Melodía del olvido

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Si esconderte sólo es parte de tu juego, si al final de tu camino estoy ahí

Gianmarco – Si me vuelvo a enamorar

 

Parado en el abismo ciego de Miraflores, mirando pasar las aves explicándole al cielo lo cursi que son las cosas desde arriba. Mano izquierda en el bolsillo, mano derecha exhibiendo un cigarro. Miro y me detengo, miro y me pongo nervioso. Miro y maldita sea la recuerdo. Yo la recuerdo.

Intento sin éxito alguno, sacarla de mi mente, abro la botella de ron y tomo. Inhalo fumo y tomo, es una rutina. Es una sesión conmigo mismo. Es un exorcismo, una especie loca de querer abandonar su recuerdo. Inflo el pecho borracho, respiro, más bien es un suspiro largo y profundo. Siento que me ahogo, que me muero, que me deshago. Son mentiras, me repongo al instante y sigo en mi sesión afanosa de abandonarla de mi mente.  Me echo en el pasto, trato de descifrar entre las nubes alguna forma. Divago, pienso, rio. Su recuerdo sigue ahí, merodeando.

Su sonrisa, esa especie de emoticón  alucinante. Su terquedad, esa terquedad aspavientosa que muchas veces me saco de cuadro. Sus abrazos, creo que sus abrazos fueron los más fuertes que he sentido. Fuerza, quizás ella necesitaba fuerza – es decir- fuerza que yo no le proporcioné, porque cojudamente me comporté como un señorito quisquilloso.

Una culpa me absorbe, una culpa horrible que ahora se refleja en las fotos que me mandan de ella con él. De ella con ellos. De ella con todos. Entonces es cuando el dolor o más culpa que dolor, hacen de mí un instrumento de golpiza. Una especie de almohadilla para box. O sea me boxean, me trituran, me patean, me escupen, me crucifican. Y, sigo yo ahí, terco – como ella- poniéndome duro a sus recuerdos.  Entonces llega el momento más raro. Pensar. ¿Pero en qué? Pensar en si me tiro del precipicio, en si me tiro y me muero – claro está- pensar en eso y no estar tan seguro que me muera. Pensar en el arma que guardo en mi mesa de noche. Pensar  en nadar tanto como pueda y morirme. Me preocupa que esté pensando tan seriamente en eso. La muerte, me preocupa horrible, me sancocha el cuerpo. Sigo fumando, y un calambre extraño sacude mi cuerpo como si hubiera tocado un enchufe. Una lluvia de miedo me embarga. Una sensación de extraño desencanto.

No la logro olvidar. Tampoco creo que la olvide. Es tonto pensar que la olvidaré y punto. Qué de mi mente saldrá. Qué será un capítulo cerrado en mi vida. Que simplemente no existirán huellas de su cuerpo en el mío. Qué su  comida favorita, su fruta favorita, su película favorita y su color favorito, no me digan nada. Qué no me sepa de memoria algunas frases clásicas en ella. Es iluso pensar que la olvidaré tan simple. Es pavo pensar que no sentiré los golpes de su partida. Es huevonazo pensar que en un mes o en dos  o tres la dejaré de amar. Es mediocre pensar que ella me piensa. Porque sé y me doy cuenta que ella no me piensa. No me relaciona con nada, no tiene con qué relacionarme.

Y, es por eso que me siento triste. Pero triste de triste. Es por eso que mis lágrimas no secan,  no se van. En eso desde mi celular último modelo, suena una canción. Una canción que definitivamente me hace recordarla, pensarla y como es obvio extrañarla. Entonces me siento un tipo abandonado y solo. Un tipo que con sus lentes oscuros trata de disimular su tristeza. Un tipo cursi que se pasa media noche y medio día extrañando a ese amor que ya se fue.

Entonces saco fuerzas – de no sé dónde- y me propongo algo. Abandonar la sórdida idea de siempre escribirle, siempre extrañarla, siempre pensarla. Y, hacer todo lo contrario, poner en venta mi amor, estar libre de verdad.  Sé que quizás no lo cumpla. Sé que quizás vuelva a recaer a la tentación de la soledad regordeta. Sé que no soy bueno para las promesas. Sé que no es bueno prometer algo cuándo sé que no creo cumplirlo. Pero ahí estoy, parándome como machazo, respirando hondo y tomándome el último sorbo de trago. Lentes oscuros y nada más. Quedó. Listo. Ya para qué más. Sigo caminando, no pienso en nada – así es mejor- no pienso en nada ni en nadie – mucho mejor.

Entro al departamento que alquilo en una avenida callada y sola. Enciendo la radio, me pongo a observar la caída de la tarde. Es inútil, es tonto, es imbécil. Sigo pensando en ella, lo sabía, lo sabía, lo recontra sabia. Ella, ella y mil veces ella. Pero es normal, tengo la paciencia de Job. La olvidaré, quizás un golpe de nieve venga de pronto una mañana y me vuele de un porrazo su presencia. Esperaré a que el ardor del alma pase. Y, recién ese día, podré seguir pensándola. Seguro ese es mi miedo, seguro.

 

 

Comentarios

  1. Profile photo of

    El_Wasso

    15 marzo, 2012

    ¡Simplemente increíble! Me encanta la forma en que narras, las oraciones cortas, consisas, con los adjetivos justos. Me dio lástima pobre personaje, esas cosas pasan sí, pero con el tiempo se curan. El problema es no saber cuánto tiempo esperar, pero hay que ser paciente y transformar ese dolor en algo productivo. Felicitaciones. Nos leemos.

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