El genio creador

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Otro pinchazo más.

Esta vez al mismo tiempo que los cubiertos chocaban unos con otros cuando el Hombre abrió con fuerza y desesperación el cajón de la cocina que guardaba el medicamento.

Esa mañana el dolor de cabeza era insoportable. Otras veces, se presentaba como una ligera molestia que desaparecía enseguida y otras como un dolor agudo intermitente, pero la jaqueca que estaba sufriendo, no la había conocido jamás. Menos mal que con una pastilla todo cesaría.

Mejor dos, por si acaso.

Mientras engullía las pastillas en ayunas con la ayuda de un vaso de agua, discutía con su editor por teléfono. El Hombre no solía hablar con nadie de la editorial antes de acabar un libro. El problema era que todavía no había empezado y el ambiente se tensaba cada vez más, las llamadas a casa del Hombre se multiplicaban y esta última terminó en una discusión acalorada.

 

No sabía si era por el tono agresivo de la conversación recién acabada o que las pastillas no habían hecho efecto, pero el dolor de cabeza se había convertido en un ardor rabioso que le empezaba a cubrir hasta la cara.

 

El Hombre fue al baño, se mojó el cabello para refrescarse y por un momento disfrutó de aquella sensación dejando correr por sus mejillas y ojos las gotas que caían de su pelo empapado. Pasó sus manos por todo su rostro, se restregó los ojos y al abrirlos, descubrió en el espejo algo que le obligó a restregarse los ojos de nuevo.

Su cabeza era más grande que de normal.

 

En un principio, pensó que era efecto de su pelo alborotado, pero no era posible ya que en comparación con su cara, su cuello y sus hombros, su cabeza estaba desproporcionada.

 

Intentó examinar con sus dedos aquella hinchazón, pero en cuanto sus yemas tocaron aquel cráneo hidrocéfalo, la semilla del dolor se activó de nuevo ramificándose a gran velocidad y produciendo una presión tensa que hizo gritar al Hombre.

 

Inmediatamente, los campos yermos de su mente se tornaron fértiles y de ellos empezaron a brotar ideas, personajes, tramas, títulos… Como si de una extraña resurrección en masa se tratase, su cabeza empezó a inundarse de una imaginación desbordante con el consecuente aumento de la capacidad craneal ya que el espacio que había no era suficiente.

 

El Hombre llegó a su estudio apoyándose en las paredes con gran esfuerzo, porque su testuz había adquirido un peso difícil de sostener sobre un cuello ahora demasiado frágil. Cogido al marco de la puerta, se tambaleaba como si estuviese a bordo de un barco atravesando una tormenta, mientras en su mente se fraguaban historias enteras que empujaban terriblemente para nacer en la punta de un bolígrafo y extenderse a través del papel.

 

El dolor era cada vez más intenso y las criaturas procedentes de aquella semilla inicial que había explotado como una fruta madura caída de un árbol desparramando todo su jugo, arañaban las paredes mentales ansiando libertad.

 

Se lanzó encima de su escritorio con aquella cabeza hinchada como un globo que crecía poco a poco debido a la acumulación de ideas y se sentó bruscamente en la silla desde donde el reflejo de un espejo abandonado en una esquina, le mostraba la monstruosa apariencia que la excesiva imaginación le había regalado.

 

Toda su frente era un bulto inflamado que se prolongaba hasta la nuca y se extendía hacía los parietales. La deformidad era tal, que su pelo, todavía empapado, ya no alcanzaba a cubrir todo el cuero cabelludo dejando zonas desiertas como si se hubiese arrancado mechones en un ataque de locura.

 

Palabras, imágenes, descripciones.

Dolor, hinchazón, deformación.

Más palabras, más imágenes, más descripciones.

Más dolor, más hinchazón, más deformación.

 

El Hombre comprendió que necesitaba encontrar una fuga a aquella incubadora repleta de nuevos argumentos que se entrelazaban unos con otros y daban lugar a otros nuevos alimentándose continuamente entre ellos. Con una mano se sujetaba el ingenioso cabezón para evitar el desequilibrio, mientras con la otra escudriñaba, con suma ansiedad, el destartalado y arrugado escritorio cubierto de bolas de papel, hojas rotas, bocetos tachados y libros despreciados en busca de su bolígrafo. Sus uñas casi arañaban el tablero desesperadamente, pero el mar de papel se había tragado la única arma que poseía para detener  la tortura que no hacía más que multiplicarse.

Sobrecarga imaginativa.

 

Por fin, encontró el ansiado bolígrafo en la esquina de la mesa bajo un montón de folios a punto de caer al suelo. Lo cogió firmemente, apuntó hacia un bloque de papel como quien está apunto de disparar y, ante su escritorio con la testa más grande del mundo cargada de millones de historias, el tren de la imaginación cargó las calderas para iniciar su viaje hacía la eternidad.

 

En un principio, únicamente, pudo vomitar a través de la tinta, palabras sueltas. ¡Pero eso no le servía de nada! ¡Necesitaba más! ¡Si no escribía algo más extenso rápidamente su cabeza podía estallar!

Respiración agitada y temblor de mano.

 

Volvió a apoyar la punta del bolígrafo sobre el papel y con una facilidad extrema escribió un título en un segundo. Pero no un título cualquiera, sino uno que, por su juego de palabras y las palabras que ponía en juego, ya encerraba un gran valor. En aquel momento, sus ojos se tornaron felinos y las ideas se organizaron en aquella inmensa olla a presión.

Posó de nuevo la tinta sobre la hoja y la locomotora creativa arrancó de la estación con fuerza.

 

Palabras y más palabras moldeaban historias, pintaban paisajes y concluían originales y sorprendentes finales. El dolor y el tamaño desmesurado de su cabeza comenzaban a disminuir como un balón que pierde aire progresivamente.

Primero fue un relato corto, después un cuento de cien páginas y ahora estaba en mitad de una novela. Todo en menos de una hora. Las líneas argumentales nacían en el interior de su mente como el río lo hace de la montaña recorriendo valles y praderas hasta desembocar en el océano blanco.

Los personajes estaban construidos de una forma absolutamente genial. Eran carismáticos, contradictorios, amables, odiosos, atractivos, manipuladores, entrañables, inteligentes… Y poseían una profundidad tan detallada y realista, que eran una disección perfecta del alma humana.

 

Escribía, escribía y escribía. Ni siquiera tenía que parar para pensar una palabra que definiese una idea o una imagen. Simplemente plasmaba lo que había en su imaginario de forma directa.

De reojo pudo ver en el abandonado espejo que la monstruosa sesera casi había retomado su forma normal y el Hombre se rió de sí mismo recordando la angustia inicial. Pensó en los meses fríos y grises que había pasado con su cuaderno de notas cerrado mientras sus ojos ciegos buscaban la inspiración en cualquier parte. Pero, ahora, todo viraba hacía costas más cálidas y la pesadilla terminaría con un punto y final.

 

De pronto, a mitad de una frase, el Hombre le dio la vuelta al folio para continuar escribiendo, pero esa cara ya estaba usada. Buscó rápidamente, entre los cientos de hojas escritas que había sobre la mesa, un folio virgen donde seguir derramando su hemorragia literaria, pero no encontró ninguno.

Pinchazo cerebral.

 

Volvió a mirar su reflejo y contempló horrorizado cómo su cabeza empezaba a crecer de nuevo. ¡Debía darse prisa!

Abrió el cajón del escritorio deseando encontrar un trozo de papel perdido, pero no fue así. Se levantó y miró en todas direcciones, y mientras giraba el cuello de un lado a otro, el peso de su exagerada capacidad de creación reapareció.

Tambaleo.

 

Vació todos los cajones de los muebles viejos que dormían en su estudio y subió la persiana para poder buscar mejor. La cabeza ya no podía sostenerse sola y precisaba otra vez de ayuda. Arrancó todos los libros de la estantería implorando que apareciese una libreta, una cuartilla, una postal. Nada.

 

¡De repente, recordó que encima del armario había dejado semanas atrás unos packs de quinientos folios que no cabían en ningún otro sitio! ¡Estaba salvado!

Cogió la silla del escritorio y la puso frente al armario. Tuvo que hacer varios intentos, pues la enorme sandia que tenía por cabeza, ya superaba en tamaño la marca antes conseguida. Aún así, consiguió subir a la silla y extender su única mano libre, que todavía sostenía el bolígrafo con el pulgar, y tantear el desconocido techo del mueble.

Braceó hasta que sus dedos chocaron con algo, pero enseguida reconocieron que no se trataba de un paquete de papel. Era algo frío y metálico y, gracias al tacto y al recuerdo, el Hombre supo que se trataba de su caja de herramientas. Palpó de nuevo de forma descontrolada hasta que con la yema de algún dedo, acarició la punta de lo que podría ser aquello que buscaba. ¡Eran los paquetes de quinientos folios! ¡Estaba seguro! Pero la maldita suerte quiso que sus anhelados bloques de papel, estuviesen al fondo del techo pegados a la pared.

El Hombre intentó alcanzarlos poniéndose de puntillas sobre la silla, estiró su brazo todo lo que pudo, pero la cabeza ya pesaba demasiado. ¡Necesitaba de forma inmediata aquellos folios! ¡Las ideas no dejaban de multiplicarse en su mente y no lo soportaba más! ¡Estaba a punto de explotar!

 

En un acto desesperado, el Hombre saltó hacia delante imaginando que podría agarrase al extremo trasero del armario, conseguir su dosis de papel inmaculado y bajar sin mayor problema. Nada más lejos de la realidad.

Realizó un torpe salto que le hizo perder el equilibrio y sus reflejos se agarraron inconscientemente al borde de madera delantero haciendo que el armario se inclinase hacia delante, quedando suspendido sobre dos patas hasta que, finalmente, se desmoronó sobre el Hombre arrastrándole hasta el suelo.

Dolor generalizado y confusión momentánea.

 

Aplastado bocabajo con el cabezón de lado sintiendo la fría baldosa en la sien y en el pómulo, volvió en sí y descubrió que sus piernas habían quedado atrapadas bajo el peso del gigante de madera provocando un agudo pinchazo en rodillas y tobillos. Por suerte, sus brazos habían quedado libres de quedar inmovilizados, circunstancia que le permitió apartar las herramientas que, incomprensiblemente, no le habían caído encima y reunir el mayor número de hojas esparcidas de los paquetes reventados por todo el suelo de forma nerviosa y caótica.

Aún amarrado al bolígrafo, preparó un folio lo más rápido posible y continuó volcando el manantial que bullía en su interior sobre papel fresco.

Era la segunda vez que sentía el placer de vaciar su mente prolífica. Era una dilatada exhalación. Era un estado en el que simplemente se dejaba llevar y se elevaba por encima de su propia cabeza.

Cuando escribía, solía pensar que todas las historias ya están creadas en algún lugar desconocido y que solo están esperando a que las descubramos. Ahora, su imaginación era ese lugar.

Escribió durante horas. Y, aunque su mano se resentía ferozmente, no paró ni un instante porque la inflamación había mejorado notablemente y presentía la posibilidad de un final fe…

 

Al anochecer, cuando había escrito decenas de relatos y cientos de cuentos. Justo cuando el Hombre terminó de escribir la frase final de su vigésima quinta novela, siendo el estertor ronco del día más inspirado que nadie pueda tener, explotó dentro de la cabeza una nueva remesa de ideas, historias y personajes. ¡Aquello era interminable! ¡No terminaría jamás! El volumen craneal comenzó a aumentar de nuevo, pero a un ritmo más acelerado.

Un pinchazo. Otro pinchazo más.

 

El Hombre se retorcía en el suelo agarrándose aquel mundo aparte que se había independizado totalmente de él y que ya no podía controlar.

Tamaño descomunal.

La única manera de hacerle frente era escribir de una forma inhumana, pero cuando hubiese terminado, volvería a empezar y así hasta acabar muerto. Ese último pensamiento eclipsó al resto de ideas que crecían y se acumulaban incesantemente.

El Hombre, que se hallaba exhausto en el suelo con la muñeca engarrotada, la boca sedienta y la enorme cabeza del genio creador, no trató de coger el bolígrafo con la otra mano para seguir escribiendo, sino que, con un movimiento casi ortopédico, agarró con fuerza un martillo escupido de la caja de herramientas que tenía a su alcance, y se golpeó de forma rotunda y violenta en la parte superior del cráneo creando un profundo boquete.

El Hombre murió atrapado por su propia imaginación desatada mientras la hemorragia brotaba y, como una cascada que se precipita y se extiende hacia el infinito, empapó los miles de folios de historias, ideas y palabras.

 

Comentarios

  1. Avatar de Falsaria

    Falsaria

    4 diciembre, 2011

    ¡Bienvenido a Falsaria!

    Gracias por publicar en la red social literaria.

    Un saludo,

    El equipo de Falsaria.

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