El dilema de Lena

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    Ataviada con sus mejores galas color plata y luciendo esa larga y espesa melena castaña, esa sonrisa blanca y resplandeciente, se dirigía, como casi todos los días, a la panadería que había tres calles más abajo de su casa, a comprar pan de leña (que tanto le gustaba a su padre). Lena, como así la llamaban sus conocidos, llevaba 3 semanas en paro. A sus veinticinco, el único puesto de trabajo que había tenido era el de subcoordinadora y gerente de una galería de arte, en Madrid. Estuvo dos años y medio. Tenía un cargo irrisorio e insustancial, a pesar de la gran preparación y cualificación profesional que tenía, todos se lo decían.

    Desde muy pequeña había sido una magnífica estudiante, la primera de la clase. Es más, la nota media que obtuvo al terminar el bachillerato de ciencias tecnológicas y de la salud junto con la que obtuvo en selectividad fue de un 9.9.

    Ya, sé lo que estás pensando, ¿y cómo alguien que obtiene tantísima nota en un bachillerato tan difícil se va de pronto a la carrera de bellas artes? Sinceramente, nadie lo sabe. Lo que sí sé, es lo poco que tardó en decidir qué camino quería seguir en la vida, tardó exactamente media hora después de enterarse de su nota en selectividad. Aunque la verdad, siempre había demostrado tener dotes para las artes, la pintura, la fotografía, había participado en un taller de alfarería en el colegio, hasta incluso le dieron un premio de 5000 pesetas. Ganó varios premios escolares en concursos de relatos y cuentos que se solían celebrar en la semana cultural del cole. Simplemente había nacido para esto. ¿Que por qué entonces no estudió el bachillerato de arte? pues porque no quería sentirse limitada a la hora de elegir su camino y el que más puertas abiertas le brindaba era el que había estudiado. Y así lo hizo.

    Con veinticinco años ya tenía un Máster de Diseño Gráfico y un Máster en Cultura Contemporánea, además de contar con un sin fin de cursos. Repartía el tiempo entre la asistencia a clase y un trabajo de camarera que realizaba por las noches  un pub del barrio salamanca de Madrid.

    Pobre Lena, sufrió el despido de la galería de arte en la que trabajaba por la puerta de atrás. ¿Por qué? Acércate a la pantalla que te lo digo al oído, un poco más, un poquitín más, ahí, justo ahí… ¡Porque se acostó con su jefe! Sí, cometió el estúpido error de creer que dejaría a su mujer por ella, pero que boba.

    La verdad es que el tipo era un cretino, pero eso sí, un “don Juan”. Tenía por entonces cuarenta y dos años, aunque se había criado en Málaga, su ascendencia italiana y francesa le hacía aun más atractivo, tenía unos rasgos muy varoniles y marcados. De cara cuadrada, rudo mentón con un hoyuelo en medio, ojos negros, negro azabache, la piel blanquita y una mirada tan intensa y profunda que a ver… ¿quién no caería a sus pies? O mejor dicho a su…vale, vale, ya me has entendido. Tenía un cuerpo atlético, solía hacer mucho “deporte” además de deporte.

    Según contaba Lena, los fines de semana se escapaban juntos a una casa que tenía Giuseppe por los alrededores de Madrid, a su mujer siempre le decía (el muy mamón) que en la casa de campo siempre le venía mayor inspiración si estaba sólo. Claro, ya…solo…sólo con su amante querría decir, pobre mujer. En fin, era un capullo, aunque era el típico hombre que podía volver loca a cualquier mujer.

    Según tengo entendido, era un pintor de estilo vanguardista,  además de escultor y fotógrafo, y un amante de la literatura. Ha escrito y publicado algunos relatos, bastante polifacético como puedes ver, un portento. Pero, dejemos a un lado a este personajillo engreído, por muy atractivo que sea, no merece muchos más renglones en esta historia.

    Un par de semanas antes del despido, Lena, había decidido comentarles a sus padres que tenía una relación con alguien y estaba dispuesta a presentarlo. Además, estaba tan entusiasmada… Giuseppe le había prometido que irían juntos a París, allí tenía una casita y aprovecharían su estancia para presentarle a unos colegas, artistas bohemios cuarentones. Pasarían las noches entre porros y vino, entre musas y papel papiro, entre versos y prosas, entre otras cosas, con la noche francesa de telón de fondo. Tan romántico e idílico como ella siempre había soñado. Además, esa semana tendría la oportunidad de presentar en la galería de Didier (un amigo de Giuseppe) su obra, que tanto, tanto, tanto tiempo y esfuerzo había invertido. Un total de 60 cuadros expondría a la luz rutilante de la galería parisina.

    Pero,  aquello nunca pasó.

    Dos días antes de coger el vuelo a París, quisieron celebrar los amantes una venta de 10 obras realizadas por Giuseppe. Esa noche la galería abrió sus puertas para poner en venta inmensos cuadros y cinco esculturas vanguardistas, al más puro estilo del artista. Embolsaron dieciséis millones ochocientas mil pesetas. Copas de champán francés, canapés de salmón y foie de pato deliciosos, se repartían entre los invitados. Y mientras, en el almacén de la galería una pareja de amantes hacía salvajemente el amor. Los pezones de ella se erizaban con el vaho que salía de la boca ansiosa por morder de él, sus gemidos avivaban más las ganas de poseerla y hacerla suya. Ella sentía húmeda una zona de su cuerpo que nadie antes había tocado, sólo él, con su juguetona lengua, sus dedos artilleros y su miembro viril. Él tenía las de ganar en esa guerra de besos impregnados de flujos y pasión que había comenzado hace ya un año y medio. Los gritos y gemidos de ambos y el olor a sexo flotaban por la habitación, danzando al son del amor.

    Así, entre cuadros, cestas de mimbre, pinturas, sábanas viejas y pinceles usados, brotaba el sudor de dos cuerpos entrelazados, hechos el uno para el otro.. Hasta que, de repente, y justo cuando Lena a punto estaba de gritar y alcanzar el orgasmo, una extraña hilera de frio le sacudió en la espalda. Ahí estaba ella, de pie, mirando, sin articular palabra, ahí estaba inmóvil.

    No dijo nada, ellos tampoco, no hizo falta. Raquel se dio la vuelta, con la mirada perdida, y salió con paso firme de la galería de su marido sin mirar atrás. Giuseppe, miró fijamente a Lena y sin darle una última caricia, un último beso, le dijo adiós. Lena perdió la vista entre los cacharros habidos en el almacén. Lo que antes parecía un paraíso bohemio y teatral se había convertido en un sitio frio, húmedo y sombrío. Estaba ahí, completamente desnuda, arropada con una sábana desteñida, cuando lo vio. Un cuadro que su amante se negaba a enseñarle siempre, con la excusa de que no estaba acabado, “algún día, dulce Lena, te lo mostraré”.

    Ahí estaba, tan grande, tapado con una larga sábana. Tiró con fuerza y el cuadro quedó al descubierto. Las lágrimas que aun no había gastado un instante antes, ahora brotaron con furia empapando sus rosadas mejillas. No podía creerlo, no podía creerlo, era la imagen de una silueta desnuda, era Lucía, y la cara de viciosa y el pose que tenía en el cuadro lo decía todo. En el fondo ella se olía algo, siempre llegaba con su voz de calienta braguetas con los cafés de la mañana, a la hora del descanso. ¿Os presento a Lucía? Bien. Lucia tenía 32 años, era fotógrafa, había hecho varios trabajos para Giuseppe, además hacía un poco el papel de manager. Era una fogosa pelirroja de ojos verdes con dos enormes tetas operadas y un culo redondo en forma de corazón, como le suele gustar a la mayoría de los hombres. De origen argentino aunque lleva doce años en Madrid. Fue alumna de Giuseppe cuando éste daba clases en la universidad de bellas artes de Madrid. Sólo estudió dos años de carrera, la abandonó porque se enamoró de un hippie granadino y se largó con él a donde nadie sabe. Un año después de aquella estupidez, realizó un curso superior de imagen y sonido y después un curso de fotografía profesional. En los años que estuvo en la carrera de bellas artes entabló buena amistad con Giuseppe. Cuando terminó los cursos, no encontraba trabajo y temía tener que volver a Argentina, así que, aprovechando que Giuseppe había decidió montar una galería de arte, le rogó si  podría realizar algún trabajo. Él, encantado le otorgó la responsabilidad de llevar las cuentas y ejercer de relaciones públicas. Poco a poco, ella se fue haciendo un hueco entre el mundo de la moda como modelo y fotógrafa, pronto dejó la galería y montó su propio negocio. Aunque sigue haciendo trabajillos para Giuseppe.

    Lena, después de ver el cuadro, era muy consciente de  qué clase de trabajos hacía Lucía ¡Trabajos manuales y vocales! Que zo… Vale, sí, todos podíamos haberle dicho a Lena que sólo era un cuadro, no quería decir nada, peeero no, ella sabía que la pelirroja explosiva no sólo dejó entrever sus encantos que quedan escondidos por debajo de la ropa, y que la fresa madura que estaba mordiendo en el cuadro con ojos de posesa, no fue lo único que mordió, y que la gota de sudor que se deslizaba por su cuello, no fue la única gota que se derramó el día en que su querido Giuseppe la plasmara en el cuadro. Los conocía bien a ambos, pero nunca imaginó que pudiera pasar algo así, o no se lo quería imaginar más bien.

    Helena, que así se llama nuestra dulce protagonista, se vistió entre sollozos, secándose las lágrimas y los mocos en una camisa que Giuseppe utilizaba únicamente para pintar (decía que le inspiraba, que era su amuleto). Recogió las pocas pertenencias que tenía en el almacén y se fue al piso. Jamás volvió a la galería.

    Estando en casa, en su pueblo toledano, San Martín de Pusa, recibió varias llamadas de arrepentimiento de su amante. Incluso le llegó a decir que si volvía a la galería, aunque no volviera con él, podría hacer el viaje como estaba previsto a París, había cambiado los billetes después de lo sucedido la noche que más ventas se hicieron en la galería. Pero ella, aunque descolgaba el teléfono jamás articulaba palabra, sólo se oía la voz temblorosa de un hombre arrepentido llorando, palabras en italiano, en francés, sabía que ella se derretía con ciertas palabras que, supuestamente, sólo le decía a ella, y sólo él sabía decir. Pero tampoco sirvieron, Lena jamás habló con él.

    Se enfrentó a un gran dilema, aquel mes y medio que Giuseppe llamó día y noche sin parar. ¿Qué era mejor? ¿Volver a la galería donde seguiría teniendo el mismo mediocre trabajo con la oportunidad de ir a París y exponer su obra que tanto tiempo había dedicado? Eso le abriría un hueco en el mundo del arte, un mundo en el que siempre había querido perderse. Tendría la oportunidad de aprender mejor el idioma, de conocer grandes artistas y aprender nuevas técnicas. O, quedarse una temporada en casa, pensar un tiempo qué hacer con su vida y empezar desde cero, sin deberle ni tenerle que agradecer nada a un señor que había jugado durante dos años y medio con ella. Después de mes y medio, Lena decidió y habló con Giuseppe. Éste, quedó atónito cuando oyó la voz templada de Lena a descolgar el teléfono, pero no escuchó las palabras que deseaba con tanto ardor. Tan sólo escuchó: -“No te quiero Giuseppe, no insistas más, sigue con tu vida y tus sueños, que yo empezaré a vivir los míos. Gracias por todo lo que me has enseñado. Cuídate. Adiós.”-

    Tan sencilla, tan clara y honesta con él como consigo misma, Lena hizo las maletas, y con los ahorros de dos años que había guardado en una cajita dentro del armario, compró un billete a París. La ciudad del arte y el amor, ansiosa, esperaba su llegada.

    ¿Cumplió sus sueños? Por supuesto que sí, sin ayuda de nadie, con mucho esfuerzo, tesón, dedicación y pasión por su trabajo, fue galardonada con numerosos premios importantísimos en el mundo del arte. Poco queda ya de aquella niña ingenua que apostó su baza al juego del amor y perdió con ello la dignidad y el honor. Hoy a sus 53 años, puede agradecer la decisión que tomó a conciencia, a favor del desamor. Vive felizmente casada con un profesor de historia de L`universite parís Descartes. Tienen dos preciosas niñas, dos gatitos persas y un Gran Danés. Vive en una mansión, en un pueblito de campo en París. Viene muy poco por aquí, pero cuando lo hace, la calle entera se ilumina con su increíble sonrisa blanca y las calles saben a azúcar moreno, del aroma que se desprende de su dulce mirada.

    Sigue con tus sueños…Lena.

    Comentarios

    1. Avatar de Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      1 mayo, 2012

      Me gusta mucho cómo introduces al narrador en la propia historia, dando su opinión, como si fuera un amigo que nos cuenta la historia.
      “y las calles saben a azúcar moreno, del aroma que se desprende de su dulce mirada”
      Brilla con la luz de la sonrisa de Lena.
      Un abrazo!

      • Avatar de Rosa Calzado

        Rosa Calzado

        6 mayo, 2012

        Gracias Luna, me alegro de que te haya gustado y que te hayas dejado guiar por el narrador/a. Un abrazo.

    2. Avatar de VIMON

      VIMON

      1 mayo, 2012

      Sin duda un buen relato. Muy completo. Felicitaciones, saludos y voto.

      • Avatar de Rosa Calzado

        Rosa Calzado

        6 mayo, 2012

        Muchas gracias Vimon, espero que saborearas el azucar moreno después de leer el relato :)

    3. Avatar de nanky

      nanky

      1 mayo, 2012

      Muy buen relato, bien contado. Felicitaciones. Un gran saludo desde Buenos Aires.

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