Historia sin nombre – Capítulo 7

Escrito por
| 109 3 |

    Cuando Kym salió de la caravana John se encendió otro cigarro. “John, – pensó – hace mucho que nadie me llama así.” Desde hacía años todos le conocían como “Lord Padre”, “Padre” o simplemente “jefe”. Mientras pensaba en sus años pasados, el cigarro se le iba consumiendo; hasta que solamente quedó un montón de cenizas humeantes.

    - Voy a verla.- Dijo en voz baja. Apagó en la taza de café vacía lo que quedaba de cigarro, y con un impulso repentino se levantó. Antes de salir se peinó el pelo hacia atrás varias veces y se encasquetó una gorra, con una bandera desgastada dibujada en la visera.

    Una vez fuera inspiró profundamente. El aire helado penetró en sus pulmones y se fundió con el humo caliente del tabaco que aún recorría su cuerpo. Una nube de vapor se formó entorno a su cara al exhalar. Sabía a dónde se dirigía, pero no sabía qué iba a hacer cuando llegara. La furgoneta en la que ella estaba encerrada era la que quedaba justo detrás de su enorme caravana. Entorno a la hoguera estaba la pequeña Jess que rápidamente se levantó a hablar con él.

    - ¡Hola papi! – Le dijo sonriente como siempre. Solo ella le llamaba así.

    - ¡Hola pequeña! ¿Qué tal estás? – Le contestó mientras se arrodillaba a su lado para que Jess pudiera abrazarle. Siempre lo hacía.

    - Bien, aunque hoy no hemos podido cazar al oso. Se ha escapado. – La cara de la niña reflejaba su enorme decepción.

    - Tranquila cariño. ¿Sabes? Mañana tengo una sorpresa preparada para ti. Mañana vamos a cazar un oso enoooorme y feroz. – Dijo lanzando zarpazos al aire.

    - ¿De verdad? ¡Gracias papi! – La pequeña se levantó con los ojos iluminados y volvió a la hoguera dando saltos de ilusión.

    - ¿Sabes Edd? – Le dijo al hombre que se había levantado también de la hoguera, y se dirigía hacia la caravana de Lord Padre – ¡Mañana vamos a cazar un oso! Me lo ha dicho papi.

    - Muy bien niña. Anda, vete por ahí a jugar un rato, y deja de dar el coñazo.- Le espetó, pero ella no parecía haberla oído y siguió comunicando la noticia a los pocos que quedaban cerca de la hoguera. La mayoría se habían ido ya a dormir a sus respectivas furgonetas.

    - Hola jefe, ¿a dónde vas? – le dijo observando el ceño fruncido que le miraba a través de la visera de la gorra. – Vale, vale, no me mires así. Ya sé que debo tratar mejor a esa cría, pero es que a veces me crispa los nervios con esa tontería de los osos. Algún habría que traerle uno de verdad ¿eh jefe?

    - No me hagas perder más el tiempo Edd, voy a ver a los prisioneros. – Le contestó girándose en dirección contraria.

    - ¿Puedo ir contigo? Me han dicho que la madre no está nada mal… No me vendría mal un poco de diversión…

    - No juegues con fuego Edd. No te acerques a ellos, ¿Me has entendido?

    - Vale, vale… la madre la dejo para ti, pero un ratito con la hija podré estar ¿no? Ya parece toda una mujercita…y parece muy apetitosa… – Edd se frotaba las manos compulsivamente, fantaseando con los ojos cerrados, y apenas vio como Padre le lanzaba una garra a su cuello. A pesar de no ser un hombre muy corpulento tenía mucha fuerza. Durante un rato, que a Edd se le hizo eterno, no pudo respirar.

    - Escúchame pedazo de mierda. Nunca, he dicho, nunca me hagas repetir una orden. – La cara de Edd empezaba a tomar un color violáceo.  – Como les pongas una mano encima, o se te ocurra hacer algo con esa cosa pequeña y ridícula que tienes entre las piernas, te juro que te la corto y te la hago comer. ¿Me has entendido? – Edd asintió repetidamente y cuando Padre le soltó, comenzó a toser echándose las manos a la garganta para ver si todo estaba en su sitio.

    - Dile a Viktor que venga conmigo y sustitúyelo. Seguro que Martina está encantada de que hagas guardia con ella. Con suerte te corta el cuello. – Mientras le hablaba se fijó en la mancha oscura que recorría su entrepierna. Se había meado encima.  “Maldito cobarde”,  pensó.

    Alguno de sus hombres, sin duda, estaba muy necesitado de compañía femenina, o masculina, según el caso. Tendría que ocuparse de buscar algún burdel. “Otra preocupación más”, pensó. Además cada vez era más difícil encontrarlos. Las prostitutas se veían expuestas a todo tipo de enfermedades y morían muy jóvenes. La última vez que habían pisado un burdel las tarifas eran escandalosamente altas y la violencia no había sido una opción, porque lo controlaba un grupo armado muy poderoso. Hubiera sido una muerte segura. Y no tenía ganas de morir. No por ahora.

    Mientras andaba los pocos metros que separaban su caravana de la furgoneta de los prisioneros, contempló el firmamento estrellado. La falta casi total de nubes hacía que el frío fuera más intenso, se le colaba hasta los huesos. Estaba harto de aquel dichoso frío.

    - Viktor, quiero que entres ahí y saques a todos menos a la madre. – Viktor era un hombretón duro, recio, con un enorme bigote negro que le cubría gran parte de la cara. Al mirarle a los ojos era como mirar a un ser inanimado, un ser carente de todo sentimiento. A Padre a veces le producía escalofríos. Sin embargo no siempre era así, cuando estaba cerca de Martina se derretía como la nieve en una hoguera. Aquella mujer le tenía bien calado.

    - “Da” jefe.- Contestó.

    Los prisioneros eran tres. Primero sacó, por la puerta de atrás, a un hombre de mediana edad, de constitución fina y rubio de pelo. Eso sí que era raro. Los rubios eran muy escasos. Además este tenía los ojos azules. Si fuera otro hombre sería una pena matarlo. El hombre estaba atado de manos y piernas, y una mordaza le tapaba la boca, sin embargo no parecía querer decir nada, solo mantenía una mirada fría y de desprecio absoluto. Viktor le llevó en el aire con suma facilidad y cuando vio la mirada que le dirigía a su jefe lo tiró al suelo y le propinó una patada en el estómago.

    - “Niet”, al jefe no le mires así. – Le escupió.

    Padre ni siquiera se dignó a mirarle mientras Viktor sacaba a la segunda prisionera. Era una adolescente de poco más de catorce años. Al igual que su padre también tenía los ojos azules, aunque ella había heredado el pelo negro de su madre. Estaba llorando y, por lo enrojecido de sus ojos, parecía llevar mucho rato haciéndolo. Al contrario que con el padre, Viktor parecía tener un especial cuidado con la muchacha. Suavemente le depositó en el suelo nevado, cogió una manta del asiento del copiloto y se la puso por encima.

    - Vigílalos Viktor, aunque no creo que vayan muy lejos. – Dijo con una mueca de desprecio.

    - “Da”. – Contestó el bigotudo.

    La parte trasera de la furgoneta había sido modificada. Habían abierto dos grandes ventanales, tapados con plástico duro y transparente. Las rudimentarias ventanas se abrían con un sistema de rodamientos corredizos. Era una medida que había tomado Padre para poder protegerse mejor en caso de ataque. Además toda la carrocería había sido contrachapeada con planchas de acero. Aquello podía salvar la vida a los ocupantes del vehículo y añadía un poco más de protección contra el frío.

    Entró de un saltó y cerró las puertas a sus espaldas. La suave luz de la luna se filtraba e iluminaba los pies de la mujer. Estaba sentada en un viejo sofá que hacía las veces de asiento, con la cabeza inclinada y el pelo cubriéndole la cabeza. No hizo ademán de levantarla cuando oyó el golpe de las puertas al cerrarse. Padre se puso de cuclillas enfrente suya. Durante un largo rato la contempló inerte; ninguno movía ni un solo músculo.

    - ¿Sabes, Sophie? Llevo años soñando con este momento. – Dijo finalmente. – No sabría decirte cuántas noches he soñado con esto. – La mujer no parecía escucharlo. – A veces pensaba que nunca os encontraría… ¿No me oyes?, me acercaré un poco más. – Se acercó hasta que su boca estuvo a escasos milímetros de su oído. “Sigue oliendo igual de bien”, pensó.

    - Mañana tu marido va a morir. – Le susurró. Un resorte pareció saltar en la mujer y le propinó un cabezazo, pero apenas tenía espacio y solamente consiguió que Padre se riera a pleno pulmón mientras se frotaba la frente.

    - ¡Vaya! Sigues igual de salvaje. Ahora parece que quieres decirme algo. – Le soltó la mordaza y lo primero que hizo Sophie fue escupirle en la cara.

    - ¡No eres más que un maldito cerdo John!

    “Sí, hace mucho que nadie me llamaba así”, pensó.

    - Seré un cerdo, Sophie. Seré un sádico, egoísta, cabrón hijo de puta. Seré todo eso que me has dicho alguna vez en tu vida. Todo lo que me has escupido sin importarte mis sentimientos. Pero ten algo seguro; mañana pagarás por lo que hiciste… Mañana pagarás por abandonarme. ¡Ah! y vete despidiéndote de ese pequeño bastardo tuyo.

     

    Volver al capítulo 6

    Comentarios

    1. Avatar de Julieta Vigo

      Julieta Vigo

      6 enero, 2012

      Vaya Kiko, estoy empieza a ponerse muy interesante. Revisa los guiones de los diálogos, y el uso frecuente del verbo estar seguido de un participio. Puedes dejar solo el participio y que la lectura sea más ágil.

      Por mail te mando las observaciones y un adjunto que habla sobre los guiones en los diálogos.

      ¡Feliz día de Reyes!

      • Kiko_L

        7 enero, 2012

        Gracias Julieta! Como ya te he comentado por email, estoy revisando todo lo que me has dicho :)

        Un saludo!

    2. Avatar de Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      7 enero, 2012

      La trama avanza y las revelaciones son cada vez ms interesantes.
      Una pequeña corrección: cuando hablas de Padre que se acuclilló “enfrente suya”, deberías poner: enfrente de ella.
      Feliz año y un abrazo,
      Luna de lobos

    Escribir un comentario

    Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.