La eterna Penélope

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La he dejado tantas veces que ya no necesito darle explicaciones. Cuando la miro serio y le digo “tenemos que hablar”, sin más, recoge sus cosas y vuelve a salir de mi vida, sin dejar ni rastro, sin reproches, hasta el momento en que vuelvo a echarla de menos. Entonces la llamo al móvil para que regrese y ella vuelve, sin hacer si quiera esperar.

Llevamos así unos diez años y siempre vuelve, siempre. Conmigo ha ido aprendiendo a vivir, aquerer y a odiar, a sentirse necesitada y despreciada. Ha aprendido conmigo en la cama, poniéndolo en práctica con los amantes que ha ido intercalando en los periodos de descanso que nos hemos tomado.

Siempre tan servicial, tan sutil, tan sumisa pero a la vez ardiente y salvaje. Cediendo siempre a lo que yo deseaba en cada momento, sin exigencias, sin enojos. Yo era siempre lo primero para ella; mi placer y mis caprichos eran su prioridad, por eso volvía con ella cuando mi ego flojeaba, cuando necesitaba la cura de sus besos. Hasta que sentirme recuperado, entonces vuelo en busca de sensaciones que me alejan de ella, aunque sé que esperará mi regreso.

Ahora vuelvo a querer un tiempo de descanso, he conocido a alguien totalmente opuesto a ella: escurridiza, esquiva, rebelde. Todo un reto. Necesito probarlo. Sé que si las cosas salen mal podré volver con ella, mi Penélope, que bien eligieron su nombre, siempre esperando a que yo quiera volver.

Esta tarde abrí la puerta de casa y la oí canturrear en la cocina, mientras preparaba la cena. Tranquila y despreocupada. Al verme entrar serio en la cocina se paró por un segundo, escudriñándome, esperando.

—Hola… tenemos que hablar…

Esta vez ni si quiera lloró, solo asintió con la cabeza dándome a entender que no debía decirle más, que ya sabía lo que yo quería. Se quitó lentamente el delantal y salió de la cocina. En unos veinte minutos tenía sus cosas preparadas y salía por la puerta. Me resultó raro, pues esta vez no se giró para despedirse.

Nunca olvida nada pero hoy se ha dejado su móvil en el taquillón de la entrada. Imagino que volverá mañana a por él, porque si no ¿dónde voy a llamarla cuando me canse y quiera que vuelva?

 

(Dedicado a María José Hernández López)

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