Tarde

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    Tarde.

    Más tarde.

    Mucho más tarde de la hora convenida sonó el despertador aquella mañana.

    El Hombre saltó de la cama como si mil erizos formasen parte de aquel colchón duro y deforme. Intentó manipular el aparato, sin saber, buscando alguna respuesta y culpando a la tienda de asiáticos de lo ocurrido.

    Mientras se frotaba la cara y hundía sus dedos índices en los lagrimales para arrancar un par de legañas, imaginaba la tensa cara que le esperaba al otro lado de la mesa del bar donde había quedado.

    Se arregló lo más rápido posible y después de haberse quedado sin agua caliente y de que se quemase el café, salió de casa.

     

    Las calles estaban repletas de gente que iba de un lado a otro a velocidades que el Hombre no conocía. Intentaba acoplarse al paso de los demás, pero recibía empujones y pisotones de todos lados.

    Cuando llegó al paso de cebra tuvo que esperar a que el semáforo diera paso a los peatones, mientras el sol de la mañana le ayudaba a despejarse del todo.

     

    Verde.

    La gente comenzó a andar de nuevo como si se tratase de una manada. Cualquiera diría que todos se dirigían al mismo sitio y justo cuando el Hombre dio el primer paso para cruzar la calle, el semáforo le hizo esperar de nuevo.

     

    Después de correr como nunca lo había hecho, por fin llegó a su cita.

    Entró en el establecimiento y buscó entre toda la gente el pelo rubio de su chica.

    Nada.

    Miró a un lado y a otro y apartó a algunas personas que interrumpían su desesperada lucha por ampliar su campo visual.

    Tampoco.

    “¿Realmente había llegado tan tarde como para que ella se hubiese visto obligada a irse?”

     

    Se acercó a la barra y preguntó al primer camarero que pasó delante de él. El pobre empleado estaba tan angustiado atendiendo las peticiones de los clientes, que no escuchó ni una sola palabra del Hombre.

    Se dejó arrastrar hasta un extremo de la barra donde había otro empleado frente a una caja registradora cobrando las distintas cuentas.

     

    - ¡Disculpe! ¡¿Ha visto a una chica rubia que estaba esperando a alguien?!

    Preguntó el Hombre.

    - ¡¿Cómo?!

    El alboroto del bar era ensordecedor.

    - ¡¿Que si ha visto a una chica rubia…

    - ¡Ah! ¡Sí, sí! ¡Pero, se fue hace dos horas!

    - ¡Eso es imposible! ¡Había quedado con ella a las 11:00 y son las 11:30!

    - ¡Lo siento! ¡Pero debe tener el reloj atrasado, porque son las 14:00!

    - ¡¿Qué?!

    - ¡Las 14:00! ¡Son las 14:00! ¡Y ahora apártese si no va a pagar ningún menú!

     

    El Hombre se quedó mirando fijamente el reloj que colgaba de la pared. No lo podía creer, pero aquel camarero tenía razón. Comprobó, de nuevo, la hora en su móvil esperando que le diera la razón y que todo el mundo se hubiese vuelto loco a la vez, pero no.

    Entre empujones y gruñidos le desplazaron hasta la salida y, a través de los cristales de la calle, miró perplejo como toda aquella clientela ávida de pollo frito con patatas disfrutaba de su descanso para comer.

    “¿Cuánto tiempo había pasado desde que salió de su casa?”

     

    Frenazo de ruedas de un coche y un golpe seco.

     

    En menos de un segundo, se formó un círculo de gente en torno a un cuerpo tendido en mitad de la calle que impidió al Hombre ver claramente a la víctima. La calle quedó cortada inmovilizando el tránsito de vehículos y varias personas se ofrecieron para cumplir el papel de ambulancia.

    El Hombre avanzó entre la multitud para ver mejor lo que había ocurrido y, de paso, ofrecer ayuda. Pero cuando llegó al centro del siniestro, un coche salió a contrarreloj hacia el hospital.

     

    Por un momento, el Hombre se asustó ante el horrible pensamiento de que la persona atropellada hubiese sido su chica que le estaba esperando en el otro lado de la calle y que, al verle, había cruzado sin mirar a ambos lados. Por ello, acabó de cruzar la calle y llegó a la otra acera, mientras marcaba en el móvil su número y miraba a todos lados esperando encontrar un pelo rubio.

     

    - ¿Sí?

    Contestaron.

    - Hola… ¿Quién eres?

    - Soy su compañera de piso. Se ha dejado el móvil en casa.

    - ¿Pero dónde está…

    - Está en el hospital.

    - ¿El hospital? ¿Por qué?

     

    El móvil dio la última bocanada de batería y se apagó. Intentó rescatar unos minutos de aquel estúpido aparato encendiéndolo varias veces. Imposible.

     

    Extrañado y confuso por la noticia, trató de encontrar un taxi que le llevase a urgencias. Pero, la curiosidad de la gente por el accidente y un conductor arrepentido tirado en el capó de su coche junto con dos coches de policía atravesados en la calle que cortaban cualquier tipo de circulación, le obligó a tomar la determinación de echar a correr.

     

    Las plantas de los pies ya empezaban a doler y la respiración se había pasado de rosca hacía dos esquinas.

    Fisiológicamente, le habría convenido sentarse un momento a descansar, pero su pecho tiraba de él y le convencía de que la siguiente calle era la última. Y la siguiente, la última. Y la siguiente, la última.

    ¡Necesitaba saber si le había pasado algo! ¡Necesitaba saber porqué estaba en el hospital!

     

    Cuando llegó no había nadie detrás del mostrador de la sala de espera. El Hombre esperó unos minutos, pero ese tiempo se hacía cada vez más eterno. Cada movimiento de las manecillas del reloj era un nuevo esfuerzo por mantenerse inalterable.

    Insoportable.

     

    -¡¿Hola?!

    Gritó el Hombre.

    - ¡¿Hay alguien?!

    Miró a través del largo pasillo aglutinado de innumerables habitaciones.

    - ¡¿Hola?!

    Volvió a gritar.

    En ese momento, cruzó la sala un médico apurado por alguna urgencia.

    - Perdone. ¿Me puede atender un momento?

    - Lo siento. Ahora no puedo. Tendrá que esperar a mi compañera del mostrador.

    Y desapareció escaleras arriba.

    - ¡No puedo esperar! ¡Solo necesito… !

     

    La desesperación le empujó a romper cualquier protocolo hospitalario y entró en el mostrador. El listado de pacientes recientes estaba sobre la mesa. Se tuvo que tranquilizar respirando profundamente varias veces antes de empezar a buscar un nombre. El nombre de ella.

    ¡La relación de pacientes era enorme! ¡Ocupaba diecisiete páginas! ¡Se podría volver loco buscando un nombre! Por suerte, estaban ordenados alfabéticamente y el nombre que buscaba empezaba por “A”, por lo tanto no le llevaría mucho tiempo.

    Utilizó su dedo índice como ayudante y repasó toda la primera letra, pero ese nombre no estaba. Sin embargo, algo llamó su atención.

    Tal vez, fuese casualidad o el implacable destino, pero tanto el nombre de ella como el del Hombre empezaban con esa misma letra.

    Dilatación de pupilas.

    Nunca habría encontrado el nombre de la chica porque no era ella la que había ingresado en el hospital ese día, ¡sino él!

    “¡No puede ser! ¡Acabo de llegar! ¡No estoy enfermo! ¡No estoy en una habitación de hospital! ¡Estoy aquí! ¡Ahora mismo!”

    Al lado del nombre figuraba el número de la habitación.

     

    Los pasos apresurados del Hombre resonaban por el interminable pasillo. A la izquierda los números impares, a la derecha los pares.

    Cuando encontró su supuesta habitación, se detuvo un instante con una sensación de miedo y alegría. Miedo, por no saber qué podía encontrar allí dentro y alegría, por poner fin a aquella pesadilla o lo que fuese.

    El Hombre entró en la habitación 124.

     

    Nadie.

    Solo una cama vacía, un par de sillas y una televisión apagada.

    Había poca luz y el Hombre se acercó a la ventana para levantar la persiana.

    Nada tenía sentido. “¿Por qué había llegado tan tarde al bar?” “¿Por qué su nombre estaba en el listado de ingresos?”. ¡Su nombre! ¡Otra vez su nombre!

     

    Sudor frío y colapso mental.

     

    Cuando entró en la habitación, todo estaba demasiado oscuro para verlo. Pero, ahora su nombre no figuraba en una lista. Ahora, formaba parte de una corona de flores.

     

    Al salir corriendo del hospital le pareció oír a alguien decir: “¡Eh! ¿Usted?”.  Intentó reanimar su móvil para llamar a su chica, pero era imposible. La rabia hizo que estrellase el aparato contra el suelo. Tenía que averiguar lo que estaba pasando y solo había una forma.

    Por suerte, delante de la puerta de urgencias siempre permanecían atentos un enjambre de taxis ansiosos de carne fresca.

     

    El sudoroso taxista no paraba de secarse la frente y el cuello mientras conducía a ritmo de réquiem.

     

    -¿Al cementerio a estas horas? Un poco tarde, ¿no?

    Dijo el taxista.

    Efectivamente, el sol se estaba poniendo.

     

    “Qué rápido pasa todo en la vida” pensó el Hombre mientras miraba por la ventanilla. “Naces en un momento y mueres en un segundo. Te levantas por la mañana temprano y a la vuelta de la esquina ya es de noche. Llegas tarde a una cita y todo se complica”.

     

    Cuando llegaron al cementerio ya era noche cerrada y la puerta de la verja impedía el paso con un candado.

    El Hombre ordenó al taxi que se marchase a la vez que las primeras gotas de lluvia empezaban a caer sobre su cara.

     

    Con los bajos del pantalón embarrados buscó una parte del muro que fuese más baja, por lo tanto, más accesible. No la encontró, pero un árbol que había crecido cara a cara con los ladrillos, era la escalera perfecta que necesitaba en ese momento.

    Trepó por el tronco y se arrastró entre las ramas mojadas hasta que pudo hacer pie encima del muro. Aquella barrera era lo suficientemente alta como para saltar al suelo y partirse las piernas, así que, se descolgó resbalando por la pared estirando los brazos todo lo que pudo con la cara pegada a los ladrillos y, finalmente, saltó dentro del recinto que daba cobijo a los restos de cientos de personas.

     

    Andando entre las tumbas daba la sensación de estar atravesando un túnel del tiempo. Cada fecha de nacimiento y defunción le trasportaba a una época diferente y el Hombre, como buen cinéfilo, recordaba títulos para tranquilizarse. Años treinta: “El doctor Frankenstein”; años cuarenta: “Qué bello es vivir”; años cincuenta: “El séptimo sello”; años sesenta: “Psicosis”. Pero, en los años setenta el Hombre se detuvo. Comprobó que la siguiente fila de lápidas pertenecía a los años ochenta y comprendió que todos los ataúdes estaban dispuestos cronológicamente. En ese caso, si seguía adelante llegaría a los entierros que se habían hecho ese mismo día. Llegaría a lo que, posiblemente, era su tumba.

    Cada paso que daba era más doloroso que el anterior.

    Mientras se hundía en los fangosos vientres de los charcos, escuchaba cantar a los grillos con el imparable susurro del viento. Imaginaba que los difuntos se elevaban por encima de sus cajas bailando una especie de danza macabra. Un ritual hacia el matadero.

    La visión se esfumó cuando llegó al final de su camino. Necesitaba toda su concentración. Nada de grillos, viento y fantasmas.

    No había demasiadas lápidas nuevas, así que, sería algo rápido e indoloro.

    Mientras iba descartando epitafios, su sangre, congelada minutos antes, empezaba a fluir de nuevo regalando un momento de esperanza.

    - ¡Se han equivocado! ¡Se han equivocado!

    Exclamó de alegría. Pero, esa alegría duró poco.

    De pronto, apareció delante de él la última tumba. Una tumba con una lápida recién puesta y un epitafio inacabado. Por suerte o por desgracia, el nombre estaba escrito. Ese nombre que empezaba por “A”.

     

    Sensación de ahogo.

     

    Entre llantos el Hombre arremetió contra la lápida dándole patadas. Intentó arrancar aquel trozo de piedra de la tierra con sus propias manos y, como último recurso, empujado por la ira y la desesperación, borró su nombre a base de pedradas mientras gritaba:

    -¡No estoy muerto! ¿¡Por qué me enterráis?! ¡Todavía no estoy muerto!

     

                                                                   *****************

     

    Ahora, el cementerio quedaba muy lejos mientras el Hombre caminaba hacia su casa por el medio de la calle. La lluvia había cesado y el frío de la madrugada hizo acto de presencia.

     

    Dentro de su cabeza no existía ninguna respuesta o experiencia que respondiese de forma coherente a los hechos ocurridos.

    Cualquier persona se puede quedar dormida o puede llegar tarde a algún lugar. Pero, nadie tarda dos horas en cruzar cuatro calles. Nadie ingresa en un hospital sin estar presente. Nadie muere sin morir.

     

    Los recuerdos de aquel día se amontonaban en el trastero de la memoria de forma desordenada y lo único que hilaba todos los acontecimientos, era el tiempo.

    “Tarde. Más tarde. Mucho más tarde de la hora convenida sonó el despertador aquella mañana”.

    “¿Había llegado con retraso a todos los momentos que iba a vivir ese día?”

    Esa pregunta era la única respuesta.

     

    Al entrar en casa, recordó que no había comido nada durante todo el día. Realmente, no tenía hambre, solo sed.

    Agua. Un vaso de agua y sentarse en el sofá era lo único que necesitaba.

    Fue hasta la cocina y mientras llenaba el vaso directamente del grifo, pensó que si ya había muerto y seguía vivo, en algún momento no muy lejano moriría.

     

    Se sentó en el sofá y dio un pequeño trago.

    El cansancio empezó a llamar a las puertas de sus ojos.

    Otro trago.

    La respiración se ralentizó involuntariamente.

    Último trago.

    El Hombre, miró a través de la ventana cómo amanecía y murió en el salón de su casa. Por la mañana.

    Temprano.

     

    Comentarios

    1. Avatar de

      volivar

      16 marzo, 2012

      Armando Arjona…. uf… al fin pude respirar… amigo, eres cruel con tus lectores… mira que llevarmos a esos lugres de la muerte, sin estar muertos aún…
      Qué relato, super interesante… bien, muy bien escrito…
      Eres un ejemplo a seguir, y te felicito, maestro literario.
      Atentamente
      Volivar (Jorge Martínez.Sahuayo, Michoacán, México)

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