La brisa del mar. Cap. 1

Escrito por
| 268 | 13 Comentarios

La brisa del mar mecía sus cabellos. Las suaves olas rompían contra sus pies descalzos. El aire le traía gotitas de agua salada que salpicaban su rostro. La arena húmeda iba poco a poco cubriéndole los pies. Inspiró hondo. El aire cargado de salitre llenó sus pulmones. Estaba en el mar. Estaba en casa.

Dio un par de caladas a su pipa. El humo salió sinuoso entre sus dientes. El olor suave del tabaco le hizo imaginar. Le hizo recordar. Su mente rememoraba hechos de tiempos pasados. Tiempos que quizá no debieron existir. Su rostro no delataba qué tipo de pensamientos paseaban por su cabeza.

Un tirón de la caña hizo que reaccionase. Con estudiados movimientos, recogió el sedal. Con profesionalidad, examinó el pez. Un buen ejemplar, desde luego. Una luz débil iluminaba aún la playa. Metió el pez en el cubo. Se echó la caña al hombro y empezó a andar camino a casa.

Abrió la puerta. La casa aún guardaba el calor del fuego del mediodía. Se quitó el gorro y lo colgó en el perchero. Lentamente, dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla, cuidadosamente doblado. Tomó la caña, y la colocó en el interior del armario. Fue hacia la cocina, y puso el cubo sobre la mesa. Después cogió una tabla de madera sobre la que cortar. Tomó el cuchillo y lo afiló con la piedra. Puso el pescado sobre la tabla, y empezó a limpiarlo. Al terminar, una parte la saló y la guardó junto a los instrumentos de pesca. El resto, se preparó para cocinarlo.

Cogió el plato y empezó a comer. Le había salido realmente bueno. Lo degustó con fruición y cuando acabó, limpió lo que había ensuciado con el jarrón de agua. Fue a la sala. En el armario, bajo la caña, aún quedaba leña suficiente. Con maestría encendió con el pedernal una buena lumbre en la chimenea que tantos fuegos había visto nacer. La cajita de latón en la que guardaba el tabaco estaba sobre la repisa del hogar. La abrió con ese delicioso chirrido y encendió la pipa. Se sentó en el sillón y se quedó mirando el fuego, aquel elemento que le producía un magnetismo tan atractivo como sus propios pensamientos. Mientras chupaba la pipa dio rienda suelta a sus recuerdos.

La noche era el mejor momento para replantearse todo. Para poner las cartas sobre la mesa. Para repasar los errores de toda una vida. El cielo se presentaba oscuro. Las estrellas brillaban como faros. Faltaba la luna, pero eso no impedía que una algarabía de aullidos lamentosos se alzasen en la noche. Como siempre, aún el sol dormía cuando ella despertó. Se estiró en la cama. Se incorporó y empezó el día.

Fue a la cocina, y molió café. Se preparó una taza, y la tomó lentamente. Después volvió a la habitación y empezó a vestirse. Se lavó la cara, y se miró en el viejo espejo. Su reflejo le devolvió una cara de rasgos duros, sabia y despierta. Salió de casa y se dirigió a la playa. Allí contempló la pincelada de azul marino del horizonte. La oscuridad era total. Sin embargo, se manejaba como a la luz del día. La ausencia de electricidad en su casa le había acostumbrado a ello.

Se desnudó. Sabía que no había nadie en varios kilómetros a la redonda. Su cuerpo curtido fue iluminado por los focos del cielo. Paulatinamente, fue internándose en el mar. Nadó y nadó, hasta que empezaron a vislumbrarse las primeras luces. Las tonalidades rosas raptaron su mirada. Y como todas las mañanas, su corazón lloró, pero no sus ojos. Lloró por la belleza de aquel paisaje. Por la belleza de las olas, del cielo, del sol que comenzaba a asomarse. Porque sabía que nadie estaba presenciando lo mismo. Que no lo podría compartir. Nunca.

Volvió a la orilla. La luz del tímido sol bañaba su figura. Su cuerpo era esbelto. Era mayor, pero no obstante, su cuello, sus brazos, su torso y piernas, eran musculosos. Era una mujer bella. No hacía justicia a los años que tenía. Su cuerpo podía ser de una joven, pero su rostro, pese a una ausencia completa de arrugas, demostraba que había vivido mucho más de lo que se pudiese pensar. Cada día nadaba antes de que la luna se escondiese hasta el amanecer surcando las aguas celestes. Andaba a lo largo de la playa todas las tardes, sintiendo las arenas vírgenes amoldarse a sus huellas. Desde la playa a su hogar el camino pasaba de las suaves arenas a grandes rocas escarpadas. Y cada cierto tiempo, subía a la bicicleta, y se internaba en el bosque. Se alimentaba a base de pescado, pero tenía un pequeño huerto que dedicaba a los tomates y al tabaco, para su provisión para la pipa, además de una planta de café. Sus plantas aunque pequeñas, eran esmeradamente cuidadas a espalda partida por ella.

Se vistió y regresó a casa. Recogió algunos tomates, y los metió en un cesto en la cocina. Sacó agua del pozo, y regó sus plantas. Entró en la casa. Tomó un tomate y lo lavó mojándose la mano en la garrafa de agua. Se lo comió sentada en la mesa de la cocina. Cuando apenas quedó la hoja, dio por concluida su comida. El sol ya estaba muy alto, y ella esperó a que bajase, y que aumentase la longitud de las sombras. Entre tanto, salió de la casa, y sentándose en el escalón de la puerta que daba al huerto, cerró los ojos. Se dejó llevar por la imaginación. Su rostro mostraba una profunda concentración. Le temblaba casi imperceptiblemente el labio inferior. Había involuntariamente fruncido el ceño. Con la mano golpeaba la pierna derecha rítmicamente. Al tiempo, cuando el sol comenzó a incidir en su piel, abrió los ojos. Suspiró y se levantó. Entró en la sala. Se enfundó el abrigo y metió en el bolsillo interior la pipa y la cajetilla de tabaco, además del pedernal. Cargó la caña, el cubo y un poco del atún del día anterior y echó a caminar hacia la playa.

Saltó descendiendo por las piedras picudas con agilidad caprina, cargando con todo el material. Anduvo durante media hora hasta llegar a su sitio preferido para pescar. Entonces se detuvo. Colocó la caña en la arena, junto al cubo. Sacó la pipa y la cajetilla de tabaco de su bolsillo y la encendió con el pedernal. Dio un par de caladas, y puso el trozo del atún como cebo en el anzuelo. Tomó con sus robustas y a la vez delicadas manos la caña, y tiró fuertemente sedal. El atún, con un pequeño chapoteo se introdujo en el agua esperando a que algún pececillo incauto lo mordiese.

La luna era apenas una uña argéntea en el cielo iluminado por millones de luciérnagas fijas. El sillón era muy mullido y estaba frente al fuego que tenía cautiva, como cada noche, su mirada. El dulce olor del tabaco la envolvía. Hizo un anillo etéreo de humo. Este se fue difuminando igual que pretendía que pasase con su pasado.

La casa se mantenía caliente casi todo el día. Estaba muy bien aislada, cosa extraña, porque la había hecho con sus propias manos, tiempo atrás. Estaba en lo alto de un acantilado. La puerta estaba orientada hacia el oeste, y su habitación hacia el este. La casa no tenía luz ni agua, y apenas tenía unos pocos viejos muebles. El calor del fuego, le ayudaba a pensar. Le templaba los recuerdos congelados. Y aunque a veces preferiría no rememorar nada, cada noche se sentaba frente al fuego, fumando, y se enfrentaba a su memoria. Lo recordaba todo. Cada noche, se martirizaba pensando y dando vueltas como un tornado a su pasado irremisible. Cuando llegó al último de sus errores que se reprocharía de por vida, fue a su habitación y se protegió de los oscuros pensamientos arropada entre las mantas.

Nadaba hacia el horizonte, incansable. Nadaba y nadaba. Sus fuertes y oscuros brazos, le impulsaban hacia el este más y más. De pronto, frenó. Un débil rayo de sol, se asomaba por la línea del mar. Allí esperó durante un tiempo, a que sus compañeros lo siguiesen. Le habría gustado que tan solo una gota rodase por su mejilla, y se fundiese con todas las saladas lágrimas del mar. Pero eso era imposible. Eso nunca ocurriría.

El sol iba haciendo aparición. Al principio tímidamente, y luego con la fuerza de quien sabe que tiene el camino ganado.

Empezó a nadar de vuelta a la playa. Desde allí la arena ni siquiera se divisaba, pero acompañó al sol en su camino al oeste, hasta vislumbrar allí, no muy lejos, sus cosas. Anduvo sobre la arena. Se vistió con lentitud, sin prisas. Esa tarde no iba a trabajar el huerto. Tenía otros planes. Llegó a su casa tras subir por las rocas afiladas. Comió un tomate y se hizo otro café.

Se sentó dando la espalda a su casa, sobre el escalón y cerró los ojos y la mente profundamente. Su concentración era máxima. La imaginación llenaba su mente en forma de música. Ésta era suave, melancólica. Calmada. Sin embargo, una extraña agitación la llenaba por dentro. Aquel día iría al bosque, y no sabía qué le esperaba.

Cuando se puso en pie poniendo fin a la melodía, comprobó que el sol ya estaba descendiendo. Tomó su bicicleta medio abandonada, y se echó al bosque. Pedaleó y pedaleó, hasta donde la vegetación se hacía tan espesa que hacía imposible el paso del vehículo. Así, se apeó, y se quitó la ropa.

La luz del sol era muy tenue ahora. Sin embargo, ella se podía guiar casi igual que a plena luz del sol. Desnuda, empezó a andar internándose, con una determinación que no sentía, a cada paso en el bosque. En su otra casa. En la morada de los lobos.

La noche se iba cerniendo sobre los árboles. La luna estaba llena. Entonces, escuchó el primer aullido. Un aullido cargado de pena. Se apresuró.

Los lobos cada vez aullaban más. Ya se estaba acercando, pero aún así, le quedaba un buen trecho. Echó a correr. Más y más aullidos desgarradores. Y por fin, el claro. Allí estaban.

La miraron enseñándole los dientes, gruñendo palabras amenazadoras que entendió perfectamente. Una manada completa de lobos que intentaba amedrentarla. Ella, sin arredrarse, se acercó al centro del claro, a la roca que lo presidía. A varios metros de la misma, con precaución, se detuvo. Dirigió sus ojos al lobo alfa, que estaba en lo alto de la roca, sin mantener su mirada, para mostrarle sumisión. Éste se acercó saltando ágilmente hasta el suelo. El resto atenuó sus gruñidos lupinos. La rodeó varias veces. Le olió la mano, las piernas. Gruñó. Ella entendió que quería olerle el rostro, y se arrodilló. Olfateó inquisitivo su nariz. Y entonces, le lamió la cara. Si hubiese tenido, la mujer hubiese movido el rabo de alegría. La aceptaba. La había reconocido. Y sin embargo, cuando iba a ponerse en pie, él le ladró, reprimiéndola. Ella aceptó la riña bajando la cabeza. Le estaba advirtiendo que había pasado demasiadas lunas sin unirse a ellos. Le decía que si volvía a fallar, posiblemente, no sería aceptada de nuevo.

En ese momento, el lobo alfa, levantó la cabeza con un elegante movimiento, y un aullido, más alto que el del resto de lobos, se alzó entonces hacia la luna. Le siguieron muchos más, incluido uno, que no sonaba muy lobuno. Y sin embargo, todos ellos eran aullidos desgarradores, sobrecogedores, dolientes, que imploraban a la luna un deseo poco concreto, pero que todos compartían.

Sobre la roca, se recortaban dos siluetas frente a frente: la del lobo alfa aullando, y la de una mujer aullando a su vez, con las manos muy cerca del suelo.

Ir a capítulo 2

Comentarios

  1. Profile photo of Falsaria

    Falsaria

    17 septiembre, 2011

    ¡Bienvenid@ a Falsaria!

    Gracias por compartir tu cuento en esta Red Social Literaria.

    Un saludo,

    El equipo de Falsaria.

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      17 septiembre, 2011

      Hola, Paloma
      Me alegro de que te atraiga y muchas gracias por el consejo,

      Un abrazo

  2. Profile photo of Paloma Benavente

    Paloma Benavente

    17 septiembre, 2011

    Hola!

    Una mínima observación: creo que tu escrito es bastante interesante, pero tan largo… ¿por qué no lo subes mejor dividiéndolo en partes? Así será más sencillo y cómodo de leer. (Es una opinión personal).

    ¡Un abrazo!

  3. Felipe Ferrante

    18 septiembre, 2011

    Es un relato curioso; saber como esa mujer ha llegado allí y vive de esa forma.
    Bienvenid@ a falsaria.

    Abrazos.

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      18 septiembre, 2011

      Gracias Felipe,
      Ya he enviado los dos siguientes capítulos que espero que sigas.

      Un abrazo,
      Luna de Lobos

  4. Nicolas

    18 septiembre, 2011

    Con un lenguaje poético el cuento parece sumergirse en cierta tradción costumbrista, con algunos tintes que a mi me recuerdan a “El Viejo y Mar” de Hemingway… debería decir, empero, que el ritmo pausado y elementalmente deescriptivo por momentos cansan un poco. Del mismo modos que la excesiva puntuación…
    Se nota que tienes un manejo maravilloso de la pluma… espero que mi comentarios haya sido útil…
    Saludos

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      18 septiembre, 2011

      Muchas gracias por las opiniones, que siempre ayudan.
      Me alegro de que guste.
      Justo lo que dices tú, Nicolas, que sea tedioso, es a lo que me arriesgaba escribiendo este relato, y lo siento. Lo que pretendía con la casi nula acción es hacer llegar que en esta historia no es importante lo que pasa, ni siquiera lo que pasó. Sólo es importante lo que transcurre en su mente.

      Los siguientes capítulos están a la espera de ser revisados.
      Espero que los leáis con gusto,
      Luna de lobos

  5. Profile photo of Marcos.Alejandro

    Marcos.Alejandro

    18 septiembre, 2011

    Hay un exceso en la descripción tal vez,sin embargo logra sumergir al lector en la curiosidad por saber de ese pasado que tanto recuerda la protagonista.Algo ya se ha revelado, veremos que nos depara el segundo capítulo. Se nota que manejás muy bien el vocabulario. Saludos!

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      18 septiembre, 2011

      Me alegro mucho de que te guste y consiga envolverte.
      La descripción y la falta de acción son lo que busco. Pero comprendo que pueda ser algo cansado.

      Muchas gracias por opinar, que ayuda a seguir.
      Un abrazo

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      18 octubre, 2011

      Gracias, Lena.
      Espero que los otros dos capítulos te gusten igual. Me alegra que tanta descripción no te canse.
      Un abrazo

  6. Profile photo of ElenaSaavedra

    ElenaSaavedra

    24 octubre, 2011

    Estoy de acuerdo con Lena, es un relato muy bonito.
    La descripción con 20 paginas pues si cansa, pero con las que están para mi no, nose es una opinión personal.
    ¡Me encanta!
    Nos leemos , Elena S.

Escribir un comentario

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.