Nada

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No siento nada. Me he quedado tan vacía que no soy capaz de sentir nada.

Sentada en el borde de la ventana, el aire frío de la noche agita mi camisón azul que tanto te gustaba. Mis pies descalzos se balancean en el vacío que me ofrece este séptimo piso, esta casa que tantas veces nos vio derrochar nuestra relación salvaje y desmedida.

Sobre la mesa, un par de copas vacías y unas velas a punto de apagarse. Un vaso de whisky rueda al lado de una botella rota.

Te has ido y no logro sentir nada, si acoso pena por mí, por haber sido tan idiota de creerme alguien importante en tu vida, de creer que en algún momento durante estos años me quisiste. Me siento vacía, tan triste como eso.

Te he dado tanto siempre… Tanto… sin esperar nunca que tú me devolvieras ni tan siquiera la mitad, sin esperar nada, pensando en el fondo que te darías cuenta de lo mucho que te quiería, tanto como para renunciar a todo, incluso a mí.

Cuando llegaste hoy ni por un momento imaginé que fuese la última vez. Albergaba la absurda idea de que te darías cuenta de lo mucho que yo podía darte, quería que llegarás a necesitarme tanto como yo a ti.   Pero no… Has tenido la sangre fría de disfrutar conmigo esta noche y después, mientras te vestías, soltarme esa bomba que ha arrasado con todo aquello que había ido construyendo.

Te has escudado con palabrería, diciendo que las cosas han cambiado. Y es que, ahora que te casas, lo nuestro tenía que acabar. Como si estos seis años juntos pudieran borrarse sin más.

Te faltó valor, incluso de mirarme cuando te has marchado. Recogiste tus casos, seis años metidos en una pequeña caja de cartón. Y te he visto salir por la puerta. Ni tan siquiera me has dado un beso, el último. Cuando las puertas del ascensor se cerraron mi vida se derrumbó, desmoronándose por la alfombra.

Dentro me ardía la rabia, la amarga impotencia de verme como un juguete roto al que desprecias. Algo que, una vez usado, se tira sin darle importancia, porque nunca la tuvo.

Un alarido rompió la calma del salón. De rodillas sobre la alfombra gris, intentando encontrar consuelo, con la cara llena de lágrimas. Una imagen patética, la que nunca he querido dar, la que jamás pensé que llegaría a dar. Estuve así  durante largo rato. Después me levanté, busqué la botella de whisky que sobró de tu último cumpleaños y, vaso a vaso, acabé con ella. Más de media botella de whisky intentó apagar el fuego de odio y rabio, de vergüenza, que me ardía dentro. Vacía cayó al suelo, estaba tan borracha que no pude sujetarla y resbaló rompiéndose en mil pedazos, esparciéndose por la alfombra. Miles de cristalitos que lanzaban pequeños destellos al reflejarse la luz en ellos.

Abrí la ventana para que el aire limpio de la calle se llevara aquel dolor. La noche era tan oscura, sin ruido, sin gente, sin luna… sin ti.

Decidí sentarme en la ventana, mis piernas cuelgan por fuera, a merced del viento frio que sopla violento.

No siento nada. Quizá frio por el viento caprichoso que no sabe dónde quiere ir y que, mientras lo decide, juega con mi camisón azul agitándolo con furia, como hacías tú.

Cojo impulso con las manos y me dejo caer libre desde la ventana. No siento nada, no grito, ni lloro, solo caigo libremente cada vez con más velocidad. Por mi cabeza pasan imágenes… Tus ojos verdes… La primera vez que me besaste… Aquella fiesta de Navidad… Cuando llegaste hoy a casa… Las puertas del ascensor cerrándose… La botella rompiéndose en mil pedazos contra el suelo.

 

(Dedicado a Sonia Betancort)

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