Mi ángel exterminador II

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    Mi Ángel Exterminador

    Mi ángel exterminador II

    Evaristo era de esa clase de tipos que presiona el botón de la autodestrucción a la mínima de cambio y sin previo aviso. Pertenecía a esa raza de individuos que se compra un casco sin tener moto o un televisor de más de cincuenta pulgadas para un salón de dos por dos metros. Evaristo era de los que van al trabajo el día libre para ver a los compañeros a los que no dirige la palabra el resto de la semana. Evaristo era camarero y, a su entender, el mejor de la Casa.

    Llevaba varios años soñando con un ascenso a tercer maitre. No deseaba nada más en el mundo. Cuando llegaba a casa por las tardes entre medias del turno partido, se imaginaba ostentando esa pequeña parcela de poder y ensayaba delante del espejo hablando a un ser imaginario: el que coma y beba durante el servicio se va a la puta calle; el solomillo al foie es pura mantequilla…si señor mantequiLiiiia.

    A nadie que tuviese dos dedos de frente se le ocurriría dar un cargo de poder a Evaristo. Evaristo no sabía guardar un secreto, era un libro abierto. La dirección le utilizaba para hacer correr rumores. Sabían que a las dos horas de haber soltado un bulo ya lo conocería hasta el abuelito sordo del anuncio del “Inistón”. Se le mantenía en la empresa porque era el típico esquirol que se deja la piel por la Casa y vende a sus compañeros por una caricia en el lomo.
    A Evaristo le gustaba tomarse dos copitas con los nuevos compañeros para adoctrinarles y hablarles de sí mismo: le gusta la cocina y el campo, más de una le ha mandado a freír espárragos, lo de freír por la cocina y los espárragos por el campo. Prosigue con el rollo “cultureta”, los museos, la visita guiada a Soria. Pinta, escribe, canta La Traviata a pelo y sin anestesia en un coro. Se rasca el culo por delante porque es así de chulo. Apadrina niños, colabora con Cruz Roja santiguándose por Dios y la Patria si es menester. Tiene el ritmo metido en el cuerpo porque baila desde que era así. Ha sido legionario de cabra al hombro y ahora tiene pasta para enterrarnos a todos. Si por él fuera, resucitaba a Primo de Rivera y con cinco litros de gasolina arreglaba el barrio, mis cojones treinta tres y a mí no me mangonea ni la puta madre que me parió…

    Evaristo había sido contratado para aquel importante evento. Trabajar en casa de la Marquesa, la creme de la creme de la sociedad elitista al que él creía pertenecer. Aquella noche Evaristo estaba tenso. Entre el personal que atendía el ágape se encontraba su antagonista y archienemigo Florencio. Florencio era el camarero más antiguo en la Casa. Un igual, un rival a vencer, un serio competidor en su ascenso al poder que ansiaba por encima de todas las cosas. Cada triunfo de Floren, como le llamaban en el restaurante, era una puñalada en las entrañas, una innoble y certera patada en los testículos, un revés en plena cara.

    Florencio y Evaristo se vigilaban de cerca como los lobos, como dos gatos que pugnan por la hembra en celo. Hacía años que no se hablaban más que para recordarse mutuamente lo inútil e incapaz que era el otro. Floren y Evaristo se parecían más de lo que ellos serían capaces de reconocer. Aquella noche Floren paseaba los ibéricos mientras que a Evaristo le había tocado el Pastrami. Floren miró por encima del hombro a Evaristo cuando supo cuál era su cometido haciendo ostentación de una infame sonrisa, exhibiendo una mueca de maldad. Mantuvo esa mirada hasta que ambas se cruzaron. Esa mirada le decía de una forma inequívoca y abierta que él tenía más prestigio que Evaristo, pues de sobra es sabido que los Ibéricos tienen más caché y presencia que el sucio y grasiento Pastrami. Así de esa guisa comenzó el cóctel y mientras Floren era reclamado por todo el mundo, a Evaristo le despachaban con un despectivo golpe de brazo y un no gracias que se clavaba en las entrañas. Florencio el sucio, pelota, rastrero era reclamado por todo el mundo mientras Evaristo se paseaba durante toda la noche con una bandeja de canapés de Pastrami a los que no daba salida. Nadie, excepto aquel joven tan simpático que parecía conocer a todo el mundo. Bueno… no incluía al perrito de la Marquesa. Un pequinés no más grande que la defecación de un camello que le dio la paliza toda la noche, hipnotizado por el olor del Pastrami. Para olvidar a Florencio, Evaristo volvía al joven una y otra vez. Qué exquisito gusto, el único que ha probado el Pastrami. Aquel tipo, sin lugar a dudas, tenía que ser un pez gordo, seguro que empresario o heredero, pensaba Evaristo. Así que de esta guisa y viendo un filón abierto, a Evaristo se le ocurrió acercarse al joven que apartado de la fiesta bebía un espumoso. Fue cuando este le pidió un cigarro, estoy dejando de fumar le dijo. Sintió un poco de vergüenza cuando sacó el paquete de Marlboro y el otro arrugó el rostro diciendo que aquella marca era pura basura pero que serviría para quitarse el mono. Evaristo permaneció a su lado por si aquel gran hombre que fumaba tranquilamente su mediocre tabaco necesitaba algo, lo que fuera. Aquel era su día de suerte porque aquel heredero, aquel empresario que se sentaba con desmayo galán no solo le estaba pidiendo tabaco sino además un teléfono para efectuar una importantísima llamada. Después del teléfono, el pletórico Evaristo tuvo otras tareas: cinta americana, un preservativo, cava como para una boda, fresas y la última novela de Nicolás Mattera. El preservativo fue difícil de conseguir puesto que en casa de la Marquesa no se fornicaba desde que hubo democracia en este país. El marido de la Marquesa, el Marqués era un pistolero sin pistola, un Curro Jiménez sin trabuco, un bombero sin presión en la manguera. Aún así, Evaristo se buscó la vida y pudo conseguir un profiláctico que le prestó un Obispo que disertaba sobre la gula sin dar cuartel a los ibéricos y a los espumosos. Lo llevo ahí por casualidad, se lo requisé a un pecador el otro día, le dijo a Evaristo mientras se lo entregaba.

    Cuando recibió el último encargo Evaristo prometió, como todo buen camarero, que en menos de diez minutos lo conseguiría. Imaginaba la suculenta propina que el Heredero podría darle y esto le animaba aún más. Por no hablar del buen servicio y las recomendaciones que tendría de la Marquesa. Imaginaba reunidos a todos los camareros del coctel esa misma noche y después del servicio, el maitre Don Justo, le premiaría con un sonado discurso y alguna medalla. Y mientras él era laureado por la dirección, Florencio echaría espuma por la boca ahogándose en su propia bilis. Y por qué no, pensaba, en días o años sucesivos recibir alguna llamada de la Zarzuela, del mismísimo Jefe de Estado que de una forma campechana le diría lo bien que estaba realizando su trabajo y que continuara por ese camino.
    Aquello era una gran empresa para lo que el llamaba Gente de Calidad. Una gran gesta que solo él y pocos más podrían conseguir.

    Atravesaba el jardín mientras dejaba la bandeja de Pastrami a buen recaudo en una de las mesas. Se disponía a entrar en la casa cuando de repente alguien le salió al paso… ¡Florencio! Florencio, con su enorme nariz grasienta y aquellos dos ojos que parecían puñaladas, sonreía triunfal mientras masticaba un pedazo de jamón exhibiendo el bolo alimenticio, mostrando la trituración del tocino y la carne de gorrino. Vas con mucha prisa, le dijo taimado. Anda y que te la pique un pollo ¡perdedor!, replicó Evaristo sin detenerse. Quizás a Don Justo, nuestro magnánimo maitre, le enoje que dejes tu importante puesto en el Pastrami. Lo dijo elevando bien el timbre, haciéndose oír entre algunos invitados. Evaristo paró en seco y dando un respingo se volvió hacia Florencio con fuego en los ojos. Florencio seguía sonriendo mientras que las aletas de su gran nariz vibraban levemente, quizás por el triunfo de ver al rival cogido en un renuncio, quizás por el odio que acumulaba en su interior. Evaristo sintió la furia creciendo en sus entrañas al punto que su gesto se torcía. El calor se agolpaba en sus mejillas. Recorrió nerviosamente con la mirada el entorno hasta que sus ojos se pararon en unas tijeras de podar enormes que reposaban en un rincón al lado de las escaleras. Entonces lo vio claro; aquellas enormes y afiladas tijeras, sin apenas testigos y el rostro sonriente de Florencio delante de él…
    ¿Te has fijado cómo crece ese madroño al interior de las ventanas? dijo Evaristo de repente señalando al árbol. El otro miró sin comprender muy bien a qué se refería, momento en el que Evaristo se abalanzó sobre las tijeras, las enarboló por encima de su testa y con una enorme precisión dio un tajo fuerte a escasos centímetros de la nariz de Florencio, exactamente en la rama que sobresalía de aquel madroño. Florencio mudó la sonrisa de la cara por una mueca cercana al pánico. Se retiró dando un paso atrás, contemplando cómo Evaristo comenzaba a podar el madroño con afán y eficacia. La expresión de Florencio era la misma que la que se le queda a uno cuando en vez de tirar de una puerta, empuja y ve que nada sucede. El marqués en persona me ha encomendado esta tarea, al parecer el jardinero está de baja, dijo con una sonrisa en el rostro sin dejar de maltratar el madroño, dejando a sus pies un manto de ramas. Florencio, confundido, miró alrededor moviendo la cabeza de un lado a otro hasta que estalló en risas. Cuando se recompuso, abandonó la escena entre carcajadas mientras decía no se qué de un jardinero fiel adicto a Bricomanía.

    Cuando Florencio desapareció de la escena y comprobó que no era observado por nadie Evaristo pasó al interior de la casa. Sintió dudas; tal vez estaba yendo muy lejos. Aún así subió al primer piso casi a oscuras. El Heredero le había dicho que tenía que ir con cuidado pues era una sorpresa: las sorpresas son como los gatillazos, hay que ocultarlos hasta el final le dijo el joven con un codazo en las costillas y un guiño. Una vez en el primer piso se dirigió hacia la biblioteca y con mucha prudencia se deslizó por ella; fue cuando escuchó los pasos en el pasillo y decidió esconderse bajo la mesa del despacho en penumbras. Por debajo de la mesa pudo ver cómo la luz se encendía y unos lustrosos zapatos oscuros se detenían justo delante de él. Aguantó la respiración, después escuchó el sonido de un walkie y la voz del hombre que se hallaba delante de él: todo despejado por aquí. Los zapatos desaparecieron, la luz se apagó y respiró aliviado. Una sorpresa es una sorpresa, podría haberlo echado todo a perder: la propina, la recomendación y la medalla.

    Buscó a oscuras y lo vio a lo lejos. Un grabado con un pequeño marco color negro y de un tamaño considerable, firmado por un tal Chiquilla, no se leía muy bien. Se imaginó que debería haberlo hecho la Marquesa cuando era joven o una chiquilla por eso lo firmó así. ¿Para qué querría aquello El Heredero? Lo descolgó con cuidado, quitó el marco y se metió el pliego bajo la camisa. Bajó raudo y veloz, atravesó la cocina por detrás sorteando la seguridad y se plantó en el jardín. Las tijeras yacían bajo los pies del madroño y bajo el árbol Florencio le miraba divertido. La mente de Evaristo se puso en movimiento e inventando alguna excusa por fin dijo: he subido a lavarme las manos. Lo dijo a la vez que mostraba dos manos negras como tizones, dos manos más negras que alma de Dark Vader, dos manos que si se hubieran metido en un cazo con agua caliente se habrían podido teñir de negro tres camisetas.
    Ya te cogeré en un renuncio, quizás hoy no, Evaristo, pero algún día…, le gritaba Florencio mientras Evaristo se abría paso hasta la parte del fondo del jardín para recuperar su inseparable Pastrami. Allí El Heredero le esperaba con una sonrisa. Evaristo se acercó a él solícito, pleno, triunfante. Con un movimiento de soslayo extrajo el grabado y se lo entregó al joven. El joven lo miró, sonrió ignorándole y le pidió que trajese todo el Pastrami que pudiese reunir mientras le cogía dos canapés y los dejaba en la mesa. Cuando Evaristo se hubo marchado El Heredero comenzó a enrollar el grabado sobre sí mismo no sin cierto recato mientras miraba a los invitados de soslayo. Cuando lo tuvo bien enrollado había conseguido un tubo de más de medio metro de largo con el interior hueco. Para ajustar el artilugio empleó parte de la cinta americana y cuando todo apuntaba a un robo con alevosía y premeditación…

    Se llevó a la boca un buen bocado de Pastrami. Tras desmenuzarlo concienzudamente, se colocó el tubo en los labios y con precisión diabólica apuntó a un tipo bajito con pinta de secretario que contaba chistes malísimos a la concurrencia. Cerbatana mortífera que cubriendo una distancia de veinte metros proyectó a velocidad de crucero el Pastrami masticado, golpeando, qué digo, incrustándose en la nuca del secretario con un sonido muy similar a la clásica colleja o el cara-cuello de toda la vida; dícese ese manotazo que abarca parte de cara y parte de cuello.

    En ese momento volvió Evaristo con más Pastrami. El heredero le entregó solemnemente el tubo en una mano, le dio las buenas noches y tras una sonora palmada en la espalda le dijo: Si le ves, que no le verás, no le digas que me has visto.

    Cuando el secretario llegó a la escena se encontró a Evaristo con una bandeja repleta de Pastrami en una mano y un grabado de Chillida, propiedad de la Marquesa, con forma de tubo en la otra. El grabado tenía restos de Pastrami en ambos bordes. Detrás de él, Florencio portaba unas enormes tijeras de podar y un montón de ramas de madroño que sujetaba bajo el brazo.

    Y el único pensamiento de Evaristo en ese instante fue:

    Seguro que tengo una llamada de la Zarzuela…

     

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    Comentarios

    1. Paloma Benavente

      20 agosto, 2011

      Entre las locuras de “El Heredero” (que tiene nombre de culebrón, próximamente en sus pantallasssss), Florencio y Evaristo… ¡yo no me perdería ni una fiesta de la Marquesa!

    2. Elena

      20 agosto, 2011

      Conozco yo a más de un Evaristo jejejeje.
      Me tronche de risa con el duelo “ibericos-pastrami”, me trae a la memoria recuerdos no muy lejanos en el tiempo. Y lo de la Chiquilla pintora de cuadro es genial jejejeje. Muy divertido¡¡¡¡¡¡

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