Sangre de Peperoni (Capítulos I al III)

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1

El tren frenó, desperté bruscamente. “Gracias por viajar con nosotros” dijo una voz dulce. Cogí la mochila roja y fui hacia la salida. Me encanta cruzar los vagones, mirar por encima del hombro, sentirme observado por el resto.

Recorrí el pasillo y vi caras, viajeros, camisas arrugadas, bigotes, mujeres gritando y niños golpeando mis rodillas. Viajeros que quieren bajar, que se agolpan en la puerta, que cierran el paso a la señora que hay en el baño y tiene claustrofobia. Revistas porno, calcetines marrones. Maletas. Un tipo mayor sujetaba su maleta, con fuerza. Sospeché. Desconfío de los que pretenden pasar desapercibidos. <<Seguro que guarda un montón de pollas ahí dentro>>, me dije. Nos miramos. Quise abrirle el equipaje, lanzar todas aquellas pollas saltarinas y correr, solo correr, pero no lo hice y solo lo pensé.

Salí de la estación y un bochorno pegajoso se adhirió a mi piel. Esa humedad, solo eso. Por un momento pensé que alguien me esperaba en algún lado y no me había encontrado aún, o simplemente llegaba tarde. Pensé en papá y en Leo. Vi gente abrazada, sentí envidia y soledad. Compré una revista musical y esperé en un banco. No pude leer mientras los demás sonreían. Encendí un cigarro y tiré con ganas. Después me cansé de fumar y fui a por un taxi.

La ciudad se movía lentamente, las chicas paseaban escuetas de ropa. A las seis el sol ya calentaba poco. Era frustrante pensar que, tras un año en el extranjero, volver a casa acarrearía depender de nuevo de mis padres, de mi novia Leo y de un hogar autocrático del que me había olvidado ya. Sin embargo, me reconfortaba saber que no tendría que descargar más televisores.

El coche cruzaba la avenida y los semáforos formaban hileras de colores.

–¿Visita o vuelves de viaje? –preguntó el taxista con voz cazallera.

–Vuelvo –dije.

–Una vez estuve en Londres cuando era joven. Demasiada gente y siempre lloviendo. Aunque muy bonito. Sí, muy bonito, sí. Los museos también. Fuimos mi señora y yo a verlos. No entiendo el arte, no, pero muy bonito.

Reí y no me hizo gracia. No estuve en Londres, no sabía de qué hablaba, pero lo hacía demasiado rápido, resultaba complicado seguirle el ritmo. Me recordó a una de esas impresoras matriciales que chirrían al imprimir, así de molesto era su tono. También me ofendió que sobreentendiera las cosas por sí solo. Utilizar gafas no equivalía a ser miope intelectual, pero serían las lentes, supuse. Me gustaba suponer. Era un síndrome. Todos sufrimos síndromes no diagnosticados. Aquel tipo me hizo sentir mal. No supe qué decir y no dije nada.

Llegamos a casa, recogí el bulto del maletero y me dio una palmada en el hombro. –Vaya con Dios –me dijo. Gilipollas.

Boquiabierto, eché un vistazo a la calle y respiré hondo. Hogar, dulce hogar. Todo igual, más mugriento, quizás, pero todo en orden. <<Nada cambia>> pensé. Vivía en un barrio de clase media, perjudicado tras los años, por los desmanes del desempleo.

En el portal de mi edificio vi una ralladura con llave que hicimos Leo y yo antes de marchar. “Juntos y cosidos por el cuello” decía.

<<Joder, eres un moñas>>, me dije. Debí devolverle los e-mails. Retortijones. Toqué el relieve del rayado y agaché la cabeza. Sentí arcadas, presión abdominal y una bola líquida impulsada. Vomité dos veces junto a la puerta y salpiqué el equipaje de maíz, lechuga y troncos de mar. Me limpié con la manga del jersey y apoyé el culo sobre el bordillo del portal.

–¡Oh, mierda!– dije.

2

Éramos un pack, un ying y un yang, una flecha de amor bizarro a cargo de un Cupido que empinaba el codo y se ponía de speed. Mi historia con Leo era una trilogía sin final. Algunas historias eran así.

La vi por primera vez en un concierto de postpunk donde tocaban grupos que imitaban malamente a Beat Happening. Podías encontrar cantantes con rímel vestidos como la Gestapo. Era lo que estaba de moda entonces, eso y ser barbudo; eso y vestir como un granjero. Eso y parecer un paleto.

Leer a Bukowski y escuchar folk también estaba de moda.

Leo tenía diecisiete años, una lisa melena castaña que destellaba, acné revoltoso y pechitos redondos. Mmm, qué rica cuando lo pienso. Un año más joven y enamorada de mí, qué afortunado. Íbamos al mismo curso. Yo era repetidor, un clásico. El rebelde. Yo decía eso de “paso de todo”. Mi actitud trabajaba con ellas.

Leo era popular, algunos chicos le regalaban CD’s con canciones y otros, simplemente, la llevaban los domingos al cine. Leo aprovechaba su descaro y les pedía los discos que me faltaban para después regalármelos. Si hubiera tenido aquella información entonces, ahora contaría otra historia. Otra historia peor, seguramente. Parecía engendrada de un material tan fino, que resultaba frívolo metérsela por si se despiezaba. Leo no me interesaba, no. Era inocente, infantil y virgen. Las chicas vírgenes solo traían problemas.

Los sábados se ponía hasta el culo de tequila mientras papá dormía despreocupado pensando en fiestas de pijamas. Aquella noche no hablamos, solo tropezamos e intenté escupir algo coherente. Tuve mi oportunidad y la perdí. Entonces era estúpido, me gustaba hacer el idiota con los chicos. Ligar era complicado, secundario, siempre lo había sido. Golpearse, no. No había cambiado tanto.

Un año después, coincidimos algunos viernes entre las pegajosas paredes del Dolce Vita, el pub de los niñatos que fumaban canutos y echaban sus primeros polvos con las más guarras de la clase. Nadie quería ser el último. Todos buscábamos follar. Yo, el que más, pero nunca ocurrió nada entre nosotros.

Entonces llegó el verano, el final de la escuela, las vacaciones de nuestras vidas. Los bares echaron la persiana, hicimos pintadas en el coche de la profe de física y nos dijimos adiós estrechándonos la mano. Leo obtuvo una beca en el extranjero para aprender inglés. Noventa días estivales que dediqué a jugar al mus y a beber como un hijoputa.

Noventa días más al sol.

Durante aquellos meses, las calles de Oxford convirtieron a Leo en pequeños clichés anglosajones, desde el punk hasta el tecno-disco. Fue tanta la información que no supo cómo asimilarla. Su cabeza giraba como un carrusel oxidado. Tardes de vodka paseando por los largos jardines del campus. A veces colgaba fotos vestida con botas negras, haciendo una uve con los dedos y diciendo ‘fuck you’. Otras, me escribía ebria desde un cibercafé.

Muérete, le decía yo.

El verano corría como pólvora prendida. Yo pasaba las noches amando a chicas en el apartamento de la playa, mientras que Leo fumaba yerba con niñatos galeses. Había sustituido el moño por un corte de pelo azul, y las sudaderas de GAP por una gabardina amarilla de segunda mano. La última semana en Oxford conoció a Paul, un descarado rubiales irlandés que la llevó a su terreno, compartiendo noches y desayunos, pero nada más. Su fantasía se agotó y Leo dio el último empujón, dejando su inocencia impregnada para siempre, sobre los pliegues de las sábanas de su compañero.

 

3

 

Pronuncié mi nombre y la puerta cedió. El ascensor estaba ocupado, así que subí a pie. Me hastiaba pensar que tropezaría con alguien. Todo el mundo odia a alguien, todo el mundo odia a un vecino, el que vive frente a tu puerta, o debajo. No importa. No es una cuestión de sexo o raza. Es un sentimiento de odio. Chirría mientras folla cuando tú quieres dormir. Sube el volumen de su disco de Edith Piaf cuando intentas concentrarte. Callas, y piensas en devolvérsela algún día, y te imaginas chirriando en tu cama, y a él dando vueltas en su habitación, tapándose con la almohada. Eso es. Lo encuentras saliendo de casa y te frotas las manos. Algún día, hijo de puta.

La puerta estaba entreabierta y llegaba el zumbido de la televisión. Por un momento dudé en pasar al no encontrar a nadie en el recibidor. Me aseguré de que era mi casa, miré bien, comprobé el buzón. No lo podía creer. Mi llegada debía ser mediática y sin embargo, parecía no importarles. <<Odio mi vida>>, pensé. Volver a tu casa y que nadie te reciba. Así era mi familia. Puede que no estuviera tan mal eso de viajar en la parte trasera de un camión descargando televisores. Allí al menos, me conocían por mi nombre. Me entró rabia. Asomé la cabeza y crucé la entrada.

Olí a hogar, a pechugas empanadas de mediodía y a ese ambientador de limón que toda madre coloca para que el piso no apeste. La oscuridad me abrió sus brazos y al fondo del pasillo, oí la voz de papá desquiciado, también la de Elena, mi hermana, la hija pródiga que marchó a Francia a estudiar bellas artes y jamás volvió. Saqué un bolígrafo y apunté en un papel: huir.

Abrí la puerta.

–Explícate de nuevo, no puedo creer que seas tan inconsciente –dijo mi padre.

–Es simple. Tengo novio, y es negro. Sí. No pongas esa cara. No seas nazi. Es negro y voy a ser madre –exclamó Elena.

Mi padre encendió otro cigarro, caminó hasta la ventana y bramó durante un rato. Papá no era nazi. Se la sudaba todo. Sentí una llamada de la naturaleza y anduve hasta el baño mientras discutían. Estaba impecable y desinfectado. Había pasado tanto desde la última taza limpia, que había olvidado su aroma. Al levantar, me subí los pantalones y vi cómo el teléfono caía libremente, salpicándome la cara. <<Oh, Dios>>, me dije. Me producía arcadas rescatarlo, no era nada agradable. Mi olfato rozando el límite entre el bien y el mal, a centímetros. Supe que era un viaje sin retorno. Pensé en moscas. Me remangué, agarré una toalla y mojé mi mano de agua, orín y excremento. Partí el mojón, su tacto era blando, delicado; como galletas troceadas sumergidas en leche. Un intenso hedor subió <<Hostia–puta–qué–asco>>, lamenté. El móvil no arrancaba, lo envolví en un toalla y lo dejé en la papelera.

Al salir de allí, me di cuenta de que mamá no estaba. Tampoco quise preguntar. Fui a mi habitación, todo seguía igual, en su sitio. Olía a adolescencia, a último verano. Una fotocopia de James Dean dentro de un portarretratos, una botella de Jack Daniels con dos dedos de whisky. Abrí el armario, cogí una mancuerna y me contemplé. Estaba flácido, deshinchado. Necesitaba un corte de pelo acorde a mi edad. No alardeaba de ser un tipo duro, tampoco un tipo serio. Simplemente alguien respetable. <<Vaya mierda. Molaría ser James Dean>>, pensé.

Mi padre peleaba con Elena y quise desaparecer. Me hubiera gustado llamar a alguien, pero había perdido mi agenda. Saqué el ordenador de la mochila, escribí un e-mail a Elena y me fui.

Anduve seis calles hasta una parada de bus. Caminé y observé a las personas que entraban y salían de las tiendas; los que cortaban el chóped en las carnicerías y los que vendían clavos y máquinas de escribir. Todos felices, sonrientes, todos querían comprar y vender algo, lo que fuese. Un traje, un contrato, un periódico, un enfado. Todos miraban y elegían, saludaban amablemente, iban al mostrador y robaban muestras de colonia. Los dependientes como sanguijuelas, se frotaban las manos. <<Borregos>>, pensé.

Esperé al autobús. Eran verdes y largos, como las palmeras. Los había olvidado. Si girabas la cabeza siempre podías encontrar una palmera y un autobús. También podías encontrar a una prostituta. La ciudad era así.

Compré un billete y me senté junto al cristal. El vehículo estaba vacío y en uno de los monitores aparecía el alcalde. Su discurso era obvio y vestía una chaqueta de tweed barata. No tenía gusto.

En la siguiente parada subió una chica morena de estatura media con un sombrero gris. Llevaba una carpeta donde intuí que guardaría planos de edificios o esbozos de obras incompletas. Vestía una blusa negra que le marcaba la tripa y un abrigo de paño oscuro. No le preocupaba su tripa. A mí tampoco. Era una tripa guay. Ni siquiera gordita.

Tenía el pelo oscuro y unos ojos azules que radiaban magnetismo. Eran bonitos, como dos canicas de cristal. El chófer la examinó de un vistazo y vigiló sus pasos a través del retrovisor. La chica pagó y se sentó a mi lado. Olía a fresas.

—Hueles a tacos con queso y frijoles.

—No sé a qué huelen los frijoles —respondí apático.

—Yo tampoco. Me lo he inventado. ¿Has estado en México alguna vez? —preguntó inocentemente y giró la cabeza.

—No. Hablas demasiado —dije rascándome el mentón—. ¿Qué llevas en esa carpeta?

—Me llamo Marta, soy artista y guardo en papel mi visión particular de la vida. Me gusta recordar las cosas a mi manera.

Me gustaba. Era impertinente y sagaz, y yo había perdido práctica conversando con mujeres. El sexo opuesto me ponía enfermo.

Tuve la sensación de haber envejecido seis años en aquel vehículo. Me imaginé calvo, trajeado, con un bastón y un bote de Viagra.

—Bajo en la próxima. Podríamos tomar algo —sugerí mientras me agarraba a la barra y tocaba el botón.

—No sé. No bebo. Nunca he bebido. Tiendo a crear vicios. No quiero ser alcohólica —contestó.

<<Vaya tía más rara>>, pensé. —Entonces, ¿qué? —dije confuso.

—Te espero en una semana ahí —dijo y señaló una cafetería—. No sé. Puede que lo olvide. Odio hacer planes. Así piensas en mí.

Bajé del autobús y miré hacia atrás. Marta escuchaba su iPod junto al cristal y parecía haberlo olvidado todo.

 

CxF

Comentarios

  1. Profile photo of Falsaria

    Falsaria

    25 octubre, 2011

    ¡Bienvenido a Falsaria!

    Gracias por publicar en la red social literaria.

    Un saludo,

    El equipo de Falsaria.

  2. Profile photo of Paloma Benavente

    Paloma Benavente

    17 noviembre, 2011

    No lo había leído hasta ahora porque me daba un poco de pereza que fuese tan largo, pero ¡es buenísimo! Me he quedado con ganas de leer mucho más, hasta el final.

    • Pablo

      17 noviembre, 2011

      Hola Paloma, puedes obtener la novela completa en mi página web ;)

  3. Profile photo of

    LOBOLEJANO

    14 marzo, 2012

    De primera, como tu otro post que acabo de leer y comentar. Espero que sigas por aquí.

    Saludos!

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