Su aventura sigue acá o El chico y su corazón de cartón

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    Hierve de rabia constantemente. “ Ese hombre”, llama a su padre cuando habla con su madre, demasiado lleno de odio como para darle un nombre.

    INFANCIA -  J.M Coetzee

     

    Y acaso se preguntaba el flaco de cabello corto, qué era lo que le pasaba, acaso una enfermedad incurable se estaba apoderando de su frágil cuerpo, quizás esos ojos cafés sólo fueron una tentación del diablo, de ese vil ángel que traicionó a dios.

    Eso pensaba y repensaba el flaco Manuel,  en su cuarto con la cabeza casi a explotar por el remolino rugiente que llevaba en su corazón. Ese remolino, tenia nombre y apellido. Manuel, se había fijado en Edgar, el chico reilón de la clase de francés. Y cómo descubrió eso, cómo pudo ocurrir tan derrepente en está Lima tan sobre poblada de mujeres guapas.

    Se habían mirado unas cuantas veces en la clase de educación física, cuándo los dos se quedaban más de la cuenta para danzar al  ritmo pelotero de moda. Se demoraban, para mirarse, para reírse más de la cuenta, para mostrarse sus bóxers llenos de púber calcomanía.

    Pero ese ardor ingenuo cambió del todo cuándo en un desesperado rapto de locura gitana, Manu tan inocente él, espero y espero a que Edgar decidiera no ir a la fiesta de promoción y en cambio le ofreciera una cena inolvidable en su casa de la Molina que estaba sola. Pero eso jamás sucedió, jamás apareció ante su puerta de cedro el galán de sonrisa coqueta. Después el buen Manu se enteró que estaba con la niñita guapa de turno. “No es justo” pensaba, no era justo que juegue con sus sentimientos. Carajo, él tenía derechos, tenía todos los mismos derechos de besuquearse con Edgar. Así que en un arrebato de  locura rosa, lo invitó a jugar futbol en su casa. Miente, miente descaradamente y se miente a él.

    Llegó Edgar, con su short azul, con sus zapatillas blancas y su melena rubia con su piel canela que se volvía miel ante los ojos asombrados de Manu. “Dónde están los demás”, pregunta el chico con voz tierna, “No han venido”, sigue mintiendo Manu.  Llegan a su cuarto con la intención de jugar cartas o play station, tan de moda en la época.  Y ahí asalta su corazón, ahí asalta  la angustia del enamoramiento, ahí asalta el despecho de verano, y le reclama, tal por cual cosa, le dice que no es justo. Se acerca, lo besa, siente sus labios tibios, como luna caliente, siente el sabor de su Ken que se asusta y tiembla, siente el animal del short azul que se desata lentamente bajo la mano torpe de Manuel. Edgar lo coge, y lo empuja, “Maricón de mierda”, le grita rojo de la rabia. Pero él sabe que no es maricón, sólo es un chico enamorado. Se queda pasmado en su cama con el colchón caliente de tanto amor, y suspira. Sabe que ese chico no será más su amigo, que no regresará, que se perderá en los azules cristales de las calles, que tendrá novia. Pero jamás olvidará al chico que le dio un beso, piensa mirando el techo celeste.

    “Salud”, me dice Manuel, contándome su experiencia juvenil. Y ahí estoy yo, riendo como loco tras fijarme en sus ojos y saber que no me miente, y ahí está él con un libro de Josefa Parra, con un jean pegado, más de lo normal, con sus zapatillas blancas como la nieve- impecables- y con su camisa rosada, brindando porque en estos días se va a España, se va hacia una aventura. Y me dice “salud “ y  parecemos dos comadres, tomando y hablando. Ahí está Manuel conmigo, celebrando su viaje, su libertad y su alma mochilera.

    En eso entre la música de Bosé y la botella de güisqui, camina hacia nosotros, un chico, alto, delgado, con el cabello tieso de tanto gel, con el polo de  James Dean, y con cigarro en la boca, se acerca a Manuel, éste lo ve, se queda paralizado, torpe, idiota. Lo abraza como si fuera su hermano, como si fuera una bendición encontrarlo. El chico misterioso no era más que el mejor amigo de su colegio, el amigo también de Edgar. Le pregunto qué pasó con Edgar, qué paso con el chico rubio que escandalizó tan torpemente el corazón cartón de mi amigo. Hace un silencio, se sirve un güisqui y ríe. Edgar se volvió bisexual y vive en Miraflores cerca del icpna con su hermana. Manuel toma un trago y abre la boca, pide detalles, pero éste sólo le da un número de teléfono y le dice, pregúntaselo tú mismo. Y se ríen las dos locas de la risa, y yo río y presiento que Manuel ya no se irá a España tan solo o quizás no se vaya tan pronto, y en Lima encuentre la aventura que su corazón buscaba. “Salud”, dice Manuel alzando la botella de etiqueta negra de la mesa que tantas anécdotas habrá escuchado.

    Comentarios

    1. Avatar de nanky

      nanky

      25 abril, 2012

      Interesante relato, bien llevado. Felicitaciones y gracias por compartir.

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