La verdad sobre los Reyes Magos

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Sé que vais a poner cara rara, pero os voy a contar lo que pasó.

Era la noche del 6 de enero: la noche de los Reyes Magos. Mientras les dejábamos polvorones y pan, mis padres nos recordaron a mi hermano y a mí que no podíamos despertarnos por la noche, ni mucho menos levantarnos, porque los reyes nos dejarían sin regalos.

A mí eso ya me pareció sospechoso. Seguro que nos estaban diciendo eso para cubrir una mentira, como siempre hacen los adultos. Me fui a la cama con la mosca detrás de la oreja, pero actué normalmente. Sin embargo, me propuse quedarme despierta toda la noche, para ver si realmente los Reyes Magos me dejarían o no sin regalo.

Pasó el tiempo. Y cuando iba por la estrella número 4.394, escuché como la puerta de la habitación de mis padres se abría con sigilo. Cuchichearon un poco, y escuché sus pasos dirigiéndose al salón, donde estaba el abeto. Trastearon un poco y volvieron a la cama, cerrando tras de sí la puerta. La cosa ya empezó a olerme a chamusquina. ¿Qué se suponía que estaban haciendo toqueteando en el árbol de Navidad? ¿Querían quedarse todos los regalos?

Tenía curiosidad, pero decidí esperar a que mis padres se durmiesen para levantarme a echar un ojo. Estaba a punto de desistir, cuando de pronto, oí el ruido de pasos en el salón. Escuché voces hablar por lo bajo. No eran mis padres. Eran voces de hombres. Un nerviosismo me llenó el cuerpo. Pero la curiosidad me reconcomía.

Con el sigilo solo propio de los niños, me levanté, y descalza empecé a caminar hacia la puerta de mi habitación. La abrí, y me dirigí al salón con pasos de gato. Las voces seguían hablando tranquilamente. Conseguí capturar esta parte de la conversación mientras cubría mi pequeña figura con el marco de la puerta:

—Tío, qué agotamiento. Ya no pueden quedar muchas más casas, ¿no?

—No. ¿No ves que ya está a punto de amanecer? Menos mal que este año hemos hecho antes África que Europa. Que se queden sin regalos los niños ricos, que a estos les hace menos falta —respondió una voz grave.

—Ey, aquí nos han dejado pan tierno. ¿Por qué dejarán pan duro casi todos?

—Digo yo que seguirán creyéndose lo de los camellos —risas sofocadas—. Esta vez los padres no lo han tirado por lo menos —respondió una voz más joven.

—Aquí estos padres no saben qué regalar. Anda, Mel, saca la carta de esta casa.

—El pequeño pidió un hermanito, y un muñeco de trapo. ¿Por qué le habrán dejado un coche de carreras? La niña que sus padres le diese un abrazo cada noche, antes de acostarse, además de vernos hoy. Le han dejado un juego de ordenador.

—Menudos padres hay hoy en día.

Asomé la cabeza por la puerta y los vi allí: los tres Reyes Magos. No eran como nos los han descrito. No llevaban ampulosas capas ni turbantes, ni nada de eso. Melchor era el más viejo. Tenía el pelo y la barba blancos, pero no exuberantes, como nos decían. Llevaba muy bien recortada la barba, dejando los mofletes sin pelo. Le habían empezado a aparecer arrugas en la frente y alrededor de los labios (normal, con su trabajo). Llevaba un traje sin corbata que le hacía muy estirado. Gaspar tenía una cara de bonachón que no podía con ella. Debía tener poco pelo en la cabeza porque se había rapado. Sin embargo, se había dejado crecer la barba pelirroja libremente. Era muy pálido y el rojo de la barba le quedaba gracioso. Vestía una camisa con unos pantalones cómodos. Baltasar era negro. En eso no se equivocaron. Tenía el pelo con mucho volumen, recogido con un pañuelo. La barba la llevaba no muy larga a lo largo de la cara, y hecha trenza en el mentón. Vestía unas ropas coloridas y muy anchas.

Parecían muy majos. De pronto, Baltasar me miró. Era muy guapo. Y murmuró:

—Oh, mierda —era una palabrota, pero a lo mejor los Reyes Magos pueden decirlas.

Los otros dos me miraron también. Melchor me dio miedo. Me clavó una mirada acusadora y terrorífica. Gaspar me pidió que me acercara, mientras Melchor empezó a farfullar por lo bajo.

—Tú debes de ser Marta —asentí—. Hoy nos has visto, pero no puedes decírselo a nadie. Tú haz como que hoy no ha pasado nada. Este año hemos cumplido uno de los regalos que podíamos darte de inmediato. El otro solo dependerá de tus padres. No sé qué más podemos darte para que mantengas nuestro secreto.

—Yo sí —dijo Baltasar—. A mí me has caído bien. El año que viene, vuelve a hacer lo mismo: cuando nos oigas ven a vernos. No lo hemos hecho nunca con nadie. Nadie sabe quiénes somos.

—Sí, hombre. ¿Y qué más? Ya que estamos, ¿la invitamos en nuestro viaje el próximo año? —replicó Melchor.

—Anda, Mel, cállate. Sólo refunfuñas últimamente. En esta casa nos han dejado pan tierno, y los padres no se han comido los polvorones.

—Tengo más, si queréis —murmuré tímidamente.

Y respondió Gaspar:

—Muchas gracias, Marta, pero ya nos hemos entretenido demasiado. Tenemos que irnos, o no llegaremos a las últimas familias.

—¿Os puedo hacer una pregunta?

Melchor puso los ojos en blanco suspirando.

—¿Cómo os da tiempo a ir de una casa a otra tan rápido?

—Ah, no. Eso sí que no, jovencita —dijo el viejo apuntándome con un dedo-. Eso es secreto de los Reyes Magos. Y ahora, vayámonos de una maldita vez —se dieron la mano—. Pero no. ¡No delante de la niña!

Baltasar me miró sonriente, y me guiñó un ojo. Creo que me enamoré un poco de él. Entonces, se desvanecieron en el aire.

Y aquí estoy: dando a entender a la gente que creo que no existen. Y me he dado cuenta de que los Reyes Magos guardan muy bien su secreto.

Comentarios

  1. Profile photo of Paloma Benavente

    Paloma Benavente

    9 octubre, 2011

    Creo que Marta tiene un arduo trabajo por delante, y que la van a tomar por loquita. ¡Pobre!

  2. Nicolas

    9 octubre, 2011

    Gran relato, limpio, impecable!
    Me gusta esa humanización de los reyes, bajarlos a la tierra, hacerlos hombres!!
    Gracias por compartorlo.
    Un saludo.

  3. Profile photo of Luna.de.lobos

    Luna.de.lobos

    9 octubre, 2011

    Muchas gracias. Todo esto vino por una conversación que tuve con una amiga sobre cómo eran nuestras noches y mañanas de Reyes. Entonces me imaginé cómo sería su vida, y apareció Marta.
    Un abrazo!
    Luna de lobos

  4. Profile photo of buko

    buko

    10 octubre, 2011

    Bien. Entre tierno y real. Muy bueno.

    Abrazos.

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      11 octubre, 2011

      La inocencia de ella, la sociedad demasiado incrédula para mi gusto…
      Gracias, Buko

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