarse a mí.

     

    —¿Pero no se lió con el novio de su hermana? —dijo Pedro, tocado en su moralina.

    —Mi hija me dijo que se lió con él una semana antes de la boda. Esa chica…, no respetaba nada.

    Los demás asintieron con la cabeza.

    —Era una chica muy insegura —la disculpó Mauricio—. Caía en brazos del primero que le hiciese un poco de caso.

    —Al primero que le hiciese tilín —apuntó Pedro.

    —Pues cuando volvió de visita, no se la veía nada insegura. Al revés, parecía ir restregando su éxito a todo el barrio —dijo Antonio—. Menuda puesta en escena que hizo la tía. Con limusina y todo. Y con ese abrigo de piel, hasta las rodillas. Mi mujer dijo que era armiño, pero mi hija creía que más bien sería algún tipo de conejo de los Estados Unidos.

    —Estaba más rubia. Y tenía las tetas más grandes. Seguramente se operó. En Estados Unidos todas se operan —Pedro buscó en los ojos de los demás el asentimiento a sus palabras.

    —¿Y qué te contó cuando vino aquella vez? —preguntó Evaristo.

     

    Una limusina negra con los cristales tintados aparcó en doble fila frente al portal número ocho. Los adolescentes del barrio no tardaron en apoyar la nariz en los cristales haciendo un túnel con las manos buscando ver quién iba en el interior. La puerta trasera se abrió, echándolos un paso atrás. Una pierna esculpida por el método de Raquel Welch salió como una lengua de cristal apoyando un fino tacón en la acera. Enseguida, salió otra pierna exactamente igual de perfecta. Y detrás, dos nalgas redondeadas que sostenían una espalda esbelta sobre la que caía una larga cabellera rubia platino, casi blanca bajo los rayos de sol. Unas gafas de sol escondían gran parte de una cara de la que llamaba la atención una naricilla respingona y unos labios gordos como morcillas rosadas. Enfundados en un vestido de licra blanca, dos globos enormes desobedecían la ley de la gravedad. Los adolescentes silbaron a la rubia, quien no hizo ningún gesto de haber reparado en su insulsa presencia. Se agachó introduciendo medio cuerpo en la limusina y recogió un abultado abrigo blanco de piel. Se lo echó por encima de los hombros en mitad de la acera, dilatando sus movimientos para que todo aquel que no hubiese reparado aún en su figura, tuviese tiempo de hacerlo ahora.

    El primer ademán fue el de entrar en el portal. Pero la rubia tetona giró sus piernas y, con impecable equilibrio, dirigió sus pasitos calle abajo. A la altura del estanco, se detuvo. Se pasó la mano por la nuca en un gesto que hizo saltar su cabellera como la cola de un potrillo. Después, entró haciendo sonar la campanilla que colgaba del techo.

     

    A Mauricio le costó reconocerla. De hecho, tuvo que ser ella misma quien le dijese quién era.

    —Mauricio, soy yo —vio en el viejo la expresión bobalicona de quien no reconoce a quien tiene delante. La misma boca semiabierta con la que todos la miraban y a la que ella había terminado por acostumbrarse. Pero en Mauricio le molestó—. Belén.

    El viejo endulzó el rostro y salió a darle un abrazo. Caminaba con dificultad y, de cerca, se le veía el rostro más acabado.

    —¡Belen, preciosa! ¿Qué es de tu vida, niña?

    —¿Has visto? —dijo ella, dando una vuelta sobre sus finos tacones—. Ahora vivo en Los Ángeles. Y me va muy bien.

    —¿Y eso dónde está?

    —Ay, Mauricio, ¿dónde va a estar? Pues en Estados Unidos. Todo lo que merece la pena está allí. Si trabajas duro, muy duro, puedes ganar mucho dinero. Mira este abrigo que llevo, y los zapatos, y el bolso —iba acercándole a los ojos cada uno de los objetos que nombraba, por si al viejo le costaba verlos y apreciar lo caros que eran—. Es un Prada auténtico. Vale fortunas.

    —Muy bien, muy bien —dijo el viejo sin comprender—. ¿A qué te dedicas?

    —Soy actriz. Muy reconocida. He hecho muchas películas. En Los Ángeles la vida es muy cara, y hay que hacer muchas películas para poder vivir bien.

    —¿Trabajas en el cine? Qué bonito debe ser todo aquello. Debes tener una vida muy interesante. ¿Y cómo vas de novios? ¿Te has casado ya?

    Belén se rió de las ocurrencias del viejo.

    —En Los Ángeles la gente es más abierta. Esto parece un pueblo comparado con la vida de allí.

    —No te creas —dijo el viejo—; el barrio ha cambiado mucho. Ahora llega el metro, y eso ha hecho que los pisos valgan más. Y en el descampado de aquí a la vuelta han construido un edificio con piscina y qué sé yo inventos modernos. A la gente de hoy le gusta estar en remojo todo el tiempo…

    Belén miró risueña al viejo y sosteniéndole la cara en una mano se acercó a besarle en la mejilla mal afeitada donde unas cerdas blancas y duras salpicaban su carota de piel colgante.

    —Me ha alegrado mucho verte, Mauricio —dijo con voz tierna—. En Los Ángeles me vendría muy bien tener a alguien como tú.

    Belén se dio la vuelta y enfiló rumbo al portal de su madre perseguida por la marabunta de adolescentes que le iban silbando detrás.

     

    —Me pareció que estaba muy sola, allí en Estados Unidos. Aquello está muy lejos. Y vete a saber con qué gente se juntaría —dijo Mauricio con lástima.

    —Allí no son como aquí. Son más cerrados. La gente va a lo suyo —dijo Antonio.

    —¿Y tú como sabes tanto? —le reprochó con sorna Evaristo.

    —Digo yo… es lo que se ve en las películas…

    —Y luego pasaron años para que volviese a verla —añadió Mauricio mirando la punta de su cigarrillo liado mientras se lo acercaba a los labios para encenderlo—. Y mirad en qué estado nos la devolvieron.

    —Dicen que no tiene meñiques en los pies —dijo Pedro—. Que se los hizo cortar para poder ponerse unos zapatos. Y que por eso va ahora en silla de ruedas.

    —¡Pero qué dices, hombre! —Antonio levantó el brazo como hacía cuando el árbitro pitaba fuera de juego.

    —De verdad. El meñique es muy importante aunque no lo parezca —argumentó Pedro—, porque, al apoyarlo, podemos guardar el equilibrio. Si no, nos caeríamos.

    —¡Qué va a ser por eso! Tú y tus pamplinas de siempre… La chica está pagando todos los excesos que hizo en Estados Unidos. Que si caprichos, que si estar hasta las tantas. Y en esos ambientes, la gente no debe ser muy sana con las drogas y esas porquerías que anda a saber tú qué tendrán.

    —¿No le preguntaste qué le había pasado, Mauricio? —intervino Evaristo.

    —No le pregunté —sus compañeros le miraron sorprendidos—. Me pareció meterme donde no me llaman.

    —Pero, en cambio, fuiste tú quien puso el dinero para la rampa de su portal y que la chiquilla pudiese subir y bajar de su casa… —dijo Pedro, intentando sacarle más información.

    —Eso no tiene nada que ver —dijo tranquilo Mauricio—. Con la madre viuda y la hermana cargada de hijos… los vecinos están para ayudarse.

    —Pues macho —gritó Antonio—, ¡a ver cuándo me ayudas a mí, que tengo más deudas que un hijoputa!

    Los viejos se rieron, y con una sonora palmada en la espalda de Mauricio, dieron comienzo a una nueva partida de dominó.

     

    CxF

    Comentarios

    1. Nicolas

      22 agosto, 2011

      Hermoso relato!!
      Pobre Belén, era la Azafata ideal del Cuponazo!!!!!!!
      Muy vivo. Gran salto en el tiempo, el cuento gana en misterio. El relato es fantástico, con toques costumbristas como a mí me gusta!!!
      Felicidades Paloma, veo que has debutado con un cuento espero no sea el primero!
      Saludos!!!

    2. Elena

      25 agosto, 2011

      Me atrapó. Me quedé con la enorme curiosidada de saber que le había pasado. Saludos.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        26 agosto, 2011

        Ay, ¡todo un barrio se pregunta qué le pasaría a esa muchacha!
        Cuando me entere de alguna alternativa segura, te la comento.

    3. Avatar de marcof

      marcof

      11 octubre, 2011

      Me encanta como va y viene el cuento. Y pobre belen che! Yo creo q siempre tuvo buenas intenciones.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        11 octubre, 2011

        ¡Gracias por leerlo! Yo también creo que Belén tenía buenas intenciones… no era un castigo, es que a veces la vida va a su bola aunque no hayas hecho nada para merecerlo. ¡Un saludo!

    4. Avatar de TAIKU TAO

      TAIKU TAO

      23 octubre, 2011

      Me ha recordado las tardes al sol de cuando era niña en mi pueblo. Había más de una Belén y las mamás nos metían miedo con sus posibles historias en la gran ciudad. Cuando decidí marchar lejos buscando mis sueños prendidos en horizontes lejanos, tuve que sacudirme esas historias de otras tantas “Belén” que como invisibles grilletes me encadenaban a mi niñez.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        23 octubre, 2011

        Sí, los viejos siempre andan con esas historias… yo siempre creí que Belén terminó así porque se cayó de un caballo, no porque su opción de vida sirviese de moraleja. ¡Gracias por tu comentario!

    5. Avatar de El Bufón

      El Bufón

      1 noviembre, 2011

      Paloma me vas a perdonar la groseria pero ¡Joder nena! El corazon en un puño me has dejado. Que cosa mas tristemente maravillosa. Me tienes a tus pies. ¡Maestra!

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        1 noviembre, 2011

        Jajajaja, por favor… si eso son groserías, son maravillosas. Muchísimas gracias.

    6. Avatar de MadameBovary

      MadameBovary

      6 noviembre, 2011

      Gracias por esta hermosa y desgarradora imagen de la decadencia que has conseguido dotar de originalidad y dinamismo con la estructura narrativa.

    7. Avatar de hessellius

      hessellius

      11 noviembre, 2011

      Me ha encantado, lamento no haber reparado en ella antes. Es tan realista…Me ha gustado mucho de verdad felicidades

    8. Avatar de Luisa Gantes Mora

      Luisa Gantes Mora

      12 noviembre, 2011

      Me alegro de que hallan elegido tu relato como destacado. Me ha dado la oportunidad de leerlo y disfrutarlo.

    9. Avatar de gabrielabaade

      gabrielabaade

      25 noviembre, 2011

      Hermoso relato, Paloma- Gracias por compartirlo. Te sigo leyendo.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        25 noviembre, 2011

        Muchas gracias!! Ya sabes, ídem de ídem porque me encanta lo que he leído tuyo!

    10. Avatar de Gabriel Rodriguez-Paez

      Gabriel Rodriguez-Paez

      12 enero, 2012

      “Una pierna esculpida por el método de Raquel Welch salió como una lengua de cristal apoyando un fino tacón en la acera. Enseguida, salió otra pierna exactamente igual de perfecta.” Es excelente, en este fragmento, como describes el cuerpo de la despampanante. Me gusta la forma como construiste el relato: salta en dos perspectivas que bien pueden ser paralelas, y hacer algo así demanda paciencia y horas de trabajo. Es cautivador: nos hace seguir hasta el final. Y el final puede ser moraleja o el anuncio de una segunda parte. Muy bueno tu escrito, sobretodo por el trabajo que se le siente detrás y los regionalismos que lo hacen lucir: eso es lo que lo anima a uno a seguirlo hasta el final. Te sigo leyendo. Saludos.

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        12 enero, 2012

        ¡Muchas gracias! Es un placer enorme comprobar que alguien capta la esencia del cuento. Es un honor para mí.

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