Muerte eterna a Santa Claus

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    Creció en el orden natural y la belleza platónica de una vida que cabalgó sobre los campos de la más onírica felicidad.

    Una infancia donde Santa fue uno más en la familia por una vez al año; un paisano gordo que les llevaba a casa los presentes que él, con cartas llenas de metáforas le pedía. Sobre las que siempre dudaba si las entendería y finalmente concluía que sí; ya que siempre entendió las anteriores.

    Y bien, todo bien; todo correcto. Todos presentes navideños eran los pedidos, los solicitados y meditados por un tiempo que solía oscilar entre dos y tres meses. Ninguna confusión por parte de Santa.

    El creció, y Santa con él; creció tanto, tanto que se dio cuenta que Santa iba a morir a sus quince años.

    Adolescencia indomable, rebeldía eterna, inquietante, bella ; para llegar finalmente a la conclusión de que Santa tenía que volver a vivir.

    Y sí, le revivió pero que la resucitara a ella; su novia de adolescencia.

    Todo lo hizo con ella, todo lo descubrió con ella, eran almas gemelas, eran deidades en común.

    Eran la armonía, la gota en el vaso que colmaba la felicidad a punto de rebasar el líquido amniótico, cual bebé en la felicidad mientras tocaba su cordón umbilical.

    Ella era la pieza que dio sentido a una vida que hasta el momento de conocerla no era otra cosa que una nube en el cielo de soledad.

    Soledad acompañada, soledad de genio, soledad de creador, soledad de falta de cariño.

    Y se lo pidió a Santa. Compuso no una carta, sino una obra de arte para él. Dio su alma en cada acento, razonó cada énfasis y formateó su odio hacia el puto orden cósmico que había matado a sus tres cuartos de alma.

    Llegó la noche en que debería visitar Santa su casa y lo tenía todo preparado, hasta la comida siguiente. No había comido, porque no podía dejar de ser un Dandy, su Darcy. Además prefería tomar unos Moët en ayunas para dormirse con la brevedad del aleteo de un colibrí.

    Se dispuso a tomar su merecido descanso para estar exultante en el propósito de recibir a la mitad más un cuarto de su alma. No sin dejar en modo matemático y al gusto de Santa todas las instrucciones para el proceso de agradar a Santa, al igual que cuando tenía cinco años.

    No fue nada fácil encontrar la botella de whiskey de cuarenta años. Pero la pidió un mes antes al dueño de la tienda gourmet de la esquina hombre de nariz electrónica y aspecto de leñador.

    A las ocho sonó el despertador, no quiso ponerlo a una hora más temprana para no apremiar a Santa; no fuera que se confundiera, que en esa época andaba más liado que una mosca en una tela de araña.

    Se levantó y estaba todo intacto, fue en busca rápidamente de su tan deseado whiskey y la botella estaba con el precinto.

    Entonces empezó a notar una sensación febril concentrada en su sien y un pequeño temblor en las manos que con el paso de los segundos se convirtió en Parkinson de grado extremo.

    Lo sabía, no estaba su regalo. Pero si no era su regalo. El se había pedido así mismo.
    Y desde entonces para él, volvió a morir la Santa Claus.

    Esperaba que la vida, le hiciera no volver a confiar en semejante hombre desalmado.

    Pasaron los años y cuando rodada la veintena de ellos conoció a su segundo amor, y con ella celebró navidades. Todas ellas eran blancas y con Santa, pero con santa en minúscula. Un santa simbólico y sin whiskey.

    Se fugó unos años más tarde, y por innovar; nunca comprendió ni el mismo que innovación buscaba. Pero su vida estaba llena de ciclos, ciclos temporales en los que pensó que la innovación era convertir nuevas vidas, aunque en lo que se convirtió fue en un conversor de mujeres enamoradas de un hombre obsesionado por la obra perfecta y en los finales del ciclo hacer de una vida soñada; una vida finalizada.

    Pero, claro como su vida era cíclica, Santa en su vida también tenía los suyos. Y un verano de este año recibió la noticia de una irremediable enfermedad de la única mujer que no tuvo ciclos en su vida y que amó, ama y amará eternamente. Y no porque le dio la vida biológica, sino porque le dio la vida que amaba y por la que seguía con vida; la vida intelectual.

    Esa enfermedad la arrancó de su lado como un huracán de categoría cinco a una casa de papel.

    Pero no pasaba nada, lo tenía todo controlado, controlado como escribir “a la limón” que respiraba. Él le daría lo que se le olvido darle la segunda vez que murió.

    Pero le perdonaría a su amor eterno a favor de su amor maternal. No le importaba.

    Así que viajó hasta la mejor librería de la ciudad, compró el mejor papel y la mejor pluma que tenían y escribió su obra maestra. Pero no con metáforas y técnica como la primera vez; sino con la sangre de sus aortas bombeando cada trazo y cada lágrima como goma de borrar el posible fallo.

    Terminó la carta y fue a su tienda gourmet favorita, volvió a comprar el whiskey por excelencia de Santa, y dispuso todo el operativo

    Volvió a emborracharse con Moët , todo era perfecto. Esta vez, despertó a las diez y durmió de un solo instante.

    Se levantó vio la botella de whiskey intacta y entonces para él murió eternamente Santa Claus.

     

    David EPC ©

    “Cuaderno de Italia” (Poetízate)

    Todos los derechos reservados y copyright a nombre de David EPC.

    Mr. D BOOKS

     

    Comentarios

    1. Victor Hugo Clemente

      5 febrero, 2012

      “Creció en el orden natural y la belleza platónica de una vida que cabalgó sobre los campos de la más onírica felicidad.” Excelente Maestro el placer es mio. Una opción dulcemente valida para transformarnos.

    2. anambravo

      7 febrero, 2012

      increible escritura de va desde la inocencia de un niño hasta la inocencia no perdida de un adulto. Simplemente hermoso.

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