Denegro

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    Cómo comenzar a relatar una historia, que de por sí, se acaba incluso antes de que la primera palabra o imagen se pose en el hipocampo, esa parte extraña del cerebro donde se almacena la imaginación. Cómo empezar esta historia, este encuentro casual, por dónde si no va a ser, que por el principio.

    Un día cualquiera, puede que fuera jueves, no, estoy segura, era jueves. Un jueves frio del 2012. A decir verdad, era un jueves raro, pues había sufrido diversos estados de ánimo, puesto que amaneció fresco, atardeció caluroso y anocheció con mocos congelados. Un jueves raro, que a mí me pegó esa enfermedad de cambio alterando mis constantes emocionales.

    Después de un día tan raro, largo, aburrido, intenso, un día de mierda hasta las cejas, decidí empapar las tripas con cerveza fresquita, pintarme la raya del ojo (de los dos) y tracamundear el silencio en un bar que no había estado nunca (si acaso una vez) y que había visto tantas veces de lejos. Un zulo en el que la gente disfruta de las estrechuras para rozarse unos con otros y entrar en calor, y de paso si tocas algún paquete abultado, una teta, o un culo que te mira juguetón…eso que te llevas. Yo no toqué nada (al menos al principio), ni a mí me tocaron tampoco, debe ser que ni yo vi algo tan suculento para dejarme llevar por el impulso de tocarlo sin querer, ni alguien advirtió en mí un sabroso par de tetas que mirar, un culo respingón que mirar, o simplemente una silueta a la que adorar; en cualquier caso, pasé inadvertida, penetrando por los huecos libres que quedaban (pocos) entre la barra, entre las sonrisas, los marujeos y los “joder que lleno se está poniendo esto”.

    No voy sola, pero sí dispuesta a estarlo (al menos de pensamiento) aunque aparente justamente lo contrario. Alguien me había dicho que esa noche maullaría una gata negra al son de un piano y una guitarra, y yo tenía especial interés en saber cómo un felino podría entonar entre las personas allí presentes algo de Soul, Jazz y Rock. Por supuesto, no era un gato callejero el que nos deleitaría con unos maullidos odiosos, sino tres hambrientos jóvenes de comer aplausos y “joderes”*. Jóvenes, empezando, simplemente eso, empezando.

    El ambiente se caldea de calor humano, de luz tenue, de empujones, alcohol y cigarrillos fantasmagóricos que inhalo con mucho gusto. Una señora me mira con cara de mala leche porque le he “robado el sitio” sin disimulo, y yo le devuelvo una mirada de: “que te den, tengo sed”. El camarero no da abasto entre tanta gente y tarda en ponernos las cañas, eso hace aumentar el ansia que tengo de beber. Justo en el preciso momento en que, sin apenas mirarnos, nos pone las cervezas fresquitas, aparece. Él. A lo Humphrey Bogart pero sin sombrero y con gafas, de negro y con prisas. Prisas por presentar al trío que estimulará los huesecillos internos de mis oídos esta noche. No sé muy bien que está diciendo, no me interesa en demasía, pero no puedo evitar ponerme “de puntillas” para mirarlo, pero no puedo verle, algún cabezón se interpone en mi campo de visión y para cuando por fin puedo ver su rostro ya ha terminado el breve discurso, tiene que marcharse. Pero, los cables y el equipo de sonido me echan una mano impidiéndole el paso y dejándolo arrinconado en el estrecho espacio que da cabida entre las puertas de los servicios para que yo gustosamente pueda mirarlo. Ahí, castigado, mientras la gata maúlla y se oyen los gemidos del piano que hace el amor con la guitarra. Ahí sigue, castigado, tan pronto se esconde como se exhibe haciendo fotos, intentando disimular el mal rato que está pasando por estar “aprisionado”. No es consciente de que en realidad donde está no molesta, nadie se fija en su miedo, ni tan siquiera advierten que está ahí, pero yo sí. Yo ya lo he “calao”, con esa mirada seria, que se esconde tras unas gafas, no unas gafas cualesquiera, no, son las gafas con las que se esconde cuando no sabe qué decir, las gafas que tapan sus miedos y sus emociones mientras dan nitidez a su visión de la vida.

    El maullido de la gata cada vez se adentra más y más por mi epidermis y noto cómo los pelos se me ponen de punta. Mientras él sigue ahí, disfrutando y sufriendo, exhibiéndose y escondiéndose, y yo observándole entre la gente. Busco un encuentro entre nuestras miradas, pero los ojos no llegan a tiempo. Busco una excusa para

    ir al baño, pero ni tengo ganas ni puedo pasar a través de la gente. Busco algo que decirle, algo que pedirle, pero la imaginación no me da de sí. Busco y busco y busco y busco y no encuentro. Pero él sigue ahí, quieto pero nervioso. No sé si realmente me atrae, no sé si es esa música sensual de fondo que se mezcla con el color de su abrigo negro, no sé si es el zulo que ha hecho de las suyas con tanto roce y me ha puesto cachonda, no sé, pero algo sí sé, que no puedo parar de mirarle. Pero él no es consciente, solo nota las ganas que tiene de salir de ese rincón y estar donde todo el mundo está, quitándome así el derecho que yo tengo de seguir observándole, indagando en su mirada, justo a dos centímetros de su boca y a un kilómetro de la realidad, que no es otra que la distancia, o mejor dicho, la cordura.

    La canción parece que va terminando, y yo me quito el abrigo de la cobardía mientras me acerco a ese hueco donde solo caben dos personas, él y yo. Y conforme me voy colando por los huecos que quedan libres entre la gente, le voy desnudando con mil caricias, pero no dulces caricias, no, caricias con violencia y con ganas, y mientras le acaricio no me mira ni yo a él, qué más da, si los dos queremos lo mismo, un simple beso, o si cabe un revolcón. Tan solo me quedan diez pasos para llegar a él, y casi oigo en mi cabeza nuestro aliento ahogado. Justo, justo cuando llego al rincón que le está castigando, le miro, simplemente le miro, pero él no dice nada, me mira confuso arqueando una ceja. Y antes de articular ni tan siquiera una palabra, abro la puerta del baño, le miro con directa-indirecta y antes de que siquiera pueda responderme con la mirada, cierro la puerta despacio. Entretanto me miro al espejo decepcionada por mi escasa valentía y noto el temblor de mi cuerpo, oigo el tac-tac de la puerta, -¡Es él!- pienso, viene a darme las alas que necesito para deshacerme con él, pero no. –¡Vamos, coño! ¡Que llevas ahí tres horas!- Dice una voz tosca de una mujer. La canción se ha terminado, el equipo de música ya no estorba y él ya se ha mezclado con la gente.

    La gata sigue cantando, el piano sigue haciéndole el amor salvajemente a los acordes de la guitarra, la gente sigue riendo, escuchando, bebiendo, empujándose, rozándose, todo sigue igual, aunque la realidad ha teñido de gris el ambiente y recuerdo que he dejado sola a mi amiga en la barra, que la cerveza se calienta y una parte de mí que me sermonea: -ayyy tontiñaca, dónde ibas…-. Salgo del baño, y sigo siendo la misma de siempre, la que sueña que vive, la que sueña que besa, la que sueña, sueña y sueña y no vive.


    Tal vez fuera ese ambiente con sabor a soul de los 60’s, o la cerveza, o los cambios climáticos, o la gente empujando, o la inclinación de la tierra en ese momento, o los maullidos, o la disposición de las estrellas entre la niebla, o su abrigo, o el equipo de música, o sus gafas, o mi necesidad, o el morbo, o puede que fuera culpa del jueves, el caso es que por un mísero instante me enamoré perdidamente del hombre que se escondió, que no me besó, que no me miró, del hombre de negro.


     

    *Tracamundear: Descolocar.

    *Joderes: Plural de la expresión joder. Frases de admiración, como: “joder, que bueno”

    Comentarios

    1. Avatar de Natalia Villalva

      Natalia Villalva

      31 enero, 2012

      Hola Rosa, cómo estás, espero que el frío de esta noche no te congele los mocos, me imagino si podría pasar eso, realmente no lo sé, en mi ciudad a lo mucho llegamos a 24 grados sobre el cero, es decir es un clima ecuatorial y hace mucho calor. Bueno en relación al cuento, realmente me ha gustado como has hecho asustar a ese muchacho y como lo acechabas, en la narración se cambia ese rol común del hombre persigue y seduce a la mujer, en tu cuento eso cambia, la mujer llega a tener un protagonismo,
      En lo que corresponde a ciertos ruidos del cuento, sentí un ruido en el segundo párrafo, es esta oración que no cuenta con sentido “que a mí me pegó esa enfermedad de cambio alterando mis constantes emocionales”, hay que mejorarla, y algunas cosas más, revisa todo el cuento, dale muchas leídas, por otro lado encontré este lugar común ” me enamoré perdidamente del hombre”, es una frase muy cotidiana, ya la han usado mucho, es común y deteriora la belleza de las frases anteriores.
      Un abrazo, sigue escribiendo voy a estar atenta a tus nuevos cuentos,
      Natalia.- Ecuador

      • Avatar de Rosa Calzado

        Rosa Calzado

        31 enero, 2012

        Muchas gracias Natalia! Gracias por las críticas tan constructivas, a decir verdad, el cuento está hecho con prisas y sin revisar nada en absoluto, como si hubiera salido cada frase de una bocanada, impulsivamente, llevas mucha razón, he de mejorarlo, y así lo haré. Muchas gracias, me alegro de que lo hayas disfrutado. Gracias de nuevo. Un saludo!! Nos leemos ;)

    2. Avatar de

      volivar

      1 febrero, 2012

      Rosa Calzado: buena la narrativa, aunque, es de advertir que los grandes escritores llegaron a serlo porque en sus letras utilizan el 5% de imaginación, y el 99 % de trabajo, revizando, corrigiendo, dejando que la narrativa se enfríe, para volvera a ella, y es cuando nos damos cuenta de algunos errores de redacción gramaticales, de sintásis.
      Esto esto va en buenos términos, de ninguna manera pretendo minizarte… no me lo perdonaría.
      Atentamente
      Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán,México

      • Avatar de Rosa Calzado

        Rosa Calzado

        1 febrero, 2012

        Ni mucho menos me lo tomo como crítica negativa, al contrario, reconozco que todos y cada uno de mis escritos salen a luz sin revisiones, los planto tal cual salen, y puede que eso sea un error. De hecho ya quedé finalista en un concurso de radio (“microrrelatos en cadena, de cadena SER, en España) y puntuaron algunos errores, tal vez fueran tontos (o eso pensaba yo), pero después advertí que esos errores le quitaban mucha chispa al relato. Así que, adradezco enormemente las críticas constructivas, vengan de quien vengan, lo único que pueden aportar son perspectivas diferentes de cómo mejorar uno mismo. Muchas gracias por leer el texto y por tu comentario, Volivar.

        Un saludo!

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