Cuatro visitas

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I.

La llave atravesó la cerradura que giró hacia la izquierda con fuerza. Tras un leve empujón, la puerta se abrió y el Hombre entró en casa con el sabor, aún amargo, de la última copa. Cerró la puerta con el pie, embutido en un zapato de marca barata, mientras dejaba caer el maletín al suelo y se quitaba la chaqueta para dejarla, abandonada y moribunda, en la silla pegada al mueble de la entrada.

Antes de que pudiera dar el primer paso que le llevaría al descanso esperado después de un día duro de oficina, su puerta recibió tres duros golpes. “¿Quién llama a estas horas?”.

El Hombre se dio media vuelta y enfocó su ojo en dirección a la mirilla, pero antes de que pudiera distinguir alguna figura al otro lado, la puerta volvió a retumbar como si cuarenta carpinteros estuvieran aporreando la puerta de su casa con cuarenta martillos. El Hombre retrocedió y se tropezó con el mueble de la entrada mientras la puerta seguía murmurando en voz alta, tambaleándose.

El Hombre dio otro paso más hacía atrás, estaba congelado. La puerta parecía que se doblaba sobre si misma a consecuencia de los terribles golpes que recibía mientras el Hombre pensaba: “¡Van a derrumbar la puerta!” “¡Van a entrar!”.

Finalmente, la puerta cedió y cayó al suelo como una losa de mil toneladas creando un ruido seco y enorme.

El Hombre miró hacía el hueco vacío que había dejado aquel trozo de madera y vio a veinte, treinta, cincuenta hombres, mujeres, niñas y niños vestidos de rojo que le miraban con expresiones en la cara solo procedentes del mismísimo infierno. Respiraban a una velocidad asfixiante y sus ojos pequeños estaban encendidos de ira.

El Hombre estaba paralizado ante un grupo de personas que le miraban fijamente desde unas oscuras y pequeñas pupilas, pero su voz se activó involuntariamente y, justo antes de pronunciar la primera consonante, todas aquellas personas traspasaron el arco de la puerta corriendo, gritando, tirándose de los pelos, pegándose entre ellos. El Hombre se tiró al suelo y se cubrió la cabeza sin dejar de repetir: “¡No me hagan daño, por favor!” “¿Qué quieren?” “¡Váyanse, por favor!”.

El Hombre estaba tan aterrorizado, que no se dio cuenta de que ninguna de las extrañas personas que se hallaba en su recibidor le había hecho el menor daño. Se descubrió la cara poco a poco y lo único que vio fue a un montón de personas pegándose, gritándose, escupiéndose. Nadie le hacía caso. Nadie le tocaba. Estaba en medio de una pelea multitudinaria y no recibía ni un solo golpe.

Se levantó en medio de la ira incontenible y ,atónito, contempló a mujeres dando puñetazos a hombres, hombres dando patadas a niños, niños insultando a niñas y niñas estirando del pelo a las mujeres. Era la escena más horrible e incomprensible que había presenciado en su vida.

De pronto, notó que alguien le tiraba del pantalón para llamar su atención. El Hombre miró hacía abajo y vio a un niño. Un niño con cara angelical clavándole unos ojos en los que se descubría la violencia, la furia y la tortura. El Hombre, le dijo: “¿Qué hacéis aquí?”. El niño contestó: “Tú ya lo sabes”.

Levantó los ojos y las personas furiosas habían desaparecido, volvió a bajar la mirada para comprobar si el niño seguía ahí, pero también había desaparecido.

Miró en todas direcciones.

No había nadie.

Estaba solo en el recibidor.

 

II.

Los puños, fuertemente apretados, cesaron en su empeño por convertirse en duras rocas. Las piernas recogieron las raíces que le mantenían clavado al suelo y su respiración consiguió convencer al corazón para que volviera al latido normal.

Mientras sus ojos miraban directamente al recuerdo de lo que acababa de presenciar, las preguntas se sucedían: “¿Volverán?” “¿Si vuelven me matarán?” “¿Eran reales?”

Miró al suelo, detrás de él, y la puerta estaba en su estado natural, abrazada por el marco. El Hombre respiró aliviado y, casi sin darse cuenta, inmerso todavía en lo que había ocurrido, empezó a caminar lentamente hacía el salón.

La puerta estaba cerrada, pero a través del cristal traslucido situado en medio de la puerta, pudo adivinar las figuras de unas personas sentadas. Abrió la puerta rápidamente y encontró a un grupo de personas, vestidas totalmente de blanco, sentadas en los sofás y en las sillas que habitaban el salón.

Nadie hablaba. Silencio total.

El Hombre entró en el salón sin poder pronunciar una sola palabra debido a la pausa que estaba sufriendo su cerebro ante un hecho tan surrealista e incoherente. Se deslizó entre aquellas estatuas de yeso arrastrado por sus pies, pero nadie intercambió con él ni una mirada ni un sonido.

Las ventanas estaban cerradas, la televisión apagada y el cable del teléfono cortado.

Se acercó a un hombre que estaba sentado en una silla cualquiera y se puso delante de él. Flexionó las rodillas y le miró directamente a los ojos, pero la persona vestida de blanco no hizo el menor gesto, incluso su respiración parecía muda.

El Hombre le dijo: “¿Quién eres?”. De pronto, todas esas personas estáticas levantaron su dedo índice hasta la boca para representar el sonido del silencio: “Ssssshhhh”.

El Hombre se levantó sobresaltado dejando escapar un pequeño grito y las estatuas volvieron a repetir el sonido seseado para matar cualquier sonido, pero esta vez convertido en un concierto de órdenes sin palabras. No paraban de proyectar como locos dicha orden silenciosa mientras el Hombre les miraba como el que mira a una pared hablar, hasta que, poco a poco, fueron cesando los únicos sonidos que saltaban de sus bocas.

El Hombre, ahora arrinconado en una esquina del salón, observaba a las personas de harina intentando comprender por qué mantenían ese estado pétreo, pero, de pronto, le llamó la atención algo que antes no había visto: una mujer estaba sentada en el suelo separada del resto de la nube muda.

Sus pies avanzaron en total y absoluto silencio entre aquellas personas e incluso aguantó la respiración para no provocar otro estruendoso recital de mutismo. Cuando llegó hasta donde se hallaba la mujer, se sentó a su lado con todo el cuidado que su cuerpo le permitía, acercó sus labios al oído de la estatua femenina y le dijo con más aire que sonido: “¿Quiénes sois?”.

El Hombre esperó unos segundos mientras estudiaba su rostro en busca de alguna respuesta, pero no ocurrió nada.

Pasó una mano por delante de los ojos inmóviles, mas los párpados de la mujer blanca no se molestaron en realizar el más mínimo movimiento.

El Hombre reflexionó unos instantes, volvió a acercarse a ella y en un mismo susurro le preguntó: “¿Qué hacéis en mi casa?”. Automáticamente, la mujer giró la cabeza, le miró fijamente a través de unos ojos de mármol y le dijo con un hilo de voz: “Tú ya lo sabes”.

De pronto, todo el rebaño se levantó y salió rápidamente del salón sin hacer, ni provocar, un solo ruido, ni siquiera al cerrar la puerta.

El Hombre, que se había quedado observando la procesión, se levantó de un salto y corrió a abrir la puerta del salón.

Ya no había nadie.

Corrió hacía la ventana del salón para ver cómo salían a la calle, pero no pudo levantar la persiana ya que estaba atrancada y no había correa para poder subirla. Intentó meter los dedos por debajo para empujar hacía arriba con todas sus fuerzas, cuando una puerta del pasillo se abrió y se cerró.

Corte de respiración.

El Hombre se giró lentamente y se mantuvo en silencio para escuchar mejor.

Otra puerta. Pasos.

Comenzó a caminar poco a poco hacia el pasillo.

Puertas y pasos de nuevo.

Susurros.

Movimiento de aire.

 

III.

Desde su posición ya podía asegurar que no había nadie en el recibidor. Cuando, de nuevo, alcanzó la puerta del salón, dirigió la mirada hacía la derecha ampliando su campo visual hacía el pasillo. Nada.

Sacó su cuerpo de la boca de la puerta y se enfrentó a la longitud de aquel túnel. No estaba loco, estaba seguro de haber escuchado pasos, puertas cerrándose y susurros, pero allí no había nadie, tan solo cuatro puertas, dos al lado izquierdo, una a la derecha y otra al fondo.

El Hombre estaba empezando a pensar que estaba sufriendo algún tipo de trastorno mental cuando, de repente, las puertas de los lados se abrieron conjuntamente dejando salir de su interior a un grupo de personas vestidas de gris. No paraban de moverse de un lado a otro, entrando y saliendo de las habitaciones con paso rápido y murmurando algo.

Reconoció esos pasos nerviosos y los susurros interminables.

El Hombre, antepuso su temor y su asombro a la necesidad de entender alguna de las palabras que decían y pudo atrapar algún: “Allí” “Aquí” “¿Qué hago?” “¿Dónde?”. Parecían estar buscando algo y, a diferencia de las otras visitas, daban la sensación de ser independientes unos de otros.

El Hombre se adelantó e intentó parar  a uno de ellos para hablar con él mientras captaba nuevas palabras: “Debajo” “Me voy” “Detrás” “Me quedo”. Pero la fuerza con que se desplazaba y los empujones del resto, hicieron inútil el intento quedando atrapado entre las personas indecisas.

Entonces, la amargura de la ignorancia golpeó el pecho del Hombre que no podía reprimirse más y estalló gritándoles: “¡Salid de mi casa!”, “¡Marchaos!”, sin embargo, las personas grises continuaron su tarea sin alarmarse, como si no existiese nada más.

La desesperación hizo saltar las lágrimas de los ojos del Hombre, que de nuevo alzó la voz: “¡No os conozco!” “¿Cómo habéis entrado?” “¿Qué estáis haciendo?”.

Inmediatamente después de esta frase, una niña vacilante se detuvo, los demás hicieron lo mismo y el pequeño brazo de la niña se levantó señalando la salida para ordenar al resto del grupo el abandono de la casa.

La niña de polvo se puso delante del Hombre, éste retrocedió tropezando y cayendo al suelo para quedar  aprisionado en un extremo del pasillo. La niña se acercó todavía más y el Hombre intentó protegerse. Las manos dudosas agarraron las suyas y, cruzándose sus miradas a través de las lágrimas del Hombre, le contestó: “Tú ya lo sabes”.

El Hombre liberó sus manos de la niña, hundió los ojos entre sus dedos y lloró. Lloró terriblemente dejando salir  toda la rabia contenida ante un hecho que desconocía.

¿Por qué había entrado en su casa todas esas personas? ¿Quiénes eran y por qué le decían aquella frase? ¿Acaso les había causado algún mal?

El Hombre intentaba pensar con claridad, tener la certeza de que esa gente no formaba parte de alguna conspiración para deteriorar su estado psicológico, tranquilizarse y llegar a una solución sensata y razonada. Pero, las experiencias que acababa de sufrir le habían desestabilizado hasta tal punto, que era incapaz de comprender aquella absurda situación. Todo lo que necesitaba era vaciarse por completo de la impotencia y la inseguridad que le habían provocado las visitas.

Después de vomitar tales sentimientos, levantó la cabeza y la soledad era su única compañera. Estaba solo de nuevo sentado en el suelo con la espalda apoyada en la puerta del fondo del pasillo. Otra vez lo mismo.

Fijó su mirada en el otro extremo del pasillo, se limpió los ojos de lágrimas y volvió a enfocar el fondo contrario que terminaba con la puerta de la cocina.

La luz estaba encendida.


IV.

Su mano se posó sobre el frío metal de la manivela que daba a la cocina mientras su mente valoraba la situación: salir corriendo o enfrentarse a los hechos.

Pensó que nada podría ser más horrible en comparación al pasado, entonces, abrió la puerta y descubrió que se había equivocado.

Sus piernas flaquearon y sus ojos se petrificaron al presenciar la escena que se estaba representando en su cocina.

Unas personas, todas calvas y vestidas de negro se cortaban, uno a uno, los dedos de sus manos con un cuchillo para, seguidamente, engullirlos.

Las náuseas ya golpeaban el estómago del Hombre y ascendían por el esófago mientras aquel grupo teñido de carbón, seccionaba sus propios dedos y se los comían, poco a poco, sin el más mínimo gemido.

El Hombre no pudo controlar la angustia y vomitó retorciéndose hasta el suelo. La garganta le raspaba y los ojos se le humedecían por el esfuerzo.

Aún con el reflejo involuntario de las últimas arcadas, se abalanzó sobre la puerta de la cocina para escapar de aquella demostración de canibalismo, pero toda su fuerza no sirvió de nada.

Golpeó la puerta, propinó patadas y puñetazos, pero la puerta no se abría. Gritó y pidió ayuda un millón de veces hasta que su voz ya no pudo más y el cansancio le hizo entender que no había nada que hacer, que jamás saldría de allí.

Estado catatónico absoluto.

Sus oídos, solo percibían el sonido del corte de la carne y la trituración de huesos y uñas.

Sus ojos, solo veían a unas personas que se estaban comiendo a sí mismas siguiendo una especie de ritual: cortar, masticar, tragar y vuelta a empezar.

Mientras, su rostro permanecía sereno.

Entonces, como un puñetazo, la conciencia le ayudó a reaccionar de nuevo y, con palabras entrecortadas que escupía su garganta inflamada, el Hombre suplicó a los caníbales que le dejasen salir de aquel horrible lugar. La única respuesta que obtuvo fue la de los cuchillos atravesando la carne.

De modo que, haciendo un último esfuerzo, comenzó a caminar apoyándose en la pared hasta llegar  al banco de la cocina. Abrió un cajón, sacó un cuchillo y amenazó a uno de ellos: “¿Por qué me hacéis esto?” “¿Qué he hecho para que me hagáis esto?”. El oscuro carnicero volvió el rostro hacia el Hombre dejando ver la ausencia de sus dos ojos, le quitó el cuchillo de las manos y le dijo: “Tú ya lo sabes”.

 

“Tú ya lo sabes”

Sentado a los pies de la cama miraba la puerta cerrada de su habitación, la puerta del fondo del pasillo, la única que no se había abierto hasta el momento y, que él mismo, acababa de cerrar dejando atrás el resto de la casa.

Su recuerdo era un cuadro pintado de blanco espeso. Quería encontrar el extremo de un hilo del que tirar y sacar una explicación a aquella pesadilla. Quería despertar.

Necesitaba despertar del sueño que le había dado a conocer a un grupo violento vestido de rojo, un clan del silencio blanco, unos grises personajes hijos de la duda y una negra secta sedienta de su propia carne.

Ahora en su habitación, la tranquilidad había decidido volver, hacerle compañía y dejar  a la vista algo que el Hombre ya sabía.

Durante las cuatro visitas, su cabeza había dejado de escuchar a su cuerpo quedando totalmente desconectada una del otro. En ese momento, la mano del Hombre le dijo al cerebro que estaba sujetando un objeto y los ojos, sin pedir permiso, descendieron hasta encontrarlo.

Una pistola.

El Hombre acababa de encontrar el extremo del hilo que buscaba. Un rayo de calor subió por la espalda y el sudor frío cayó por la frente.

Miró a su izquierda y contempló un suelo cubierto de rojizas manchas arrastradas, como si brotasen de la misma tierra. Se levantó, se dio la vuelta y descubrió la cama empapada de sangre y, tendida sobre ese rojo y escandaloso líquido, una mujer.

Su mujer.

 

Recuerdo fugaz.

Olvido.

Sonido de disparos.

Amnesia momentánea.

Recopilación.

Orden de secuencias.

Pérdida de memoria.

Esfuerzo.

Imágenes intermitentes.

Recuperación de cabos sueltos.

Dispersión del humo.

Explosión interior.

Claridad.

Historia completa.

        “El Hombre llegó a casa donde le esperaba su mujer. La discusión no necesitaba excusas y alcanzó tintes de violencia que antes no se habían destapado. Empujones, golpes y gritos. La disputa se resolvió abriendo un cajón de la mesita de noche, cogiendo una pistola y atravesando el cuerpo femenino con cinco balas llenas de rabia.”

        “El asesino, aterrorizado porque el peso de la situación le aplastase, cerró ventanas, a algunas directamente les cortó la correa, cortó el cable del teléfono y desconectó la televisión. Incluso ordenó a sus cuerdas vocales no realizar su función y aguantó la respiración en intervalos cortos que parecían eternos. De esta forma, se convenció de que nadie ajeno a la casa se enteraría de lo sucedido.”

         “Arrastró el cuerpo vacío de vida para intentar esconderlo debajo de la cama, en el armario, en el baño. Empapado de cansancio, consideró la opción de marcharse, dejar el cuerpo allí tirado y que lo encontrasen algún día. Pero, a lo mejor, era preferible esconderlo y olvidar el asunto y si alguien le preguntaba por su compañera sentimental diría que le había abandonado. No sabía que hacer, qué era lo mejor, dónde esconderla. Finalmente, dejó caer el cadáver sobre la cama y se sentó a los pies del colchón nervioso y confundido.”

         “Mientras miraba la puerta cerrada y la puerta le daba la espalda, atravesó el túnel del recuerdo. Un túnel donde se proyectaban las imágenes de lo que acababa de ocurrir. No se atrevía a mirar pero las imágenes estaban ahí. Un dolor punzante al principio y terrible más tarde comenzó a roer su alma. El ratón del remordimiento le estaba comiendo por dentro. Devoraba sus tripas, sus sesos y su corazón. No podía soportar lo que la conciencia le decía al oído. No podía explicar por qué lo había hecho.”

El Hombre estaba de pie frente a la cama mirando la atrocidad que había cometido, cuando la culpabilidad empezó a inundar sus venas, sus ojos y su piel hasta que el nudo de la garganta estalló en mil lágrimas y gritos de dolor. Se llevó las manos a la cara, y descubrió que todavía sujetaba la pistola con la que había asesinado a su esposa.

Dolor brutal imposible de apagar.

En un mismo movimiento, confirmó que el arma todavía poseía una bala y colocó el cañón apuntando a su cabeza.

Después de haber matado a la mujer que amaba, no le costó mucho apretar el gatillo.

Comentarios

  1. Profile photo of CuchiS

    CuchiS

    28 enero, 2012

    lastima que el prota de tu cuento no empezara por el final, “ara” tu lo cuentas genial.

  2. Profile photo of

    volivar

    28 enero, 2012

    Armando Arjona: denotas grandes dotes de escritor; te la sabes de todas todas; una narrativa en extremo interesante, con un final que sólo los grandes escritores logran.
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México

  3. Profile photo of Armando-Arjona

    Armando-Arjona

    2 febrero, 2012

    Muchas gracias por los comentarios!
    Me alegra que haya gustado!

    Saludos literarios! :)

  4. PAPI

    10 febrero, 2012

    Chico que imaginación, me gusta como dibujas las situaciones, lo pintas con tal
    detalle que te metes en la escena sin querer, no te lo creeras pero no puedo seguir
    escribiendo me duelen los dedos, voy a ponerme unas tiritas, ¿por qué? tu ya lo sabes.
    En serio, me ha gustado mucho el relato, no dejes de entrenar esa imajinación.

    Te quiero PAPI

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