Juegos de niños

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Ilustración de M. Alefes Silva. Obra: Planimetría sutil

Hay quien dice que morir no era tan malo, que descansas por fin, que ya no sufres más por lo que has hecho o por lo que has dejado de hacer. Que dejas de añorar a los que faltan. Que el tiempo se detiene para uno y te sientes libre de toda carga que hayas podido ir arrastrando, incluso de la culpa. Que todos te recuerdan por lo bueno que hiciste olvidando lo malo que pudiste hacer…

Agustín quería morir, lo necesitaba. Tenía doce años y sentía la necesidad de morir, terminando así con todo. Creía que era la única manera para dejar de sentirse así.

Los mayores le decían que había hecho todo lo posible por Elena, pero él se sabía un fraude, sentía que había fallado a su amiga y la culpa no le permitía seguir.

Elena siempre fue muy cabezota y se empeñó en ir al río esa tarde pese a que, después de las tormentas de abril, la corriente bajaba con demasiada fuerza.

En el pueblo dijeron que la culpa no había sido de Agustín, que todo fue fruto de un lamentable  accidente, una imprudencia, un juego de niños que acabo en tragedia, pero del que nadie era responsable. Pero él sabía quién era el responsable,  que Elena se le escapo entre los dedos y pudiendo haber hecho más por ella de lo que hizo, pero se dejó llevar por el miedo. Era un simple cobarde que prefirió conservar su vida a intentar salvar la de Elena.

Estaba solo, su amiga ya no estaba para compartir sus juegos, sus bromas.

Le faltó valor hasta para despedirse de ella.

Él debía haber hecho más… Si la hubiera persuadido para no ir esa tarde al rio. Si la hubiera  sujetado de las manos con más fuerza. Quizá debió dejarse arrastrar con ella rio abajo…

Las noches eran insufribles, eternas, angustiosas, recordando los gritos de Elena, rememorando una y otra vez como se le escurría entre sus dedos alejándose de él para perderse entre la espuma creada por la violencia del agua. Retumbaban es su cabeza las suplicas de Elena gritando su nombre, pidiéndole ayuda en un intento desesperado por no dejarse arrastrar.

Agustín sabía que la gente le miraba culpándole de lo sucedido, odiándole, aunque después le dijeran lo contrario.

Esa noche, los gritos de su cabeza se hicieron insoportables. Y quiso saber si los viejos de su pueblo tenían razón. Se puso al borde del río, en el punto donde había dejado escapar a Elena y, tranquilo, entró despacio en el agua, sin oponer resistencia a la violencia de la corriente que le arrastró rio abajo hasta desaparecer.

Ya no sentía dolor, ni angustia, ni pena. No sentía nada, era libre de su culpa, del sufrimiento, de la perdida. Una luz fuerte lo inundaba todo en medio de un gran silencio. Ya no se oía el rumor del agua, ni los gritos de unas mujeres que se desgañitaban pidiendo ayuda. Todo era calma.

Una voz le llamó:

—Agustín, ¿has venido a buscarme?

Abrió los ojos y la cara sonriente de Elena le miraba en mitad de la nada. Al fin se sentía bien, volvía a estar con su compañera de juegos.

 

(Cuento dedicado a Agustín Sánchez Antequera)

 

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