La voz de la inspiración

Escrito por
| 603 | 8 Comentarios

Llegué allí con seis cajas de zapatos como equipaje. En una llevaba una camiseta, un jabón y dos mudas, junto con el farolillo, dos velas y mi bolígrafo. Las demás cajas estaban llenas de libros.

Una chica con varios tatuajes y un cigarro en la boca, Quena, me llevó hasta mi habitación, amueblada únicamente con una cama bajo la ventana y una silla. Era una estancia bastante pequeña, así que me aseguró que la mejor disposición de la habitación era la que había. Con dedo acusador, me advirtió de que no me quejara, porque habría ruido todas las noches. Asentí y entré en la que sería los próximos tiempos mi casa. Compartiría baño y cocina con otras cinco habitaciones. Quena se marchó dejándome sola en la casa.

No me importaba la suciedad de la habitación ni el ruido nocturno. Lo único que necesitaba era una lugar propio, donde nadie fuera a entrar.

Aproveché para quitar las sábanas de la cama y lavarlas en el cuarto de baño con mi pastilla de jabón. Me quité los cordones de las botas, y los até a los extremos de la cama para colgar las sábanas mojadas.

Me asomé a la ventana. Todo estaba lleno de edificios, pero por fortuna ninguno era más alto que éste. La noche se asomaba tímida mientras el sol se acostaba. Un alboroto apareció por la esquina de la calle acompañando a un grupo de jóvenes entre los que descubrí a Quena. En seguida llegaron arriba con sus gritos.

No tardé en escuchar el tintineo de botellas. Me senté en el alféizar de la ventana a mirar la calle inundada de la magia de la noche. A partir de entonces dejé de sentir a los que armaban bulla en la casa, para concentrarme exclusivamente en las estrellas que empezaban a titilar en el cielo. A las dos horas no se escuchaba un suspiro. Todos habían caído dormidos o inconscientes.

Era una noche hermosa aquella.

Sin previo aviso y casi sobresatándome se abrió la puerta de la calle. Alguien avanzó con pasos cansados hasta la habitación contigua a la mía y cerró su puerta. Bajé del alféizar para escuchar a aquél que aparecía en la noche como un espectro. Oí el crujir de ropas y el chirrido de un colchón. No se oyó un sólo ruido después. Llegado el momento retiré las sábanas ya secas, e hice la cama. Me metí dentro y soñé sin dormir.

Todavía el sol no se había atrevido a saludar, cuando sonó un despertador en la habitación del individuo misterioso. Oí cómo se vestía, y después iba al baño. Al mismo tiempo se levantó Quena, y se cruzó con el otro en el pasillo. Les oí saludarse, pero no acerté a escuchar su voz. No hubiera sabido decir si se trataba de un hombre o de una mujer, de un joven o de un viejo. Tras eso, cogió algo de su cuarto, y cerrando la puerta, se marchó.

Decidida a escuchar su vida, e intentar comprenderla, desplacé la cama hasta pegarla a la pared derecha, que separaba las habitaciones de ambos. Por fin cómoda, saqué los libros de sus cajas, y los amontoné en cuatro columnas bajo la ventana. Apilé las cajas de zapatos y las coloqué al lado de la cama a modo de mesilla de noche.

El día pasó; la borrachera del anochecer de mis compañeros también. Finalmente llegó la esperada llegada. Entró en casa, llegó a su cuarto, se desvistió y se metió en la cama. En ese momento suspiró con suavidad.

Por primera vez escuchaba algo salir de sus labios. Era una chica joven. Seguro. Quizá me equivocara, pero no suelo fallar. Satisfecha, dormí unas horas.

Desperté cuando todavía la luna se mostraba en el cielo. Con urgencia, tomé el farolillo y encendí una vela que alumbró tímidamente la estancia. De entre las tapas de Frankenstein saqué un papel blanco y arrugado y comencé a escribir frenéticamente. El sueño había traído consigo una historia, y no podía permitir que se fundiese con el mundo real antes de escribirla.

Entonces, el despertador de la otra habitación frenó con brusquedad mis ideas. Ella se levantó. Fue al baño y volvió a su cuarto. Dejé caer el papel y el bolígrafo cuando escuché a través del tabique que nos separaba cómo cantaba una melodía suave, muy suavemente, casi como si fuera una nana. Siguió tarareando bajito mientras se vestía. Cuando cerró la puerta, las estrellas soplaron por la ventana y apagaron mi vela dejándome en la oscuridad.

Mordía una de las manzanas que había comprado junto con tres mandarinas, mientras daba un nuevo giro a mi historia. Esa historia que quizá no llegase a nada. Cada vez estaba más segura de que en esta ocasión había sido esa mujer que no conocía, la inspiradora del relato. Y no sólo eso, sino que era ella quien lo escribía. Cada uno de sus nuevos movimientos, me daba otra idea que cambiaba el rumbo de mi escrito. La tinta volaba sobre el papel, más lenta que las palabras que resonaban en mi cabeza.

Quena llamó a mi puerta. Al pasar me ofreció un cigarro que rechacé. Parecía extrañada por la disposición de la cama y la nula utilidad que le daba a la silla. Observó con curiosidad los libros y el farolillo que descansaba en la torre de cajas.

Empezó a hablarme sin importarle, al parecer, que yo siguiera escribiendo.

Me preguntó si no salía de casa. Señalé la fruta que había comprado esa mañana a modo de respuesta. Me miró alzando una ceja y me preguntó si quería salir esa noche con sus amigos. Decliné la oferta. Esa noche tenía cosas que hacer. Me dirigió una mirada escéptica, y se fue.

Miré el papel a medio llenar de tinta, para retomar mi historia. De pronto, no supe qué más escribir. Me invadió el vértigo ante el abismo que se me acababa de aparecer. ¿Qué me estaba ocurriendo? Jamás me había pasado algo similar. Empecé a escribir sumida en el pánico, sin resultado. Durante horas rompí papeles llenos de estupideces. ¿Ya no sabía escribir? Salí al pasillo, y le pedí a la chica tatuada un cigarro. No sé por qué lo hice. Sólo me encontré frente a ella con palabras en los labios que no había preparado.

Me senté en el poyete de mi ventana a respirar humo tosiendo continuamente. Me metí en la cama y empecé a pensar sobre mi vida.

Me debí quedar dormida, porque de pronto, desperté con el sonido familiar de su cuerpo introduciéndose entre las sábanas. Cogió un libro y empezó a pasar las hojas a intervalos lentos de tiempo. Al rato, escuché su voz.

-“Con sólo la autoridad de su tranquila mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, magnífico, ensangrentado, indiferente como si fuera invulnerable, obligase a aquella siniestra gente a matarlo con respeto”.

No sé expresar la emoción que sentí al oír su voz por primera vez leyendo Los Miserables. Escuché su voz pronunciar la cita teñida de admiración y tristeza. Era suave, sincera y hermosa; jugaba con las palabras.

Acaricié la pared. Me sabía de memoria aquella frase. Saber que para ella era especial, me hizo sentir bien. Un lazo sólo visible para mí se anudó entre ambas entonces, gracias a la majestuosa muerte del héroe Enjolras.

Oí cómo cerraba el libro. La escuché dormir. Me asomé a la ventana. Allí estaba la luna, mirándome cómplice. Ella velaba, a mi lado, el sueño de la joven que leía Los Miserables.

En menos de una semana había terminado mi historia, una novela corta. Sólo la compañía de una gran inspiración podía hacer que las palabras danzaran tan rápido sobre el papel. Y esa inspiración dormía a un metro de mi cama cada noche. No conocía su rostro, pero conocía su vida a través de lo que escuchaba cuando llegaba a la casa, y cuando se levantaba para irse.

Le entregué la novela a mi editor. La revisaría. Quizás tuviera suerte.

Cayó la noche. La luna, una sonrisa de plata, acompañada de las pecas de la oscuridad, apreció en el cielo. Los escandalosos vecinos empezaban a desmayarse y a roncar. No faltaba mucho para la llegada de mi secreta amada.

Encendí el farolillo. Me senté como siempre en el alféizar de la ventana a respirar la paz de la noche.

Llegó ella. Entró en su habitación, se desvistió y se tendió en la cama. La luna regalaba una suave brisa nocturna, por lo que mantenía la ventana abierta. Abrió el libro. Habían pasado unos días desde que escuchara su voz citando a Víctor Hugo. Oí cómo lloraba débilmente. Debía estar leyendo el final de la novela. Entonces volví a escucharla.

-“Ningún nombre se lee en ella. Sólo hace muchos años, una mano escribió allí con lápiz estos cuatro versos que se fueron volviendo poco a poco ilegibles…”

De pronto, algo dentro de mí gritó basta. Yo la conocía, quizás la amaba, y ella ni siquiera sabía de mi existencia. Sin darme cuenta, mis labios terminaron las palabras que concluyen Los Miserable:

-“…a causa de la lluvia y el polvo, y que probablemente no existirán ya:

Duerme. La muerte persiguióle ruda;

murió al perder la prenda de su alma.

Larga la expiación, la pena aguda

fue, y así obtuvo la celeste palma.”

Nuestras voces se entrelazaron un momento. Luego ella calló sorprendida. Nos mantuvimos en silencio mucho tiempo. Después la escuché levantarse de la cama y caminar con pasos cautelosos hasta mi habitación. Se quedó quieta un momento. Abrió lentamente la puerta.

Y desde el poyete, observé por primera vez, a la luz del farolillo, a ella, la chica que amaba Los Miserables, la joven de voz sugerente… la más inspiradora de todas las musas.

Dedicado a mi musa particular

Comentarios

  1. Profile photo of nanky

    nanky

    2 enero, 2012

    “Me metí dentro y soñé sin dormir”, me gustó.

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      2 enero, 2012

      Me alegro mucho de que te gustara.
      ¿Soy la única que a veces se mete en mundos oníricos sin cerrar los ojos?
      Un abrazo, Nanky,
      Luna de lobos

  2. Profile photo of Carmen

    Carmen

    6 enero, 2012

    Noooo, Luna.. Yo paso el día soñando… Es lo más hermoso de vivir,,,
    Hermoso cuento!!
    Saludos!!

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      6 enero, 2012

      Incluso cuando empiezas a perder la noción de lo real y lo imaginado, es maravilloso soñar.
      Muchas gracias, Carmen!
      Un abrazo,
      Luna de lobos

  3. Profile photo of

    volivar

    7 enero, 2012

    Luna de lobos: un cuento excelente… lleno de magia, de lunas que conviven con nosotros, o con nuestros sueños… Qué habilidad para expresar tus ideas… lo que surge de tu imaginación. En verdad que he descubierto a alguien que tiene el don de las letras.
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      7 enero, 2012

      Una lo hace lo mejor que puede, siempre intentando superarse.
      Muchas gracias por el cumplido, Volivar.
      Un abrazo,
      Luna

  4. Profile photo of Rosa Calzado

    Rosa Calzado

    5 febrero, 2012

    Que musicalidad, que frases más dulces y mágicas:

    “La luna, una sonrisa de plata, acompañada de las pecas de la oscuridad”
    “Cuando cerró la puerta, las estrellas soplaron por la ventana y apagaron mi vela dejándome en la oscuridad”.

    Me ha encantado. Gracias. ;)

    • Profile photo of Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      5 febrero, 2012

      Gracias a ti, Rosa.
      Es siempre un placer compartir historias.
      Me alegro de que te guste.
      Un abrazo,
      Luna

Escribir un comentario

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.