La brisa del mar. Cap. 2

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El sol estaba en lo alto de su reinado. En la habitación, iluminada por el astro, ella dormía profundamente, libre y desarropada.

La noche había sido larga. Habían corrido en manada, felices. Felices, relativamente. Porque sabía de la misma forma que el resto, que ella no pertenecía plenamente al grupo. Además llevaba demasiado tiempo sin dejarse ver por los lobos, y no le había mostrado el respeto que le debía al macho alfa. Pese a todo, el jefe la había aceptado, con la conveniente amenaza, claro. Pero al fin y al cabo, seguía perteneciendo a la manada, y todos debían respetarla como un miembro más. Y sin embargo, se comportaban con recelo, sin permitir por completo su integración. Ella sabía que debía trabajar para conseguir ser una loba más, que nadie iba a regalarle un puesto en la manada.

Despertó despacio. Poco a poco, el reino de los sueño quedó atrás, para dar paso a lo que damos por supuesto que es la realidad.

Se levantó y se vistió. Se asomó a la ventana para comprobar la posición del sol. Vaya. Era realmente tarde.

Se preparó con rapidez un café, y salió al huerto. Estuvo un rato trabajando en él, y luego fue a la playa.

Sin ir muy lejos, empezó a nadar. Buceó muy lejos de la orilla, y estuvo observando la actividad de los peces. Por alguna razón había una gran cantidad de bancos en esa zona, cuando no solían estar allí. Dio media vuelta espantando a su paso tantos peces como había a su alrededor.

Allí dentro, en el agua, sentía su espíritu flotar, diseminarse en el mar. Se encontraba libre en su desnudez. Su cuerpo se hacía más ligero, y su mente podía librarse de las cadenas de la tortura por unos felices momentos.

Volvió a la playa. Recogió su ropa y volvió a casa. Ya era tarde para comer, así que, sencillamente, cogió los instrumentos necesarios para pescar y echó a andar hacia el mar de nuevo.

Se dispuso a empezar a pescar en la zona donde se había bañado, donde había visto tantos peces.

Encendió como todos los días la pipa, y tiró lejos el sedal con el cebo. Como siempre, el reflejo del cielo, sin más que leves ondulaciones espontáneas, absorbió su pensamiento.

Tomó aire. Salitre. La suave caricia de la arena en contacto con sus pies. Las olas mojándola hasta los tobillos. La cúpula celeste con algunos jirones de algodón en el horizonte. El olor de la pipa le hacía sentir joven. Joven. Sólo una leve contracción en los músculos de la frente, delató los sombríos pensamientos que habían cruzado la frontera de su hipnosis.

Estuvo muchas horas exactamente en la misma postura, la mirada en el mismo punto y la mente en blanco hasta que algo la despertó, en forma de pez tirando de la caña.

Automáticamente recogió sedal, tomó el pez y lo metió en el cubo.

En casa, se mantuvo observando a través de su ventana, hasta que el sol empezó a huir a su espalda y el cielo se tornó oscuro. La luna tenía forma de círculo, casi perfecto.

El fuego había cautivado su mirada. Bocanadas en forma de anillos escapaban por entre sus labios. Se mantenía relajada en el sillón. El olor del tabaco inundaba la habitación dulce, suavemente. Su expresión era solemne, pensativa, pétrea.

Recordaba. Cada noche, lo mismo. Se sentaba en su asiento, frente al hogar, y permitía que sus memorias ocupasen la mente. Que la inundaran. Que la corroyeran sin piedad. Dos únicas palabras que se repetían (<Te…). Una y otra vez. Como un martillo en un yunque. Rítmicas y constantes, y tan dolorosas como un cuchillo incandescente clavado a traición. Matándola día a día. Sin permitirle una absoluta paz. El eterno descanso que tanto tiempo había buscado. Que tanto tiempo había ansiado.

Lo peor era que no se agotaba suficiente. Siempre podía seguir con su martirio particular. No era capaz de quitárselo de la cabeza. No conseguía matar su presencia. No podía pasar la oscura hoja, que tan bien era capaz de leer sin agotamiento. Nunca, jamás, sería capaz de olvidar. Y éste, era el pensamiento que le daba pie a seguir cada noche cambiando sucesos que habían ya pasado, recordando, pensando en qué habría pasado si… Errores. Fallos. Terribles desaciertos. Los había cometido, y no los podría cambiar. Sin embargo, pensar en cómo debió actuar se le hacía inevitable. Cada día, cada noche, cada fuego. (<Te…).

El terrorífico rememorar no hacía más que aumentar algo en su interior. Algo que crecía a cada día que su memoria no olvidaba. Un sentimiento de culpa. Sin embargo, no era ése el que más poder tomaba día a día. Su alma se iba tiñendo del color negro del azabache, cuando aquel odio alimentaba el fuego de sus pensamientos. Odio. Se aferraba a ello para no caer en algo peor, algo que tanto tiempo había ocupado su espíritu, y sin duda, sería incapaz de controlar. (<Te quiero>).

Todo por una persona. Aquel hombre. Aquel mezquino. Tramposo ruín. Nunca debió conocerlo. Nunca debió conocer aquel horrible sentimiento llamado amor.

Cuando el sol todavía no había oído el canto del gallo, ella se levantó. Las tinieblas de la noche se habían esfumado, por el momento. Volverían como siempre, a la luz de la hoguera, esperando que ella las invocase con su inaudible llamada.

Introdujo unos granos de café en el molinillo, y sin aparente esfuerzo, los transformó en lo que se llevaba ahora a los labios. Se deleitó con su sabor dulcemente amargo.

Se cubrió con la misma ropa que se había puesto el día anterior, y el anterior, y todos los días que allí llevaba viviendo. Fue al lavabo y con el agua de la jarra se lavó la cara, para momentos después observar, como siempre había hecho, la cara del espejo, inmutable, pétrea, exactamente igual que todas las mañanas.

El espejo, como el resto de muebles que no habían fabricado sus manos con la madera del bosque, habían sido robados de un pueblo cercano. Siempre, cuidándose para no ser vista por nadie, había ido discretamente tomando aquello que necesitaba de un almacén abandonado, en el que quedaban instrumentos interesantes, pero que nadie de las cercanías quería. Las piezas del sofá las fue llevando a casa por días. Los jarrones apenas le costaron esfuerzo. El cubo y la caña, los encontró en un acantilado lejano. Y así con el resto del mobiliario.

Antes de salir, se puso el abrigo y protegió sus orejas y cabeza con el viejo gorro de lana. Las nubes encapotaban el cielo. El hermano dorado de la noche no sería visible ese día, pero no le preocupó. Anduvo hasta el acantilado, y saltó de piedra en piedra con una perfección nacida de la práctica de años.

La arena estaba fría. El aire volaba helado. Se desprendió de sus ropas sabiéndose vigilada por los cientos de miles de ojos del manto oscuro, pero sin ningún pudor, ya que ellos la conocían, y cada mañana la habían observado desnuda. Se introdujo en el agua gélida, y empezó a avanzar. Nadó. El horizonte aún estaba lejos. Nadó. Detuvo su rápida marcha para contemplar, frustrada, cómo era incapaz de sonreír ante la belleza de un nuevo día; de derramar una única lágrima a través de aquellos ojos que tan jóvenes habían sido obligados a dejar de llorar.

Una vez en la orilla de nuevo, el sol envió algunos rayos para que apareciesen entre las nubes y que tímidamente fueran secando su cuerpo perlado por las lágrimas del mar, mientras ella, agradecida, los miraba con cariño. Se vistió y volvió a casa escalando por las rocas, encontrando con las botas los huecos que la naturaleza allí había colocado para facilitar su camino de regreso a casa.

Sacó agua del pozo y rellenó los jarros que tenía en la cocina y el lavabo. Trabajó en el campo hasta que el sol llegara a su cenit. Entonces preparó un poco de pescado para comer. Pronto pero sin prisa, terminó su almuerzo.

Se sentó en el escalón que todas las tardes soportaba su peso, cerrados los ojos. La música corría fácilmente por su mente, mientras ella seguía el ritmo con la mano en la pierna. Esta vez la melodía era sencilla. Como siempre, inspiraba dolor, sentimientos de tristeza, pero a la vez, una extraña libertad encadenada a los recuerdos imborrables. Sentía fácilmente las vibraciones de las cuerdas. Una mágica música llenaba el momento. Notó el tacto de suave de su instrumento. Contempló el color claro vetado de la madera. Sus yemas eran raspadas por la agradable rugosidad de las cuerdas. Su mente era una caja de recuerdos, donde estos se conservaban intactos allí. Un rayo de sol, huído por entre las nubes por un instante, le señaló la hora incidiendo en sus párpados cerrados.

La caña y el cubo no le suponían ningún obstáculo para llegar a la playa. Las rocas le facilitaban el descenso. Todas aquellas cosas que para cualquier otro hubiesen resultado un inconveniente, o un impedimento, para ella eran una ayuda.

Fumaba. Miraba el mar. Se sentía reconfortada con la abstracción que le proporcionaba el agua. Ondulaciones. Inmensidad.

Mientras rehacía el camino a casa, con un pequeño pescado en el cubo, las nubes fueron apartándose del camino celeste. Abrió la puerta, y le envolvió una deliciosa sensación de calor.

Al cabo de unos momentos, un magnífico olor llenó la sala. La pipa la relajaba pero también le traía muy malos recuerdos.

A pesar de que las nubes ahora se alejaban de la costa, otra tormenta, mucho más ofensiva que la que pudiese acaecer sobre la tierra, tomaba forma lentamente en el interior de su cabeza. La telaraña de aquel hombre, iba siendo tejida poco a poco. ¿Cuándo había empezado el tormento? ¿Cuándo él había despertado esos sentimientos en su interior? La araña observaba a su presa con curiosidad y burla. La víctima sabía que caería. Sabía que nada la libraría del fin. Sin embargo, el fin que a ella le esperaba era peor que el de un pobre insecto. Peor que la muerte. El fin de cada día, era el suplicio.

La eterna tortura.

Luna de lobos. Aquél fue el primer pensamiento que acudió a su mente cuando despertó. Se levantó, y como cada día desde hacía tantos años, que se le hacían imposibles de contar, empezó a moler café. Olió el aroma que despedía cuando se llevó la taza a los labios. Se vistió y lavó. El espejo le devolvió el mismo reflejo que le ofreció hacía muchos años. Un rostro sabio, fuerte y mayor, pero sin arrugas.

Antes de salir, se enfundó en el abrigo que tantas tardes calientes le había proporcionado y se caló ese tan raído gorro de lana.

El sol se mantenía oculto bajo el manto del mar, sin atreverse a asomar ni un solo luminoso rayo. Ella lo esperaba paciente, nadando. Cuán raro habría sido que el astro no hubiera aparecido, pero como hubiera ocurrido todos los días en la vida de la mujer que se mecía con las olas, éste se levantó débilmente.

Ella lo acompañó en su viaje. Él por cielo, ella por mar. En la orilla se vistió y fue a casa, despacio.

Trabajó el huerto, hasta que el sol empezó a incidir en su piel más de lo deseado. Entonces, entró en casa y preparó el pescado que sobraba de días anteriores. Lo comió a la luz y el calor de su inseparable amigo el fuego.

Como cuando terminó era aún temprano, se sentó frente a la puerta de la casa, y sobre el pequeño escalón cerró los ojos. Inspiró hondo. Frunció levemente el ceño. Sobre su pierna derecha, el dedo corazón golpeteaba rítmicamente, al ritmo de la melodía que se estaba creando en su interior. Imaginaba sus dedos acariciando el instrumento, y se le encrespaba el vello del gusto. Imaginaba la textura de las cuerdas raspándole las yemas y le hormigueaba el estómago. Incluso le parecía sentir el peso de aquél entre sus muslos. La melodía nunca terminaba. Sin embargo, el sol, cuando empezó a declinar, le dio de lleno en la cara de forma ineludible, y tuvo que poner fin a esa obra que quedaría perdida en aquella tarde. Abrió lentamente los ojos. De pronto, recordó su cita. Se levantó y entró en la casa. Fumó un poco de tabaco, y con mayor ánimo, tomó la bicicleta, y puso rumbo al interior del bosque.

La emoción recorría su pecho y sus entrañas. Corría entre los árboles con temor de no llegar puntual al claro. Pronto, empezaron los primeros aullidos. Sin poderlo evitar, y para que supiesen que ella acudía, frenó, y con el pecho henchido, expulsó toda su rabia, su dolor, en un aullido. Entonces, todos los lobos dejaron de aullar, y cesaron en su carrera para que no se oyera más que el canto de los grillos. Todos los lobos habían parado a escuchar el veredicto del alfa. La integración de aquella mujer en la manada no estaba clara. Por eso, al oír su llamada, todos expectantes, aguzaban el oído para escuchar qué tenía que decir el lobo que estaba al mando. Sin embargo, y para asombro de todos, no se oía ninguna respuesta. Ella estaba con el corazón en vilo. De aquella respuesta dependía que pudiese o no confiar en la compañía de aquella manada. De pronto, un aullido rompió en la noche. Un aullido doloroso. Un aullido dolorido. Pero ante todo, un aullido de añoranza y aceptación.

La Señora de la Noche era la única guía de todos aquellos animales, que corrían por el bosque. Todos los lobos estaban embriagados por su belleza. Corrían y le aullaban. Le aullaban y reían. Reían y corrían. Ella, también. Sin embargo, su alegría iba mucho más allá que la de los otros. Pertenecía al grupo. Por fin. Ellos la habían acogido hacía mucho, pero no como a un lobo más. Sin embargo, ahora sí. Estaba con ellos. Por unos maravillosos instantes, se sintió animal, loba. Las cadenas de sus recuerdos tiraban con fuerza para librarse, y conseguir la libertad. Así, corriendo sin ropas, entre lobos, con su manada, se sintió feliz.

Cuando la luna empezaba a declinar, los lobos comenzaron a dispersase. Ella corrió hasta su bicicleta, y eufórica, pedaleó a toda velocidad hasta casa.

Se tumbó en el jergón que hacía las veces de cama, y por primera vez desde que había visto el mar, soñó algo, que distaba mucho de una pesadilla.

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Comentarios

  1. Profile photo of Paloma Benavente

    Paloma Benavente

    19 septiembre, 2011

    ¡Muchas gracias por publicarlo por partes!
    Así es más cómodo de leer y creo que llegará a más lectores.

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      20 septiembre, 2011

      Muchas gracias a ti por el consejo, Paloma.
      Sí que lo veía largo, pero no se me había ocurrido.

      Un abrazo,
      Luna de lobos

  2. Profile photo of Luna.de.lobos

    Luna.de.lobos

    29 octubre, 2011

    Gracias, Elena.
    Me alegro mucho de que te guste. Si te interesa, el final está también colgado.
    Un abrazo!

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