Noches en satén blanco

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“En tu alma se asienta la venganza.  Allí donde tú muerdes, una costra negra se forma: el veneno de tu venganza hace bailar como un torbellino a las almas.  ¡Torbellinos de venganza encrespa en el alma tu veneno!”

Friedrich Nietzsche

 

A Sandra Murcia

   El jardín artificioso del patio reverdecía con las copiosas lluvias de Abril.  Un olor a tierra húmeda saturaba las cosas como sahumerio de sacristía, pero el café tostado que preparaban las llevaba a ignorar el aire de cementerio que respiraba la casa.

– Ha estado así desde la última vez.

– Se está volviendo loca.  Y el amor tiene la culpa.

Recorría con un peine gastado su cabello sedoso mientras el achacoso tocadisco de su cuarto rodaba Night in White satin.  Frente al espejo y a la penumbra provocada por la débil luz de una vela, Chanita balbucía la misma frase buscando purificar sus labios: “El amor es una locura que merece ser vivida”.

– Terminó.  Tal vez ahora sí.

– Ahora sí… ¿qué?

Pero la canción como otras veces, como tantas innumerables veces de expiación emocional, volvía a comenzar.

– Ahh… no sé cuánto tiempo pueda soportar esto.

– Pero mamaíta, es tu hermana y…

– ¡¿Y qué?!  Ya se me está prendiendo su locura.

– Sabes lo que cree: esa canción para ella es un mantra.

En ocasiones de sus ojos brotaban lágrimas.  Lágrimas que cubrieron al último pretendiente que entre sus brazos se desmoronó como una pila de sal dejándola con el hastío de su existencia confusa.  Ella lo quiso.  Tal vez lo adoró, pero el amor que prodigaba a los hombres era un amasijo de veleidosos caprichos que súbitamente variaba.

– ¿Nunca te has preguntado por qué no murió?

– No sé, Yuyis.  No sé.  Porque no era su hora, porque no fue tanto… quién sabe.  Pero eso no interesa ahora.

La bebida estaba lista, pero no la sirvieron.

– El veneno de esas víboras es capaz de matar a cien hombres, y a Chanita sólo le costó algunas semanas en cama recuperándose de la infección.

– Tuvo suerte, tal vez.  Pero desde ese día en la finca papá la trajo a vivir aquí y me tocó convertir el patio en este matorral macabro que me asusta.  Sobretodo en tardes como esta, cuando pienso que van a salir de la tierra y me van a halar las patas.

– Tu papá fue bueno, mamaíta.  El siempre quiso lo mejor para ustedes.  Pensó que Chanita iba a extrañar menos el campo si lo trasplantaba en el patio de tu casa.

– ¿Y crees que para mí la vida ha sido más sencilla?  Ya se me acabaron las disculpas y no puedo evitar las miradas y los murmullos cuando voy a la plaza.  No sé qué hacer.

Chanita rememoraba los términos exactos de su desventura: aquellos que la abandonaron tras el manto encubridor de la noche.  Sus juegos de seducción consistían en recorrer con sevicia a los hombres que la visitaban en la penumbra de su habitación sin llegar al éxtasis en que se consuma el deseo de la carne.  El aroma del placer a flor de piel que la estremecía y la hacía sudar con vehemencia.  Y al despertar de su delirio erótico, su inexplicable ausencia.  El engaño, la trampa de la que se sentía víctima.  Y usada, para alimentar el apetito insaciable de la lujuria masculina.

– Mi esperanza es que hoy vendrá otro.

– Querrás decir “el último”.

– Como sea.  La cuestión es que vendrá.  No más necesito que se quede hasta el amanecer durmiendo otro sueño.

La lluvia no cesaba.  Esperaban la hora convenida al tanto que la canción se repetía hasta el hartazgo.  Llamaron a la puerta.  Ensopado por completo, un hombre vestido con gabán negro las saludó.

– ¿Hace cuánto que no nos veíamos?

– A decir verdad, desde que se fueron del pueblo.  Veo que les ha ido muy bien.

Lo invitaron a la mesa y le acercaron una taza hirviente de café, la cual miró con desconfianza.

– Allá en el pueblo la vida no ha sido fácil, sobretodo porque no hay quién trabaje la tierra.

– Dejemos las malas noticias para después, ¿te parece? Ahora lo importante es Chana.

Sentado junto a las mujeres, rojeaba la taza con desdén cuidando cada uno de sus actos.

– Todos nuestros amigos han desaparecido y se rumora que están muertos.  ¿Ustedes no saben nada de ellos?

– No, no lo sabemos, porque tuvieron la descortesía de partir en la madrugada, como los ladrones.  ¿No es así, Yuyis?

– Sí, mamaíta.  Así es.  Nos visitaron y siguieron su camino.

La canción que se repite.  La lluvia que no cede.

– Ha sido un invierno muy largo.  Y frío.  ¿Me puedes ayudar con el gabán, Yuyis?

– Sí, claro.

Le entregó el gabán y persiguió con la mirada el sitio donde lo iba a colgar.  Fue cuidadosa de no abrir por completo la despensa, aunque no impidió con su cautela que aquel hombre lograra ver otros gabanes colgados.

– Ya sabes cómo son las gentes de por aquí.  Andan inventando muchas cosas porque no tiene nada mejor que hacer.  Esto es un infierno grande.

– Claro, mamaíta.  Como tú lo dices.  Pueblo pequeño, infierno grande.  Pero ¿ustedes no van a tomar café conmigo?

– No, ya tomamos.

– Claro que sí.  Yuyis, sírvete dos tazas.

El juego de intrigas ya había comenzado y él tenía la iniciativa.  Sabía que ellas conocían sus sospechas.

– Y ¿cómo está Chana?

– Bien, como loca…

– No digas eso, Yuyis.  No es apropiado.  Más bien triste porque te extraña, como te lo hice saber en la carta.  Me alegra que hayas venido tan pronto.  Serás un consuelo para ella, que se siente sola.

Evitaba en lo posible inhalar el sospechoso vapor de su taza, al tanto que ambas mujeres lo habían dejado servido sobre la mesa sin querer probarlo.

– Ella te necesita.  Lo sabes.  Últimamente no se ha sentido bien.

– Lo sé.  Por eso vine: porque la quiero.

– Tu amor será como un bálsamo para su soledad. ¿No es así, mamaíta, como ella lo dice?

– Sí Yuyis.  ¿No te gustó el café?

Al sentirse acechado por la pregunta, el hombre se levantó de la silla y hablaba mirando al patio.

– Sí, me gusta.  Y para este frío es oportuno.

– Pero se te va a enfriar en la mano, porque no lo has probado.

– Tienes razón, mamaíta.  Preparabas en el pueblo el mejor café.  Y de seguro no has olvidado cómo se hace.  ¿Por qué se repite tanto esa canción?

– Es la preferida de Chana, aunque a mamaíta no le guste mucho.

– No, no es eso.  Lo que pasa es que la repite demasiado…

Aprovechó la discusión de las mujeres para arrojar el contenido incierto de la taza al jardín y simuló beber con agrado.

– Lo sabía.  No has olvidado cómo se hace.  ¿Puedo ver a Chana, la puedes llamar?

Extrañadas por su actitud, se miraron sorprendidas.

– Contigo no necesitamos esos protocolos.  Pasa a su habitación, si lo deseas.

Chana y sus cabellos, con la mirada perdida en el espejo cuando entró.

– Hola mi chanita.

– ¡Hola pollito!

Se fundieron en un abrazo entrañable.  A puerta cerrada, la conversación se hizo confidente.

– No tenemos mucho tiempo, Chana.  Debemos salir de aquí.  Los rumores eran ciertos: los hombres que entraron en esta casa nunca salieron con vida.  Sus abrigos están en la despensa.  Tus hermanas los envenenaron con el café.  Ignoro cómo se deshacen de los cadáveres, pero deben ser hábiles para que no las noten.

– Sácame de aquí, amor mío.  Están locas y me tienen secuestrada.  La vida se me hace insoportable con ellas afuera.  ¡Eres mi salvación!

– Lo sé, Chanita mía.  No muy lejos nos esperan.  Pero debemos actuar rápido.

Lo tenía tan cerca, que su aliento varonil la hizo humedecer.

– No hay prisa, amor mío.  Ven…

– No, Chana.  No hay tiempo.

– ¿Y para qué necesitas tiempo?  Todo lo que necesitas está al alcance de tu mano.

Sus zalameras caricias intentaban persuadirlo, pero él se resistía.

– ¿Cómo que para qué?  Debemos huir.

– ¿Huir?  ¿A dónde?  No quiero salir de aquí.

– Pero, ¿te escuchas, amor?  Me acabas de decir que te tienen secuestrada.

– No, no he dicho eso.  Pero no te pongas así.  Ven a mí, gocemos de nuestro amor.

– ¿Te sientes bien, Chana?  Te acabo de decir que tu hermana y tu prima son asesinas, que no tenemos mucho tiempo para salir.  ¿Y ahora quieres quedarte?…

– Descuida, mi vida.  Tenemos todo el tiempo del mundo.

– ¿Por qué repites esa canción?

– Es nuestra canción, ¿recuerdas?

De sus ojos brotaron lágrimas.

– Ya, ya amor mío.  La vida nos separó el día de tu accidente, pero hoy nos da una nueva oportunidad.

El olor de su humedad le hizo susurrar una frase teñida de pasado.

– Tu rostro virginal escolta, junto con tu hermana y tu prima, mis tormentosos sueños.

Y la confesión de esas palabras al ritmo de la melodía que se repetía, se tradujo en un manantial de caricias que recorrió sus mejillas limpiando las lágrimas, su cuello esbelto adornado por una cadenita de oro bastardo.  La blusa se deslizó vencida por su espalda dejándola desvalida al deseo de la carne.  Minuciosamente recorrió con sus labios cada rincón de la hembra en celo, que presa de la excitación sudaba con vehemencia en una habitación helada y a la penumbra.  Enloquecido por el néctar que impregnaba sus labios se rindió a los juegos de seducción de la princesa de su infancia.  Ella deliraba como sólo las mujeres que se sienten atrapadas en los brazos del hombre de sus fantasías pueden hacerlo: hasta desvanecerse.  Y luego, tras horas de inolvidable desenfreno erótico, el grito.

Como en ocasiones anteriores, las mujeres entraron en la habitación, taza en mano, encontrando el mismo cuadro patético: Chana completamente bañada en sudor jadeando a un lado de la cama y al hombre en el otro con los labios amoratados.

– ¡Volvió a ocurrir!

– De nuevo.  Pero en algo tuvo razón: preparas un café delicioso, mamaíta.

– Esta vez sí tienes listo el foso. ¿O no Yuyis?…

– Descuida.  Lo cavé antes que comenzara a llover, pero el jardín ya es pequeño para tanto cadáver.

– Entonces tenemos que darnos prisa, porque ya casi amanece.

Chanita escuchaba la conversación desde su inconsciencia.

– En cuanto a ti, hermana, duerme, que para más tarde te consolaré con la mentira que te gusta escuchar: los hombres son todos iguales y para lo único que te buscan es para su placer.

Le susurra al oído.

– Después de todo, ¿quién tiene la culpa de llevar en el sudor de su cuerpo la maldición de un veneno?

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Carmen

    Carmen

    29 noviembre, 2011

    Muy bueno! La frase final, un diez!
    Saludos!

  2. Imagen de perfil de

    Lidyfeliz

    29 noviembre, 2011

    Gabriel, un placer leer tu relato. Me atraparon las metáforas y que bien que las utilizás. Los diálogos bien llevados y con ritmo.
    Luego leeré más de tus escritos.
    Te paso mi blog. http://www.escritosdemiuniverso.blogspot.com y comentes algunas cosas mías.
    En Falsaria también tengo publicados tres cuentos. Un abrazo. Lidia Castro Hernando

  3. Imagen de perfil de Lobo

    Lobo

    4 diciembre, 2011

    De acuerdo con el comentario anterior, ritmo excelente, me gustó que no regalas la trama, no tengo textos todavía por acá llegué por clicks infinitos, ahora creo que está bueno haber pernoctado. Saludos.

  4. Imagen de perfil de Gabriel Rodriguez-Paez

    Gabriel Rodriguez-Paez

    7 diciembre, 2011

    Bienvenidos a este sitio Carmen, Lidya y Lobo. Agradezco sus comentarios y más su lectura. Por aquí estaremos en contacto. Saludos.

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