Confesiones de un Don Juan

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    Es fácil enamorar a una mujer, muy fácil, sobre todo a alguien como yo para quien la conquista ya no tiene secretos. Me es sencillo llevar a una mujer a ese estado de atontamiento donde son capaces de dar cualquier cosa con tal de que te quedes a su lado. Me aburre cuando alcanzan ese punto de degradación en el que se arrastran con tal de que las preste atención. Y más aún si lo consigo en poco tiempo, en ese caso está claro que me he equivocado de objetivo. Demasiado simple, demasiado accesible. Presa fácil para cualquiera, y yo no soy cualquiera. Soy un señor, con todas las letras, que tiene su técnica muy depurada ya por el paso de los años, y que busca retos, no pasos francos. Lo demás me aburre, me asquea, no es para mí. Yo me planteo objetivos y no me detengo hasta conseguirlos.

    A la hora de enamorar, mi preferencia son aquellas que, a priori, se pavonean de su intachable virtud, altivas, autosuficientes, no solo económicamente sino a nivel emocional. Aquellas que creen no necesitarme y piensan que nunca caerán en la trampa de un hombre como yo, claro que jamás se han encontrado a uno como yo. Ellas se creen libres de dar con alguien que consiga hacer crecer en ellas la necesidad, el deseo. Se sienten capaces de estar solas porque (infelices) están convencidas de que no les es menester tener cerca a nadie; y es en ese caso donde más me aplico para derrumbar sus muros y entrar dentro, arramplar con su vida y salir indemne de ella. Olvidándola en poco tiempo y sin remordimientos. Recreándome en mi logro exclusivamente. Feliz por sentir que he cumplido con mi objetivo por haber entrado donde nadie había estado antes y que soy yo quién decide cuándo salir, sin importarme entonces lo que ella precise.

    No busques en mí maldad, porque no la tengo. Solo es un juego y, si ellas son lo suficientemente maduras e inteligentes, así deben entenderlo.

    El hecho de que me abran su corazón ya es trofeo suficiente, claro que, siempre que me es posible, también disfruto de su abrazo en la cama. Enamoradas se entregan mejor, con mayor vehemencia, intentando agradarme con deliciosas caricias, accediendo a mis peticiones sin remilgos, a todo tipo de perversiones con tal de verme satisfecho y feliz. No sé si siento más placer por la buena dosis de pasión con la que me premian o por rebajarlas tanto, sabiendo que las he bajado los humos, por orgullosas y altivas.

    Con Lucía lo tuve claro desde el primer momento, muy claro. Merecía ser conquistada no solo por lo que representaba: una mujer joven pero autosuficiente, asqueada por los intentos de controlarla por parte de tipos que yo no posicionaría en la categoría de hombres y decidida a estar sola, sabiendo que podría mantenerse económicamente gracias a la herencia de su tío. No, no eran esas las únicas razones por las que despertó mi curiosidad, además poseía un encanto oculto bajo ese aspecto duro e imperturbable. Algo que atrajo mi atención desde el primer instante. Ese algo la hacía especial, única, un raro ejemplar que debía ser mío a toda costa.

    Con paciencia logré formar parte de su entorno, llamando su atención y cubriéndome de misterio para despertar su curiosidad femenina que, aunque oculta bajo una gruesa capa de indiferencia, no tardó en aflorar. Me prodigué en los eventos sociales, convirtiendo mi presencia en imprescindible referencia, sobre todo para ella que acabó buscando mi compañía con imperiosa necesidad.

    Nuestra relación amistosa se fue afianzando y yo disfrutaba tanto con el proceso como si aquello fuera realmente el culmen de mi primaria intención. Acabé siendo pieza imprescindible en la maquinaria de su día a día, logrando que no pudiera dar un paso sin mí, y a base de golpear sin piedad el muro de su seguridad, obtuve un ser vulnerable y maleable. Claro que su orgullo no le permitía mostrarse así en público, lo que alimentó aún más mi ego, ya que ese comportamiento servil era de uso exclusivo mío.

    Pronto entré y salí de su casa sin problema. Con mi propio juego de llaves. Incluso pasaba cortas estancias viviendo allí. Era el amigo protector, el fiel consejero, el confesor absolutamente discreto y la personificación de la cautela, algo que ella apreciaba en gran medida, poniendo en entredicho la reputación de todo aquel que osaba acercarse demasiado a ella.

    Alimenté con mi vasta cultura sus ansias de conocimiento, saciándola en todos los ámbitos que despertaban en ella gran interés: música, teatro, literatura…

    Consentí que me acompañara a toda reunión, tertulia, estreno o concierto. Manteniendo las distancias, pero provocando en su piel esa ligera excitación que procura la sensación previa a ser tocada.

    Disfrutaba viendo cómo se ruborizaba al cogerle la mano para ayudarle a bajar del coche, bajando la cabeza tímidamente, con esa media sonrisa que se escapaba de sus labios. Había conseguido transportarla a ese momento justo de la adolescencia en que descubres la implacable necesidad de sentir amor, procurándole sensaciones que, estoy convencido, jamás había sentido con tanta intensidad.

    Enamorada estaba, no me cabía la menor duda, recurriendo a mí en todo momento y buscando constantemente mi aprobación. No había movimiento de su casa que no pasara por mis manos, manejándome casi como dueño absoluto. No era maltrato, quedarme con todo lo que poseía y con ella, claro está. Divertido me fue conquistarla y encima me dejaría en buena situación de por vida. Y sin necesidad de modificar demasiado mis perversas costumbres a la vista de lo enamorada que estaba.

    Había llegado el momento de darle el golpe certero, la prueba irrefutable que no deja lugar a dudas: los celos. La mejor prueba a superar, y la que más disfruto. Plan maquiavélico, dárselos con su propia amiga: Cristina. Inseparables desde niñas. Cristina era el anzuelo perfecto para comprobar si Lucía había caído sin posibilidad de retorno en mis redes. No es que me atrajera demasiado, lo único que tenía era belleza, ni conversación ni inteligencia, pero era la perfecta candidata. Lucía sufriría los celos con mayor intensidad.

    El coqueteo que me traía con Cristina fue terriblemente descarado, no quería conquistarla realmente, solo quería que Lucia lo viera. Y hay una cosa clara, a las mujeres hay que ponérselo delante para que lo vean, porque si no se distraen con nimiedades y se olvidan de prestar atención.

    Mis cartas a Cristina a veces, sin querer, se perdían en el camino, llegando (de forma casual) a las manos de Lucía. La primera vez se sorprendió, la segunda lo asimiló, las siguientes solo acertó a llorar, desconsolada. Pero siempre a solas, callada, aguantaba el tipo estoicamente. Ni siquiera era capaz de reprocharme ese coqueteo ficticio, pero efectivo. Tampoco a Cristina, por descontado, aunque se muriera entre los celos y la traición.

    Cristina también se lo creyó, y sin pensar demasiado en su amiga, comenzó a confesarle lo mucho que me amaba, lo mucho que desde siempre me había amado, desde la primera vez que me oyó hablar. Supongo que algunas mujeres se conquistan solas.

    Con el paso de las semanas, Lucía comenzó a languidecer. Creo que la culpa fue la noche que pasó llorando en el balcón de su habitación, observándonos pasear por el jardín, creyéndose oculta por la oscuridad de la noche, pero la delató su gimoteo infantil que, lejano, retumbaba en mis oídos.

    Cristina estaba convencida que el siguiente paso sería casarnos. Inocente, ¿aún no se había percatado de con quién estaba tratando? Mientras, Lucía guardaba cama. Y las semanas pasaban pero ella no mejoraba, aquello me intranquilizaba, comencé a preocuparme. No era normal que un supuesto enfriamiento la llevara tanto tiempo. Los médicos no hacían nada porque no eran capaces de dar con su dolencia.

    Comencé a visitarla de vez en cuando, a veces llevándole flores que recogía del jardín. Entonces sus ojos se empañaban y, ante eso, se me hacía difícil tragar mi propia saliva. Apenas hablaba, blanca como la cera, consumida. Demacrada.

    Murió en apenas dos meses. Cristina lo heredó todo, así lo decidió Lucía un par de días antes de fallecer, con la única condición de ser enterrada en el jardín, costumbre familiar a la que Cristina accedió de buen grado.

    Apenas tres meses después nos casamos. Cristina no es la mujer ideal, pero al menos es lo suficientemente ingenua como para que pueda seguir con mi vida disoluta mientras ella me espera en casa como buena esposa.

    Todavía siento la presencia de Lucía en la casa, es como si aún no se hubiera ido, y esta primavera se ha cumplido un año desde que nos dejó. Sigo llevándole flores del jardín que arranco cada mañana y me quedo un rato allí, sentado, recordando los momentos vividos, su risa, su inocencia, la timidez reflejada en su cara cuando la ayudaba a bajar del coche, sus increíbles ansias de aprender, de escucharme, su animada conversación.

    No quiero recordarla en su deterioro, cuando le cambió el color y los ojos tornaron tristes hasta cerrarse por última vez.

    Una de las amas me comentó un día que Lucía se pasaba las horas intentando escribir cartas que luego guardaba en el doble fondo del cajoncito del escritorio. Hoy la curiosidad supera el miedo y he entrado en su cuarto en busca de esas cartas. Todo sigue tal y como lo dejó Lucía, me recorre un escalofrío al notar aún su olor perfumando la estancia. Me dirijo al escritorio y saco el cajoncito. En su doble fondo solo hallo una carta. Una.

    Desdoblo la carta con dedos temblorosos. Pensar que no hace un año ese papel era sostenido por ella. Me sosiego y comienzo a leer:

    “A mi locura:

    Va a ser cierto lo que dicen de que todos necesitamos a alguien. Pues bien, yo que presumía de independencia por mi condición, confieso sin remordimientos, que he sucumbido. Sin más. Perdiendo el juicio y la salud por un amor que no me corresponde. Y siendo Cristina la única que mueve el motor de su corazón, me hago a un lado elegantemente, aunque con ello pierda lo mejor de mi vida y por ende, también mi vida. Sin rencor, pues la quiero como a una hermana, y a él, simplemente lo quiero”

    (Dedicado a Aitana Wulff Armerteros y Francisco Farias Arquer)

     

    Comentarios

    1. Avatar de Gabriel Rodriguez-Paez

      Gabriel Rodriguez-Paez

      19 octubre, 2011

      “…a base de golpear sin piedad el muro de su seguridad, obtuve un ser vulnerable y maleable.” “Y hay una cosa clara, a las mujeres hay que ponérselo delante para que lo vean, porque si no se distraen con nimiedades y se olvidan de prestar atención.” Ortega y Gasset tiene un escrito bello, elegante, sobre el amor. No recuerdo el título: apenas lo hojee en la casa de una amiga aguantando una tarde doblemente aburrida. Y encontré, felízmente, la concepción del filósofo sobre Don Juan. De él es la frase: “Don Juan no hace el amor a las mujeres; las mujeres hacen el amor a Don Juan” En el mismo escrito sostiene que Don Juan no puede ser definido por sus torpes imitadores, así como un médico o un zapatero no puede definirse por procaces simulacros de parecidos. Lo mismo pasa con Don Juan, y es la impresión que tengo del cuento. Es la imagen tradicionalmente que el cine nos ha vendido del hombre seductor que sin esfuerzo consigue lo que quiere; pero Don Juan, necesariamente, debe ser más profundo para interesar al arte. Está bien escrito el texto, salvo una que otra corrección, y noto entre sus líneas tu estilo, Cat. Las dos líneas que arriba cité merecen mi aplauso. Un acercamiento a Don Juan del calibre como lo precisa Ortega y Gasset creo tenerlo en el tercer escrito prohibido que próximamente publicaré. Saludos y un gusto leerte.

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