Cebo vivo
Siempre me he considerado un hombre de mojón recio, de un cagar sin lastre ni huellas. Pero a veces me despisto, me meto en ciertas tiendas o restaurantes de diseño y música para subnormales profundos. Establecimientos excesivamente caros y por lo general malos. El personal es andrógino, aséptico y de plástico. Nadie sabe dónde está nada y todos tienen un encargado que debe ser el único que sabe hablar. El encargado suele tener un poco más de luces que los demás. Programado desde la tierna infancia, el señor encargado ha logrado aprenderse de memoria varios párrafos para situaciones difíciles. Al encargado se le pone en jaque rápido cuando se le hace alguna pregunta que no estaba en el guión. Si eres capaz de llegar hasta ahí, que Dios te pille confesado, tendrás una conversación de besugos que se dirige a ninguna parte y no tiene más expectativas que confundirte mucho más. Intentarás en vano hacerle ver al fulano tu realidad y él tangencialmente te saldrá por peteneras.
Después de comerte la cataplasma caramelizada al jerez con riñoncitos de chichinabo, tu rostro reflejará la misma insatisfacción que el personal que te atiende y durante un instante parecerá que no tienes órganos sexuales. Sonreirás como un idiota cuando te pregunten qué te parece, porque en el fondo eres buena persona y no te gusta herir a los demás.
Para cuando llegues al segundo plato, tú y tu acompañante os miraréis de soslayo y ambos sabréis que el otro también sabe. Intentaréis esquivar la realidad hablando de otras cosas banales y sin sentido. Llegará un momento en que los dos hablaréis sin escucharos, viendo cómo el otro mueve los labios sin saber qué dice. Ambos no podréis dejar de pensarlo:
¿Salimos a la carrera o aguantamos como campeones y vemos a ver qué pasa?
En cierto momento te dirigirás al baño y no sabrás cuál es el que te toca. Tampoco sabrás si hay puerta porque no encuentras el pomo para tirar de ella. Te volverás a sentar avergonzado y con la vejiga a punto de reventar.
El segundo plato ya estará en tu mesa y sabrás que la tendencia es vaporizarlo todo. Te estás comiendo un solomillo que sabe a polvorones. Al principio todo te parecerá gracioso porque le has dado un solo bocado. Después tu mirada se dirigirá a la puerta que da a la cocina por si el hijo de la gran puta que guisa se atreve a asomar las narices.
Pedirás la cuenta y aparecerá el encargado del principio con una sonrisa de hiena en el rostro. Portará una carpetilla de lustroso cuero encima de un plato cromado en níquel. Es en ese momento cuando verás una escena dantesca. La puerta del fondo del establecimiento se abrirá de improvisto con un gran estruendo, paralizando a todos los clientes. La luz se bañará en sangre y la música para idiotas del principio se reducirá a la de un violín que es tocado delirantemente en una única cuerda. De allí aparecerá un tipo de gran envergadura, vestido con un mandil blanco manchado de sangre y una máscara de cuero. El tipo dirigirá su cabeza hacia todas partes buscando algo apremiantemente. De repente fijará su mirada en ti y su cabeza no se moverá más. No verás sus ojos, pero sabrás que te está mirando. El animal llevará una gran estaca en sus brazos. Una estaca que recuerda a las antiguas vigas de madera con un oxidado clavo enorme atravesando la misma. Avanzará hacia ti, que sostienes la cuenta entre tus temblorosas manos. El mostrenco caminará a grandes zancadas, cubriendo la distancia con rapidez y agresividad. Sin previo aviso ni preliminares la bestia parda descargará sobre tu espalda lo que he tenido a bien llamar:
El estacazo
El estacazo es un dolor en el bolsillo que pronto se hace psicosomático y se traslada a la cabeza, al estómago y no siempre, pero a veces, a los genitales o los cojones de toda la vida.
El estacazo aparece cuando menos uno se lo espera, es por eso que levanta tantas pasiones. No puedes dejar de pestañear como un idiota mientras un tic se apodera de la cabeza y la hace vascular al lado izquierdo reiteramente. Es un instante único porque en ese momento apenas si puedes pensar en nada más que en la cifra que tienes delante de los ojos. Es un momento donde tu acompañante, que sabe que pagas tú, te mirará como cuando uno da el pésame en los funerales, con ojos de cordero degollado y cierta misericordia. Sacarás pecho como todo buen campeón de su portal y despacharás el conflicto con esa tarjeta que no usas nunca, que no deberías usar jamás. Mientras ves cómo se la llevan te acordarás de esos cocodrilos que en los ríos mantienen fuera del agua tan solo los ojos, reptiles acechantes que esperan que caiga la carnaza para ser devorada. Es entonces cuando te sabrás cebo vivo, caldo de cultivo de la idiotez. Correa de transmisión de la imbecilidad humana que día tras día sigue alimentando una mascarada, la del motor de la ciudad. Aquella, la mascarada, que nos mantiene a todos en este siempre eterno deseo insatisfecho.




Paloma Benavente
Qué miedo imaginar a ese cocinero gigante que se dirige directamente hacia el comensal! Y este piensa, viene hacia mí, me mira a mí, se dirige a mí, pero seguramente en el último momento se desvíe y vaya a por otro que no soy yo, alguien que está detrás de mí, aunque se acerca mucho y detrás está la pared, no le va a dar tiempo a desviarse, pero irá a por otro… aaaaaahhh!
M Alefes Silva
El dolor de bolsillo es un malestar bastante frecuente hoy en día (quizá siempre fue así)… Muy divertido el texto, evocador.
Estacazo, y de además, un mal sabor en la boca.
Nicolas
Recuerdo varias situaciones en que fui Cebo y, claramente, lo sugeriré siendo. Sugiero y agrego 5 cosas que un restaurante tiene que tener para saber si es malo: 1. Si tiene música ambiente del tipo LLAJTAYMANTA (olvidddddddddddddddate), 2. Si el pan es malo (esos soretitos de pan a base de Crottin de Chavignol, joder quiero un puto pan de to la vida), 3. Si, efectivamente como dice el amigo Ferrante, no sabes dónde mierda tiene que mear porque una puerta tiene un brote de Soja y la otra un brote de Alfalfa (¿?), 4. Si la mesa está puesta con excesivo cuidado y…. tiene velas (y si están prendidas salí corriendo), 5. Si los nombres de los platos parecen sacados de una taxonomía de la tabla periódica (“Anélido con batún rosa en vapor”, “Equinoderno glasiado y requesón de Foz”, “Cnidario con cilantro al Rouge”.
Mejor quedate en casa…..
Paloma Benavente
Jajajajaja… me temo que ver un brote de soja en la puerta de un baño y no sentirse identificado significa que no eres una cabraaaaaaaaaa
Felipe.Ferrante
Jajajjja Muy bueno Nico. Soja y Alfalfa los dos parecen de género femenino…como eligir correctamente.
Nicolas
Y te voto un “Que viene la Cabra” nada más porque creo que le faltó un poco de Curry al asunto… Saludos
Gabriel Rodriguez-Paez
Son escritos de un alto perfil los de esta red. Se nota que los usuarios saben lo que hacen y no se dan el lujo de improvisar. Es una responsabilidad mayor estar a la talla. En este caso, el cuento es preciso y nos mantiene con el interés en alto. La mascarada social, la tan necesaria mascarada, es lo que nos mantiene en orden. Felix culpa. Saludos Felipe
El Bufon
Que lenguaje que tienes maestro. Si es que me enamoras siempre por el mismo lado. Bueno, y por el ingenio que tienes de sacarle punta y gracia a todas las situaciones de la vida jiajiajiajiajia
Un abrazo amigo.
Luna de lobos
Jajajajaja
“Llegará un momento en que los dos hablaréis sin escucharos, viendo cómo el otro mueve los labios sin saber qué dice. Ambos no podréis dejar de pensarlo:
¿Salimos a la carrera o aguantamos como campeones y vemos a ver qué pasa?”
Muy bueno, Felipe.
CuchiS
como todo lo que te he leido, esto tambien es muy divertido , hasta que caes en que todos hemos sido cebos vivos alguna vez. y siempre mas de lo hemos querido.. cawenlaleche… que partia tontos estamos hechos.
“ara” tu lo cuentas genial.