Paredes blancas

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El Hombre entreabrió los ojos volviendo a ser consciente de su respiración y del peso de su cuerpo hundido en la cama. Se dio la vuelta mientras buscaba la sábana alborotada para cubrirse de nuevo con ella y así evitar que la luz matinal que entraba por su ventana, le acabase de despertar.

Bostezo. Los músculos ya empezaban a reaccionar.

 

Ahora, el Hombre se encontraba tendido boca arriba mirando cómo un pequeño insecto se colaba por una grieta del techo, mientras se convencía a sí mismo de que, en algún momento de los cinco minutos siguientes, tendría que levantarse.

Se incorporó con cierto esfuerzo y, sentado en el borde de la cama, sintió el frío suelo en las plantas de sus pies y la ligera y cotidiana presión en la vejiga provocada por la acumulación de orín durante la noche.

 

Atravesó el comedor para dirigirse al lavabo rascándose la cabeza y separando al máximo las mandíbulas para concluir en un largo bostezo que le hizo lagrimear, pero cuando llegó a su destino, no había lavabo.

Donde, ayer y todos los días anteriores, estaba la puerta del aseo, ya no estaba. En su lugar, solo había una continuación de la pared blanca y lisa que rodeaba toda la casa.

Bloqueo momentáneo.

 

El Hombre se frotó los ojos y respiró hondo, pero la puerta que quería ver había desaparecido y por mucho que mirase en todas direcciones buscando la lógica a aquel suceso, eso era todo, ya no había cuarto de baño.

 

“¿Se había emborrachado hasta tal punto la noche anterior que ni siquiera recordaba estar en una casa que no era la suya?” pensó el Hombre.

No. La noche anterior no había salido y esa era su casa.

Se frotó los ojos y los abrió mucho por si seguía durmiendo y no se había dado cuenta, pero no, estaba allí de pie mirando extrañado la blanca pared.

De pronto, el ruido de un plato estrellándose en el suelo y su eco esparcido en cientos de pequeños trozos, llamó la atención del Hombre.

La cocina.

 

En pocos pasos llegó a la puerta y presenció atónito cómo las paredes se movían, las puertas de los armarios temblaban y la nevera parecía cobrar vida y comenzaba a caminar. “¿Era un terremoto?”. “En ese caso, ¿por qué el resto de la casa no se movía?”. El Hombre no sabía mucho sobre sismología, pero era imposible que hubiese un terremoto que afectara únicamente a su cocina.

Aquel temblor empezó a aumentar considerablemente provocando la caída del resto de platos, cubiertos, sartenes, vasos… Su cocina se había convertido en una cascada de metal, porcelana y cristal. Entonces, algo añadió una pincelada terrorífica a toda aquella locura.

Las paredes no solo temblaban de forma rabiosa, sino que iniciaron un movimiento continuo e imparable hacia el centro de la cocina acompañado de un ruido ensordecedor. Aquella habitación destinada a realizar sabores y olores para el disfrute del paladar y el olfato, ahora se había convertido en un vertedero.

El Hombre retrocedió todo lo que pudo hasta quedar pegado a la pared del pasillo como si aquella mezcla de pintura, yeso y ladrillo pudiese protegerle.

En un instante, vio cómo las paredes de su cocina avanzaban los últimos centímetros y justo antes de tocarse, se replegaron sobre si mismas ocultándose detrás de la pared que ahora tapiaba lo que, hasta hace un momento, era la puerta de su antigua cocina.

 

Silencio.

 

Con la respiración acelerada y las uñas hincadas en la pared que tenía detrás de él, reunió el suficiente valor para extender un brazo que terminaba en una mano gelatinosa con la intención de comprobar lo que sus ojos no podían creer.

Tocó, al principio con las yemas y después con toda la palma, la pared recién nacida y pudo sentir el frío que despedía aquel muro como cualquier otro de su casa, la pintura blanca y la dureza.

Un poco más tranquilo, recorrió aquella continuación intrusa de la pared con las dos manos buscando alguna fisura o algún desnivel, algo, lo que fuese, pero no halló la más mínima prueba de lo que acababa de ocurrir.

Si alguien le preguntase qué había pasado y respondiese con sinceridad, no tendría forma alguna de demostrar la extraña historia que acabaría de contar. Básicamente, su cocina se había tragado a si misma. Es como si su propia casa hubiese prescindido de ella dejando en su lugar un trozo más de pasillo, como si no hubiese existido jamás.

El Hombre pensó que seguramente el baño habría desaparecido de igual forma mientras él todavía estaba durmiendo.

 

De pronto, una idea terrible estalló en su cabeza.

El Hombre corrió hacia la puerta principal pasando por delante del baño desaparecido, giró a la izquierda y se estampó contra una pared que no debería estar ahí cayendo al suelo con un fuerte golpe en la cabeza. El dolor no le importó demasiado, ya que se levantó rápidamente y comenzó a dar puñetazos contra la nueva pared que se había erguido entre él y la salida de la casa de aquella insólita forma en que estaban desapareciendo cada parte de su vivienda. Ya no había salida. Estaba atrapado.

Comenzó a llorar y en ese momento fue consciente de cuánto le dolían las manos ensangrentadas y el golpe de la cabeza.

Sentado en un rincón, intentó tranquilizarse para buscar una solución y evitar que su propia casa le engullese. Mientras, escuchaba cómo unos cuantos muebles de alguna habitación se arrastraban a través del suelo acompañados de un temblor ascendente y contundente.

Una habitación menos.

 

“¿Qué podía hacer?” pensó el Hombre. Se sentía acorralado, inútil, impotente, solo.

Imaginó el horrible desenlace que podía tener aquel suceso inexplicable e intentó apartarlo de su mente para luego regresar a él. Entonces, se sorprendió a sí mismo poniéndose en pie, empujado por el miedo o la necesidad extrema de salir de aquella casa y decidió no pasar ni un momento más en ese interior rodeado de paredes blancas.

 

El Hombre fue al salón y cogió el teléfono. No había línea.

Intentó abrir una ventana para gritar y pedir ayuda o en su defecto tirarse al vacío. ¡Ninguna ventana del salón se abría! ¡Ni siquiera pudo romper el cristal con el teléfono!

Fue a su habitación comprobando antes que el estudio se había evaporado para intentar la misma operación con la ventana que había allí y entonces supo que le quedaba poco tiempo. Solo quedaba el dormitorio y el salón.

Arremetió contra la ventana con cualquier objeto que había a su alcance, pero ni con la fuerza que confiere el sentimiento de supervivencia, logró siquiera rallar el cristal.

 

El Hombre estaba exhausto y cayó rendido en la cama.

Deseó que toda la paranoia que estaba sufriendo estuviese provocada por alguna droga que alguien le hubiese echado en la cena la noche anterior. Pero, la noche anterior no había salido. Llevaba varios días sin salir de casa.

Pensó que a lo mejor estaba soñando. Pensó que lo mejor que podría hacer era meterse otra vez en la cama, taparse con la sabana y dormirse. Pero, todo lo que hizo fue quedarse mirando la grieta del techo mientras escuchaba y veía parcialmente desde la apatía, cómo las estanterías del salón temblaban furiosamente hasta que al cabo de unos segundos la última puerta que quedaba se convirtió en pared.

Claudicación.

 

De pronto, aquella fisura en la parte alta de su dormitorio comenzó a juntarse poco a poco y los muebles de la habitación crujieron.

Susto y estremecimiento.

 

El Hombre se incorporó y contuvo la respiración. Se levantó poco a poco de la cama, se dirigió a la pared que tenía enfrente y cuidadosamente posó la mano encima.

En ese mismo instante, la pared avanzó unos centímetros hacia delante y toda la habitación cobró vida conjuntamente. La agitación era casi insoportable, el espacio se estrechaba cada vez más y no quedaba ningún lugar a donde ir.

El Hombre retrocedió y se subió a la cama de nuevo, ya que era el único lugar que quedaba de la casa, mientras las cuatro paredes de su habitación empujaban haciendo rechinar el metálico somier y todos sus objetos personales y muebles astillados y despedazados se iban acumulando encima de él, como si se tratase de un desguace de su propia vida.

Ya no podía mover piernas y brazos, estaba inmovilizado. Pero sentía cómo la presión aumentaba oprimiéndole y, justo cuando de su garganta iba a salir el grito más angustiado que jamás se haya escuchado, todo desapareció.

 

Blanco.

 

Comentarios

  1. Profile photo of

    volivar

    29 diciembre, 2011

    Armando Arjona: excelente relato… lo lees, como se dice, sentado al bordo de la butaca, para no perder una lína, la expresión…nada…
    Felicidades
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo,
    Michoacán, México

    • Profile photo of Armando-Arjona

      Armando-Arjona

      29 diciembre, 2011

      Muchas gracias, Volivar!
      Me alegro de que te haya gustado el relato.
      Seguiremos compartiendo historias por aquí :)

      Un saludo!

  2. PAPI

    30 diciembre, 2011

    Hola, me ha gustado mucho el relato, angustioso pero consigue meterte en esa habitacion, describes muy bien los sentimientos y reacciones del personage, unos cotidianos y otros provocados por la vivencia de la situación.
    Un abrazo………….. y un beso.

    PAPI.

    • Profile photo of Armando-Arjona

      Armando-Arjona

      31 diciembre, 2011

      Muchas gracias por tu comentario!
      Es de gran ayuda para seguir escribiendo :)

      Un saludo!

  3. Profile photo of Agatha

    Agatha

    30 diciembre, 2012

    Que angustia!

    Se vuelve desesperante, como las pesadillas en las que corres sin parar intentando buscar un lugar que no encuentras o intentando encontrar un teléfono que suena pero no aparece y te despiertas sobresaltado y cansado, resoplando a causa del mal sueño.

    Muy buen texto, sin duda, muy bien logrado el ambiente, casi se puede sentir la tensión que experimenta el personaje en ese intento desesperado de escapar de una casa que desaparece inexplicablemente ante sus ojos.

    Enhorabuena.

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