Indiana Jones y la escalinata de los sabios (parte 4)

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    LA ORDEN MOLITOR

     

     

    Habían conseguido dos caballos rozagantes de alquiler y en tanto ascendían por un sendero de montaña, la campiña suiza, verde cual una mesa de billar, iba quedando más y más abajo en el valle. El sol de la tarde, ya avanzada, se reflejaba en los picos más altos y las nieves eternas refulgían con sus rayos, convirtiendo sus cimas en faros naturales de inusitada incandescencia. En pocas horas más caería la noche y tendrían que dejarse llevar por las experimentadas bestias de carga.

    —No se preocupen —había dicho el propietario de las mismas, un granjero corpulento y de nariz colorada—, ellos conocen el camino de memoria. Son caballos experimentados. Han cruzado los Alpes prácticamente desde que nacieron. Los guiarán sin problemas. Van a sortear el puesto de aduanas a más de diez kilómetros por el Oeste y, una vez en suelo italiano, denles de tomar y comer que regresaran solos a sus caballerizas.

    El andar de los equinos era lento, pero seguro. Sus grupas se movían a un lado y otro, obligando a los jinetes a realizar un constante balanceo de izquierda a derecha, muy semejante al acunamiento que disfrutaban los bebes. En tanto que sus cabezas, de crines recortadas, subían y bajaban al ritmo de la montaña.

    El profesor Guaschino dormitaba de a ratos. Había que reconocer que el viejo era un hueso duro de roer. No cualquier hombre de su edad hubiera soportado el ajetreo de las últimas horas. Pero decidió no quedarse en Berna. Deseaba regresar a su país. Se sentía más seguro jugando de local. Tenía más recursos para enfrentar la amenaza de ese grupo de nazis irredentos. Por lo demás, no tenían de qué preocuparse. El lote de documentos y la pintura estaban a buen resguardo en una caja de seguridad numerada en un banco suizo.

    De ese modo, libres de peso y cargando sólo con lo puesto, podían moverse con mayor libertad. En lo referente al Sedán 1939, lo habían dejado estacionado muy lejos de la granja en la que alquilaran los caballos. Todo indicaba que Foscari disponía de un servicio de espionaje muy efectivo y que no tardaría en ubicar el vehículo, de por sí muy reconocible por sus magullones, abolladuras e impactos de bala en la carrocería.

    —Hay que saber desprenderse de las cosas que se quieren, doctor Jones —sentenció Guaschino antes de abandonar su carro—. A mi edad, más que todo.

    Indy no respondió, pero sabía que el viejo tenía razón. ¿Cuántas cosas que él había amado quedaron atrás, en su largo camino de 56 años de edad?

    Muchas; pero no se arrepentía de nada.

    Soportaron el paso de la noche y el frío con hidalguía. Ya el granjero había previsto unas frazadas para que se taparan los hombros y a la madrugada siguiente, tras cumplir con el compromiso de darles de beber y comer, soltaron a los caballos en la inmediaciones de un pueblito muy pintoresco.

    Les dolía todo el cuerpo, la caderas especialmente; por lo que decidieron caminar un poco y estirar los músculos, tullidos de tanto montar, antes de embarcarse en un bus local con dirección a Milán.

     

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    Residencia de Lépido Celinni

    A las afueras de Florencia, Italia.

     

    Mientras esperaba que los demás miembros de su grupo se congregaran en la sala principal de la casa, Celinni se calzó la caperuza color negro sobre su cabeza y estiró las pocas arrugas que se le formaban en el pecho. Estaba anhelante. Deseaba empezar con la reunión cuanto antes. Sir August lo había llamado por teléfono hacía cinco horas para anunciarle que la OperaciónGolondrinahabía comenzado y que todos los recursos de Los Coleccionistas debían ponerse a disposición de los camaradas a reubicar. Era una tarea ingente que les demandaría varios meses y, en cuyo proceso, seguramente muchos serían descubiertos y puestos bajo rejas. Un sacrificio necesario, pensó. Siempre alguien tenía que pagar el pato por los demás. De todos modos, estaba dispuesto a hacer lo imposible por rescatar de las manos de la justicia a la mayor cantidad posible de ex-camaradas en desgracia.

    Pero la reunión que había convocado en su mansión de campo se relacionaba sólo tangencialmente con el asunto que Pazzini dirigía desde el Vaticano. De hecho, el obeso cardenal no estaba al tanto de ella. Tampoco Reindhardt. Esos dos estaban tramando algo en privado. Lo sospechaba. Casi podría decirse que tenía certeza de ello. El lote XXIV no era lo único que les importaba rescatar. La pieza de arte sustraída, de la que no habían dicho nada importante, era el eje en el que giraban las preocupaciones de ambos. Pero no habían soltado bocado y a Celinni no le gustaba que lo dejaran afuera. Por ese motivo, y sabiéndose poseedor de cierta cuota de poder y técnicas misteriosas para recabar más datos, el florentino estaba preparado para empezar con un ritual en el que sólo participaba una vez cada dos años. Los neófitos del siglo XIX lo habían bautizado con el pomposo y tenebroso nombre de Misa Negra. Así aparecía consignado en varios libros de demonología. Pero ninguno de esos autores había participado nunca en una ceremonia de ese tipo, por lo tanto, hablaban guiándose de comentarios infundados; y eso, generalmente, llevaba a que exageraran algunas cosas y desconocieran el resto.

    La Misa Negra ocupaba un lugar destacado en los relatos populares de brujería. Parodia blasfema de la misa católica, era vista como una orgía de obscenidades morales y físicas, cuyo objetivo último era adorar y contactarse con el Diablo. Jules Michelet, el reconocido historiador del siglo XIX, la consideraba símbolo de la rebelión campesina contra la iglesia; el desafío dela Naturalezaal cielo cristiano. Quizás algo de eso había en los comienzos; pero Celinni estaba muy lejos de aquellas intensiones. Para él, la ceremonia era algo concreto, más elemental: una simple reunión de seguidores de un demonio físico y real.

    Siempre se había pensado que en los aquelarres[1] se celebraban ceremonias diabólicas, pero la misa negra como tal no se encontraba en ningún relato coetáneo sobre brujería, y el término empezó a usarse recién el siglo XIX, relacionado con el satanismo. Por ese motivo, para muchos no era otra cosa que un invento literario, una fantasía producto del morbo burgués y por lo tanto una falsedad histórica. Esa era la ventaja principal. Que todos creyeran en su inexistencia. Mientras nadie sospechara que reuniones de ese tipo fueran ciertas, los acólitos de las sombras estarían protegidos; en especial el doctor Celinni, Máximo Maestre de la denominada Orden Molitor; nombre que recibía la congregación de hombres y mujeres reunidos en torno a una moderna creencia de adoración a Satanás.

    Celinni no era un brujo, sino un agiornado satanista.

    Según solía contarles a sus más allegados correligionarios del culto, había descubierto su afición por lo esotérico en las barracas alemanas, que el ejército nazi tuviera acantonadas a las afueras de Roma, en 1941. Tras la finalización de la contienda, su interés por el poder de Satanás lo había conducido al desierto de Libia. Allí, en una eremita medieval en ruinas, en pleno desierto, se había iniciado de la mano de una viejo berebere  que conocía decenas de rituales que provenían de las tres religiones monoteístas del mundo: la judía, la católica y la islámica. Aislado de todo durante casi un año, y aprovechando el necesario anonimato que la ocasión ameritaba, había sido iniciado en las más antiguas invocaciones satánicas que se conocían. Y eran efectivas. Podía dar claro testimonio de ello. Muy pocas veces tomaba una decisión sin consultar al Maestro Negro; y eran esas reuniones anuales, que estaban a punto de iniciar, las más propicias. En ellas, tras cánticos que remedaban el Padre Nuestro, pero blasfemando contra el Hijo y la Madre de Dios, escupiendo sus imágenes y eyaculándole en sus rostros, los acólitos de El Malo eran testigos de profecías inquietantes, incluso de extrañas materializaciones ectoplasmáticas; a las que todos recibían con fuertes letanías de sumisa alegría.

    La Orden Molitor, así denominada en honor a un famoso satanista británico de principios de siglo, estaba compuesta por una docena de personalidades insignes de Florencia. Hasta el Presidente dela Cámara de Comercio de la ciudad era uno de los miembros fundadores, junto con Celinni. A ellos se les acoplaban otros hombres y mujeres de fortuna e influencias. No era un grupo cualquiera. Lo conformaban la crema y la nata de la sociedad florentina. En absoluto secreto, claro está.

    —Ya estamos listos, doctor —le anunciaron y Celinni alzó la mirada hacia el altar que se levantaba en el centro de la habitación, toda tapizada de seda roja.

    A cinco metros, sobre una plataforma muy pulida de mármol negro, el cuerpo de una mujer desnuda se extendía, cual larga era. Sus pechos turgentes se movían al ritmo de una respiración agitada. Apretaba los ojos con fuerza y se agarraba de ambos lados del altar con las manos crispadas y los nudillos blancos.

    —Tomen sus posiciones —ordenó Celinni.

    Caminó hacia la muchacha. Rodeó la mesa propiciatoria y, antes de detenerse frente a su abdomen desnudo, tomó un cáliz negro y prendió, a un lado y otro del cuerpo, dos cirios del mismo color. Uno de los doce participantes de la reunión apagó la araña eléctrica de la habitación. Todo quedó a oscuras, hasta que las velas generaron el acostumbramiento necesario. Recién entonces, la ceremonia se dio por comenzada.

    —¡Oh, Belcebú, Príncipe de los serafines, tú que estás cerca de Lucifer y de los nueve coros de ángeles caídos, te invocamos! —exclamó Celinni con los ojos cerrados, levantando la copa por encima de su cabeza—. ¡Oh, Leviatán, Señor del mismo orden, que tientas al pecado y contrarías la fe de los hijos de Dios, te invocamos! ¡Oh, Astarot, Balberit, Belias y Carreau, príncipes de la dureza, les rogamos canalicen nuestros pedidos al Gran Malo, al único y todopoderoso señor de los Infiernos!

    Era aquella una escena bizarra; primitiva. Cualquiera que la pudiera observar podría haberse transportado a una de esas ceremonias que se describían en las actas inquisitoriales del siglo XVII, cuando bajo tortura, los acusados de ser herejes, eran atormentados hasta declarar todo tipo de delirio que les sugirieran las morbosas fantasías de los sacerdotes del Santo Oficio. La única gran diferencia era que ese ritual pagano se estaba desarrollando en la vida real y no en la calenturienta cabeza de un monje sexualmente reprimido.

    Terminada de pronunciar la letanía invocatoria, Celinni inclinó el cáliz negro y dejó chorrear sobre el cuerpo de la chica una sustancia espesa de color carmesí. Era sangre. Sangre humana, producto de la colecta voluntaria que cada uno de los presentes había ofrecido, tras sendos cortes en la palma de sus manos izquierdas.

    La sangre derramada recorrió todo el abdomen; se introdujo por el ombligo, formando un pequeño laguito poco profundo, y adoptó una forma irregular en tanto se escurría hacia la zona púbica, mezclándose con el vello recortado que se asomaba tímidamente por entre las piernas bien cerradas.

    Celinni observó la mancha.

    Una extraña excitación le recorrió su bajo vientre y debió reconocer que estaba teniendo una fuerte erección.

    El ritual exigía ahora que se profanara una hostia consagrada.

    Desde el auditórium, un sujeto con capucha avanzó hasta el altar. Extrajo el símbolo de la eucaristía de su bolsillo. La mostró a todos y dijo, sin alterar su tono de voz, ni melodramatizar:

    —¡Éste es el cuerpo del “mal nacido”! ¡El que pervierte a los hombres de orgullo y los somete al hipócrita sentido del amor eterno!

    Extendió el brazo; mojó la hostia en la sangre y la depositó sobre la frente de la chica, que respiraba más agitada. Acto seguido, Celinni, el principal oficiante, se agachó y la escupió con todas sus fuerzas.

    —¡Oh, Gran Señor, guíanos!—gritó—. ¡Guíame hacia la verdad que necesito conocer, y me es vedada! ¡Enséñame tu sendero y pelearé por tus legiones, por tu nombre, por tu poder sobrela Tierra!

    Imperceptible al comienzo, una corriente de aire helado sacudió las llamas de los cirios encendidos. Celinni lo advirtió y se quedó mirándolos fijamente unos segundos. El resto de los presentes detuvieron la respiración y justo cuando estaban a punto de retomarla, el cuerpo de la muchacha tendida sobre el altar, empezó a elevarse muy lentamente; levitando, como si la consistencia de sus huesos y músculos estuvieran hechos de aire.

    Celinni retrocedió dos pasos. Sus pupilas brillaban por la emoción. Por segunda vez en toda su vida, era testigo de un acontecimiento que lo perturbaba y alegraba al mismo tiempo. Se había convertido en un canal efectivo. Finalmente lo había conseguido.

    La muchacha giró la cabeza hasta que su rostro, transfigurado en una mueca retorcida, quedó dirigido hacia el de Celinni.

    Sonrió con lascivia. Sacó la lengua. La pasó sobre sus labios, humedeciéndolos. Entonces habló con voz ronca.

    —Cerca y bien encaminados están del pórtico. Conocen el poder de la escalinata. Caminan hacia ella. Llegarán pronto. Detenerlos deberás en la montaña sagrada. Sólo así podrás imponerte al resto de los tuyos y siendo yo tu guía las posibilidades están de tu lado. ¡Apresúrate. Lépido! Vuelve a mi desierto y encuéntralos. Tienen las llaves y abrirán el portón de la luz. ¡Debes evitarlo! ¡Debes impedir que la Luz se derrame sobre las almas débiles para que yo pueda, al final de los tiempos, imperar por encima de todos, como Amo y Señor! ¡Recuérdalo!¡En el desierto!¡En la montaña escalonada está la clave!¡Sólo tú lo sabes, pero pronto otros lo sabrán!¡Bríndame libaciones, honores y las más lujuriosas fiestas!

    Los cirios se apagaron por completo.

    Alguien, atemorizado, prendió la luz y para cuando las bombillas eléctricas devolvieron la claridad al recinto, el cuerpo de la muchacha estaba otra vez depositado sobre el frío mármol del altar.

    Celinni no emitió ningún comentario. Se limitó a girar sobre sus talones, encaminando sus pasos en dirección a su oficina, en la otra ala del edificio. Pero antes de abandonar el recinto reclamó:

    —Ya lo oyeron: démosle lo que reclama por derecho.

    En esa oportunidad él no participó. La pista que le había dado la posesa ocupaba toda su atención. El oráculo satánico funcionaba en la práctica. Tenía que definir algunos de sus aspectos.

    Por lo tanto, únicamente el resto de los encapuchados participaron en la orgía.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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    TELL-UGAIR

     

    Ciudad de Bagdad, Irak.

    3 días más tarde.

     

    Apenas amaneció, la temperatura ya rondaba los 28ºC y para el mediodía superaba los 45ºC. Era un calor seco, sofocante, sólo atemperado por alguna que otra corriente de viento proveniente del Noroeste. El pronóstico no era nada halagüeño. Se esperaba una ola de calor hacia la tarde que haría trepar la escala mercurial hasta los cercanos 57ºC. Un verdadero infierno que aplastaba a los forasteros no habituados a él, obligándolos a permanecer en los ambientes ventilados de casas y hoteles.

    Hugo Guaschino apenas podía moverse. Recién cuando el sol empezaba a ponerse detrás del desierto —o en la madrugada— se lo veía activo y con algo de entusiasmo. El resto del día lo soportaba tendido en la cama de su habitación, debajo de un ventilador de techo, del que ya conocía al detalle cada una de sus aspas. Estaba arrepentido. No debería haber viajado a Irak. Ya era un anciano. No tenía que haber insistido en ir con Jones a ese rincón del mundo. Si su intensión era ayudar, se había equivocado. Más que una ayuda, era un estorbo.

    Indy, por el contrario, hacía caso omiso a las altas temperaturas, yendo y viniendo del Kashba —mercado central— al hotelucho de mala muerte en el que se alojaban, buscando el atajo que le permitiera desentrañar el misterio de la ubicación exacta del zigurat que trataba de identificar, en la dilatada y desértica geografía irakí.

    No era un asunto sencillo. Irak poseía una veintena de yacimientos arqueológicos con zigurats y explorarlos a todos les demandaría meses. Sólo quedaba un camino poco convencional: recurrir a un experto en rabdomancia, la mística técnica de encontrar cosas enterradas con una varilla de madera. Pero para ello, primero tenía que identificar el zigurat correcto. Sin ello, no se podía hacer nada.

    Después de horas de darle vueltas al asunto, y cuando el profesor Guaschino ya había bajado los brazos, Indy tuvo una de sus milagrosas explosiones de intuitiva genialidad, al observar la herradura que estaba apoyada sobre una mesa.

    El objeto se curvaba en una “U” perfecta. Poseía siete pequeños agujeros para clavos todo a lo largo de su cara externa e intercalados, entre cada uno de los hoyos, ya estaban perfectamente identificados seis símbolos cuneiformes de origen sumerio.

    Reconocía esa antiquísima y primigenia escritura, pero no sabía leerla ni traducirla. Tenía que buscar a un experto en la materia. ¿Dónde? Sabía que muchos viejos mercaderes de antigüedades en el kashba estaban acostumbrados a ella, ya que solían traducir constantemente pequeñas piezas de cerámica, que llegaban a sus manos. No fue difícil dar con el más reconocido de todos. Lo único malo había sido que lo citara a una reunión en su casucha a las tres de la tarde: la hora en que el sol caía sin misericordia sobre Irak.

    A menos de veinte cuadras del hotelucho, Indy se encontró con el experto. Era un sujeto enjuto, vestido al estilo islámico y con una larga barba negra que inspiraba muy poca confianza académica.

    —No es una frase —dijo entrecortadamente en inglés—. Es una palabra, pero está mal escrita. Le falta una letra: la “S”.—Sólo le bastó una ojeada rápida para ser tan concluyente—. Aquí dice “Kich”, señor.

    Indy dio un respingo. Se mordió el labio superior y acarició su barba blanca, de casi cuatro días.

    —¡Kisch! —dijo

    —Efectivamente.

    —¡La antigua capital del Rey Mesilim!

    El sujeto volvió a asentir.

    Indy se puso a andar por la habitación, atando cabos. Repentinamente se detuvo y miró al hombre fijamente. Los ojos le flameaban de emoción.

    —Necesito encontrar a alguien que sepa manejar a la perfección el arte de la rabdomancia. ¿Conoce usted a alguien?

    —Por veinte dólares más puedo informarle también sobre eso.

    Indy extrajo un billete de esa denominación y lo sostuvo a centímetros de la mano del irakí.

    —¿Es de confianza? —preguntó, impidiendo que los dedos del mercader tocaran el dinero.

    —Le confiaría mi propia vida —sentenció—. Sobrevive haciendo esas cosas desde muy joven. Es el mejor y más reconocido rabdomante del país. Las expediciones arqueológicas francesas suelen contratarlo desde hace más de treinta años, para encontrar agua en el desierto.

    —¿Cuál es su nombre?

    —Ibn-Basan. Es mi cuñado.

     

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    Entre el 2800 y 2750 antes de Cristo, la antigua capital sumeria de Kisch había oficiado como sede de poder del rey Mesilim, un lugal —gobernante— casi mitológico en los albores de la historia de Mesopotamia. Como vicario de los dioses, Mesilim había mandado a construir, durante su largo mandato, la torre escalonada con siete pisos superpuestos más impresionante de su tiempo. Conocida como el zigurat de Tell-Ugair, la estructura simbolizaba la montaña sagrada, centro del universo de la cosmovisión sumeria y escenario de los rituales más significativos de la sociedad. Según constaban en algunas pocas tablillas cuneiforme, en los días de gloria del monarca solían ascender hacia la cima, trepando los millones de ladrillos secados al sol, para alcanzar el santuario superior en el que se adoraba a las principales deidades del panteón: Utu, el dios solar; Nanna, la luna e Innana, la diosa del amor y de la fertilidad.

    Pero ya no quedaba mucho de todo eso. Los siglos, la falta de mantenimiento y las sucesivas invasiones y guerras, que soportara la región, habían convertido a la estructura en un romo cerro cubierto de arena, en el medio del desierto; prácticamente inidentificable.

     

     

     

     

     

     

     

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    TRABAJO DE SUPERFICIE

     

     

    Ibn-Basan era un hombre de mediana edad, unos diez años menor que Indy, y sumamente simpático. Alto, de cara chupada y brillantes ojos marrones, vestía una larga túnica blanca que le llegaba al piso y sandalias negras, desgastadas de tanto caminar el desierto. Siempre sonreía; no paraba de hacerlo. Se movía con seguridad y tenía amigos en todas las villas por las que pasaran, camino del zigurat. Lo saludaban, lo invitan a beber, lo querían y respetaban. Los veinte dólares que Indy había invertido para contactarse con él habían valido la pena.

    Cercana la medianoche, aprovechando el aire fresco del desierto y tras una hora y media de cabalgata, Ibn-Basan e Indiana Jones se apearon de los caballos y hundieron los pies en la arena. La planicie ondulada, libre de arbustos, sólo estaba salpicada por dunas que subían y bajaban, como si fueran parte de un océano congelado, iluminado por la la tenue luz de la luna en cuarto menguante. No corría nada de viento y el desierto, dilatándose en todas direcciones, se devoraba cada sonido que pudiera producirse. Era un lugar yermo, en apariencia muerto; sin vegetación, ni seres humanos habitándolo. Un sitio de incomparable belleza; inquietante y peligroso al mismo tiempo.

    Al levantar la vista, el firmamento, libre de cualquier fuente de luz artificial, desplegaba un manto de estrellas de inusitado fulgor. Parecían candelas colgadas del infinito, dibujando mil y una figuras imaginarias, que los astrónomos se empecinaban en desacralizar llamándolas constelaciones.

    Unos cien metros por delante, el desierto se combaba hacia arriba, generando una joroba redondeada que recortaba su silueta en el cielo de la noche. Era alta, regular, desgastada. Los restos de un mundo desaparecido hacía tiempo. El silente legado de una civilización ganada por el olvido, que se negaba a morir del todo. Allí estaba la meta final que Indy venía buscando: Tell-Ugair, el zigurat de la ciudad en ruinas de Kisch.

    Jones se quedó observándolo unos momentos, con los brazos puestos en jarra, tratando de imaginar cómo había sido esa plaza hacía más de cuatro mil seiscientos años. Recordó algunas de sus clases de arqueología en el Marshall Collage, cuando intentaba transmitirle a sus alumnos la devoción y trabajo que se ocultaban detrás de un aparentemente simple promontorio de ladrillos de barro superpuestos en dirección a los dioses.

    ¡Qué sociedad tan diferente a la suya! ¿Hasta qué punto estaba seguro de entenderla cabalmente? ¿Cuánto de aporte personal existía en la reconstrucción intelectual que los historiadores y arqueólogos hacían de esos sitios arqueológicos? ¿Los interpretarían correctamente? Muchos pensaban que sí. Él, por el contrario, dejaba abierta la puerta a la duda escéptica y a la posibilidad de reconocer, como lo había dicho el famoso ateniense, que “sólo sé que no sé nada”.

    Ibn-Basan se paró a su lado. Esperó que Indy le prestara atención y, tras una sonrisa de compromiso, levantó el brazo derecho y le mostró la vara de abedul con la que iniciaría la esotérica prospección del terreno.

    —Tiene que decirme primero qué es lo que buscamos, doctor Jones —señaló.

    Indy se acomodó el sombrero y volvió la vista a las ruinas.

    —Una entrada; un pasadizo. Algo que nos permita ingresar en el zigurat.

    Ibn- Basan movió la cabeza negativamente.

    —Yo no pienso ingresar en ninguna parte, doctor —dijo—. Si descubrimos algo, tendrá que hacerlo solo. Mis honorarios únicamente cubren “el trabajo de superficie” —señalo el irakí—. Además —agregó—, que yo sepa estas construcciones no tienen cámaras excavadas en su interior, como la pirámide de Egipto. ¿De qué clase de entrada me habla?

    Indy no andaba para clases magistrales. No pensaba explicarle cómo, ni porqué, alquimistas del siglo XVII creían todo lo contrario a sus sentencias. Lo miró a los ojos, sonrió y respondió con sarcasmo.

    —Amigo, limítese, como usted mismo dijo, “al trabajo de superficie”.

     

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    Hechos los preparativos necesarios, sólo restó observar cómo Ibn-Basan desplegaba su arte.

    Indy desempacó del caballo una pala retráctil y le pidió al prospector que iniciara la tarea para la que había sido contratado. Lo iba a seguir unos pocos pasos por detrás. No quería distraerlo. Recién entonces el irakí agarró con ambas manos los extremos de la rama en “Y”; puso el segmento más largo paralelo al suelo y extendió los brazos hacia delante. Semejaba un motorista encima de una Harley & Davison invisible al ojo humano.

    Empezó a caminar muy despacio; primero todo alrededor de la base del zigurat, que tenía aproximadamente unos ciento ochenta metros por cada lado. Sólo más tarde inició una gradual ascenso hacia lo que quedaba de la cumbre.

    Avanzaba paso a paso, conteniendo la respiración por momentos y con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. La vara de rabdomancia mantenía su posición; y si se movía un poco era por andar mismo de Ibn-Basan. No se advertía nada importante. Nada que impresionara a Indy sobremanera.

    Así transcurrieron las primeras horas; una a una. Lentamente; muy despacio. Con hastío y un creciente escepticismo por parte del arqueólogo.

    —La rabdomancia es un arte perdido, casi olvidado —había sostenido Guaschino antes de despedirlo en la puerta de la choza de barro en la que Ibn-Basan vivía y los hospedaba—. Muy pocas son las personas que conocen sus técnicas. No se confíe demasiado en este tipo, Jones. Todo lo hacen por dinero.

    ¿Había dado con la persona indicada o Ibn-Basan era una mero charlatán de feria? Sólo los resultados concretos responderían sus dudas. Debía seguir esperando. Ese era el único secreto en todo. ¡Lástima que la vida era tan corta!¡Cuántas cosas se podrían entender al detalle si se pudiera vivir millones de años!¡Cuántas menos abstracciones necesitaríamos para explicar el mundo! Tendríamos una conciencia geológica más que histórica; y los 10.000 años de civilización serían sólo segundos en el devenir de la vida del planeta. Pero, ¿qué animal podría soportar semejante martirologio? ¿El hombre? Seguro que uno normal, no. Si algo producía el disfrute de las cosas era, justamente, la pronta finitud de las mismas. Esa era una verdad sin discusión… ¿O se estaba auto-convenciendo  de ello para erradicar la angustia inconciente que nacía ante la sombra omnipresente de la muerte?

    Cavilaba en eso, desordenadamente, cuando la voz del rabdomante lo interrumpió con voz gruesa y clara:

    —¡Aquí! —exclamó—. Observe, doctor Jones. Es en este lugar.

    La rama de abedul se había empezado a mover. Subía y bajaba intermitentemente, sostenida por las manos firmes del irakí.

    La punta temblaba como si estuviera siendo atraída y repelida por algo que se ocultaba por denajp de la superficie de la arena.

    Entonces, de un solo golpe, la rama prospectora adoptó una perfecta posición vertical y su extremo más largo señaló un punto fijo y bien determinado en el piso.

    —Es aquí —señaló Ibn-Basan.

    —¿Está seguro? —inquirió Indy, antes de pensar en ponerse a excavar.

    —No hay duda, doctor.

    Y sin más, Indiana Jones se puso a cavar con fuerza.

     

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    Despejada la arena y las pequeñas piedras que cubrían ese sector del zigurat, Indy se topó con una gran laja cuadrangular de unos dos metros de largo. No tenía ninguna inscripción. Sólo un orificio, del grosor de un dedo y semejante a la cerradura de una puerta, interrumpía la superficie lisa de roca.

    —¿Es ésta la entrada que buscaba? —inquirió Ibn-Basan asomándose por encima del hombro de Jones.

    —Creo que sí —contestó—. Pero primero tenemos que sacar esta piedra para confirmarlo. Observe su contextura. Es diferente al la del resto de la construcción, hecha con ladrillos de barro secados al sol.—El irakí no respondió—. Deberíamos usar la pala y moverla de su sitio.

    Ibn-Basan mantuvo el silencio. Jones corrió la laja con gran esfuerzo hacia un costado. Transpiró mucho, se fatigó por tener ayuda y volteó para comprobar si su circunstancial compañero seguía detrás suyo.

    —¿Podría darme una mano, por favor? —preguntó con sensible ironía.

    Pero el rabdomante, de pie, miraba el desierto y las dunas circundantes ajeno a la pregunta, como si fuera un perro de vigilancia, alertado por algo.

    —¿Qué sucede? —volvió a demandar Jones.

    —¡Shhh…! —reclamó llevándose el dedo índice a sus labios—. No estamos solos.

    Indy se reincorporó de un salto y desenfundó de la cartuchera la Webley Mark IV.

    No podía ver gran cosa. Las dunas y la noche resguardaban de su vista la presencia de cualquier hombre que pudiera haber en la zona. Sólo la luna menguante podía considerarse una aliada.

    Entonces, repentinamente, sin que le dieran tiempo a nada, empezó el tiroteo.

     

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    A simple vista los agresores eran más de ocho; tal vez diez. Indy, agazapado tras un derruido muro del zigurat, apenas podía asomarse. Los fusiles no dejaban de escupir balas y con cada estallido, un fogonazo indicaba la posición que los recién llegados tenían en el desierto colindante. Así fue como calculó el número de tiradores, que desde las sombras lo sorprendieran a balazos.

    Ibn-Basan, echado a su lado y en estado de pánico, no entendía absolutamente nada. Estaba pasmado. Nunca en su vida le habían disparado.

    —¡Por Alá! —exclamó desesperado—. ¿Quiénes son estos tipos?

    —No tengo idea… aunque puedo sospecharlo.

    El musulmán no escuchó la respuesta. Una andanada de municiones golpeó muy cerca de sus cabezas. La arena, impactada por ellas, los salpicaba. Era una lluvia seca que anunciaba la llegada de algo más húmedo: mucha sangre. La de ellos.

    —¿Cómo vamos a salir de aquí? —sollozó, acurrucándose contra el piso—. ¡Van a matarnos!

    Ahora el que no escuchaba era Indy. Trataba de hacer una composición de lugar. Ver qué posibilitadas tenían de huir de ese sitio.

    Asomó la cabeza por breves segundos. Gatilló la Webley tres veces seguidas. Por un instante los disparos del otro lado dejaron de oírse. Al rato, se reanudaron con mayor virulencia.

    A menos de cuatro metros, la laja de piedra, impactada por numerosos municiones, había dejado abierta la entrada a un hueco oscuro, que se sumergía en las entrañas del zigurat. Tenía que alcanzarlo. Llegar a él. Fue cuando extendió brazo y puso la Webley en manos de Ibn-Basan.

    —Escúcheme con atención —dijo clavándole las pupilas—. Si nos quedamos aquí en poco tiempo nos rodearan y no tendremos posibilidades de salir con vida. Tenemos que correr un gran riesgo. Agarre mi revólver y cúbrame, sin dejar de disparar contra las dunas de enfrente, hasta que yo pueda introducirme por el hueco que descubrimos recién.

    —¡Pero no se ve nada!

    —¡Dispare sin apuntar! No importa. Sólo intente que ellos no tiren por un rato, hasta tanto yo llegue al hueco. ¿Comprendió?

    —Sí.

    —Una vez que esté allí, tíreme el arma. Yo la recogeré y lo cubriré para que me alcance en el agujero.

    El rabdomante asintió con la cabeza.

    —¡Ahora, dispáreles! —ladró; al tiempo que junto a la primer bala que salía de su Webley, daba un salto y se lanzaba a cruzar “la zona de la muerte” que lo separaba del foso.

    La agresión proveniente de las dunas cesó.

    Indy dio cinco grandes zancadas y se lanzó por el agujero, esperando encontrar una superficie segura para apoyar los pies.

    Tuvo suerte.

    Los agresores reiniciaron el ataque. Más balas. Más estallidos.

    —¡Basan!—exclamó Jones—. ¡Ahora!

    Ibn-Basan, arriesgando su cabeza, se paró. Apuntó y lanzó el revolver en dirección al hoyo.

    Indy levantó el brazo y manoteó el arma por la culata.

    La amartilló y empezó a disparar contra las sombras.

    Poco menos de diez segundos después, el cuerpo pesado del musulmán cayó encima suyo, rodando ambos por el piso de una cámara totalmente a oscuras.

    Lo habían conseguido.

    —¿Está bien? ¿Le han dado en alguna parte?

    —No lo creo. Me siento bien.

    —¡Perfecto! —exclamó Indy y extrajo se su bolsillo un encendedor Zippo con una hoja de trébol verde grabada en una de sus caras.

    Ya tenían una mini antorcha con la que guiarse.

    —Alejémonos de la entrada. Es peligroso. Sígame. Por lo que atisbo tenemos mucho por recorrer.

     

     

     

     

     

     

    18

    A LA LUZ DE UN TURBANTE

     

     

    El conducto se ensanchaba a sólo pocos metros de la entrada. Aumentaba también en altura. Se podía caminar sin estar encorvado, aún portando sombrero. Las paredes, de adobes milenarios, eran compactas y se notaba que habían sido perforadas con maestría, usando tecnología moderna, inexistente en la época en la que el zigurat fuera construido. Era una excavación muy posterior —en siglos— al renombrado rey Mesilim de Kisch.

    La temblequeante llama del Zippo iluminaba muy mal el pasadizo. Apenas se podía ver pocos metros por delante. Indy avanzaba a paso veloz. Quería tomar distancia del hueco por el que habían entrado. Sabía que en breve sus perseguidores los imitarían. Ibn-Basan lo seguía pisándole los talones. No terminaba de entender que era lo que estaba pasando. Lo que sí tenía claro era que los sujetos que los habían agredido en el desierto no titubeaban a la hora de apretar los gatillos y disparar a matar. Tenía que seguir al arqueólogo. No tenía opción.

    Caminaron por espacio de cinco minutos. Los pasillo subterráneos parecían no tener fin. Era el trabajo de ingenieros excelentes que sabían lo que hacían. No existían escombros en el piso y todo reflejaba una prolijidad intencionada, muy organizada y limpia.

    El cuerpo metálico del encendedor empezaba a recalentarse y las yemas de los dedos de Jones sufrían las consecuencias. Ya le costaba mantenerlo firme en la mano; pero siguieron avanzando.

    Diez pasos adelante, el pasillo se bifurcaba, a derecha e izquierda.

    —¡Joder! —murmuró Indy rascándose la barbilla.

    —¿Cuál recomienda, doctor Jones?

    —Dadas las circunstancias cualquier camino es bueno.

    —Elija usted, amigo mío.

    Indy lo miró.

    —Permítame el turbante.

    —¿Cómo dice?

    —El turbante.

    —¿Para qué lo quiere?

    —Para elegir mejor. Démelo, por favor.

    Ibn-Basan se quitó el tocado y lo entregó intrigado.

    Indy se agachó, levantó un pedazo de madera —seguramente el resto de una viga—, enrolló la tela al mismo e improvisó una antorcha mucho más poderosa.

    El irakí se quedó mirándolo en silencio. Indy le sonrió.

    —Así es mucho mejor, ¿no cree? —dijo y sin esperar respuesta reinició la marcha tomando la bifurcación que tomaba hacia la derecha.

    En ese preciso instante, los ecos lejanos de gente entrando en los pasillos llegaron a sus oídos.

    —Apúrese, doctor. Ya están adentro.

    Pero no era posible seguir más allá. A dos metros de distancia, una roca lisa, enorme, bloqueaba el paso.

    —¡Por Alá! —exclamó el rabdomante—. ¡No hay salida, doctor!

    Indy levantó la antorcha para ver mejor.

    La piedra, lisa en principio, no lo era tanto a medida que se acercaban a ella.

    —No desesperes —aconsejó Jones, al tiempo que observaba cada centímetro del bloqueo lítico.

    La pared presentaba una serie de incisiones muy desgastadas, apenas visibles con la luz de la antorcha. Sólo moviendo la luz del fuego era posible ver ciertos contornos, identificables únicamente a pocos centímetros de distancia.

    —Son símbolos… —explicó Jones—. Sobrerrelieves…

    —¡Doctor —reclamó Ibn-Basan con la voz quebrada—, esos tipos se nos acercan! ¡Puedo oírlos avanzar!

    Indy no contestó. Estudiaba las figuras. Entonces, con la velocidad de un rayo, metió la mano derecha en su bolso y extrajo la herradura.

    ¡Eureka!… Los símbolos eran idénticos.

    Sin mediar palabra, Indy apretó con fuerza aquellos que coincidían con los de la herradura.

    Las pequeñas porciones líticas presionadas se hundieron en la pared. Aquello era parte de un artilugio mecánico increíble.

    Indy se hizo hacia atrás justo cuando desde el interior de la gran piedra, colándose por los símbolos hundidos, poderosos rayos de luz compacta inundaban el pasillo, encegueciéndolos a los dos.

    Ibn-Basan dio un alarido de terror. Volteó sin pensar y salió corriendo por el pasaje, embargado por el miedo.

    Dos segundos después, se escucharon seis disparos e Ibn-Basan caía abatido con tres de ellos incrustados en el pecho.

    Indy respondió con la Webley. Sólo le quedaba resistir y mantener su posición; pero un sonido seco y fuerte obligó al arqueólogo a girar y observar como la gran piedra giraba sobre goznes invisibles, abriendo un pórtico que hasta hacia segundos no existía.

    Se acomodó el fedora y cruzó el dintel a toda velocidad. No había tiempo para pensar. Debía actuar. Mantenerse en movimiento. Alejarse de los sujetos que se le acercaban.

    No bien ingresó en el nuevo recinto, la roca se volvió a correr, taponando la entrada; separándolo de sus perseguidores.

     

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    Lépido Celinni se detuvo sobre el cadáver de Ibn-Basan. Observó las heridas mortales en su abdomen; amartilló su Smith & Wesson y con un gesto seco ordenó a sus nueve esbirros a seguir adelante, sin sentir culpa por la nueva muerte cargada sobre su conciencia.

    Los mercenarios que lo secundaban pertenecían a una tribu nómada que solía venderse al mejor postor. Casi en estado de inanición, no dudaban en inclinar sus fusiles a quien más pagaba. Y Celinni tenía con qué pagar.

    Varios metros más adelante, se toparon con un pasillo bloqueado por completo.

     

     

     

     

     

     

    19

    LA CÁMARA DE LAS ESTATUAS

     

     

    Una vez que la roca hubo bloqueado el paso de Celinni y sus secuaces, Indy Jones se vio de pronto dentro de un recinto de lo más extraño, iluminado por una fuente de energía desconocida, incandescente, que no dejaba un solo rincón sin luz; obligando a que el arqueólogo tuviera que entrecerrar sus párpados, hasta habituarse a la tremenda claridad.

    Cuando eso ocurrió, al cabo de unos minutos, Indy fue testigo de una escenografía recargada y bizarra que le cortó la respiración.

    Ante él se levantaba una plataforma alargada con tres escalones no muy altos. Sobre ellos, un altar construido con piedras planas y perfectamente redondas, unidas entre sí; y, por encima de todo el complejo, una mesa lítica, rectangular, con una tablilla de madera parada,  llena de inscripciones, cuyos textos —a la distancia— no podía descifrar.

    En la cara frontal de la mesa, perpendicular al piso y tallada en la piedra, Indy percibió la clara silueta de una herradura, apuntando sus picos hacia arriba. Levantó la herradura metálica que aún sostenía la y las comparó.

    Eran idénticas. Encajaban perfectamente una con otra.

    Un poco más atrás, a espaldas del altar, había tres inmensas estatuas de unos cuatro metros de alto cada una. Representaban un trío monstruoso. Eran los míticos protectores del lugar; deidades desconocidas emplazadas dos a cada lado de la  tablilla y una tercera —la más grande— cubriendo el centro.

    Estaban talladas en granito. Exhibían rostros con colmillos muy largos y miradas furibundas que inspiraban un respeto reverencial. Además, por lo que podía ver, no había ninguna salida visible del lugar. Era una cámara hermética, en el más amplio sentido de la palabra.

    Indy dio una paso temeroso y alerta hacia delante. Afirmó su pie derecho sobre el primer escalón y dejó que todo el peso de su cuerpo lo condujera hasta el siguiente peldaño. Pero algo ocurrió antes. Otro extraño mecanismo entró en funcionamiento y los acontecimientos se sucedieron con vertiginosa velocidad.

    El escalón que pisaba se hundió, haciéndole perder el equilibrio y elevando la grada siguiente casi hasta su rodilla. Un crujido descomunal inundó la cámara y las dos estatuas laterales de granito se movieron sobre sus bases, perdieron estabilidad y, como si fuera en cámara lenta, empezaron a derrumbarse hacia delante.

    Indy giró sobre su eje y dio un salto, esquivando la mole que se le venía encima; que cayó pesadamente contra el piso, partiéndose en mil pedazos a pocos centímetros de su cuerpo. La otra escultura imitó el recorrido de la anterior. Indy volvió dar otro brinco y la talla estalló muy cerca de sus pies.

    Una nube espesa de polvo cubrió todo. Cuando la sala se despejó un poco, Jones se plantó frente al altar para observar cómo la tercer estatua crujía como si fuera de papel y se abría en dos, dejando disponible —por detrás— un largo túnel.

    Había encontrado la salida.

    De dos zancadas llegó hasta la mesa, tomó la  tablilla, la metió en su bolso y encaminó sus pasos por el pasadizo secreto.

    ¿A dónde conduciría?

    Poco tardó en encontrar la respuesta.

    Tras una corrida de más de cien metros y un giro hacia la derecha, Indy se topó con una pared de adobes cerrándole el paso. Si aquello era una salida, la pared no debería ser demasiado gruesa.

    Eso pensó.

    Extrajo su revólver, lo cargó con nuevas balas, lo levantó y vació el cargador contra el muro.

    El barro seco se resquebrajó y profundos orificios debilitaron la estructura. Acto seguido, se acercó y le propinó con el hombro seis fuertes empellones. Al cabo de terminar con el sexto, la pared se desplomó hacia fuera.

    Indy rodó por el polvo y los escombros. Cuando se reincorporó, el desierto nocturno se extendía silente bajo las estrellas. Todo indicaba que había recorrido el zigurat de un lado a otro.

    Se sacudió el polvo que lo ensuciaba y con mucho sigilo recuperó el caballo, que seguía atado a la misma palmera en donde lo había dejado.

    Montó y se perdió en la oscuridad, a todo galope.

     

     

    20

    “TÚ TAMBIÉN, HIJO MÍO”

     

     

    Si puedes leer estas palabras, que te llevarán al recinto final en el que la Escalinata de los Sabios te eleve al más esclarecido de los conocimientos, eres un elegido que ha sabido seguir el camino correcto. Es ésta llave final, el corredor que te conducirá al Gran pórtico y de ahí al Anfiteatro de la Sapiencia Eterna en el que comulgarás con el Ser Primero como nunca nadie lo ha hecho antes. Eres un elegido, oh viajero; una verdadera herramienta de la divinidad. Bienaventurado por arribar a este recinto y merecido tienes conocer el lugar.

    “A pasos de la Puerta de Los Leones, en el recinto circular central, encontrarás a dos metros, el ingenio que te permita llegar a lo que tanto has buscado.

    “Sostén tus oraciones.

    “Sed puro como el agua.

    “Reverencia y teme a los mensajeros y, por sobre todo, no convoques a los himnos inferiores, que podrían trastocar por completo su esencia última”.

     

    Terminó de leer la tablilla montado en el caballo, a pocos minutos de llegar a la aldea en la que vivía la familia de Ibn-Basan y en donde el profesor Guaschino lo esperaba.

    El texto era claro y escrito en latín. La directa alusión a la Puerta de los Leones era una referencia inequívoca al antiguo emplazamiento griego de la edad del bronce, conocido mundialmente como la ciudad de Micenas. Allí estaba la entrada definitiva y final.

    Micenas… ¿Quién lo hubiera pensado? Había estado en ella hacía años; cuando era chico y recorría el mundo con su padre, mucho ante de que su madre falleciera. Todavía recordaba el impacto que le habían producido, a su curiosidad de infante, las enormes construcciones megalíticas del sitio. Y la puerta… esa puerta era inolvidable; bella y enigmática al mismo tiempo. Insondable y abierta a las interpretaciones más variadas.

    Micenas… ¡Qué ironía! Grecia volvía a reclamar su presencia después de tantas vueltas.

    El resoplido sediento del caballo obligó a que Indy volviera en sí; y al levantar la cabeza, observar la docena de casuchas, de adobe y paja, que se recortaban en medio de un desierto cercado por la nocturnidad.

    La claridad era escasa. Sólo un fogón a medio prender destellaba en lo que parecía ser la calle principal. A ambos lados de ésta, las viviendas permanecías a oscuras. Parecían inhabitadas. Pero no era así. Todos dormían a esa temprana hora de la madrugada.

    ¿Cómo encararía a la mujer del rabdomante? ¿Qué le diría? ¿Cómo explicarle que su marido había muerto por una cuestión que ni él mismo terminaba de entender por completo? Era una situación de mierda. Horrible. Pero no tenía otro camino más que golpear la puerta, narrar todo y así, fríamente, recoger a Guaschino y marcharse del lugar.

    Desensilló lentamente. Le dolía mucho el hombro derecho y estaba tan sucio como un cerdo. Deseba pegarse un baño, descansar en su casa, relajarse y recordar toda esa historia como si fuera el argumento de una película. Pero las circunstancias no se lo permitían. Seguía en medio del desierto irakí, cubierto de arena y polvo, cansado y perseguido por un grupo de nazis nostálgicos que querían matarlo a toda costa. Peor imposible.

    Pero siempre se podía estar peor. Era una irónica ley de la vida.

    No bien se acercó a la cabaña de Ibn-Basan y golpeó la puerta de madera, Hugo Guaschino la abrió, quedándose parado como estatua frente a él.

    —Profesor —expresó Jones, aliviado en parte por no toparse en primera instancia con la viuda—, lo logré. Conseguí lo que buscábamos —agregó, y una sonrisa ladeada le marcó la cicatriz que tenía en la barbilla—. Tengo ubicado con exactitud el sitio.

    Guaschino no movió un músculo y para cuando Indy amagó a sacar la Webley Mark IV, la peor de sus sospechas ya era un hecho.

    —No se mueva, Jones —anunció alguien por detrás suyo.

    Era una voz conocida, medida, casi elegante.

    Indy giró levemente la cara y con el rabillo del ojo distinguió quien era.

     

    ab

     

    Neutralizada por una fuerza armada de media docena de hombres, la aldea irakí se mantenía en absoluto silencio y total inactividad. Cada familia había sido obligada a permanecer en sus casas y nadie tenía autorización a circular por las calles de arena. El poder de los fusiles era en verdad convincente; máxime en una población de pastores desarmados que vivían en un estado casi de subsistencia económica y sin los privilegios de los adelantos técnicos de mediados de los años cincuenta. Podría decirse que el poder de Lorenzo Foscari en ese rincón del mundo era total.

    Cuando Indy reconoció el rostro del italiano no pudo contener un bufido que mezclaba rabia e impotencia al mismo tiempo. Ese tipo era en verdad persistente. Casi como él.

    Sin preámbulos ni saludos melodramáticos, Foscari le quitó la Webley de la cartuchera y metió su otra mano en el bolso que colgaba a un costado de Jones, extrayendo la tablilla. Entregó el revolver a uno de los esbirros que lo seguían y se apartó un par de metros para leer con fluidez el texto en latín. No le resultó para nada difícil. Conocía el idioma a la perfección. No de gusto era uno de los coleccionistas de arte clásico más conocidos del mundo de las antigüedades.

    Cuando terminó de devorar cada uno de los renglones, una sonrisa muy blanca le cruzó la cara. Dirigió la mirada a Indy y se le acercó.

    —Se lo agradezco mucho, doctor Jones—dijo—. Yo no hubiera podido recuperar esto con tan facilidad. Me alegro que lo haya hecho por mí.

    Indy iba a responderle, pero se oyó un disparo en el aire y el muro de adobe de la casucha se vio salpicado por una andanada de balas, provenientes del desierto.

    Sin meditarlo, se tiró encima del profesor Guaschino y ambos rodaron dentro de la vivienda, protegiéndose de la balacera que estalló en toda la aldea.

    Celinni y sus tribu de mercenarios habían rodeado el lugar.

    Foscari buscó refugio detrás de un bebedero para animales hecho de madera de palmera y desde esa posición, repelió el ataque con más tiros. Sus hombres hicieron lo propio, desde el lugar en que se encontraban.

    Los disparos eran secos y se podía escuchar con claridad cómo impactaban en los techos y paredes de las chozas, o se incrustaban en la arena que dominaba todo el lugar.

    Por espacio de media hora los agentes de Foscari mantuvieron sus posiciones. Celinni no se quedaba atrás. Si el problemas se mantenía por más tiempo, amanecería sin que se encontrara una solución y Foscari no desea que eso se convirtiera en una guerra de trincheras.

    Agazapado corrió hasta la vivienda más cercana. Dio un golpe a la puerta de madera, entró y tomó por el cabello a una mujer entrada en años, una vieja que gritó con el terror recorriéndole la vísceras.

    Un segundo después el guía que había contratado en Bagdad entró también, pisándole los talones, trastabillando y quedando desparramado en el piso a su lado.

    —¡Dígale que hable con esos hombres en su idioma! —le ordenó Foscari—. ¡Que los soborne! ¡Que les le pagaré el triple que el cerdo de Celinni!

    El traductor cumplió. La anciana se asomó temblando en la puerta, de milagro no fue alcanzada por una bala, que la estimuló a gritar muy fuerte la oferta del italiano.

    Un minutos después los disparos cesaron.

    ¿Habría tenido efecto la artimaña?

    Cinco minutos más tarde, se oyó un improperio agudo y al rato, Lépido Celinni era llevado desarmado y a los empujones, hasta la calle principal del villorrio.

    Foscari salió de la casucha.

    —“Tú también, hijo mío”… —ironizó mirándolo a los ojos—. Deberías elegir mejor a tus aliados, Lépido. Mira en que situación embarazosa te encuentras ahora. Desarmado por tus propios hombres, a merced de mi ira y con la traición sobre tu conciencia. ¿Qué pretendías? ¿Abrirte del grupo y no ser castigado? ¿Salirte con la tuya? Te juro que me sorprendió saber que eras tú el que andaba detrás de Jones. Nunca lo había imaginado. Pero Bagdad tiene tantas bocas dispuestas a hablar por un puñado de dólares que te sorprenderías. Eres un idiota.

    Y sin más, apoyó el caño de su pistola en la frente del satanista y le voló la tapa de los sesos.

    Celinni se desplomó de espalda y la arena se encargó de absorber la sangre que manó de su cráneo.

     

     

     

     

    21

    TRAMPAS ANTIGUAS

     

     

    Península de Argólida, Grecia.

    2 días después.

     

    Imponente, pétrea, guerrera.

    Así demostraba haber sido Micenas en sus días de gloria. Un importante bastión militar que desde el XIV antes de Cristo, y durante casi trescientos años, fuera capaz de conquistar, por las armas y el comercio, lugares tan distantes de la Grecia continental como Creta y Chipre. Silente, las ruinas eran sólo la sombra de su antiguo poderío. Aún así, frente a ellas era posible reconstruir mentalmente la sociedad conquistadora y violenta de su tiempo.

    Construida al noroeste de la península de Argólida, Micenas era la decana en una larga serie de ciudadelas, de la primera etapa de la historia griega; y por ello constituía una yacimiento de primer orden a la hora de conocer el origen cultural de los helenos. Aquea y dominada por un gobierno militar aguerrido, era la prueba palpable de una época insegura, conflictiva y de guerras permanentes, en la cual enfrentamientos, comercio y latrocinio se mezclaban obligando a levantar ciclópeas murallas entorno a las viviendas y palacios.

    Cuando el arqueólogo alemán Heinrich Schlieman la descubriera a fines del siglo XIX, había creído encontrar la legendaria capital del rey Agamenón, héroe ficticio del poema épico escrito por Homero —La Ilíada— en el siglo VIII antes de Cristo.

    La fortaleza, edificada sobre una colina aislada (acrópolis), adoptaba una tonalidad dorada al atardecer. Los mortecinos rayos del sol impactaban contra sus muros gigantescos, de cinco a catorce metros de espesos, como lo venía haciendo desde hacía más de dos mil quinientos años; y sus torres y bastiones, desgastados por la erosión, se revelaban inmutables, manteniendo el señorío de una construcción que los poetas antiguos decían había sido hecha por gigantes.

    Y gigantes eran en verdad los tres hombres armados que custodiaban los movimientos de Indy Jones a medida que el grupo, comandado por Foscari y Reindhardt, avanzaba por el camino de grava que conducía a la Puerta de los Leones.

    No era común, ni estaba permitido, que hubiera gente en el yacimiento arqueológico a esas horas. El Departamento de Antigüedades Griegas era celoso al respecto; pero la fama de Foscari —como especialista y coleccionista de arte clásico— lo precedía; de igual manera que sus dólares, para sobornar a los funcionarios que hiciera falta. Nadie los molestaría, ni levantarían quejas. Micenas era de ellos, al menos por veinticuatro horas. Era más que suficiente.

    —Deténgase aquí —ordenó el italiano.

    —¿Esa es la puerta? —inquirió Reindhardt.

    Foscari asintió con la cabeza.

    Indy sostuvo al profesor Guaschino, agarrándolo por el antebrazo izquierdo. El viejo mostraba señales de agotamiento. Octogenario como era, un viaje desde Bagdad en avión privado, sin escalas, y una inmediata excursión por un terraplén que se elevaba a cada paso, era demasiado.

    —Aguante, profesor —le alentó Indy—. Ya llegamos.

    Pero Guaschino, extenuado, no pidió permiso y se apoyó sobre una gran roca a tomar aire y descansar sus piernas.

    Nadie lo reprendió por semejante acto de independencia. Estaban extasiados ante el primer ejemplar de escultura monumental en suelo griego.

    La Puerta de los Leones era una estructura simple, formada por un umbral, dos columnas y un arquitrabe de piedra calcárea que exhibía sobre el dintel, a modo de blasón, dos leones tallados, uno frente a otro, en acto de adoración a una divinidad simbolizada por una columna de claro estilo cretense. Sus cuerpos tensionados mostraban energía y un vigor digno de las fieras que los mesopotámicos solían esculpir miles de años antes que esa puerta fuera construida.

    —Pocas veces una conexión entre culturas estuvo tanto tiempo a la vista de todos de manera tan clara —masculló Guaschino mirando la disposición y estilo de los felinos.

    Esta vez sí, Foscari le respondió.

    —¿No es increíble cómo todo va tomando sentido, profesor? Venimos desde la mesopotamia hasta este sitio para corroborar con esa talla de piedra, y sus formas, que estamos en el buen camino.

    —Recuerde que los caminos sueles cortarse cuando uno menos lo espera —agregó Indy.

    —¡No sea tan pesimista, Jones! —sonrió el italiano—. Usted es el “héroe” de toda esta historia. Debería estar contento. Como suele decirse: “No podría haber hecho esto sin ti” —ironizó—. Y ahora, señores, a buscar el recinto del que nos habla la tablilla que “encontramos” en Irak.

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    No tardaron en encontrarlo.

    A sólo ciento cincuenta metros, después de atravesar el leonino pórtico, un dromo o corredor excavado en la ladera de un cerro, conducía hasta otra puerta de forma trapezoidal que tenía un perfecto triángulo como ventiluz por encima del dintel. Era una típica tumba micénica, a la que los especialistas solían clasificar con el nombre de tholos. Una muestra de arquitectura evolucionada. El resultado de siglos de experiencia, ensayo y error.

    El corredor conducía a una habitación circular, cubierta por una cúpula de catorce metros de altura y un diámetro de idénticas dimensiones. Estaba revestida por grandes piedras cuadradas y —por lo que se podía observar— antiguamente pintada con fuertes colores, de los que ya casi no quedaban más que meros indicios.

    —La Cámara del Tesoro de Atreo —explicó Indy al atravesar la puerta.

    —¿Quién es ese? —inquirió Reindhardt, sorprendido por la perfecta juntura de las piedras.

    —El mítico padre de Agamenón y Menelao —intervino Foscari, igual de extasiado.

    —Sí, pero todos modos es una leyendas —aclaró Jones—. Esta construcción es cuatrocientos años más antigua que la fecha en la que vivieron esos personajes. No modifiquemos el pasado… como solía hacerlo su Führer —agregó, mirándolo a Reindhardt con antipatía.

    En ese momento el sol alargó más las sombras y los esbirros del conde prendieron sendas linternas apara ver mejor.

    —Muy bien, señores, aquí estamos —dijo Foscari contemplando la cúpula—. ¿Qué sugiere que hagamos ahora? —le preguntó a Jones.

    —¿No puede hacerlo sin mí? —sonrió Indy.

    Foscari levantó su arma y le apuntó a Guaschino a la cabeza.

    —Claro que sí—contestó—, pero no tengo ganas de pensar en este momento. ¿Quiere que lo incentive dándole un tiro a otro de sus amigos? ¿Eso serviría, doctor Jones?

    ¡Qué maldito! ¡Qué ser despreciable era ese aristócrata italiano!, pensó Indy. El muy cerdo conocía bien el paño. Sabía que los griegos antiguos solían instalar trampas mecánicas muy ingeniosas en sus complejos arquitectónicos, especialmente en los funerarios; y que muchos textos históricos hablaban de muertes terribles como producto de las mismas. Púas envenenadas, rocas que se desprendían aplastando gente, ingeniosos conductos de agua que ahogaban los profanadores, eran algunas de las muchas técnicas helenas que se consignaban en los documentos; y aunque sólo en contadas ocasiones los arqueólogos modernos habían sido sorprendidos por esos artilugios mortales, el peligro siempre estaba presente. Una vez más, las trampas del pasado se conjugaban para condicionar el presente, ahuyentando a los indeseables de los sitios sagrados.

    Foscari ordenó que sus hombres salieran del tholos y, junto a Reindhardt, se parapetó —arma en mano— en el marco de la puerta de piedra, dejando a Indy y Guaschino en el centro de la cámara.

    —Sírvanse —dijo arrojándoles una linterna—. Haga su trabajo, doctor. Justifique las horas de vida que les regalé.

    Foscari no bromeaba. Aunque su tono sonara risueño, la mirada del italiano inspiraba temor. Indy conocía de su sangre fría. Había visto con sus propios ojos cómo había asesinado al arqueólogo turco en Constantinopla. De seguro no dudaría en jalar del gatillo, volándole la tapa de los sesos a Guaschino. No había titubeado en Irak al matar a Ibn-Basan. No lo haría ahora.

    Tenía que pensar con rapidez. Atar cabos. Recordar frases, unir indicios. Lo primero que le vino a la memoria fueron las palabras de la tablilla que rescatara hacía dos días: “A pasos de la Puerta de Los Leones, en el recinto circular central, encontrarás a dos metros, el ingenio que te permita llegar a lo que tanto has buscado”.

    Ya estaba en el recinto, pero….¿dos metros? ¿A dos metros de qué? ¿De donde? ¿De profundidad?… Era imposible ponerse a cavar en el suelo del tholos.

    Tholos…

    Sí, por ahí podía develarse el enigma.

    Un tholos es una tumba.

    En un tumba hay muertos y los muertos… ¿dónde van los muertos?

    ¡Al cielo!… ¡Sí, las almas se elevan!… Van al cielo.

    Dirigió la linterna hacia arriba y recorrió con el as de su luz las piedras cinceladas que se elevaban, justamente dos metros, del nivel del piso.

    Todas eran lisas. Planas. Todas…. No. No todas. Había una, justo sobre el dintel de la puerta, entre el marco superior y el triángulo que hacía las veces de tragaluz, una roca que tenía tallado un ojo. Desgastado, casi invisible, pero ahí estaba. Era un aojos místico, un símbolo de sabiduría. Una llave quizás al conocimiento eterno que todos buscaban.

    Foscari reconoció algo en el rostro del arqueólogo y avanzó un paso.

    Indy atrajo al profesor Guaschino a su lado.

    —Sujéteme unos segundos, por favor. Flexione las rodillas y apóyese en la pared. Me pararé sólo un rato sobre sus piernas. Tengo que verificar algo. ¿Cree que podrá soportarme?

    El anciano lo miró frunciendo los labios. Por dentro aún se sentía de cuarenta años.

    —Hágalo —sentenció casi ofendido.

    —Tenga cuidado con lo que hace, Jones —agregó Foscari—. Cualquier movimiento extraño y son hombres muertos.

    Indy desatendió la amenaza. Colocó su pie derecho sobre la pierna de Guaschino y se impulsó hacia arriba, iluminando la piedra en cuestión.

    No cabía duda. Era un ojo.

    Lo recorrió por los bordes. Sopló el polvo acumulado. Sintió al anciano gemir por debajo suyo y cuando estaba a punto de bajar la vista para verificar el estado de su colega, Guaschino se combó hacía adelante. Todo el peso de Jones fue a parar contra el muro; pegó con el codo el centro del ojo y cayó pesadamente desde lo alto

    Entonces todo ocurrió.

    El umbral rectangular en el que Foscari y Reindhardt estaban parados, justo debajo del marco de la puerta, se elevó de un saque, impulsado desde abajo, catapultando a los dos reos dentro del tholos y bloqueando la entrada herméticamente; separándolos de los seis hombreas armados que quedaron, sorprendidos, en el exterior de la tumba.

    Indy no entendía lo que había pasado.

    Foscari se reincorporó de un salto. Iluminó a su enemigo al rostro y le apuntó la pistola directo a la nariz.

    —¡Maldito! ¿Qué ha hecho?… ¡Voy a asesinarlo, Jones!

    Pero un extraño ruido interrumpió el cordial monólogo que se estaba iniciando.

    Ambos, Foscari e Indy, buscaron con las linternas la fuente del sonido.

    Y la encontraron.

    Eran dos orificios, de grueso calibre, que desde el centro mismo de la cúpula del techo, expedían arena.

    Mucha arena.

    Toneladas.

    —¡Dios! —exclamó Guaschino—. ¡Vamos a morir todos asfixiados!

     

    ab

     

    En menos de cinco minutos la arena les llegó a las rodillas. Y seguía subiendo.

    Reinhardt había entrado en pánico. Golpeaba las paredes del tholos con desesperación. Gritaba en alemán. Casi sollozaba. Foscari hacía lo propio. Tenía la cara roja, los pómulos inyectados de sangre y las pupilas dilatadas por la escasa luz y el horror.

    Indy sabía que era imposible frenar ese drenaje. Los agujeros por los cuales se filtraba estaban a catorce metros de altura. Para cuando llegaran allá arriba, sus pulmones estarían llenos de arena. Si no ocurría un milagro, iban a morir.

    Pero Indy no creía en milagros. El destino lo construía uno mismo. Y si habían caído en semejante trampa, seguramente tenía que existir una salida.

    Fue cuando volvió a repasar en su cabeza las pistas que lo habían llevado a ese lugar de Grecia. La clave tenía estar en algún lado. De alguna forma debía existir el modo de frenar la arena. No podía ser sólo una trampa mortal. No después de recorrer medio mundo para llegar casi a la puerta de la sapiencia.

    Piensa

    Piensa… se dijo a sí mismo.

    Y como por arte de magia tres palabras estallaron frente a sus ojos. Tres palabras que había traducido del latín en el tablón robado del Vaticano. La primer consigna. La recomendación primigenia.

    Tres palabras que podían ser la clave de todo:

     

    Lavaos, sed puros”.

     

    ¿Qué podía significar eso es semejante circunstancia? ¿Una simple metáfora poética?

    Lavaos… Sed puros…

    ¿Pero con qué lavarse?… ¿Para qué?

    La arena aceleró su caída en menos tiempo del imaginado y a diez minutos de haberse iniciado el proceso, los granos molidos ya llegaban hasta el dintel de entrada.

    Guaschino luchaba por subir, evitando el peso de la arena acumulada en la parte inferior de su cuerpo. Todos hacían lo mismo. De hecho, subían junto con ella, tratando de conservarse arriba, la ascendente superficie que se elevaba más y más hacia la cúpula.

    “Lavaos, sed puros”…

    ¡Joder!, masculló Indy. ¿Con qué podía lavarse? No podía encontrar respuesta. ¿Bastaría una friega en seco?…

    En eso tragó un poco de arena y tosió.

    La saliva se desprendió por entre sus labios, quedando colgada de un hilo líquido y flemoso.

    Fue como un acto de iluminación budista.

    Ahí tenía lo que necesitaba. Su propio cuerpo segregaba la solución a todo.

    Abrió las palmas de ambas manos y escupió copiosamente en ellas. Luego la refregó con fuerza, limpiando los pliegues de sus dedos con el espumoso elemento.

    Ya estaba limpio.

    Se arrastró hacia el ojo tallado, que ya casi estaba tapado. Extendió los dedos y apoyó ambas palmas sobre el dibujo.

    Era puro. Y estaba limpio.

    Debería bastar.

    Y bastó.

    Repentinamente la arena dejó de salir por los orificios de la cúpula.

    —¿Qué demonios es lo que hizo? —inquirió Foscari semienterrado casi hasta los hombros.

    —Solucionar problemas —respondió Jones, sonriendo con engreimiento no disimulado.

    Pero los misterios de la cámara mortuoria no terminaban ahí.

    Un ruido seco, proveniente de los niveles más hondos del tholos, retumbó en el recinto.

    Al principio no sintieron nada especial, pero dos minutos más tarde, la arena adoptó la forma de embudo y empezó a chuparse todo hacia abajo. Era como estar en el interior de un antiguo reloj de sílice.

    El primero en ser tragado fue Reindhardt, seguido de inmediato por Guaschino, Foscari e Indy.

     

    ab

     

    Estar dentro de un remolino de arena, sintiendo que se es succionado hacia abajo, no era una de las sensaciones más agradables que Indy había experimentado en su vida.

    Trataba de no respirar y controlar su miedo de no salir nunca de ahí. Pero su cuerpo le decía que estaban cayendo, y que tarde o temprano esa caída tenía que terminar.

    Sólo era una cuestión de autocontrol.

    ¡Aguanta!, se dijo para sí. ¡Soporta un rato más!

     

     

     

    22

    SAPIENCIA ABSOLUTA

     

     

    Cuando se levantó del piso chorreando arena, vio al profesor Guaschino tirado a su lado, semiinconsciente y respirando con dificultad. El anciano tenía los ojos entrecerrados, los lagrimales sucios y su pecho subía y bajaba rítmicamente, mientras trataba de recuperarse.

    Indy se le acercó. Le quitó un poco de arena de los labios y ayudó a que se sentara. Recién entonces empezó a inhalar y exhalar con mayor normalidad.

    —Respire hondo. Tranquilícese. Ya pasó lo peor.

    Y dicho eso dirigió sus ojos hacia lugar en el que habían caído.

    Reinhardt y Foscari le daban la espalda. No le prestaron la acrecencia mínima atención. Ambos estaban anonadados por el espectáculo que se desplegaba ante ellos. En aquel momento Indy tomó consciencia en dónde se encontraban.

    Era un recinto enorme, iluminado por antorchas clavadas contra la pared. Losas gigantescas, perfectamente pulidas cubrían el suelo. Eran de mármol de Carrara, brillantes; y reflejaban la claridad de las llamas, triplicándola. Los muros, de roca tallada sin limar, trepaban hasta los veinticinco o treinta metros y, allá arriba, se combaban en un arco de medio punto formando una ojiva de estilo gótico, que recordaba los techos de algunas iglesias medievales del siglo XIII.

    ¿Qué era ese lugar?

    ¿Había llegado finalmente?

    Sólo una breve recorrida más con la vista y la gran duda que acosaba a Indy Jones fue respondida.

    A pocos pasos por delante de él, una escalinata anchísima ascendía hasta una puerta muy alta y cerrada, hecha de dura madera de ébano. Algo de claridad se colaba por sus hendijas, generando finos ases de luces que semejaban los rayos de un sol cálido tratando de colarse desde el otro lado.

    Contó y eran siete.

    Siete los peldaños.

    Y siete las palabras esculpidas en cada uno de ellos. Palabras en latín que reproducían las condiciones que Jones había leído en el tablón pintado que estaba depositado, a buen resguardo, en una caja fuerte de Suiza.

    No cabía la menor duda: estaba ante la mismísima Escalinata de los Sabios.

    La había encontrado.

    Se encontraba ante las puertas del Anfiteatro de la Sapiencia Eterna.

    En ese instante, Reindhardt volteó hacia él. Tenía la cara iluminada, sonreía y sus facciones eran las de un hombre enajenado, demente de poder. Dos metros más adelante, Foscari también giró y miró a Jones. Esta vez Indy advirtió que el italiano tenía un brillo extraño en su mirada. Si la deReindhart irradiaba locura, la de Foscari era una viva materialización de la más absoluta embriaguez e irracionalismo.

    El italiano no tardó en apuntarle con su pistola, que evidentemente no había perdido en el vórtice de arena.

    —¿Cuántos siglos hace que la humanidad buscaba este lugar, doctor Jones? —preguntó retórico, con tono melodramático—. ¿Cuántas almas quedaron en el camino antes de alcanzar este umbral de misterio y conocimiento absoluto?… ¿Miles?… No, nunca hubo tanta gente ilustrada; pero sé que fueron muchos.

    Indy no respondió. Estaba azorado. Su mente cavilaba alguna frase; algo qué decir para frenar a ese loco. Pero sabía que no iba a ser escuchado. Foscari destilaba entusiasmo. Se lo veía exultante. Se sentía un elegido. Un ser superior, casi un maestro de la alquimia.

    —Seré el primero en develar sus secretos, doctor Jones. y, como le dije antes: todo gracias a usted. Merece ser testigo de ello. Observe cómo adquiero el poder divino de la sapiencia. ¡Hasta redimiré a la humanidad de su pecado original! ¡Cuando atraviese ese portal, me retrotraeré al momento anterior a la Caída del Paraíso!

    Algo de todo ese discurso tenia cierta lógica bíblica, pero sonaba como el parloteo de un desequilibrado.

    Entonces, Foscari trepó el primer peldaño.

    —No se lo recomiendo —alegó Indy con gravedad en su voz—. Puede ser muy peligroso para todos.

    —¡No para mí! —respondió el conde y subió tres escalones más.

    “Sostén tus oraciones.

    “Sed puro como el agua”.

    Eso sostenía el texto encontrado en Irak y Foscari no cumplía con ninguno de los dos requisitos.

    Indy tembló por dentro.

    ¿Qué podría suceder si ese impuro abría la puerta? Recordaba los furiosos fenómenos que se habían desatado, hacia décadas, cuando los nazis habían destapado el Arca de la Alianza en aquella isla del Mediterráneo[2]. De seguro esta vez no iba a tener tanta suerte.

    Amagó avanzar hacia la escalera, pero Reindhardt se le abalanzó encima; lo empujó contra pared y con el antebrazo le presionó el cuello.

    No dejó que la furia que crecía se calmara. Sin esperar un segundo, lanzó un rodillazo contra la ingle del alemán y cuando lo tuvo medio corvado delante suyo, le aplastó los dos puños en la nuca, dejándolo desparramado en el piso.

    —¡Esto es por los viejos tiempos, nazi de mierda! —ladró encrespado de rabia.

    Levantó la vista.

    Foscari estiraba el brazo para abrir el pórtico.

    —¡No lo haga! —volvió a exclamar Indy; y justo cuando empezaba a subir la escalinata, el profesor Guaschino, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se le interpuso en el camino, frenándolo, al sujetarlo de la cazadora de cuero.

    —¡No vaya, Jones!… ¡No suba! —rogó el anciano.

    En ese mismo instante, Foscari hizo crujir los goznes del portón.

     

    ab

     

    Desde la más remota antigüedad, los filósofos y sabios definían la eternidad como un lugar sin tiempo; como un punto central desde donde se podía observar el pasado, el presente y el futuro, conociendo lo sucedido, registrando lo que pasaba y teniendo absoluta certeza de lo iba a ocurrir.

    Eso fue lo que Foscari experimentó al atravesar el umbral.

    Una niebla densa lo sumió casi en la más absoluta oscuridad y las luces de todo el universo impactaron en sus ojos, encegueciéndolo. Pero la dolorosa sensación duró muy poco. Segundos después de aquel flash de colores, su cuerpo se sintió flotar en la nada. Era liviano. Grácil. Como una nube, sobrevolando por encima de un paisaje que no reconocía.

    De a poco, sus pupilas fueron detectando figuras y contornos. Las veía desde arriba, desde abajo, desde los costados. Todo al mismo tiempo. Un panóptico perfecto. Omnisciente, divino.

    La masa corporal del italiano parecía haberse evaporado. Flotaba.

    Le costó, en principio, adaptarse a esa mirada totalizante. Pero a los pocos segundos, las formas sombrías que volaban en círculo, se fueron aclarando hasta tomar el aspecto de personas y paisaje, objetos e ideas.

    Un vórtice de sucesos pasados, de pensamientos y secretos insondables, se le hacían claro ante los ojos y ante su mente, expansionada al infinito.

    Vio su parto y a su madre. Vio su primer libro y su primera estatuilla de colección. Sintió el olor a gardenias del patio de la casa de su abuela y los rostros felices de ciertos amigos, que había olvidado.

    Volteó la cabeza para otro lado del círculo y alcanzó a divisar a la única mujer que había amado, cuando tenía dieciocho años. Sus curvas. Su boca. Escuchó su voz. Y su auto de la juventud. Hasta experimentó la sensación del aceite corriéndole por dedos cuando, en una ocasión, se había roto el filtro del motor, en un viaje a la playa.

    Podía ver todo.

    Con un pestañeo lo vio al Führer en su casa, en la intimidad y lo escuchó. Conoció sus pensamientos más profundos, más privados. Y lo mismo pasó con César, y con Napoleón, con Cristo y Mussolini.

    Todos los mapas del mundo se gravaron en su mente. Y entendió todas las tácticas y estrategias desde el paleolítico hasta una guerra que desconocía y que, con seguridad se libraría en el futuro.

    Hacía él quería ir. Y con sólo desearlo, el carrusel de imágenes giró y desde el centro en el que se encontraba, vio aviones a chorro, y misiles poderoso sobrevolar un golfo enorme, destruyendo la ciudad que hacía sólo días había recorrido: Bagdad.

    Y vio a Jones. A Indiana Jones de niño viajando con un hombre alto, vestido de tweed y sombrero inglés. Era el padre de ese cerdo. Se los veía felices, aunque distantes. El viejo tenía muchas cosas en mente y se arrepentiría en el futuro de no dedicarle más tiempo al pequeño.

    Entonces, un entierro. Una madre que moría y un niño que lloraba.

    Los paisaje de todos los tiempos brotaron de la nada. Vio como se formaban los Alpes y los Andes y los Apeninos, incluso los Himalayas.

    Y siguió.

    Aprendiendo.

    Conociendo. Sintiéndose casi un Dios. Y de pronto, desde la nada, del círculo exterior, una silueta.

    Negra.

    Espesa.

    Que se le acercaba, rompiendo con la experiencia que hasta ese instante había sentido. No respondía a sus dudas. No era posible descifrarla ni controlarla.

    Se le acercó más.

    Y más…

    Y ya a centímetros de su rostro, una cara que conocía muy bien cobró forma. Una forma demoníaca, salvaje. Dispuesta a devorar el alma, el cuerpo y todo lo que pudiera ser devorado.

    Recién entonces la reconoció.

    Lépido Celinni, convertido en un ser monstruoso, le cruzó el cuerpo con una garra filosa que sobresalía de sus manos.

    Era el demonio mismo. La serpiente bíblica, que reclama una venganza que sólo en ese sitio podía hacer realidad.

    ab

     

    Indy oyó el alarido y se le heló la sangre.

    No dejaba de mirar el pórtico, que explotaba con luces fortísimas.

    —¿Qué fue eso, profesor? —le preguntó a Guaschino.

    El viejo lo hizo hacia atrás. No deseaba que el arqueólogo intentara siquiera subir esos escalones.

    —La segunda Caída, doctor.

    No había terminado de pronunciar esa respuesta cuando una cabeza tronchada salió despedida por la puerta, recorrió el aire a velocidad increíble, rebotó en los siete peldaños y terminó depositándose en las puntas de los zapatos de Indy.

    Jones bajó la vista.

    —¡Dios! —exclamó, retrocediendo otro paso.

    Era la cabeza decapitada de Foscari. Babeante. Desencajada. Monstruosa.

    Algo era evidente; el conde no reunía las condiciones para entrar en el Anfiteatro de la Sapiencia Eterna.

    Y de pronto, las antorchas se apagaron y todo quedó sumido en la más absoluta oscuridad.

    Pero Indiana Jones no sintió miedo.

    Tenía el alma en paz después de muchos días de jaleo.

     

    ab

     

    El amanecer de aquel nuevo día sorprendió a Indy de rodillas junto al cuerpo inerte de Hugo Guaschino. El viejo no había soportado el ajetreo final y su corazón dijo “basta” iniciada la madrugada. Murió en los brazos del arqueólogo sin decir palabra y con una apenas dibujada sonrisa en sus labios. Tenía una mirada serena y sabía que con su muerte silenciosa posponía, para un futuro incierto, la potencial nueva búsqueda de la escalinata mística. Parte de los secretos se morían con él. La otra parte quedaba resguardaba por la conciencia del doctor Jones que, estaba seguro, la cuidaría con su propia vida. El hecho de no haberle dado nunca el número de la cuenta y caja de seguridad del banco de Suiza, era lo único que le permitía morir en paz. La plancha de madera pintada con la que se iniciara todo estaba a buen resguardo. Nadie podría sacarla de ahí sin orden judicial; y eso sólo podía ocurrir después de transcurridos ciento cincuenta años. En verdad eran previsores esos banqueros suizos.

    Cuando Guaschino dio el último suspiro, Indy apoyó su cabeza en la tierra y observó por unos segundos el cielo anaranjado de la alborada. Estaba en medio de un campo lleno de ruinas. Los suburbios de Micenas, a centenares de metros del tholos y en una zona que originariamente había congregado a los campesinos que alimentaban la antigua capital. Algo los había trasladado a ese lugar. Algo que no recordaba; ya que después del apagón, su conciencia se vio enturbiada por un mareo profundo que olía a gardenias y pimpollos de jazmines.

     

     

     

     

    23

    EPÍLOGO

     

     

    Ciudad del Vaticano, Italia.

    24 horas más tarde.

     

    Sir John August se acomodó en el sillón del lujoso salón de recepciones y prendió un cigarrillo, muy a pesar del cartelito que había sobre el escritorio del Cardenal Pazzini y en el que podía leerse “Prohibido Fumar”.

    Al escuchar el ruido del encendedor, el obeso sacerdote levantó la vista del expediente que ojeaba y lo miró fijamente. August creyó que lo iba a reprender.

    —No se haga problema —sentenció Pazzini—. Tenemos otros problemas más importantes por los que preocuparnos—. Señaló los tapices que adornaban las paredes de la sala y agregó:—Dicen que el humo les hace daño. ¡A cagar con el humo! Déme uno. ¿Son rubios, verdad?

    El inglés extrajo la marquilla de tabaco ruso del bolsillo y le extendió uno a su anfitrión.

    —No debería apoyar a la industria del enemigo, sir John… —bromeó Pazzini al detectar el origen del cigarrillo.

    —Si fuera sólo por esto, no sería nada. Nuestros enemigos no son las tabacaleras soviéticas, cardenal. Y eso usted lo sabe muy bien.

    Pazzini se recostó en la butaca de felpa roja y apoyó las manos sobre su abultado abdomen.

    —Por lo pronto la reubicación ha empezado y eso, de por sí, ya es un logro. Sin el lote XXIV nadie tiene elementos para encantarlos, ni seguir sus rastros. Y sin el tablón, mi participación en la “Ruta de las Ratas” queda absolutamente limpia de todo pecado —río—. ¿Qué hará usted?

    —¿Yo?… Regresar a Londres, a mis tareas cotidianas y monitorear que nuestros amigos terminen de instalarse en sus nuevas residencias. Ya con eso tengo, al menos, dos años de trabajo pesado.

    —Hágalo a conciencia, Sir John —dijo y le extendió la mano.

    El inglés se puso de pie y apretó la diestra del cardenal.

    —Eminencia, espero no verlo en mucho tiempo.

    —Y yo espero no verlo nunca más —respondió Pazzini con una amplia sonrisa—. Eso será una señal de que todo marcha bien en nuestros asuntos, ¿no cree?

    August retiró su mano. Giró sobre los talones y salió del despacho.

    Angelo Pazzini se inclinó hacia el expediente que había leído; tomó un sello y lo estampó en el ángulo superior derecho de la primera hoja.

    ARCHIVAR / DESAPARECIDOS, decía.

    Eran los legajos personales de Lorenzo Foscari y de Josef Reindhardt.

    En ese mismo instante, pero a kilómetros de distancia, Indiana Jones embarcaba en el aeroplano que, desde Atenas, lo llevaría a Estados Unidos y a su cátedra de Arqueología Teórica en el Marshall College.

     

     

    FIN


    [1] Aquelarre: reunión de brujas en las que se adoraba al Diablo.

    [2] Véase: Black, Campbell, Los Cazadores del Arca Perdida, Editorial Planeta, Barcelona, 1981.

     

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