Miramar (Córdoba) y Epecuén (Buenos Aires)

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MIRAMAR Y EPECUÉN

NOSTALGIA Y DESTRUCCIÓN

 

 

«La esencia y la belleza de las cosas reside en su carácter perecedero.»

 

 

Dos pueblos, dos lagunas, un mismo desastre.

La historia de la villa turística de Epecuén (levantada a orillas del lago del mismo nombre, a 12 kilómetros de la ciudad bonaerense de Carhué) y la del pueblo de Miramar (erigido a los pies de la laguna de Mar Chiquita, en noreste de la provincia de Córdoba) comparten una serie de aspectos en común que llaman poderosamente la atención a quienes tienen la suerte —hoy— de recorrerlas. En ambos casos, la fuerza de la naturaleza las terminó sepultando bajo el agua, despojándolas de la arrogancia de creer que se puede vivir para siempre y convirtiéndolas en meras ruinas, que incitan irremediablemente a la reflexión existencial. Son lugares dignos para meditar sobre muchas cosas importantes puesto que nadie con algo de sensibilidad puede permanecer impávido ante tamaña destrucción. Son sitios que nos enseñan que detrás de todo el antiguo oropel, el esfuerzo, el ingenio, las vanas esperanza y el buen gusto, no hay más que una cosa: el mismo cráneo humano de siempre, la farsa osificada de nuestros sueños de grandeza.

Recorrer estos lugares abandonados conlleva a cavilar sobre la muerte y la insipidez de las cosas; y, como escribió Chateaubriand: «No es posible dejar de pensar que otros hombres tan fugitivos como yo vendrán a hacer las mismas reflexiones sobre las mismas ruinas».

Tal vez sea éste el motivo por el cual muchas personas se niegan a visitarlas; reniegan de ellas, esquivándolas, olvidando la belleza intrínseca que los escenarios yermos poseen. El dominio de las grietas no es para cualquiera. Los viejos se alejan de ellos. Los más jóvenes se sorprenden. Pero nadie puede permanecer inconmovible.

Se los recorre en silencio, como se recorre un cementerio, imaginando todo aquello que pudo haber sido y no fue. Lamentando lo inexorable hecho escombros. Reconociendo, de manera más que concreta, que todo cambia y que comprender el cambio es comprender el deterioro y la decadencia de todo.

 

                  RUINAS DE EPECUÉN                                                                                        RUINAS DE MIRAMAR

 

 

PARTE 1

 

Tanto Epecuén como Miramar nacieron como centros termales, aprovechando las propiedades terapéuticas de los inmensos espejos de agua salada que tenían a sus pies, y crecieron durante las primeras décadas del siglo XX hasta convertirse en villas turísticas de primer nivel, que convocaban a gran parte de la élite porteña, cordobesa y santafecina de la época.

 

Recién a partir de los años ‘40, en consonancia con los cambios sociales que experimentó la Argentina tras el arribo del peronismo al poder, las clases medias y el turismo social irrumpieron de lleno en ambas localidades modificando el status social de los veraneantes y, por consiguiente, adaptando la oferta turística a la nueva demanda. De ese modo florecieron más hoteles, nuevas termas, salones de bailes, restaurantes, bares y confiterías, orientados a satisfacer las necesidades de un mayor

MIRAMAR, década de los ‘70

EPECUÉN, década de los ‘70

número de personas que, en verdaderos aluviones («zoológicos», dirían los conservadores) coparon estos centros de recreación y salud.

 

 

Epecuén dependió siempre de su laguna, de la misma forma que Miramar dependía de la Mar Chiquita.

El éxito o fracaso de las temporadas veraniegas se medía según de la cantidad de agua que las lagunas pudieran tener. Una cota demasiado alta podía ser peligrosa para la integridad de los bienes y los habitantes. Una cota muy baja, catastrófica para los intereses de los hoteleros, cuyas cuantiosas ganancias aumentaban y bajaban al ritmo del nivel del agua. Se vivía en una realidad inestable, mirando permanentemente hacia la costa. Rogando que el delicado equilibrio de la naturaleza se mantuviera y que esas cuencas endorreicas (sin salida al mar, sin posibilidad de desagüe y dependientes únicamente de las lluvias y la evaporación) consiguieran proveer a los miles de turistas y pacientes que acudían allí, el nivel exacto de agua salada curativa que todos requerían.

Pero no siempre es deseado equilibrio se conseguía.

La historia climática de los dos pueblos está jalonada por períodos de sequías y otros de abundantes lluvias, en ambos casos el pacto con la naturaleza se rompía y era necesario realizar costosos ajustes para mantener el flujo de visitantes y próspera la economía local.

En Epecuén, desde su fundación en 1922, un período de sequía muy largo asoló toda la región. Se extendió por espacio de casi 50 años, desde 1925 a 1972, siendo la década del ’30 la peor de todas. Se perdieron muchas cosechas y el turismo mermó.[1]

Miramar, por su parte, tras ser declarada oficialmente «pueblo» en 1924, sufrió a lo largo de su historia dos importantes períodos de seca. El primero se extendió de 1946 a 1957. El segundo en la década que va de 1961 a 1971.

En todos estos casos, cuando el agua escaseaba, la costa se retiraba cientos de metros de los hoteles, volviendo en extremo incómodo el acceso de los turistas al preciado elemento. Para dar solución práctica a este problema, epecuenses y miramarenses, acudieron a una misma doble solución: acercar a los veraneantes al agua, construyendo larguísimos espigones, muelles y ramblas de madera; o/y llevar el agua a los turistas, excavando canales de poca profundidad y decenas de metros de longitud.

Miramar con el canal

Medio de transporte, Epecuén

Embarrador, Epecuén

Los hoteleros estaba desesperados. ¿Qué podían decirles a sus huéspedes cuando, hacia el mes de noviembre, empezaban a mandar cartas o telegramas preguntando por las condiciones de las lagunas, para así concretar sus reservas? No podían mentirles. La orilla se había retirado entre 20 y 30 cuadras (según los casos). Era una realidad más que concreta. No había forma de disfrazar la situación. Sin lluvias, el negocio se tambaleaba. Por eso, en Epecuén, desde las sequías de los años ’30, el crecimiento y la infraestructura del pueblo se estancó. No hubo mejoras y el servicio al “bañista” fue deficiente y mediocre. Pero, de todos modos, la gente seguía acudiendo. Como bien dice Gastón Partarrieu —historiador de Carhué—, era aquel un «turismo esclavo», compuesto por personas de la tercera edad en busca de la salud perdida. Tenían una «relación clientelar» con la laguna, y las comodidades podían resignarse un poco, conformándose con practicar los tratamientos terapéuticos (fangoterapia y baños en agua salada) en pozos que los hoteleros mandaban a cavar en sitios cercanos o bien caminar los dos o tres kilómetros que los separaban del agua, desplazándose por pintorescos espigones. También hubo momentos, posteriores a 1925, en el que las sociedades mineras que explotaban la reservas de sal de la laguna pusieron a disposición del turista sus rieles y vagones —perfectamente acondicionados— para que al visitante le resultara más cómodo recorrer el trayecto que los separaba de la costa.

 

Desde un punto de vista empresarial, aquello derivó en una verdadera «selección natural» que dejó de pie únicamente a los hoteles «más aptos», mandando a la quiebra a muchos otros.

En Miramar, la gran sequía del ’46 al ’57, se palió de un modo algo más complejo. El municipio, presionado por la cámara de hoteleros, contrató en la ciudad de Rosario una draga y construyó un canal de 3 kilómetros de largo, por 3 de ancho y un metros

Miramar, diversión en el barro

de profundidad, para acarrear agua al borde mismo de los hoteles. Por su parte, los empresarios privados montaron grandes piletas de agua salada, para evitar la caminata de 30 cuadras hasta el cuerpo principal de la laguna que, en consonancia con su nombre, se volvía más y más «chiquita» con el paso del tiempo. Ya para 1961 y hasta el año ’71, la municipalidad adquirió una draga propia que bautizó, exudando el optimismo propio de la época, con el nombre de «Victoria».

Epecuén

 

Los inconvenientes arriba señalados se dieron, entre otras cosas, por el desconocimiento que había respecto de las lagunas.

El primer balneario de Epecuén, levantado por la Sociedad Balneario y Termas Mar de Epecuén, se construyó en 1921, después de casi seis años (1914-1919) de muchísima lluvia y un alto nivel de las aguas. Nada hacía preveer que a mediados de la década del ’20 éstas empezaran a retirarse. Pero eso fue lo que ocurrió. Para entonces ya un número importante de hoteles sufrieron las consecuencias (Hotel Plage, Hotel Las Delicias, Hotel Radium y el famoso y señorial Gran Hotel Royal).

Gran Hotel Viena

Hotel

Mira-Mar

 

En Miramar, la instalación de los primeros inmigrantes se puede extender hasta 1886 y, ya por entonces, la fama y bondades terapéuticas de la Mar Chiquita hicieron que se levantaran los primeros hoteles-ranchos, que recibían a numerosos pacientes, que derivaban los médicos de las principales ciudades del país y del extranjero. El pionero, en el oficio de brindar servicios al visitante, fue el «Hotel Mar Chiquita» de Lorenzo Barone, construido en 1908 y arrasado por intempestiva inundación dos años después. Pero ese inconveniente coyuntural no amilanó a los empresarios. Con la llegada del ferrocarril en 1912 a la localidad de Balnearia[2],  el flujo de «bañistas» aumentó y comenzaron a levantarse hoteles que terminaron siendo emblemas de la historia local. Así nacieron: el Hotel Mira-Mar (1912), el Hotel Lido (1921), el Hotel Rafaela (1922), el célebre Hotel Marchetti (1923), el Hotel Majestic (1925) y, algo más tarde, cuando se iniciaba la Segunda Guerra Mundial, el incomparable Gran Hotel Viena (1939/1940).

Parece difícil hoy de creer, pero todo el pueblo de Miramar se levantó en el cauce mismo de la laguna, cuando ésta estaba experimentando un natural proceso de achicamiento. Las consecuencias de esta imprevisión se harían notar muchos años después, cuando «la mar» empezó otra vez a crecer.

 

 

PARTE 2

 

 

Camping Municipal,

Epecuén

De acuerdo con la opinión de ex-vecinos y antiguos hoteleros, la mejor época de Epecuén fue la que se extendió entre los años 1971 y 1985 (siendo especialmente recordada la excelente temporada estival del ’74). Pero nada había sido fácil. El despegue de la villa resultó ser un proceso gradual que implicó superar el histórico problema de la falta de agua y ampliar el margen de la oferta turística más allá de la “Tercera Edad” que, desde las primeras décadas del siglo XX, acudía a esas costas.

Jorge Cafrune

en Epecuén

El Chango Nieto en Epecuén

Para ello, las autoridades municipales organizaron a partir 1968 una serie de campings con el fin de captar a un nuevo segmento de la población: la juventud (embelezada por entonces con el fenómeno del mochilerismo). Al mismo tiempo, pusieron en marcha la organización de festivales musicales a los que concurrieron los miembros más destacados de la colonia artística del momento, otorgándole al pueblo un nuevo atractivo. Más allá de las propiedades curativas de sus aguas, la clase media argentina encontró que Epecuén no era solamente un centro termal especializado en el turismo salud, sino un foro de relajada diversión familiar. La idea surtió efecto y ya para 1972 la Villa Lago Epecuén se había convertido en el más importante balneario del centro de la provincia de Buenos Aires.

Además de todo eso, y haciendo oídos a los reclamos de la cámara hotelera, el gobierno de la provincia finalmente concretó en 1975 un largo sueño: la construcción de un canal recolector que, tomando el excedente de agua de otras lagunas (Las Encadenadas), proveía permanentemente a Epecuén del requerido y líquido elemento. Lo bautizaron con el nombre de Canal Ameghino y si bien resultó fundamental para la prosperidad de la villa, a la larga terminó siendo la principal causa de su más absoluta decadencia.

Querían agua. Tuvieron agua… Pero a cuatro años de la construcción del canal (en 1979) ya había demasiada y el pueblo se vio en la necesidad de construir un terraplén que actuara a manera de dique protector. Muchos creyeron que esa medida era suficiente, desconociendo que estaban a punto de abandonar un largo ciclo de sequías e inaugurando un período de lluvias sin precedentes en la historia de la comunidad.

Fue entonces cuando —entre 1980 y 1985— el nivel del agua empezó a crecer y crecer desmedidamente, dando comienzo a una desenfrenada carrera por contener su avance. Pero las soluciones fueron inadecuadas. Por cada metro que la cota se elevaba, el terraplén se hacia más alto en idéntica proporción. Hubo negligencia, desidia, inoperancia y ambición desmedida en todo ese proceso. A la postre, el resultado fue catastrófico.

Por su parte, mucho antes de que el diluvio llegara a las costas de la Mar Chiquita, el balneario de Miramar también prosperaba a pasos agigantados, y las temporadas de verano de 1973 a 1976 serían recordadas por largo tiempo. No sólo por haber sido excelentes desde el punto de vista económico, sino porque fueron la últimas de su período clásico.

 

En síntesis, la etapa 1971-1985 vio cómo, en ambos pueblos, el número de plazas hoteleras se disparaba a las nubes y el sector servicios se transformaba sustancialmente. La industria sin humo crecía y tanto Miramar como Epecuén se convirtieron en nutridos centros de diversión en donde los bailes, los corsos de carnaval, las fiestas en los clubes y la vida nocturna, marcaron para siempre el imaginario y el recuerdo colectivo de quienes vivieron en ellas.

Hoy aquella época dorada es recordada con nostalgia y lágrimas en los ojos. Imposible es no idealizarla, como se idealiza la adolescencia a medida que pasa el tiempo y olvidamos los problemas que traía el acné, el pelo graso, los miedos e incertidumbres por un futuro indefinido. Tenemos una memoria selectiva. Nos quedamos únicamente con los buenos recuerdos, con las anécdotas graciosas, obviando la ciclotimia de una personalidad aún no formada, las discusiones con nuestros padres o los rasgos característicos de lo que se ha dado en llamar “la edad del pavo”. Para muchos, la distancia despoja a la memoria de los malos momentos, quedándose con la esencia idealizada de algo que tal vez nunca fue. Y es normal que así sea. De una u otra forma, todos hacemos eso. La casa, las películas, los juegos y las vacaciones de la infancia siempre son más “lindas” de lo que en verdad eran. Pero si a este natural proceso de «re-construcción del pasado» le agregamos la desaparición material de los escenarios en donde ocurrieron, la edición queda completa. De ahí la importancia que tienen los vestigios. De Epecuén y de la vieja Miramar sólo sobreviven escombros, ruinas y alguna pocas fotografías, olvidadas en el desván.

 

Epecuén, autódromo

Según Roland Barthes, «lo que se oculta tras toda fotografía, lo que se ampara indefectiblemente en la imagen fotográfica, es la muerte».[3] Y las que quedan de los dos balnearios que tratamos son un claro ejemplo de esta premisa.

Observarlas detenidamente es como viajar por el tiempo e introducirnos en la estela de un proceso interrumpido por el obturador. Allí están plasmados momentos irrepetibles, restos de instantes que nos retrotraen a otras décadas, a otros modas, a otra tecnología e, incluso, a otra manera de practicar lo que hoy llamamos turismo. Son los vestigios de esperanzas vencidas; la tumba de sueños y el registro de lo que alguna vez fue.

Epecuén, piletas del Complejo Municipal

 

Planas, un tanto movidas u opacas, las antiguas fotos de Epecuén y Miramar mantienen el registro de lo que ya no está. Son un presente diferido del que es muy difícil encontrar mojones materiales (reales) que lo identifiquen in situ. La destrucción fue tan grande que cuesta asociar esas imágenes del pasado con la realidad en ruinas. El olvido se los va fagocitando de a poco. Hasta los propios vestigios caen (o caerán) dentro de sus fauces impiadosas.

Miramar, posando para la posteridad

 

Epecuén, la vuelta al perro

 

Epecuén. Atardecer y charlas

 

Imágenes, sólo imágenes. Mudas, la mayor parte de ellas.[4] Podemos, claro, editarlas y agregarles música de fondo para que nos conmuevan más profundamente, pero será imposible volver a captar el despreocupado bullicio de la gente caminando por la avenida principal de Epecuén o recorriendo la extensa (hoy sumergida) rambla de Miramar. Tampoco será factible oír el sonido de los cubiertos, vasos y platos, chocándose entre sí, en los restaurantes, confiterías y bares, poblados de parroquianos por las templadas noches de verano; ni captar el murmullo de los bañistas, zambulléndose en la costa y en las piletas de natación.

Sólo imágenes estampadas en papel, mal enfocadas, tomadas en una época en la que era imposible advertir de antemano los errores durante la exposición (desventaja que hoy no tenemos con nuestras máquinas digitales). No había segundas oportunidades, por eso guardan la espontaneidad de las que carecen muchas fotos de la actualidad o las primeras y más antiguas de todas (de fines del siglo XIX), tomadas en gabinetes de fotógrafos profesionales.

Miramar en plena temporada de verano

 

Las de Epecuén y Miramar de los ’70 y mediados de los ’80, están mayoritariamente ambientadas en exteriores. La calle, la playa, la rambla, el camping y el bosque. Hasta podría decirse que son poco intimistas y lo que más sorprende es su anonimato. ¿Quiénes eran esas personas? ¿Qué pensaban? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué fue de ellos? Casi las mismas preguntas son las que emergen cuando se recorren las ruinas en las que todos ellos se fotografiaron.

Los dorados veranos de antaño. Miramar

Miramar. Relax y lectura

Turistas en Miramar

 

Y allí están sus espectros petrificados en el papel, con sus paisajes, sus objetos, haciendo cosas que sólo cobraron valor con el tiempo y con la desaparición de todo: la «vuelta al perro» por la tarde; los campings sembrados de carpas y casas rodantes; los bailes y “farras” nocturnas en los hoteles y clubes de moda; las mesitas de los bares, repletas de charlas, Coca-Cola, vino o cerveza; la costa, salpicada de mujeres con mallas enterizas y muchachotes con shorts demasiado ajustados para nuestro gusto actual. También los autos. Macizos, con diseños bien identificables, guardabarros protuberantes y un metraje casi imposible de encontrar en los que hoy salen a la venta. Los Chevys, los Peugeot 404, los Torinos, los Renault modelos 4 y 6, las camionetas Chevrolet, los Fiat 600 y 1500 y por supuesto los bien chacareros Rastrojeros y los Ford Falcón.

Sí, las fotos son como ventanas a un tiempo perdido. Un tiempo arrasado por el agua de las inundaciones. Un tiempo en el que la Argentina estaba asolada por luchas intestinas, dictaduras cívico-militares y el futuro de una democracia todavía incierta.

Pero en vacaciones, poco de eso le importaba a la mayoría.

 

 


PALABRAS FINALES

 

 

En la historia de las catástrofes de nuestro país se advierte un denominador común —especialmente cuando la zona afectada se ubica lejos de Buenos Aires o no tiene repercusiones políticas significativas[5]—: la frágil memoria que sus habitantes guardan de ellas.

Aunque parezca raro, son pocas las personas (más allá de las afectadas directamente) que conocen el destino que corrieron los pueblos de Miramar y Epecuén. Por ende es lógico que sus lugareños se hayan sentido (y sigan sintiéndose) olvidados y relegados de la atención de sus compatriotas, de las sucesivas administraciones provinciales e incluso del propio gobierno nacional.

¿Acaso es común y corriente que dos pueblos pierdan sus bienes, sus lugares enteros y con ellos sus recuerdos más preciados?

Nada hay de cotidiano en el literal hundimiento de Epecuén y de Miramar, o en el éxodo involuntario al que sus habitantes se vieron forzados.

¿Cómo es posible que el desmantelamiento de dos comunidades haya quedado en el olvido tan fácilmente?

 

Hace menos de 35 años los dos balnearios lacustres fueron afectados por terribles inundaciones y desaparecieron sin que a muchos les importara demasiado. El desinterés general se impuso cuando la noticia empezó a aburrir y los medios de comunicación capitalinos volvieron a mirarse el ombligo, quitándoles a los damnificados la entidad necesaria para alcanzar —o mantener en el tiempo— el status de «hecho periodístico». De esta forma, miramarenses y epecuenses, perdieron también el derecho a entrar en la historia reciente. Pero, por suerte, investigadores regionales se tomaron en serio la premisa del historiador Eric Hobsbawm y trabajaron en pos  de “hacer recordar aquello que los hombres han olvidado”.

Guías de turismo, vecinos comprometidos, periodistas locales e historiadores profesionales, con su insistencia y trabajo, tratan de imponer un punto de vista más federal, no tan unitario y porteño, de la historia del país. Sus aventuras y desventuras también cuentan y no deben ser conceptualizadas como simples notas de color propias de una determinada coyuntura.

 

El desastre de Epecuén y Miramar no es sólo un hecho curioso. Afectó la vida social, económica, política y personal de miles de seres humanos. La inundación constituye «un antes y un después». Fue un mojón, una bisagra que cerraba una época y abría otra por completo diferente. Y no sólo la naturaleza era la responsable de lo ocurrido. Hay tantas variables que confluyen para que sucediera lo que sucedió, que resulta insultante la indiferencia y desinterés que se abatió sobre la suerte de ambos pueblos.

«Miremos hacia delante», «dejemos el pasado atrás», dijeron algunos; sin saber que una proyección hacia el futuro que no se asiente en lo acontecido está condenada a cometer o caer en los mismos errores.

Hoy, a fines del 2010, el agua está en franca retirada. Zonas hasta hace unos años sumergidas, emergen a la vista de todos; refrescando la impotencia, y angustia que sintieron sus antiguos habitantes. Pero de nada habrá servido todo este sufrimiento si no se empiezan a tomar la medidas necesarias para que no vuelva a ocurrir lo mismo.

Porque, por más que estemos pasando por una estación seca, todos saben que algún día el agua volverá.

 

Ya para terminar, quisiera aclarar una diferencia significativa.

Si bien a lo largo de este pequeño trabajo nos detuvimos en señalar las semejanzas entre los dos pueblos, nobleza obliga establecer una diferencia cualitativa muy importante entre ellos.

En tanto que Epecuén ya no está, Miramar sobrevivió a la catástrofe y ha entrado en un proceso de lenta pero sostenida recuperación.

El lago Epecuén se tragó el 100 % del ejido urbano del pueblo fundado a sus orillas. Lo aplastó. Lo decapitó con celeridad, como si un asesino matara a su víctima de un certero cuchillazo en la garganta. En tanto, la Mar Chiquita se tomó su tiempo. Miramar no tiene su 10 de noviembre de 1985 (fecha fatídica para los epecuenses), en la que el terraplén finalmente cedió y agua tapó toda la villa. Los miramarenses vieron y sintieron cómo ese metafórico cuchillo criminal se les hundía lentamente, centímetro a centímetro, a lo largo de los años que van de 1977 a 1985.

Fue una agonía larga que terminó con más del 60 % del pueblo bajo el agua salada.

La destrucción no fue sorpresiva, ni totalmente inesperada. Ansenuza (nombre aborigen que tiene la laguna cordobesa) fue más metódica para reconquistar lo que consideraba propio. Así todo, un 40 % del pueblo no se vio comprometido en la agresión.

¿Esto lo hace menos calamitoso? Para nada.

La vida turística de Miramar desapareció por años, el pueblo se deshabitó y los valientes que permanecieron debieron reconvertir sus actividades económicas (dependientes hasta ese instante del turismo). Pero tras el aluvión se mantuvo la esperanza de un resurgimiento que hoy, merecidamente, el pueblo está protagonizando. Por supuesto que no es lo que era antes, pero con el tiempo Miramar resurgirá de las cenizas. Y cuando eso ocurra, Epecuén, lamentablemente, seguirá siendo el ejemplo palmario de lo que no nunca debió haber ocurrido.

Hoy, los atardeceres a orillas de ambas lagunas son majestuosos. El de Epecuén nos revela un cadáver. El de Miramar, un cuerpo muy herido que lucha por sobrevivir y llegar a ser lo que era hace treinta años.

Sé que lo hará.

Al menos eso espero.

 

 

GALERÍA DE IMÁGENES

 

EPECUÉN

MIRAMAR

AVENIDA PRINCIPAL

 

ANTIGUA CALLE CENTRICA

MATADERO MUNICIPAL

 

COLONIA MÜLLER

PARQUE HOTEL

 

GRAN HOTEL VIENA

VISTA PANORÁMICA

 

VISTA PANORÁMICA

 

 

 

EPECUÉN

                                                                                  « LA LLAMA DE LA ESPERANZA

                                                                                        NO SE APAGARÁ JAMÁS»

 



BIBLIOGRAFÍA

 

 

  • DEVALLIS, José Carlos (2008). Miramar, Memorias del Pasado, Miramar, Edición del Autor.
  • LASPIUR, Roberto Hugo (2005).Cien días en la inundación de Epecuén. Crónica de una criminal inacción, Buenos Aires, Editorial Dunken.
  • PARTARRIEU, Gastón (2010), Sin Olvido. Historias de aquella Villa Lago Epecuén, Números 1 y 2, Carhué, La Imprenta C.T.L.
  • ZAPATA, Mariana (2010). Historias que dejaron huellas…, Miramar, Museo Fotográfico Cooperativa Eléctrica y de Servicios Público Miramar Ltda.
  • HOBSBAWM, Eric (1995). Historia del Siglo XX, Barcelona, Crítica.
  • ZAPATA, Mariana (2006). Memorias de la Mar. Mira-Mar. Pacto Fundacional y Resurgir de un Pueblo, Córdoba, Asociación Amigos del Patrimonio Histórico de Ansenuza Suquía Xanaes.

 


* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

[1] Los años de mayor sequía fueron: 1934, 1935, 1936, 1938, 1939 y 1962.

[2] A Epecuén las líneas férreas habían llegado un año antes (1911).

[3] Barthes, Roland (1989). La Cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, Barcelona, Paidos, pág. 160.

[4] Quedan también unas pocas filmaciones hechas en Súper 8.

[5] Como sí fue el caso del terremoto de San Juan de 1944 y que catapultara la fama de Juan Domingo Perón.

Comentarios

  1. Marta Amanda

    10 junio, 2012

    Siempre estoy atenta a lo q Ud. escribe e informa, por algo mi hija Andrea lo admira!
    Solo es para agradecerle este informe ya que a mi me interesa y mucho!
    Un fuerte abrazo.
    Marta Carssidana.

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