Miguel Hernández, catarata de pensamiento y poesía inmediatos

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Mi vida es una herida de juventud dichosa.

Miguel Hernández

 

Conjeturo que la poesía inmediata de Miguel Hernández se emparenta con la filosofía para la vida cotidiana que la escuela francesa de pensamiento entregó al mundo. Para apoyar la anterior tesis, habremos de explicar el concepto de poesía inmediata en Miguel Hernández, en especial en sus obras El rayo que no cesa, Viento del pueblo, Cancionero gitano, Cancionero y romancero de ausencias, Poesías últimas, 1933-1941. Poemarios todos de la más alta facturación. Libros profusamente inteligentes. Textos profundamente personales como universales. Según mostraré en las siguientes páginas, las composiciones de este poeta son escritura inmediata y se encuentran emparentadas con la filosofía práctica.

¿Poesía que hable del presente próximo a mí y a ti? Tal es una de las premisas de la poesía española de principios de siglo XX. En ella el pensamiento, la inspiración, las intentonas transitan hacia la experiencia, hacia la realidad, construyendo así puentes de interacción mutua. A ese respecto, Arturo Souto explica que:

Para los críticos y los historiadores literarios, la recién pasada centuria puede compararse en número y calidad de obras poéticas al periodo clásico; si en él destacan Garcilazo, Fray Luís, San Juan, Góngora, Quevedo, calderón, Sor Juana y tantos otros poetas extraordinarios en el siglo XX se congregan, en un breve trecho de tiempo, poetas no menos notables: Antonio Machado, Juan Ramón, Lorca, Alberti, Salinas, Jorge Guillén, Luís Cernuda, Miguel Hernández,… es decir una serie de generaciones que sitúan a la poesía española entre las primeras del mundo.[1]

Suscribimos íntegramente esta percepción del Dr. Souto; reconocemos con él que existe una alta calidad en la producción de estos siglos. Para ilustrar esta fragua de calidades entre ambos siglos baste la contrastación de unos versos de Miguel Hernández con los de Francisco de Quevedo. El primero expresará:

Aquí está la basura

En las calles, y no en los corazones.

Aquí todo se sabe y se murmura.[2]

 

Comparable en temática y en tono al poema de Quevedo:

Aquí murmuran los arroyos

Porque han dado en perseguirlos:

Que hay muchos de buena lengua,

Bien hablados y bien quistos.[3]

 

Admiramos igualmente, que ambos compiten de tú a tú. Nadie sale vencedor, porque los dos siglos destellan sus armas con análoga destreza y sagacidad.

La vida es un cigarillo,

Hierro, ceniza y candela

Unos la fuman de prisa

Y algunos la saborean.

Manuel Machado

 

La poesía española de principios de siglo XX canta sus liras comprometidas con ensalzar su utilidad vital y se despliega desde el arraigo en la vida práctica.

En el mismo sentido, a Antonio Machado lo identificaremos con reflexiones sistemáticas de la vida inmediata. De ahí que Machado haga cantar con sabiduría a su personaje Mairena:

(Mairena, en su clase de Retórica y Poética)

– Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.” El alumno escribe lo que se le dicta.

– Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

– El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle.”

– Mairena. – No está mal.[4]

El epígrafe de Antonio Machado que antecede a la discusión en estas páginas enseña que la actividad poética puede y debe suspenderse en el aquí y ahora. Aporta un aurea de inmediatez a sus cantos. La propia obra poética de Machado apuntaría en ese sentido. Especialmente, Campos de Castilla se inscribe en tal tentativa. [5]

Desde la perspectiva que nos invita a pensar Souto, las cosas no podían aparecer más claras. Se trata de una generación y una literatura entreverada con la vida misma, con la circunstancia, con el entorno, con el presente:

Los escritores del 98 son un grupo de más o menos amigos compartiendo una común actitud ante el Desastre, en efecto, una generación literaria. Se adentran en lo nacional y lo castizo, son sobre todo intelectuales y reflexivos. En suma: prefieren el fondo sobre la forma.[6]

En ese sentido, Miguel Hernández reivindica, ejerce y refresca la lira mestiza, Por su parte, Antonio Machado se desvive por las acciones simples que nos definen. Ambos convergen, sin embargo, en exaltar la armonía y confluencia de nuestros diarios avatares, menores y próximos. Sin embargo, por antonomasia, Miguel Hernández es el poeta de lo cotidiano.

Pero volví en seguida,

mi atención a las puras existencias

de mi retiro hacia la ausencia atento,

y todas sus ausencias

me llenaron de luz el pensamiento.

A esta generación de escritores le interesa poner en claro la poesía de la calle, de la cotidianeidad. Durante la infancia Miguel Hernández asiste a tertulias, se echa sobre costales a leer El Quijote, mientras escucha las discusiones de los asistentes. Es la época en que Ramón Sijé, su entrañable amigo, le provee de libros en préstamo o regalo. En su juventud, amanece poeta y canta a su pueblo, a su provincia.

Luís García Montero reivindica a Hernández consciente de su paso efímero por la vida, quien sin embargo, atreve atisbos en que se decantan por igual una catarata de pensamiento y poesía.

Miguel Hernández escribió mejor en la culpa y la necesidad que en el himno y la certeza. El desvalimiento sexual y la miseria afectiva consolidan la maestría formal de su carnívoro cuchillo y de su rayo amoroso. En un cuaderno escolar va copiando breves poemas escritos con dificultad, maravillosos poemas que suponen una renovación originalísima del neopopulismo que tanto habían utilizado Juan Ramón Jiménez y los poetas de la generación del 27.[7]

Su obra Perito en lunas, cargada de reminiscencias castizas, rústicas y rurales, fue abriendo la senda de la consolidación poética a la que aspiraba desde joven. Esta obra le fue presentada por Hernández a García Lorca, quien advirtió en ella un zarpazo de tigre preso. Lo cierto es que Miguel Hernández intimó con él, tanto que, a cierto tiempo de aparecer el libro, le escribió quejándose acerbamente de la indiferencia de los críticos, carta a la que García Lorca contestó con palabras consoladoras. Le dice:

No se merece Perito en lunas un silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Eso lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.

Miguel Hernández expresa en las obras tempranas una composición, una lira y pensamiento asentados en lo inmediato. Llegamos a notar incluso un arraigo en lo adyacente. Poesía de mí. Poesía de ti. Poesía para aquí, para ahora, conmigo y contigo. Poesía mía y al mismo tiempo de todos. Se trata, en todo caso, de una poesía para la vida cotidiana.

A ese respecto, el poeta Hernández lo expresará contundentemente: “Me dedico única y exclusivamente a la canción y a la vida de tierra y corazón adentro.”[8] Ese corazón adentro reivindica la entrañable tierra en la que vive el poeta. Significa una valoración de las experiencias que le tocó vivir.

Miguel Hernández escribió el poemario perfecto cuando dio al público El rayo que no cesa:

¿No cesará este rayo que me habita

El corazón de exasperadas fieras

Y de fraguas coléricas y herreras

Donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta tarea estalactita

De cultivar sus duras cabelleras

Como espadas y rígidas hogueras

Hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:

De mí mismo tomó su procedencia

Y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota

Y sobre mí dirige la insistencia

De sus lluviosos rayos destructores.[9]

El rayo que no cesa expresa la imaginería ante la cotidianeidad. Los hechos más sencillos son planteados como respuesta y denuedo, como pasión que se aviva, como estatización del entorno. Se trata de una obra de aliento superior, una pieza de orfebrería sutil, un dispositivo de exactitud sublime en la que el carcelero sonetístico es burlado. En estos versos la pasión se desborda y echa a andar en cualquier dirección, con tal de avanzar. Reclama para ello la experiencia de la libertad. Asume un camino que se renueva a cada trecho.

Miguel Hernández definirá su poética en los siguientes términos: “Se necesita ser minero de poemas para ver en sus etiopías de sombras sus indias luces.”[10] El halo de misterio aclara que su poesía no es encomienda de ingenuos. El ingenio es exigible, tanto como la tensión métrica. En este sentido, reivindica la confección sutil del oidor de las estrellas y luna.

Destaca en esta poética el incansable e insobornable afán de enaltecer al campo, con lo que se determina su poesía de la vida libre, sencilla y rica. Sus versos exaltan la vida, afrentan a la muerte, la asedian y la persiguen. En sus líneas no deja lugar al estupor, al pavor, sino a la valentía. El poema de Hernández dice:

Quiero morirme riendo,

no quiero morirme serio;

y que me den tierra pronto…

pero no de cementerio.

No quiero morir –dormir-,

no quiero dormir muriendo

en un estéril jardín…

¡Yo quiero morir viviendo![11]

Morirse no es un fin de la vida sino una experiencia como otras. En su épica de lo cotidiano, la vida vence a la muerte. No descubrimos miedo, estupor, sino gallardía. Canto a la vida, denostación de la muerte, celebra a las oportunidades abiertas, a las posibilidades, al horizonte cargado de futuro.

Leo un fragmento del libro Vientos del pueblo, del cual José Manuel Caballero Bonald expresara que “se trata de uno de los libros más emocionantes, limpios y fervorosos que ha producido la poesía española en la primera mitad del siglo XX”.[12] Dicen los versos:

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me avientan la garganta.

No soy de un pueblo de bueyes,

que soy de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

Nunca medraron los bueyes

en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo

sobre el cuello de esta raza?

¿Quién ha puesto al huracán

jamás ni yugos ni trabas,

ni quién al rayo detuvo

prisionero en una jaula?

Si me muero, que me muera

con la cabeza muy alta.

Muerto y veinte veces muerto,

la boca contra la grama,

tendré apretados los dientes

y decidida la barba.[13]

La admiración por este modo de vida con énfasis en el presente hace cuestionar lo prominente de las hazañas y heroísmos inalcanzables. La piedad y el amor se hermanan en las inmortales páginas del poeta alicantino. Así, Miguel Hernández prefigura una crítica del grandilocuente canto épico al modo de Hölderlin.

Si te suelto

en el aire,

oh limón

amarillo,

me darás

un relámpago

en resumen.

Pensamiento de aquí, de ahora, de nosotros. Es catarata de pensamiento y poesía deambulando en El hombre acecha y en Cancionero y romancero de ausencias. En estos poemarios, se sucede incontenible el canto para el consuelo del sentimiento trágico de la vida. Los hechos cotidianos, y su impacto en nosotros, cobran importancia en sus versos. Lo íntimo sale a la luz, de manera que las preocupaciones del día a día las desbordan y encuadran. Los problemas locales son sublimados, en el problema fundamental del hombre ¿Cómo llevar la vida?

Pintada no vacía:

Pintada está mi casa

Del color de las grandes

Pasiones y desgracias.

Regresará del llanto

A donde fue llevada

Con su desierta mesa,

Con su ruinosa cama.

Florecerán los besos

Sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos

Elevará su sábana

Su intensa enredadera

Nocturna, perfumada.

El odio se amortigua

Detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.[14]

La crónica inabarcable del mundo cotidiano que circunscribe al poeta así lo atestigua. Se canta al pozo; se revela un camino; aparece mostrado el arrollo; se interesa en desprender la memoria, en oposición al vértigo de la civilización. Hay un incesante e inextinguible desperdigamiento de rememoraciones. Cualquiera referiría a sus cosas personales si se tratara de rememorar el hogar. Nos hace pasar de la casa en general al hogar entrañable e íntimo que nos alberga.

El poeta va del amor hasta enfrentar a la guerra, pero para despreciarla. Si escribe de sus entrañas y entuertos es para rechazarla. Sus poemas de la guerra aparecen como exaltación de la vida en medio del desgarramiento que procrea entre trincheras, barracas y pantanos inhóspitos. Es ante todo himno de paz, de amor, de vida y esperanza.

Tristes guerras,

Si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

Si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres

Si no mueren de amores.

Tristes, tristes.[15]

En innumerables páginas no queda duda de su pronunciamiento contra la guerra. El poeta ha experimentado en carne propia lo que ello significa, de manera que su aborrecimiento es genuino y se constituye en un canto a la paz. Es la reflexión poetizada sobre la existencia del hombre. Según la opinión de José María Balcells, esta obra se enmaraña con sentimientos encontrados. “Un oscuro presagio funeral flota de continuo sobre el palpitar del poeta, y el vivir, el amar y el morir pugnan con idéntica insistencia por dominar su aliento.”[16]

Adicionalmente, es preciso referirnos a la discusión filosófica de la época, por supuesto conocida por el poeta. El mismo James en Pragmatismo afirma que:

Esa filosofía que es tan importante para cada uno de nosotros no es una cuestión técnica, sino nuestro sentimiento, más o menos inarticulado, de lo que auténtica y profundamente significa la vida. Sólo se obtiene parcialmente de los libros; es nuestro modo individual de percibir y sentir todo el empuje y la energía del cosmos.[17]

En sintonía con James, en la obra Del sentimiento trágico de la vida Unamuno afirma algo en este sentido que podría recordar el principal objetivo de la filosofía pragmatista, porque para Unamuno el “hombre de carne y hueso” es, al mismo tiempo, el principal objeto y el sujeto de la filosofía. Asimismo, “los pragmatistas piensan que una filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos (…) es un lujo que no podemos permitirnos”.[18]

En efecto, también cree Unamuno que la filosofía debe estar al servicio del hombre concreto porque es éste mismo el quien filosofa. El mismo Miguel de Unamuno, en 1913, afirma que la filosofía no es algo abstracto, distante y ajeno:

Así como un conocimiento científico tiene su finalidad en los demás conocimientos, la filosofía que uno haya de abrazar tiene otra finalidad extrínseca, se refiere a nuestro destino todo, a nuestra actitud frente a la vida y al universo. Y el más trágico problema de la filosofía es el de conciliar las necesidades intelectuales con las necesidades afectivas y con las volitivas.[19]

William James y Miguel de Unamuno son los máximos ejemplos de su propia actitud: de su afán por articular el pensamiento y la vida. Para William James una idea es verdadera si es verificada por la experiencia —vida—, para Unamuno, el criterio de la verdad es la vida: “me escribe rogándome aclare o amplíe aquella fórmula que allí empleé de que debe buscarse la verdad en la vida y la vida en la verdad”[20]

Miguel Hernández, lector atento, participa de la atmósfera intelectual y libre del orbe abstracto y huyendo también del pensamiento aletargado de teorías, en el pueblo hablará de frente, ante sus oídos confesará en sovoz sus cuitas, junto a su andar, deambulará los sueños. Se expresa la poética de corazón adentro que suscribe en las palabras de una dedicatoria a Vicente Alexandre:

A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres. Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pensar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidos al pie de cada siglo.[21]

En el pueblo se sentirá a sus anchas. El poeta esperará lectores en el pueblo. Se reconocerá en la entraña de su sabia. Únicamente en él descansará las armas. En este contexto, la guerra es el monstruo al que debe apresarse. Monstruo de mil cabezas que mientras se mueve desmorona ilusiones y utopías.

Llegó con tres heridas:

La del amor,

La de la vida,

La de la muerte.

Con tres heridas viene:

La del amor,

La de la vida,

La de la muerte.

Con tres heridas yo:

La del amor,

La de la vida,

La de la muerte.[22]

La de Miguel Hernández no fue una vida breve, sino intensa. Espléndida, radiante, regocijada y astuta. Nunca brumosa, sino insumisa. Juan Ramón Jiménez salva al poeta de la ignominia, cuando le dedica las siguientes palabras:

Los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel fue Miguel Hernández.[23]

Todo a su alrededor tiembla, se estremece y resplandece. Le interesa el himno de la circunstancia, no el de la exaltación épica. Se convierte en un prosélito de la comarca. Escribirá de la tierra, del aquí, del ahora. En “Llamo a los poetas”, su mejor poema escrito en tiempos de la guerra, Miguel Hernández se confiesa un ser solitario, necesitado de cariño. Sólo el amor hace la restauración propicia en esos días aciagos:

Tu risa me hace libre,

Me pone alas.

Soledades me quita,

Cárcel me arranca.

Boca que vuela,

Corazón en tus labios

Relampaguea.[24]

Como hemos intentado mostrar, Miguel Hernández apuesta por desafiar el carnívoro cuchillo con el rayo amoroso que no cesa. El amor lo salva definitivamente del olvido, del dolor, de la cárcel y de la muerte. Sus versos suenan a pensamientos nuestros, al reflexionar habitual, a próximos entusiasmos y sencillos placeres.

Reconcilia en catarata poesía y pensamiento que estimen y, asimismo, amen la vida cotidiana para degustarla consuetudinariamente, sin prisa, pero también, sin pausa.

Bibliografía

A. A. V. V.,

Antología de la generación del 98, Selección, estudios y notas por Agustín Muñoz-Alonso López, Madrid, Santillana 1996, 176 pp.

Berrocal, Alfonso,

“Miguel Hernández y María Zambrano. Lectura de un poema y una artículo”, consultado el 13 de marzo del 2010, en internet en: http://www.miguelhernandezvirtual.com/xml/sections/secciones/biblioteca_virtual/pdf/actas_ii/relaciones_literarias/30alfons.pdf

Hernández, Miguel,

El rayo que no cesa,

Viento del pueblo,

Cancionero gitano,

Cancionero y romancero de ausencias,

Poesías últimas, 1933-1941

Machado, Antonio,

Poesía y prosa. Biografía. Barcelona, Editorial Bruguera 1984, 576 pp. Edición de José Luís Cano.

 

[1] Véase Arturo Souto Alabarce, “Introducción a la poesía española del siglo XX”, en CIDHEM Boletín Informativo del Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos, Año 3, Núm. 8, diciembre 2008, pp. 5-6, p. 5.

[2] Miguel Hernández, citado por José María Balcells, Miguel Hernández, Barcelona, Editorial Teide 1990, 138 pp., p. 46.

[3] Francisco de Quevedo, Obras Completas. Poesía Original. Edición de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta 1963, p. 860.

[4] A. A. V. V., Antología de la generación del 98, Selección, estudios y notas por Agustín Muñoz-Alonso López, Madrid, Santillana 1996, 176 pp., p. 122.

[5] Véase Antonio Machado, Antología poética. Incluye Campos de Castilla, Barcelona, Editorial Óptima 2001, 206 pp. Y Selección poética de Antonio Machado, México, Editores mexicanos unidos 1990, 120 pp.

[6] Arturo Souto Alabarce, “Introducción a la poesía española del siglo XX”, opus citatus, p. 6.

[7] Luís García Montero, “El tiempo amarillo”, en Revista El País semanal, núm. 1745, Domingo 7 de marzo del 2010, p. 48.

[8] Cfr. José María Balcells, opus citatus, p. 58.

[9] Miguel Hernández, El rayo que no cesa, pp. 362-3.

[10] Miguel Hernández, citado por José María Balcells, Miguel Hernández, opus citatus, p. 34.

[11] Miguel Hernández, El rayo que no cesa, p. 371.

[12] José Manuel Caballero Bonald, citado por Alfonso Guerra en “El político. Inocencia y compromiso”, en Revista El País semanal, núm. 1745, Domingo 7 de marzo del 2010, p. 42, supra.

[13] Miguel Hernández, Vientos del pueblo, p. 67.

[14] Miguel Hernández, El hombre acecha. Cancionero y romancero de ausencias, edición, introducción y notas de Leopoldo de Luís y Jorge Urrutia, Barcelona, Nueva Estafeta 1979.

[15] Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias, opus citatus, pp. 635-6.

[16] José María Balcells, Miguel Hernández, opus citatus, p. 34.

[17] W. James, Pragmatismo, pp. 55-56.

[18] José Nubiola, “Pragmatismo y relativismo”, p. 52.

[19] Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Barcelona, Editorial Origen 1983, p. 118.

[20] Miguel de Unamuno, “Verdad y vida” (1908) en Mi religión y otros ensayos, p. 264.

[21] Miguel Hernández citado por Alfonso Guerra en “El político. Inocencia y compromiso”, en Revista El País semanal, núm. 1745, Domingo 7 de marzo del 2010, p. 42, infra.

[22] Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias, opus citatus, p. 618.

[23] Juan Ramón Jiménez citado por Alfonso Guerra, opus citatus, p. 43.

[24] Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias, opus citatus, p. 654.

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