Una vida a su lado

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La lluvia arremetía implacable sobre las escasas figuras que se aventuraban a salir a la calle, que presentaba un aspecto triste, oscurecida bajo la densa nubosidad que cubría el vasto y desolado cielo de una larga tarde de otoño. Pero ni todo el agua del mundo podría limpiar la culpa que habitaba en el corazón de Alan, quien permanecía de rodillas sobre el frío y húmedo suelo empedrado, contemplando sus manos cubiertas de sangre, la cual se mezclaba con la lluvia y caía en finos hilos carmesí entre sus dedos.

¿Qué he hecho? -se repetía una y otra vez.

 

1 día antes

– Venga tío, necesito la pasta -insistió Alan nuevamente ante las continuas negaciones de su hermano.

– Esta vez no, Alan -respondió Dean con un deje de agotamiento en su voz, y añadió con un tono más apaciguado:- Lo que necesitas es ayuda… Déjame ayudarte…

– ¿Quieres ayudarme? -soltó el primero, sin molestarse en disimular el sarcasmo-. ¡Pues dame el dinero!

– ¡¿Para qué te lo gastes en droga?! -replicó Dean furioso, golpeando con fuerza la pared con su puño.- Olvídalo.

Dean dio por finalizada la conversación, dando la espalda a su hermano y dirigiéndose hacia la puerta.

– ¡¿Vas a irte así, sin más?! -gritó Alan; su rostro estaba rojo, y una vena palpitaba con tanta fuerza en su cuello que parecía que fuese a explotar-. ¡Vale! ¡No te necesito!

No recibió respuesta, encontrándose sólo en la oscuridad de su salón. Apretó los puños con fuerza, cegado por el odio, dispuesto a golpear… pero un ligero contacto húmedo en su mano le hizo relajarse. Bajó la mirada y observó a Kai, un Golden Retriever de unos 3 años, que le daba golpecitos con la trufa y le devolvía una mirada juguetona y simpática mientras movía alegremente el rabo.

Quizá el único capaz de hacerle olvidar todos los problemas por los que estaba pasando era ese perro. Con una sonrisa, posó ambas manos con suavidad sobre el cuello del animal y se agachó hasta ponerse a su altura. Kai comenzó a lanzarle lametones al rostro y a frotar su cuerpo contra el suyo, mientras Alan le acariciaba su sedoso y brillante pelo cobrizo.

– Creo que tendremos que arreglárnoslas por nuestra cuenta, ¿eh chico? -susurró Alan, moviendo las orejas de Kai de un lado a otro a modo de caricia, a lo que éste contestó con un pequeño ladrido.

No pudo evitar sonreír ante tal muestra de entendimiento por parte de su mascota. Tras unas últimas caricias fue a buscar la pelota favorita de Kai. Durante unos minutos se sintió feliz en compañía de ese hermoso animal.

*****

Dean permanecía absorto en sus pensamientos, tendido sobre la cama, observando atentamente el ventilador que giraba lentamente sobre su cabeza, como si esperase encontrar en ese simple mecanismo la respuesta que buscaba. Amanda rompió el silencio que durante minutos había reinado en la habitación:

– ¿Cómo ha ido?

Dean suspiró, aguardando otro minuto más antes de volverse hacia su mujer y responder a su pregunta:

– No puedo ayudarle si no me deja hacerlo -contestó con abatimiento; se recostó sobre su hombro y se giró hacia Amanda-. Tengo miedo de lo que pueda hacer si se ve sin salida.

Amanda se levantó del sillón en el que se encontraba y comenzó a deambular por la habitación.

– No va a entrar en razones con ninguno de nosotros -suspiró-. Sólo habla con Kai.

– Lo sé -afirmó Dean, que se incorporó para coger un marco que reposaba sobre la mesilla-. Si no fuese por ese perro, no quiero ni imaginar dónde estaría…

Permanecieron en silencio nuevamente durante unos minutos, pensando en las alternativas que tenían para ayudar a Alan a dejar las drogas, pero sólo una parecía tomar forma en la mente de ambos.

– Debemos ingresarle -sentenció Dean con tristeza; frotándose el rostro demacrado por la constante preocupación añadió:- Ya lo hemos intentado todo y no ha habido éxito, es lo único que podemos hacer. Mañana hablaré con él.

Ninguno de los dos tenía fuerzas para continuar con una conversación que se había convertido en su día a día desde hace ya más de un año. Dean volvió a tumbarse en la cama, agotado. De pie, Amanda le observó durante unos instantes, pudiendo contemplar un rostro cansado y envejecido prematuramente por la preocupación.

*****

¿Alan? -volvió a llamar Dean, nuevamente sin recibir respuesta; continuó dando golpes en la puerta-: ¿Estás ahí, Alan?

Silencio. Por suerte, sabía que su hermano guardaba siempre una llave detrás de una maceta. Típico, pero efectivo. Dean abrió la puerta mientras seguía llamándole, pero por toda respuesta obtuvo el ligero murmullo del viento que se colaba por una ventana rota del viejo y destartalado bloque de apartamentos.

La casa estaba en silencio, a oscuras, salvo por los escasos rayos de luz que penetraban por las persianas echadas, trazando haces luminosos en el aire que dejaban ver la gran cantidad de polvo que flotaba en el ambiente.

Dean recorrió todas las habitaciones, buscando a su hermano, pero sin éxito. Todo estaba desierto. Finalmente regresó al salón y se dejó caer en el sofá, quedándose unos instantes pensativo, hasta que se dio cuenta de algo:

¿Y Kai?

Alan nunca sacaba a pasear a su perro. Más bien él no le dejaba, ya que no en pocas ocasiones había aprovechado para ir a comprar droga. Eran Dean y Amanda quienes se encargaban de sacarle. El no encontrar a Kai en casa comenzó a preocuparle.

¿A dónde habrá ido? No puede haber salido a por droga, no tiene dinero. ¿Y para qué se llevaría a Kai?

Dean se apoyó en un brazo del sofá y descansó la cabeza sobre su mano. Contempló la habitación en la que se encontraba. Era el salón de la casa, bastante pequeño, y el enorme desorden que había lo hacía parecer aun más agobiante, por no mencionar la oscuridad y el polvo acumulado por la escasa ventilación del lugar. Alan no se preocupaba por mantener un hogar confortable, parecía que eso no le importara demasiado. Sin embargo, el rincón en el que dormía Kai estaba perfecto, era como un oasis en medio de todo el desorden del lugar. Dean no pudo evitar sonreír. Pese a haberse abandonado completamente, su hermano seguía cuidando de aquello que más amaba en el mundo: su perro. Y esto precisamente es por lo que más le costó creer lo que vieron sus ojos a continuación: encima de la mesa, sobre un montón de papeles viejos y restos de comida rancios, había un panfleto sobre una pelea de perros.

Dean se incorporó de golpe, imbuido súbitamente por una terrible idea que cobró forma en su mente.

¿De verdad vas a hacerlo, hermano?

Con la mano temblorosa del horror que sentía ante tal pensamiento, tomó el panfleto y le echó una rápida mirada. Se trataba de una pelea de perros ilegal, donde todo estaba permitido, incluida la muerte del can rival. El perro ganador le haría a su dueño merecedor de un gran premio en metálico.

¿Si quiera te has planteado hacer esto, Alan? ¡¿Es tu perro?!

El corazón se le aceleró, y el anterior temblor de su mano se había convertido en un fuerte movimiento casi espasmódico, más de rabia que de terror. Sin perder un segundo más buscó la dirección en la cual se disputaría la pelea, que según ponía se llevaría a cabo en un edificio abandonado no muy lejos de allí. Tenía que llegar a tiempo antes de que su hermano cometiese un error que nunca se perdonaría. Mientras se encaminaba hacia la puerta de la maltrecha casa cogió el móvil y llamó a Alan, con la intención de hacerle entrar en razón mientras no fuese demasiado tarde.

Vamos, Alan, coge el teléfono… Venga tío, cógelo… ¡Joder!

– El móvil al que intenta llamar está fuera de servicio o no tiene cobertura -soltó una femenina voz mecánica a través del móvil para frustración de Dean, que a punto estuvo de estampar el aparato contra la pared.

****

Dean

La pantalla del móvil brillaba con el nombre de su hermano en pantalla. No tenía intención de hablar con él, así que optó por apagarlo mientras seguía caminando por el destrozado pasillo que, a juzgar por los gritos, ladridos y rugidos que provenían del fondo del mismo, llevaba a su destino. La correa que tenía en su mano se tensó. Alan miró atrás y vio como Kai se encogía sobre sí mismo, agachando el rabo y las orejas lastimosamente, reticente a avanzar, seguramente asustado ante todos esos gritos que se acentuaban por el eco del enorme y vacío pasillo. Tras agacharse y acariciar su suave pelaje notó como temblaba todo su peludo cuerpo. Se le encogió el corazón.

– Kai… -susurró Alan, con los ojos vidriosos; su voz tembló cuando continuó:- Lo siento mucho, chico. Necesitamos ese dinero. Podemos lograrlo, ¿vale? Juntos podemos hacerlo.

El can comenzó a mover el rabo tímidamente mientras se acercaba a su dueño, golpeándole cariñosamente con la cabeza. Alan sonrió levemente, se enjuagó una lágrima que resbalaba por su mejilla y besó a Kai en la cabeza, tras lo cual reanudó su camino, recorriendo el escaso espacio de pasillo que quedaba hasta llegar a una oxidada puerta de metal.

Tres golpes y un fornido hombre con ropas ceñidas y oscuras apareció ante ellos, ofreciéndoles a modo de bienvenida una mirada amenazante que les heló la sangre. No dijo nada, sólo realizó un ligero movimiento de cabeza indicándoles que pasaran.

– ¿Nombre…? -soltó un chaval menudo de unos 19 años, que se encontraba tras un escritorio desvencijado realizando anotaciones; al ver que no recibía respuesta levantó la mirada e insistió:-¿Nombre del perro?

Durante unos segundos Alan se quedó ensimismado, hasta que con una voz rota susurró:

– Kai

– Kai… ¿qué? -preguntó impaciente el chico, que ante el desconcierto de su interlocutor se desesperó; observó al animal, que permanecía sentado moviendo ligeramente el rabo, y sentenció:- Kai el Novato, está claro. Siguiente…

Con un empujón Alan volvió a la realidad, viendo que detrás suyo se estaba formando una cola. Pocos más traían a un perro con ellos, más bien se aproximaban a la mesa a apostar por sus contendientes favoritos, como si de una carrera de caballos se tratase.

Dando traspiés entre la multitud y arrastrando consigo a Kai, fue avanzando por el horrible lugar en el que se encontraba, y la estampa no podía ser más dantesca. Múltiples bombillas parpadeantes iluminaban tenuemente el lugar, que si se mantenía en pie era por un mero capricho del destino. Las paredes estaban descorchadas, el techo parcialmente hundido y el moho crecía por doquier en la húmeda estancia en la que se encontraban. Comida en proceso de descomposición, heces frescas o resecas, jeringuillas, botellas rotas, manchas de sangre y una infinidad de insectos poblaban el suelo. Pero ni toda esta horrible estampa podía prepararle para lo que iba a ver a continuación.

Una gran masa de gente se agolpaba en torno a la zona central de la sala, gritando excitada ante lo que quiera que estuviese sucediendo allí. La música estaba demasiado alta, produciendo un rugido ensordecedor, pero a nadie parecía importarle. Alan comenzaba a encontrarse realmente mal, y un creciente temor se apoderó de él según se acercaba a lo que ya intuía como el círculo de lucha. Abriéndose paso entre los eufóricos apostantes, pudo llegar hasta la primera línea, donde vio algo que nunca olvidaría.

En el centro de un gran foso de arena parcialmente escavado en tierra, rodeado de una verja de alambre de espino, se encontraban dos perros enzarzados en un frenético y sangriento combate. Ambos animales estaban poseídos por la rabia, con el pelo erizado a lo largo de todo su cuerpo, gruñendo con sus temibles bocas mientras una espesa y espumosa baba les resbalaba por los labios, dispuestos a lanzarse contra su rival en cualquier momento. Al fondo, un Rottweiler, cuyo cuello estaba rodeado por un collar de pinchos; en frente, un gran Mastiff, igualmente imponente, el cual había sido brutalmente torturado al insertar a lo largo de su pecho multitud de pinchos con la finalidad de enfurecerle y proporcionarle una mayor defensa frente a las acometidas de su rival. Tras un eterno intercambio de gruñidos, ambos perros envistieron el uno contra el otro, intentando alcanzar la yugular de su objetivo.

Esto es… es… Tengo que salir de aquí.

Alan cerró los ojos, incapaz de mirar el fatal desenlace que, a juzgar los gemidos de uno de los perros, acababa de suceder. Rápidamente se dio media vuelta y, apartando a la gente a empujones, corrió hacia la salida. Cuando llegó a la puerta, el mismo hombre fornido que le permitió la entrada se interpuso en su camino.

– Eh, chaval, no puedes salir ahora -soltó imponente el guarda, cruzándose de brazos frente a la puerta.

Alan hizo caso omiso e intentó salir de ese horrible antro, a lo que el hombre respondió con un fuerte empujón que le tiró al suelo. Kai se interpuso entre ambos, gruñendo y enseñándole sus afilados y amenazantes dientes.

– Controla a tu chucho -espetó con desdén el fornido hombre ante las amenazas del perro-. Que guarde su rabia para el combate, la va a necesitar.

Sin escucharle, Alan volvió intentar atravesar esa barrera humana inquebrantable, pero lo único que consiguió fue ser lanzado de nuevo al suelo.

– ¿Quieres irte? -preguntó con desdén a la vez que se apartaba de la puerta; a continuación se agachó e inmovilizó la cabeza de Kai con sus fuertes manos-: Pues vete, pero tu perro se queda aquí.

El hombre hizo una señal a otro de sus compañeros y éste le ayudó a llevar al animal hasta el foso, mientras que un tercero se quedó vigilando a Alan.

– ¿Un Golden Retriever? -inquirió éste con incredulidad, arqueando las cejas mientras se situaba frente al dueño del perro-. Le van a crujir. No es un combate justo, pero la gente paga por esto. Quiere ver sangre.

Alan se levantó una vez más, pero esta vez echó a correr detrás de Kai, con el corazón latiéndole con tanta fuerza contra el pecho que creía que le iba a explotar. Cuando llegó al foso, su perro ya estaba dentro, enjaulado, enfrente del mismo Rottweiler que momentos antes había acabado con la vida del enorme Mastiff donde ahora tan solo había un montón de arena teñida de sangre.

Los dos hombres que se habían llevado a su perro le impidieron lanzarse a por él. Intentó zafarse, sin éxito. Entre ambos pudo observar el comienzo del combate.

La verja que cubría la jaula se elevó, pero Kai no salió de ella. Con un puntiagudo palo comenzaron a punzarle en el lomo, hasta que finalmente, con un amargo quejido, se vio obligado a pisar la arena de combate. El Rottweiler parecía igual de furioso que en el anterior combate, observando con rabia y sed de sangre a Kai, que se encogía como podía contra el pequeño muro del foso, mirando a todos lados en busca de la protección de Alan.

Nuevamente, como ya sucediese antes, el enloquecido perro se abalanzó contra su rival, que realizó una finta en el último segundo, salvando su cuello, pero recibiendo en su lugar un mordisco en pleno lomo, tras lo cual emitió un agudo y prolongado chillido de dolor.

– ¡¡¡KAI!!! -gritó Alan con todas sus fuerzas.

Sus ojos se inyectaron en sangre, sus músculos se tensaron y su cuerpo pareció reaccionar sin que a su mente le diese tiempo a pensar en lo que hacía. De un fuerte tirón se soltó de uno de los hombres, pero no tuvo tanta suerte con el otro, que le aprisionó con más fuerza.

– ¡¡¡Suéltame, hijo de puta!!!

Con un cabezazo rompió el tabique nasal de su captor y pudo esquivarle, abalanzándose sin dudarlo un segundo al foso, entre Kai y el Rottweiler, justo en el momento en el que éste iniciaba una nueva acometida. El rabioso perro no viró ante la aparición de un nuevo objetivo, sino que saltó y agarró con fuerza el brazo de Alan, cuyo rostro se contrajo en un gesto de intenso dolor.

Kai, que se encontraba tendido en el suelo después del primer golpe, se incorporó con dificultades y, sacando fuerzas de donde no existían, se abalanzó sobre su rival, dispuesto a defender con su vida a su dueño.

La envestida alcanzó exitosamente el cuello del otro perro, pero el resistente collar de pinchos amortiguó el golpe, que se volvió contra el atacante. Sin embargo, esto le hizo al Rottweiler soltar su presa y encararse nuevamente a su primer objetivo, lanzándose contra él cegado por la furia, sin saber a dónde se dirigía, pero con una fuerza increíble. Acertó de lleno en la pata derecha delantera de Kai, produciendo un sonoro crujido de huesos rotos junto a un agudo aullido que retumbó por todo el edificio.

La música había parado, y todo el mundo estaba expectante de los acontecimientos, pero nadie parecía dispuesto a hacer nada para pararlos, sino que animaban más que nunca.

Alan yacía en la arena, tendido en medio de un charco de sangre que aumentaba poco a poco, bañando su cuerpo. Observaba a la gente que le rodeaba, pero sin verla. Aparecían como rostros difusos, eufóricos, animando el infierno que él y su perro estaban viviendo. Perdía mucha sangre, pero no podía abandonar a Kai, no después de haberle condenado a esa horrible pesadilla.

Hizo acopio de las escasas fuerzas que aún le quedaban, se incorporó y, aferrando su brazo contra su tronco, se abalanzó sobre el Rottweiler, que inmediatamente soltó la pata de su rival para volver a centrarse en el hombre que se interponía entre su víctima y él. Con un zarpazo rasgó el rostro de Alan, que se encogió nuevamente de dolor. A continuación el perro se abalanzó a la yugular, pero un movimiento de su objetivo le hizo desgarrar únicamente su ropa. No cesó en su intento y volvió a arremeter. Sin embargo, la vista se le nubló, sus músculos dejaron de responder y perdió el equilibrio, cayendo dormido.

Alan levantó la mirada, justo para observar a Amanda sujetando una pistola de dardos anestésicos, antes de caer también inconsciente, producto del agotamiento.

*****

La vibración del coche despertó a Alan, que se encontraba tendido en los asientos de la parte trasera. Lentamente se incorporó, intentando aguantar el intenso dolor que sentía por todo su cuerpo, procedente en su mayor parte del destrozado brazo que, ahora vendado, colgaba inerte de su costado.

– No te esfuerces, Alan -dijo Dean desde el asiento del conductor; en su voz era evidente la preocupación que sentía, pero también había un deje recriminatorio que no pudo disimular.- Vamos hacia el hospital, te pondrás bien.

– ¿Hacia el hospital? -respondió su hermano, aun confuso tras la pérdida del conocimiento-. No… no, al hospital no… -balbuceó; y continuó con un hilo de voz:- Hay que ir al veterinario.

– Alan… -susurró el primero, no muy convencido de la respuesta.

– Al… veterinario -insistió; esta vez tenía la voz tomada por la congestión, producto de las lágrimas que comenzaban a aflorar a sus enrojecidos ojos.

Dean observó por el retrovisor a su hermano, que se había recostado en el asiento, observando con tristeza y arrepentimiento a su perro, que agonizaba sobre las piernas de Amanda. Decidió hacerle caso, sabiendo que si le pasaba algo a Kai no podría remontar cabeza, y ahora más que nunca le necesitaba, así que viró el rumbo y se dirigió hacia la clínica de su mujer. No tardaron más que unos pocos y angustiosos minutos en llegar.

Rápidamente, aunque con sumo cuidado, Amanda tomó entre sus brazos al moribundo animal y se encaminó hacia las puertas del centro veterinario. Alan, empleando las escasas fuerzas que le quedaban, abrió la puerta del coche y se lanzó en su busca, haciendo caso omiso de las advertencias que le hacía su hermano. Consciente de lo que estaba ocurriendo a sus espaldas, Amanda se dio la vuelta, permitiendo al dueño del can despedirse de él antes de comenzar una difícil operación de urgencia, pero instándole a darse prisa por el bien de su mascota, pues cada segundo era vital.

– Lo siento…  lo siento tanto… -susurró Alan entre sollozos mientras acariciaba suavemente su hermoso pelaje, ahora cubierto de sangre-. Saldremos de esta… juntos… como siempre.

– Tengo que llevármelo, Alan -dijo Amanda, intentando aderezar su voz con toda la ternura posible, consciente del dolor que sentía Alan, quien por toda respuesta hizo un leve movimiento afirmativo con la cabeza.

Y allí quedo, sólo bajo la lluvia, que arremetía implacable sobre las escasas figuras que se aventuraban a salir a la calle, la cual presentaba un aspecto triste, oscurecida bajo la densa nubosidad que cubría el vasto y desolado cielo de una larga tarde de otoño. Pero ni todo el agua del mundo podría limpiar la culpa que habitaba en el corazón de Alan.

Los sollozos pronto se incrementaron, hasta casi convertirse en convulsiones. Perdió la fuerza en las piernas, cayendo de rodillas sobre el frío y húmedo suelo empedrado, contemplando sus manos cubiertas de sangre, la cual se mezclaba con la lluvia y caía en finos hilos carmesí entre sus dedos.

¿Qué he hecho? – se repetía una y otra vez.

*****

Después de la intervención quirúrgica que necesitó Alan para recuperar la movilidad de su brazo, le informaron de que la operación de Kai también había sido un éxito, en cambio él había perdido la funcionalidad del miembro. El rostro de Alan permaneció inexpresivo, ocultando el terrible sentimiento de culpa que yacía en su interior. No dijo nada.

Cuando, tras unas semanas de rehabilitación, el animal estuvo listo para regresar a casa, Alan se negó a acogerle, ni siquiera tuvo el suficiente valor para verle de nuevo, simplemente se encerró en su apartamento, ignorando todas las llamadas.

Pasaron varios meses sin que Dean volviese a saber de su hermano. Durante todo ese tiempo Amanda y él se encargaron de cuidar de Kai, y todos los días iban a pasearle hasta la casa de su antiguo dueño. Cuando el perro pasaba por delante de su verdadero hogar no podía evitar mover el rabo con rapidez, ladrando suavemente en un intento de captar la atención de Alan. Aunque éste le oía, nunca se asomó siquiera a la ventana para observar a su apreciado perro, no creía merecerlo.

El tiempos seguía avanzando inexorablemente, y Alan permanecía recluido voluntariamente en su casa. Dean se cansó de esperar a que su hermano entrase en razón y ceso en sus paseos diarios hasta el abandonado bloque de edificios. Kai tenía una nueva vida que había sido capaz de emprender  tras aquella pesadilla, si Alan no quería volver a vivir, nadie podía obligarle a ello.

Un año después del incidente, Dean recibió una llamada del hospital de la ciudad, informándole de que su hermano había ingresado por culpa de una sobredosis. No tardó demasiado tiempo en recuperarse, y en cuanto estuvo en plenas condiciones fue trasladado a un centro de desintoxicación.

Los meses se sucedían, y su estado no iba a mejor. Según decían los profesionales del centro, no tenía ninguna motivación, se negaba a mejorar, y sin algo a lo que aferrarse para vivir no sería capaz de superar su estado de adicción, que ahora se hallaba unido a una depresión crónica.

Lo único que necesitaba era algo a lo que aferrarse…

 

1 año y 3 meses después del incidente

– Pero va contra las normas -negaba una y otra vez el director del centro de desintoxicación-. No puedo permitir…

– Por favor -rogó Dean; sabía que ésta era la única solución posible, sin ella no habría ninguna esperanza-. Mi hermano lo necesita. Es lo único que puede hacerle volver a vivir.

Su interlocutor emitió un sonoro y prolongado suspiro mientras apartaba la mirada de los suplicantes ojos de Dean, dudando de si estaba haciendo lo correcto permitiéndole su petición.

 *****

– Alan, tienes visita -informó una joven enfermera del turno de guardia matinal a la vez que daba unos golpecitos en la puerta.

– ¡Ya he dicho mil veces que no quiero… -comenzó a increpar, pero no pudo terminar la frase porque la mujer desapareció rápidamente por el pasillo.

Nuevamente se tumbó en la cama, suspirando de indignación. Cuando estaba a punto de volver a dormirse escuchó un repiqueteo por el suelo que se acercaba rápidamente, como de uñas…

Súbitamente abrió los ojos, viniéndole a la mente numerosas imágenes del pasado, con Kai, días felices que pasó a su lado, jugando con él, paseándole, acariciándole… momentos juntos, disfrutando, sonriendo… viviendo… Y él había tirado todo por la borda por las drogas, dejó de vivir, casi mata a quien más quería en su vida… y luego le abandonó. No sabía cómo reaccionaría Kai al verle.

Se incorporó lentamente y observó su rostro ante el espejo, rozando con sus dedos la cicatriz que le surcaba de lado a lado. Nuevos flases se dibujaron en su cabeza, esta vez de ese terrible día. Cuando finalmente apareció Kai por la puerta y se giró para mirarle, las lágrimas rodaban ya por sus mejillas. El hermoso animal trotaba alegremente, aunque con dificultades al no poder apoyar una de sus patas, pero nada de esto le impedía ir moviendo el rabo tan rápido que la inercia le desequilibraba parcialmente. En cuanto llegó a la altura de la cama de su dueño saltó con sorprendente agilidad y desde allí comenzó a lamerle el rostro.

¿Por qué? ¿Acaso puedes perdonar todo lo que te hice? No merezco una segunda oportunidad…

Sin embargo, Kai estaba exultante de poder volver a ver al fin a su dueño, aquel con el que había vivido feliz tanto tiempo, por el que sacrificaría su vida, al que había jurado fidelidad eterna como sólo un perro puede hacer.

– Gracias… -articuló entre sollozos-. Gracias… Hagámoslo juntos, una vez más. Saldremos adelante. Recuperaré nuestra vida… por ti… te lo prometo. Volveremos a casa.

Mientras las lágrimas brotaban descontroladamente de sus ojos y contemplaba el rostro alegre y lleno de vida de Kai, un pensamiento inundaba su mente: si todos los humanos tuviésemos tanta humanidad como los perros, nada de todo eso hubiese pasado.

Comentarios

  1. Profile photo of Natura

    Natura

    30 marzo, 2012

    Me emocionaste con el relato, es precioso!! Y la frase final lo remata, incluso las bestias son más humanas que nosotros…

  2. Profile photo of reinafiore

    reinafiore

    4 abril, 2012

    Muy lindo la verdad, la primera vez no lo pude terminar de leer pero ahora sí, me encantó!

    • Profile photo of Kaztyr

      Kaztyr

      4 abril, 2012

      Muchas gracias reinafiore, comentarios así siempre animan a seguir :)

  3. Profile photo of Lot Alkef

    Lot Alkef

    4 abril, 2012

    Es un relato muy emotivo, debo decir. Todos alguna vez tuvimos una mascota como Kai, a la cual recordaremos por toda la vida.

    En especial, esta frase corona tu relato de manera soberbia.

    “…Si todos los humanos tuviésemos tanta humanidad como los perros, nada de todo eso hubiese pasado”

    • Profile photo of Kaztyr

      Kaztyr

      4 abril, 2012

      Ciertamente, todos hemos tenido mascotas así, y nunca se olvidan. Me alegro de que te haya gustado, muchas gracias por tu comentario :)

  4. Profile photo of Erg

    Erg

    6 abril, 2012

    Emociona y mucho, realmente así solo se comporta un perro. Es fiel hasta la muerte.

    • Profile photo of Kaztyr

      Kaztyr

      6 abril, 2012

      Como tu dices, así solo se comporta un perro… Muchas gracias por pasarte a leer y comentar, me alegro de que te haya emocionado :D

    • Profile photo of Kaztyr

      Kaztyr

      6 abril, 2012

      Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado ^^ Me pasaré por tu relato =)

  5. Profile photo of gllamphar

    gllamphar

    12 abril, 2012

    Precioso. En principio creo que le falta algo de ritmo. Hay palabras que parecen chocar unas con otras pero conforme avanza toma una muy buena velocidad. ¡Felicidades! :D

  6. Profile photo of Mariano

    Mariano

    5 abril, 2014

    Hola. Muy bueno, dramático y emotivo. Saludos. Mariano Nívoli.

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