Huracán

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Cuento ilustrado por Joan Salvadó

Hace ya unos días que esperábamos la tormenta. Con un poco de miedo, como de costumbre, pero en este país tenemos medios suficientes para hacer frente a estos envites de la naturaleza, o  vivimos convencidos de ello hasta que recibimos una bofetada que nos saca de nuestro estupor, o quizás debería decir de nuestra estupidez.

El pronóstico meteorológico de aquel día decía que el huracán iba perdiendo fuerza a medida que se acercaba a nosotros, que por cierto vivíamos en Nueva Orleans, de modo que ya estábamos más o menos acostumbrados a la serie anual de huracanes, tormentas tropicales y demás fenómenos. Mi marido Bill, que trabajaba en el aeropuerto, ya había clavado tablas en todas las ventanas y taponado todos los orificios de la casa con sacos de arena, puesto que vivíamos justo en el extremo inferior de la calle, en una zona residencial, justo en la parte externa de un recodo, con lo cual ya habíamos sufrido varias inundaciones en anteriores ocasiones.

Aquella tarde las noticias nos trajeron el imprevisto, la tormenta cobraba fuerza en lugar de debilitarse, de modo que se recomendaba no salir de casa hasta que volviese la calma. Telefoneé a Bill, que estaba de guardia:

– Hola cariño, ¿has oído las noticias?. Creo que deberías dejar el trabajo y venirte a casa conmigo y con los niños, estaremos más seguros todos juntos.

– No te preocupes tanto, ya hemos pasado por otras como esta y aún vendrán más huracanes. Tranquila, la casa es un búnker, nada malo puede pasar. Da un beso a los niños. Te quiero.

Mis niños, mis pequeños. Tommy, de 6 años y Ellie, de 2. El mayor era un poco consciente de lo que pasaba, en el cole ya les habían explicado un poco como iba a ocurrir todo y luego vino el aluvión de preguntas en casa, así que ya había elaborado su particular dossier de cómo transcurriría esa noche. Me preguntó si podía dormir conmigo al no estar papá y yo accedí. La pequeña, naturalmente, también se apuntó. Pero yo sabía que no iba a poder dormir con la que se nos venía encima.

Primero fue el viento. Nubes negras que se acercaban a una velocidad impensable. Lluvia, a ráfagas al principio, luego a mares. El bramido del huracán parecía que iba a arrancar de cuajo la casa. Saltaban las alarmas de los coches, de las casas. A lo lejos se oyeron varias sirenas. Los niños estaban asustados y no quisieron ir a dormir, de modo que nos quedamos en el salón hasta que lo peor hubiera pasado. Un ruido sordo cercano rompió la monotonía del diluvio, y por entre las rendijas de los tablones de la ventana pude ver que un árbol había caído en mitad de la calle unos metros más abajo. También vi, horrorizada, cómo el agua subía ya medio metro de altura fuera, en la calle. Me asomé al pasillo, pero apenas un hilillo entraba por debajo de la puerta de la calle. El dique funcionaba.

Volví al sofá con los niños. No se veía la tele, probablemente porque la emisora estaba averiada o simplemente la fuerza del viento o los rayos no permitían que llegara la señal. Para tranquilizar a mis hijos empecé a leerles un cuento, lamentando para mis adentros que Bill tuviera que trabajar precisamente ese día. No todos los vuelos estaban cancelados, pero el personal de mantenimiento tenía un servicio mínimo, y ahí estaba él.

De repente, se fue la luz. Esto era bastante normal, pero yo ya estaba bastante nerviosa y esta circunstancia no me ayudó mucho. Tommy se asustó bastante y yo traté de infundirles calma:

– Tranquilos, iré a la cocina a buscar unas velas hasta que vuelva la luz.

Medio a tientas, con la única iluminación de los relámpagos que se sucedían con cierta frecuencia, llegué a la cocina y rebusqué en el cajón donde estaban las velas y los fósforos, rezando para que aún prendieran, porque no recordaba cuándo había sido la última vez que habíamos encendido una cerilla. Como todo es eléctrico, confiamos nuestras vidas a la diosa electricidad sin pensar lo frágiles que nos volvemos bajo esa dependencia.

La primera falló, pero la segunda chisporroteó y conseguí encender la vela. Aproveché y volví a escudriñar por la ventana (más bien era poco lo que podía ver, dado que era de noche, no había luz y la cortina de lluvia tampoco me permitía atisbar más allá de unos metros). El panorama era devastador. El agua había subido más, y por la parte de arriba de la cuesta se veían varios árboles  enormes derribados, que atascaban la calle, y que el torrente intentaba arrastrar hacia abajo, es decir, hacia mi casa. Algunos porches se habían venido abajo o simplemente, habían volado. Lo más inquietante era que la corriente fluía hacia mi casa y yo prefería no pensar en qué pasaría si toda esa masa chocaba contra nosotros.

– Mamá, ¿por qué tardas tanto? No vemos nada.

-Ya voy, cariño; es que no encontraba las cerillas.

Ahora sentía verdadero pánico, más por los niños que por mí. No podía dejar de pensar qué haría si ocurría algo imprevisto. Un pensamiento atravesó mi cerebro: “Maldita sea, Bill, deja el puñetero trabajo y ven aquí ahora mismo. Nosotros te necesitamos, ellos no”.  Mi pobre Bill. Lo cierto es que sí salió del trabajo, alarmado por la violencia de los elementos. A pesar del peligro que ello conllevaba, cogió el coche y se vino a casa, pero yo no supe nada de esto hasta que todo hubo acabado. Cuando iba por el camino se fue la luz de las calles, y los faros del coche de poco servían en medio del vendaval y de la intensa lluvia. Al atravesar un cruce, cuyo semáforo no funcionaba, un camión que circulaba igual de ciego que él se lo llevó por delante. Quizás el conductor  también quería, desesperado, llegar lo antes posible a su hogar, con su familia, no lo sé. Lo cierto es que en aquel lugar y en aquel momento inoportuno, pasó aquel camión –lo cual parecía impensable en semejante situación-  que se llevó consigo la vida de Bill. Mientras yo estaba prendiendo una vela, el yacía aplastado entre un amasijo de hierros. Me dijeron que el impacto había sido tal que no se había dado cuenta de nada, y yo prefiero seguir creyendo eso antes que pensar que estuvo allí desangrándose, sufriendo por nosotros en aquellos sus últimos momentos.

Ignorante de la tragedia, volví al salón y los niños se sintieron más tranquilos. Ellie dejó de llorar cuando yo la cogí en brazos para confortarla. Tommy se quedó mirando la luz como si fuera lo único a lo que podía aferrarse en medio de tanto trueno, viento y lluvia.

– ¿Tardará mucho en volver la luz, mamá?. No me gusta estar a oscuras.

– No te preocupes, cielo, eso no depende de nosotros. Alguien como papá irá y arreglará la máquina que produce la luz y entonces volverá. Mientras tanto, no nos queda otro remedio que esperar aquí todos juntos hasta que la tormenta haya pasado. Tienes que ser valiente para que tu hermana se calme, para eso eres el mayor. Podéis dormir en el sofá si queréis, yo me que quedaré aquí vigilando que no ocurra nada malo.

Justo entonces todo tembló. El impacto y el estruendo fueron tales que por un momento me sentí desorientada. Estaba mojada, pero no acertaba a adivinar qué estaba pasando. Tommy miraba fijamente hacia la pared y entonces yo me volví y me quedé petrificada.

El agua de la calle había arrastrado una furgoneta de algún vecino y la había estrellado contra la pared del salón, abriendo un boquete del tamaño de una puerta de medio metro de anchura. A los lados del agujero la pared se había resquebrajado. Gracias a Dios, la furgoneta se había quedado ahí, como un tapón, y sólo entraba un chorro de agua no muy grande, que era lo que me había salpicado.

Inmediatamente, pasé a la acción: tenía que llevar a los niños al piso superior. No había querido hacerlo antes por si se derrumbaba el tejado o algo semejante, pero ahora no tenía elección, la situación era desesperada: no podía confiar en que el tapón aguantase la presión del agua y del viento. Sin pensarlo dos veces, agarré a Tommy de la mano, cogí a Ellie en brazos y me dirigí hacia la escalera.

Pero no llegué. Nada más tenía que dar diez pasos para llegar al recibidor y subir. Diez pasos que jamás pude dar. Apenas había cogido a los niños cuando se oyó un chirrido que provenía de la furgoneta y sin darme tiempo a volverme, por el rabillo del ojo comprobé que mis peores sospechas se habían convertido en realidad.

Todo pasó en apenas dos segundos, pero no podré olvidarlo mientras viva, que espero no será mucho más.

El agua empujó la furgoneta a un lado y se la llevó calle abajo, de modo que de repente tuvimos el salón inundado por una enorme avalancha de agua. La fuerza de la misma me hizo tambalear y casi perdí el equilibrio, pero conseguí afianzarme y di un paso más hacia nuestra salvación. Para entonces los niños chillaban y lloraban desesperados, pero, en un estado de histeria desatada, tiraba frenéticamente del mayor sin importarme si le hacía daño o no, y apretaba a la pequeña contra mi cuerpo con toda la desesperación que la naturaleza proporciona a las madres en esos instantes.

Al entrar tanta agua de repente, no daba tiempo a que saliera del salón hacia el resto de la casa, cubriéndome hasta la altura de las caderas. En ese preciso instante, una estantería que teníamos llena de libros, nos cayó encima, golpeándome la cabeza y dejándome atontada durante unos segundos, de modo que todos caímos al suelo, debajo de la estantería y debajo del agua. El frío me despabiló y entonces, empujando con pies y manos, conseguí levantar el mueble, gracias a que los libros se habían caído y flotaban a la deriva, de modo que pesaba menos. Instintivamente grité:

– ¡Niños! ¡Niños! ¿Dónde estáis?

– ¡Mamá, ayúdame, por favor!, ¡no puedo aguantar más!

Me giré y vi a Tommy en el agujero de la pared, aferrado al borde, arrastrado por el caudal del agua. Lloraba y gritaba.

– ¡Mami! ¡No me dejes llevar! ¡Me ahogaré! ¡Socorro!

Me abalancé sobre él, porque no podía correr a causa del agua, y le agarré como puede de su manita. No pude cogerle de la muñeca, sólo de los dedos. Si hubiera saltado sólo diez centímetros más, todo habría sido diferente, pero…

– ¡No te sueltes, cariño, no te sueltes…!

– ¡No puedo más, mami, … me escurro!. ¡No me dejes, mamá, ayúdame…!

Pero tenía las manos mojadas y se me resbaló. Su carita desapareció del agujero como un fantasma que jamás hubiera existido. Me abalancé hacia adelante, dispuesta a alcanzarle a cualquier precio, cuando algo se me vino a la cabeza, igual que un relámpago, dejándome paralizada: ¡Ellie!

Volví la vista al salón, pero no la veía por ningún lado. Sentí el corazón estallar, desesperada, fuera de mí. Nadie en el mundo debería verse en una situación tan brutal: decidir por la vida de uno de mis hijos a cambio de la del otro. Hubiera preferido estar muerta mil veces antes que pasar ese trago. Inconsciente de lo que hacía, levanté la estantería caída y tanteé debajo: un bracito. Con una mano sujeté el mueble y con la otra saqué el cuerpo de mi hija.

No respiraba. Tal y como había visto en la tele, insuflé aire en sus pulmones y le di un masaje en el pecho con la esperanza de verla escupir agua. Nada. Repetí la operación diez veces, quince, en una agonía interminable. Acerqué mi oído a su pecho, anhelando oír sus tiernos latidos. Nada.

_ ¡Noooooo! ¡Dios mío, no lo permitas! ¿Por qué? ¿Por qué?

 

  • oooOooo

A partir de ese momento, ya no recuerdo nada. Me lo fueron explicando después, con el tiempo.

Cuando las fuerzas de emergencia del ejército llegaron al día siguiente me encontraron allí tirada, cubierta de barro, abrazando el cuerpo de mi hija, como una demente con su muñeca sin vida, como una demente sin vida con su muñeca.

Entre brumas, a retazos, recuerdos los funerales. El cadáver de Tommy fue hallado unos cientos de metros calle abajo, enredado en unos arbustos que detuvieron su deriva. Durante las exequias me desvanecí en varias ocasiones. Finalmente me llevaron al hospital, donde permanecí durante dos meses, bajo tratamiento psiquiátrico. Cuando por fin me dieron el alta, mi hermana Amy, que vive con su marido y su hija en San Fernando Valley, California,  me obligó a ir a vivir con ellos.

– Aquí no hay huracanes- dijo Amy.

– No, aquí hay terremotos- repliqué.

Conseguí (me consiguieron) un trabajo de cajera en un supermercado, de forma que acabé aparentando cierta normalidad, una rutina habitual, de casa al trabajo y vuelta por la tarde.

Empeñados en que rehiciera mi vida, organizaron cenas, barbacoas, a las que invitaban a algunos amigos. Yo cumplía con el trámite, era amable e incluso agradable con ellos. Y así se fueron sucediendo las semanas, los  meses, los años. Pero por dentro estaba vacía, no me quedaba nada en absoluto, el huracán se lo había llevado todo. No había alegría, ni pena. Ni cariño, ni odio. Ni siquiera estaba resentida con el destino, con Dios, o con quien quiera que maneje los hilos de nuestra existencia. Absolutamente nada.

Antes del verano cogí un catarro muy grande, que no acababa de curarse. En septiembre, mi hermana me convenció para ir al médico, y después de hacerme unas cuantas pruebas, me dijeron que era un fastidioso catarro de verano, que no tenía pulmonía, ni bronquitis, en fin, jerga de médicos.

Hace unas semanas, en un acceso de tos, escupí sangre. Amy, alarmada, me volvió a llevar al hospital, donde me sometieron de nuevo a una interminable serie de pruebas, análisis y demás.

Ayer fui a recoger los resultados, y Amy vino conmigo. El doctor, circunspecto, dijo.

– Me resulta muy duro decirle esto, pero tiene derecho a conocer la verdad: tiene usted cáncer.

Amy se echó a llorar, desconsolada:

– ¡No es posible, doctor! ¡No puede ser!. Tiene que haber un error… ¡Dios, no puede ser!

El doctor me miraba a mí, esperando una reacción. Como no la hubo, intentó escudarse en su calidad de profesional, para dejar todo claro.

– Intentaremos con unos ciclos de radioterapia y de quimio, pero por desgracia no puedo darle muchas esperanzas: la enfermedad está muy extendida y además su avance es muy rápido, no creo que podamos detenerla. Lo siento.

Amy seguía llorando y abrazándome, pero yo no dije nada. Ellos no tenían ni idea. Yo ya había muerto aquella fatídica noche, bajo aquel huracán. Y ahora, por fin, volveríamos a estar todos juntos de nuevo. Muy pronto estaría de nuevo con Bill, volvería a abrazar a Tommy y a acariciar los rizos sedosos de mi muñequita.

Muy pronto.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de

    volivar

    3 enero, 2012

    Vidal… he leído, detenidamente tu Huracán, y, te digo, sinceramente, que eres un gran narrador, que no escatimas detalles, atinadamente… atrapas a tus lectores desde el inicio, logrando que lleguemos al final, … pues, es muy interesante lo que cuentas.
    Sin embargo,y perdonando, si pulieras algunas expresiones, no tendría yo un “pero” que expresar a tu fabuloso cuento..
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México

    • Imagen de perfil de VIDAL

      VIDAL

      3 enero, 2012

      Hola volivar, me encantan las sugerencias. En primer lugar, celebro si te ha gustado. En segundo, ¿qué expresiones crees tú que debería pulir? No te cortes, hay que aprender de los lectores, ellos te indican el camino a seguir…
      Un saludo y un millón de gracias.
      PD: ¿Has visitado mi blog? Quizás sea de tu interés. en mi perfil está, pero si no lo encuentras, te lo facilitaré encantado
      Vidal, España

  2. Imagen de perfil de

    volivar

    3 enero, 2012

    Estimado Vidal: en una narración, no es correcta la repetición cercana de términos:
    puesto que vivíamos “__justo__ “en el extremo inferior de la calle, en una zona residencial, “___justo__” en la parte externa de un recodo, con lo cual ya habíamos sufrido varias inundaciones en anteriores ocasiones.

    En cuanto a la puntuación, no es correto poner al final de una oración: !.. (Con uno basta, ya sea la admiración, o el punto final). Y para dejar de criticar (pero eso, sí, de muy buena fe, y no con la intención de causar desánimo, sino porque la ortografía es tan importante, que si un relato es excelente, al ver un erroor gramatical, para uno la lectura: “Sentí el corazón estallar”, (En esta última oración, falla la sintaxis Sería mejor: “Sentí que el corazón me estallaba”.
    Mejorando algunas cosas parecidas, tus relatos serían aún mejores, de un maestro en las letras,porque de que tienes imaginación, ideas, términos para expresarlas bellamente, ni dudarlo.
    Atentamente
    Volívar Martínez Sahuayo, Michoacán,México
    (Me atrevo a comentar lo anterior, porque, como soy redactor de un periódico, me han llovido las pedradas en cuanto fallo en la sintaxis y en la ortografía, pues aunque la mayoría de los lectores tienen poca preparación académica, sí hay quién se las sepa de todas todas.
    La siguientesexpresión no debe de cortarse con punto y seguido: “Inmediatamente, pasé a la acción”.
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México

  3. Juan A.

    22 marzo, 2014

    Cuento desgarrador, la naturaleza y su pulso constante.

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