A veces en mi baño se escuchan lamentos

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A veces, desde mi baño, se escuchan lamentos. Ya no salgo, curiosa, a ojear si hay alguien. Lo hice durante mucho tiempo. Hasta que identifiqué el sonido. Unas veces me parecía el cierre metálico de una ranurita. Otras, un suave suspiro. Y otras, el manso cauce de un río. Inmediatamente callaba. Nada más que yo abría la puerta. Del baño, digo. Fueron tiempos en los que me soliviantaba entrar en la ducha. Meterme en el baño. Con la puerta cerrada. Algo me daba miedo. Sentía una compañía en mi soledad. Una presencia invisible. Estuve a punto de pedir ayuda psiquiátrica. Pero un día descubrí la verdad. Coincidí en el ascensor con mi vecino de enfrente. Estaba a punto de cerrarse la puerta cuando entré. Él estaba dentro. No me esperaba. Al verme palideció, mirándome desde el fondo de sus ojos. Y lo supe. No estaba sola. Nunca estuve sola. Si antes, yo, no sabía nada, hoy, ya sé lo que oculta esa  oscura  velada en su mirada triste.

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