La brisa del mar. Cap. 3

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El sol se levantó, pero no consiguió sorprenderla, pues ella ya estaba dejándose llevar por las olas. Los rayos empezaron a iluminar bajo la superficie del agua. Los peces despertaban, el mar se llenaba de luz. Se sentía libre. Desnuda, con el tacto del agua.

Anduvo de vuelta a casa iluminada su espalda por el rey del cielo. Protegida por él.

En casa estuvo cuidando, sanando y regando sus plantas. Cuando terminó, arrancó un tomate, y lo lavó en la cocina. Mordió su roja piel, y sintió el jugo en su boca.

Salió frente a la puerta de la casa, después de la comida, y como tantas tardes, se sentó en el escalón. Cerró los ojos, y se concentró en que la música fluyera en su mente. Esta vez, fue mucho más fácil, la melodía fue mucho más alegre que normalmente. Sus dedos recorrían el mástil del violonchelo raudos, improvisando, y sin embargo, firmes y seguros. La obra duró más que nunca. De hecho, cuando le puso fin, el sol ya casi no alumbraba.

Entonces se apresuró a rescatar la caña del armario, y salió a pescar.

A pesar de la alegría que corría por sus venas, a la hora en que las sombras caen, cuando la mujer de la plata ilumina el camino, y los lobos enloquecen borrachos de libertad, un manto cayó sobre los optimistas pensamientos de ella. Siempre, siempre sería así. Nunca era podría ser capaz de alejarse de él. Constantemente envolvía su mente, sin dejar un resquicio de paz. Aquel hombre que hubo arruinado la vida de aquella pobre chica. Aquella inocente y alegre muchacha. Ese mezquino aprovechando su dulce infancia. Esos amores prometidos. Las caricias deseadas. Las esperanzas muertas.

La pipa humeaba en el salón. Dio unas caladas. La tenue luz de la hoguera iluminaba su cara, surcada de arrugas de profundas cavilaciones.

Su única salida, fue la soledad. Tenía el mar, la música, y por supuesto, los lobos. Pero nunca tuvo desde que llegó allí ningún acercamiento con nadie. Desde entonces, nadie la había visto. De pronto, se dio cuenta de que todos la tomarían por muerta. En el fondo no le importaba nada. Quizás todos los que la recordaban estaban bajo tierra. Y ese cretino… Esperaba que también, y por mucho tiempo. Que no le hubiese dado tiempo a destrozar otra vida, a estropear a otra persona. Porque eso era lo que con ella había conseguido. Todo por su propio beneficio. Todo por él mismo. Por conseguir apenas unas mezquinas jornadas libres. Y a cambio, una niña, una familia, una vida.

Hacía mucho tiempo que la luna recién nacida no la saludaba en la playa. La suave y fría luz de esa casi perfecta redondez en el cielo, iluminaba sus pétreos rasgos. El gorro cubría sus orejas y el pelo ondeaba a la fría brisa que ofrecía el mar. Por primera vez desde que vivía en aquel lugar permitía que la luna, salida del horizonte, se fuese elevando sobre su cabeza.

De pronto, se le acabó el tabaco en la pipa. Sacó lentamente la vieja cajita de latón en la que de pequeña había guardado las partituras secretas de violonchelo que escribía y siempre llevaba consigo. A lo largo de los años, había descubierto que la música no debía estar encadenada a un papel. La música debía estar en la mente. Hacía mucho tiempo que había dejado de escribir partituras.

Tomó un poco de tabaco entre sus dedos, y lo colocó cuidadosamente en la pipa. Con el pedernal la encendió y dio una honda calada. Con la inspiración, consiguió introducirse en su propia mente, olvidando todo cuanto la rodeaba.

Sus pensamientos eran más fuertes que nunca, tan intensos que podían leerse en sus ojos.

Esta vez iba a rememorar todo. Todo lo que pasó desde el principio. Iba a analizar el germen de su sufrimiento de forma completamente minuciosa. Sin eludir nada. Recordaría sus errores, pero no sólo éstos.

Una niña. Una familia de pueblo con propiedades y dinero, sin llegar a tener buena posición fuera de su entorno directo, pero la suficiente para pagar educación y clases de violonchelo a su hija. Un paria trabaja las tierras de aquella familia. La niña observa siempre a aquel hombre, varios años mayor que ella. Le intriga, le parece inteligente, fuerte y conocedor de la vida. De alguna forma, empiezan a vincularse. Se hablan a veces, no mucho más. A medida que la niña crece, su curiosidad se torna en fascinación. Hablan, se cuentan cosas, cada vez estrechando más su relación. Entonces, él le dice que no va a poder trabajar un día. Ella, sin dudas, va a sustituirlo esa jornada. Cada vez se conocen más, y sin saber por qué, empiezan a verse a escondidas por las noches. Comparten risas, historias y el humo de la pipa que fuma el hombre. Él le dice que va al pueblo una semana. Ella se las ingenia para trabajar todos esos largos siete días sin divertidas veladas, y suspiros en su cama. Cada encuentro nocturno es más largo que el anterior. Siempre compartiendo palabras, y olor a tabaco. Entonces, el beso. Todo cambia. Bellas palabras de amor pronunciadas al oído. Bonitos pétalos de rosa puestos en su almohada. Y muchos más mágicos besos. Ella le compone una obra para violonchelo, que él ni siquiera sabe leer. Otras varias semanas que él va al pueblo y ella lo sustituye sin dubitación. Vuelve por fin, y con él los acostumbrados encuentros. Como recompensa por su larga ausencia, le regala la pipa que siempre le había acompañado. Cierta noche, él la acaricia, la besa… y bruscamente, va más allá de donde ella desea. Además, el terrible: <Te quiero>. A la noche siguiente, ella espera. Él no llega. Ella aguarda, pero él no aparece, y casi con el sol, vuelve a su cama. Va a la tierra que trabaja e intenta hablarle. Pero él la trata como la hija del señor de esas propiedades. Vuelve a casa con la cabeza quebrada, intentando descifrar el extraño comportamiento del hombre. Se plantea si todo lo ocurrido es un sueño, y decide olvidar todo lo que cree que pasó. Pronto, descubre que todo fue real. Está embarazada. De nuevo, va a hablar de tan importante noticia con él, sin saber si es una buena o mala nueva. Pero éste parece no recordar nada, hasta que ella menciona el embarazo. Entonces su cara toma expresión de terror, pero en seguida recuperado, insiste en que nunca han hablado más allá de aquel campo. Ella, desolada y sin saber qué hacer, se le ocurre la funesta idea de comunicárselo a sus padres. Dolidos y enfurecidos, la desheredan y la echan de casa. La muchacha va por última vez al campo y allí lo ve. Entonces comprende que él recuerda todo lo pasado, pero que se desentiende por completo de ella. Llorando con gran pesar en su corazón, toma su bicicleta y se echa al camino errando, hasta llegar a la ciudad. Sufre hambre y sed durante unas semanas, con un ser en su vientre, hasta que decide que su futuro está alejado de las personas. Llega casualmente a la costa y en una cueva pernocta comiendo frutas de árboles que recolecta. Al día siguiente, siente algo extraño en su cuerpo. Algo no funciona correctamente. Aborta. Su hijo recogido por el mar. Su hijo muerto sin haber vivido a la luz del sol. Su hijo… Sin un hombro sobre el que llorar, sin apoyo sobre el que alzarse, se adentra en el bosque. Es ya de noche. Llora y llora mientras corre. Y de pronto, un grupo de lobos la rodean. No parecen amenazantes. Ella no los teme. Un lobo, más grande que el resto, de espeso pelaje de un color indefinido, se acerca a ella. La rodea y la huele. Lame su mano, y observa su rostro. Entonces, aúlla. Todos los demás aúllan con el alfa, y empiezan a correr. Una loba, con el hocico, anima a la chica a que les acompañe. Ella corre por el bosque. Comunica todo su pesar a la luna. Expresa sus sentimientos en un aullido. Expulsa toda la oscuridad corriendo. Duerme con ellos. Al despertar, se aleja y decide que va a vivir allí. Descubre que se ha quedado con la pipa, y duda si tirarla al mar, pero resuelve conservarla. Comprende que nunca más va a llorar, pero tampoco a sonreír, y que jamás será vista por otro ser humano.

De repente, la solución, luminosa cual mirada de lobo, acudió a su mente. Una única palabra que tenía más significado que toda su vida entera. Perdonar. No iba a disculpar a aquel hombre. No. Jamás haría eso. Se perdonaría a sí misma. Se perdonaría por haberse fijado en él; por sentir atracción hacia él; por haber hablado con él; por haber contado sus penas y sus alegrías a aquel monstruo; por haber desfallecido con el olor de aquella pipa; por haber haber trabajado mientras él se aprovechaba; por disfrutar de aquel beso; por suspirar por las noches; por dejarse acariciar por él; por aceptar las banales palabras, los marchitos pétalos y su endemoniada pipa; por permitir que ese ruín, mezquino engendro la tomase entre sus brazos, abriese con las suyas sus piernas, y degradase aquello en su interior que la pertenecía plenamente, que era algo que ella debía escoger las circunstancias, y él había tomado como propio; por pensar que ella había hecho algo mal, al encontrarse dolorida; por creer que él la quería; por imaginarse que todo era irreal; por creer su mentira; por haber llorado ante él; por no haber sentido odio al comprender que él sólo la había utilizado; por haber pasado hambre y sed cuando ella no tenía la culpa de nada; por haber quedado desheredada; por haber sido repudiada por sus padres; y por haber perdido a su hijo no nacido; sobre todo, por haber haber perdido a ese hijo que nunca llegó a conocer.

Una lágrima se deslizó cuando abrió los ojos, por su cara. En su barbilla frenó y tomó contacto con la arena dorada que había olvidado el sabor salado del agua de sus ojos. La luna ya había desparecido del manto oscuro, que por momentos se iba aclarando.

Inspiró hondo. El olor a libertad se hacía ineludible. Por primera vez en tantos años, que ni siquiera merecía la pena contarlos, el sol, la tierra y el mar, satisfechos, la vieron sonreír. Entonces, lentamente, fue introduciéndose en el mar infinito. Se echó a las envolventes aguas y permitió que la arrastrasen allá donde desearan, allá donde todos los caminos llegan. Así murió, sin que nadie echase en falta su vida… Excepto aquellos, que esa noche, perdieron una voz elevándose a la redonda y argéntea luna.

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Comentarios

    • Avatar de Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      31 octubre, 2011

      Gracias, Elena! Cuánto me alegro de que te guste.
      Gracias por comentar
      Un abrazo!
      Luna

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