Obediencia

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    No tenían derecho a obligarlo a realizar aquella tarea. Podían hacerlo, pero no era justo.

    Repasó una y otra vez las órdenes que figuraban en el papel. Y cada vez que llegaba al final de la hoja, su enojo era mayor. ¿Qué se habían pensado? ¿En nombre de qué trasnochada autoridad dictaban ese tipo de órdenes? La creciente rebeldía le hacía temblar las manos y caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación, como una fiera enjaulada.

    Se dirigió hasta el mueble — el único que había, aparte de la cama — sucio y desvencijado. De un estante, tomó una botella, de la cual bebió directamente, a grandes tragos, pasándose luego el antebrazo por la boca, para restañar los restos de bebida que caían por sus comisuras.

    Pensó en ellos. En aquel mismo momento, estarían frente a todos los medios de prensa, explicando — a su manera— la situación. Ante tanta falsedad e hipocresía, se le revolvió el estómago. Volvió a tomar la botella y la apuró hasta la última gota.

    Puso un momento su mano contra el pecho, sobre el bolsillo de la camisa, donde siempre llevaba una fotografía de su familia. Era una forma de no desprenderse totalmente de la realidad. Era un hilo delgado, que lo tironeaba desde el fondo de aquel horror, y lo elevaba, apenas, sobre la frontera de la locura.

    Miró sin ver, por última vez, aquel maldito papel. Luego lo arrojó al piso, tras acercarle un fósforo encendido. Esperó hasta que las cenizas se esparcieron por la pieza, empujadas por el viento frío que entraba por debajo de la puerta.

    Se dirigió nuevamente al mueble y tomó la pistola. Como un autómata, la revisó y la cargó. La colocó en la funda que llevaba a la cintura y salió afuera.

     

    Enfrente, a pocos metros, en un hediondo cobertizo que hacía las veces de calabozo, el hombre lo vio venir y comprendió. Lo miró con lástima, sin miedo, con la firmeza de quien sabe que ha cumplido hasta el final.

     

    El único árbol que había en aquel páramo se estremeció con las dos primeras detonaciones. Una paloma blanca, que anidaba entre sus ramas, voló, asustada, y se perdió hacia el horizonte.

    La última detonación quebró nuevamente el silencio y su eco se disolvió en el aire.

    La calma lo cubrió todo, como un sudario que ahogó el gemido de la tierra que, en dos lugares, se fue cubriendo lentamente de rojo.

    Comentarios

    1. Avatar de Amerika

      Amerika

      24 abril, 2012

      Estremecedor y un toque de buen suspense…gracias Hugojota por compartir.
      Un saludo!

    2. Avatar de VIMON

      VIMON

      24 abril, 2012

      Un relato muy estrujante. Felicitaciones y saludos.

    3. Avatar de oscardacunha

      oscardacunha

      24 abril, 2012

      Relato negro Hugojota.
      Me ha gustado, gracias por compartirlo.
      Un saludo

    4. Avatar de

      volivar

      16 junio, 2012

      Hugojota: qué relato, amigo; tienes a uno al borde de sillón, esperando a ver que hace el sujeto con la pistola.
      Excelente, maestro, buen estilo, y perfecta ortografía. Mi admiración y mis respetos para tan gran escritor.
      Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México) Mi voto; un poco tarde, pero que demuestra mi entusiasmo por encontrar a un maestro en literatura.

    5. Avatar de El Moli

      El Moli

      10 septiembre, 2012

      Hola Hugo, no había leído esta entrada, de casualidad hoy la veo y me impactó. ¡Que buen relato! Tarde pero igual le doy mi voto.
      Un abrazo amigo.

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