La confesión

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1.El confesionario.

Sin duda, el confesionario era un mueble singular. Lo habían construido hacía  siglos en una solida caoba. La madera, recuperada de la quilla de una galera turca capturada  en un asedio a las costas lusitanas, había sido tratada, desalada y laminada para poder ser empleada en tan extraño destino.

El prohombre que encargó construir el confesionario, entregó un detallado boceto que él mismo había hecho. El carpintero designado, empleó casi tres meses en terminar el encargo y tuvo que ser ayudado por un conocido escultor de una escuela de imaginería salmantina. En el afamado taller se hicieron las tallas según  las precisas indicaciones del noble. Una vez terminado, fue tapizado con las telas adquiridas a un comerciante veneciano.

De tamaño inusual, estaba divido en dos estancias de desigual espacio. A la mayor se accedía por una pequeña puerta lateral con forma de arco de medio punto que requería cierta destreza para cruzarla. La puerta estaba primorosamente rematada por  una escena tallada en la que un ángel, pertrechado con una espada de fuego, arrinconaba a dos bestias bicéfalas que, aun desafiantes, retrocedían rendidas mientras otro ángel las sobrevolaba lejano. Esta estancia estaba reservada   para el sacerdote y con solo cruzarla, uno parecía sentirse investido de un Poder Divino y de una voluntad tan férrea que, más que aliviar a los pecadores, parecía que iba a arrojarlos a un infierno del que nunca debían haber salido.

Una vez dentro del habitáculo, el sacerdote  disponía para sentarse de un pequeño banco rematado por un cojín repujado de seda púrpura. Frente a él, una estrecha mampara que comunicaba de forma efímera las dos estancias y que estaba rematada por una celosía en madera de palosanto que  repetía monótona, la forma de la cruz.

La estancia menor, a la que se accedía por el lateral derecho, tenía una puerta similar a la primera, pero la talla que la adornaba había sido realizada en madera de ébano y posteriormente incrustada. En ella, se representada a un hombre arrodillado sobre una tierra que parecía tragárselo. Con su mano derecha alzada, imploraba un imaginario perdón que parecía no llegar nunca.  El desdichado, con rostro crispado de dolor, parecía gritar aterrado. Al fondo de la escena, un ángel le observaba severo valorando estricto si era merecedor de su auxilio.

Una vez dentro, solo podías arrodillarte en un estrecho reclinatorio que quedaba casi una cuarta por debajo del sacerdote, dándole a este una posición de dominio que acentuaba, aun más si cabía, la sensación de indefensión que la estancia producía. Aquello, más que un confesionario, parecía el estrado del Juicio Final.

El mueble, si así se podía llamar a semejante artefacto, había sido regalado con posterioridad al Obispo de Sevilla en agradecimiento a su mecenazgo y con el tiempo había caído en desuso hasta acabar cubierto por mantas, arrumbado en los sótanos de la catedral. En sus mejores tiempos había prestado una inestimable ayuda a los inquisidores de la época. Con él  y bajo secreto de confesión, se habían obtenido declaraciones decisivas para condenar a notables imputados.  Los ajusticiados, aún instantes antes de arder en la hoguera, seguían sin comprender que les había llevado a confesar.

2. Don Facundo.

Allí había permanecido durante años, hasta que Don Facundo en una de sus visitas a la archidiócesis de Sevilla, lo descubrió y solicitó su cesión con la excusa de restaurarlo, viendo en él inmensas posibilidades. No le costó mucho convencer al superior de su orden. Apenas un par de semanas más tarde, ya le había sido entregado en su diócesis. De esto hacía ya más de 15 años.

Cualquiera que se aproximara al confesionario, sin importar cual fuera su credo, podía sentir que una desazón extraña recorría su cuerpo y que le inundaban las dudas sobre la rectitud de su hacer y la pureza de sus actos. Los buenos feligreses ante él, se sentían indefectiblemente turbados, los de moral dudosa, terriblemente inquietos y los inefablemente malos, pasaban semanas postrados en una extraña apatía que nadie, salvo Don Facundo, entendía.  Hasta los inocentes niños, con los que alguna vez el cura había probado su poder, se sentían aterrados y descubrían allí, por vez primera, el significado del pecado. Confesaban secretos tan íntimos como inocentes, que el sacerdote transformaba en terribles faltas para a continuación intimidarlos y poder satisfacer con su impunidad habitual sus instintos más bajos.

Don Facundo era un perfecto conocedor del poder que aquel confesionario le otorgaba en sus teatrales intervenciones. Tal era así,  que normalmente no lo usaba. De hecho, hasta evitaba que sus hermanos de la congregación lo vieran, si es que alguna vez recibía una de sus inoportunas visitas. De forma inconsciente, temía que los demás lo descubrieran y lo consideraran excesivo o desfasado y recomendaran retirarlo.

Se había convertido en un sofisticado mecanismo de presión que él empleaba de forma precisa, administrando su uso entre los parroquianos que le despertaban un interés especial. Entre sus víctimas destacaban  los que tenían una posición relevante en la comunidad. Los que alimentaban su curiosidad malsana y sus preferidas,  las jóvenes y a veces maduras mujeres que atraían su interés y que acudían a él buscando consuelo y perdón.

Don Facundo, con su especial habilidad, se encargaba de descubrir e incluso inventar al calor de las confesiones, las peores perversidades. Su imaginación no tenía límite. Todas eran invocadas y adjudicas por el cura entre sus feligresas, como un guante confeccionado a la medida de sus desdichas.  Ellas, enseguida se sentían merecedoras de las peores penitencias al tiempo que el sacerdote se erguía en su único salvador. Así era él, un impostor que obtenía los favores, la fortuna y quizá hasta el alma manipulando los sentimientos de los miembros mas débiles de  su parroquia.

3. La confesión

Esa semana había sido especialmente tranquila, Don Facundo llevaba toda la tarde dando paseos por la iglesia, repasando lo trabajos de limpieza que una de las devotas del pueblo hacía de forma desinteresada, si es que a conseguir el perdón eterno, puede llamársele así.

Casi había terminado, cuando se le ocurrió repasar el estado del confesionario. hacía meses que no lo “usaba”, aunque siempre indicaba que lo tuvieran dispuesto. Se asomó al habitáculo, se sentó y palpó en la penumbra hasta dar con la pequeña Biblia y un poco mas allá con su rosario de azabache. Todo estaba en orden. Era una revisión mecánica, casi de intendencia. Volvió a salir y tras cerrar la puerta tras de de sí, miró fijamente la escena del ángel que atemorizaba a las bestias. Una mueca de malicia contenida asomó a su boca. -Estúpido ángel que te crees a salvo tras tu espada de fuego. Yo te devoraría sin dudarlo. -Pensó.

Tras dar varios pasos hacía la sacristía, algo le inquietó. Fue una sensación nueva para él. Giró sobre sus talones y tras desandar su camino se dirigió hacía el lado derecho para detenerse frente a la estrecha puerta. Hacía mucho que no se fijaba en aquella talla. Su mueca inicial, se volvió más intensa. Su cara revelaba una sonrisa burlona que se hacía más amplia a medida que recordaba a cada uno de los infelices que había sentado allí para administrar su particular sacramento.

Su sonrisa, se volvió una carcajada desafiante que retumbaba hueca en aquella iglesia. Su huesuda mano rodeó el tirador de la puerta que de forma suave, mucho más que la que él frecuentaba, se abrió. Asomó su cabeza al interior escrutando la estrechez del lugar. Desde que lo había restaurado, no había estado allí dentro y en un acto de insensata curiosidad, decidió probar aquel reclinatorio.

Se colocó su sotana para ganar amplitud en la postura y que en su arrodillamiento, esta no le tirara del cuello. Sus zapatos negros, de un brillo impropio para un hombre de su labor, dejaban al descubierto su vanidad y su inclinación por lo material. Estando allí reclinado, mientras intentaba mirar juguetón hacía el otro lado de la celosía, sonó un pequeño chasquido tras de sí.

Su gesto cambió y una fugaz inquietud lo azoró. La puerta se había cerrado. El mecanismo que la liberaba estaba debajo del estante donde aguardaban su Biblia y su rosario, en la estancia contigua. Tan acostumbrado estaba a entrar y salir sin problemas de la otra estancia, que no se había acordado de que en esta, tenían que facilitarle la salida.

-Ave Maria Purísima. -Dijo alguien, casi susurrante, desde el otro lado.

-Por favor, hijo. -Dijo Don Facundo sobresaltado, en cierto tono burlón. -Estaba revisando el confesionario y me he quedado aquí atrapado. Ábreme la puerta.

-Ave Maria Purísima. -Volvió a resonar la voz, con más fuerza esta vez.

Don Facundo se quedó helado. Era una mujer. Debía ser de mediana edad, pensó. Su indignación crecía con la velocidad que su paciencia se agotaba. Su cortesía inicial se tornó exigencia.

-Hija, ábreme de inmediato. Este lugar no está hecho para mi y mi edad tampoco me permite abusar de esta posición. Debajo del estante hay un pequeño tirador. Gíralo y podré salir por fin. ¿No pretenderás que me confiese contigo, una mujer?  -Apostilló burlón el cura.

-Padre, parece que no conoce el ritual del sacramento, me sorprende. Espero su respuesta.

-Sin Pecado Original concebida. -Apostilló por fin el cura, pensando que así terminaría antes con aquella ridícula situación. Simultáneamente, repasaba mentalmente quien de sus feligresas podía ser aquella osada mujer que se atrevía a jugar así con él. No era capaz de dar con ningún nombre.

-El Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados. Espero tus reflexiones hijo. -Volvió a contestar la voz femenina, que sonaba inquietantemente fría. Una pausa extrañamente larga siguió a aquellas palabras.

A Don Facundo aquella situación empezaba a superarle. Un calor incomodo le arrancaba las primeras gotas de sudor que se deslizaban por sus pómulos hasta caer sobre su inmaculado alzacuellos.  El cartón que envolvía el lienzo blanco se empezaba arrugar empapado por su sudor. Introdujo dos de sus dedos en la prenda para, haciendo un movimiento lateral, ganar algo de holgura y respirar mejor. Su habitual rapidez mental le estaba abandonado y sentía una opresión creciente en el pecho. Inquieto, se meció sobre sus rodillas para reactivar la circulación de sus piernas. El hormigueo que las recorría empezaba también a incomodarle en exceso. Un  sonido rítmico, casi imperceptible, delataba su ánimo. Su codo derecho templaba acelerado golpeteando levemente la pared del fondo. Mientras, sus dedos se entrelazaban  sudorosos frente al pecho y su cabeza se apoyaba, rendida, sobre la celosía.

-Hijo, -Volvió a inquirirle la voz. -¿Hace cuanto que no te confiesas? ¿No crees que sería conveniente? Tu salud es delicada y debes estar preparado para lo peor. Después de todo, quizá consigamos salvar tu alma. Sabes que en tu estado actual, tu condenación es segura. Solo depende de ti y de lo que aquí suceda ahora.

-Por favor hija, apiádate de este viejo. Me siento muy mal. Necesito aire y también un poco de agua. Tengo un calor sofocante.

El silencio volvió a inundar la estancia, el cura cada vez estaba peor, una sensación de claustrofobia empezó a apoderarse de él. El habitáculo le parecía más estrecho y sentía que el techo casi rozaba su cabeza.

-¡Está bien! – Gritó el cura. -Como quieras, me confesaré. -Por primera vez en décadas Don Facundo reflexionó sobre su vida. En un viaje mental demasiado largo para su frágil salud, revivió sus primeras fechorías. Descubrió que cuando hizo su primera maldad consciente,  apenas tenía 16 años. Los recuerdos se iban amontonando con la misma intensidad que la malicia crecía en cada acto que rememoraba. Sus ojos se volvieron vidriosos al tiempo que se hundían despacio, subrayando unas ojeras cada vez más pronunciadas. La voz de la mujer, desde el otro lado de la celosía, susurraba palabras que él ya no escuchaba.

La cara de sus víctimas parecía mirarle desde cada rincón del receptáculo. Sus llantos, sus quejidos, sus gritos, removían cada recuerdo del cura, que en un acto desesperado, manoteaba en el aire intentando ahuyentar sus fantasmas. En su locura, Don Facundo,  se arañó toda la cara. Quería desprenderse de todo eso que hasta bien poco, había sido su única satisfacción.

A la mañana siguiente, la mujer que ayudaba en el mantenimiento de la parroquia regresó dispuesta a retomar sus tareas. Le extrañó no encontrar al cura desayunando. Era un hombre de hábitos regulares. Recorrió todas las estancias de la vivienda sin encontrarlo. Salió por la puerta de la cocina y se dirigió hacia la entrada trasera de la sacristía. Seguro que D. Facundo andaba por allí.

Al llegar a la capilla lateral se detuvo. El confesionario tenía sus puertas abiertas. Era la primera vez que lo veía así. Con paso cauto, la mujer, con más curiosidad que miedo, avanzó despacio hasta la puerta lateral izquierda. Se asomó despacio al interior.  En el suelo estaba caída la Biblia del cura y  sobre el cojín de seda había una vieja muñeca vestida con traje de comunión. De su cuello colgaba un pequeño crucifijo de azabache, idéntico al que jalonaba uno de los extremos del rosario de Don Facundo.

La mujer, acelerando el paso, se giró para asomarse a la otra puerta. Un grito salió de su garganta, D. Facundo yacía postrado contra una de las paredes del confesionario. Su cara con una familiar expresión de terror,  estaba ensangrentada. Sus manos crispadas habían conseguido arrancar un trozo de la celosía y escondían en uno de los puños su incompleto rosario de azabache.

Dias después, con el regreso de la normalidad a la parroquia,  la mujer, que limpiaba las puertas del confesionario observó extrañada las tallas. Una de las bestias bicéfala de la talla, yacía postrada a los pies  del pecador implorante. El gesto de de su rostro era algo inquietante. La mujer por unos instantes creyó que aquella imagen no siempre había sido así. Cosas de la edad pensó, mientras retomaba tranquila sus labores diarias.

No sé si aquello fue un acto de sincero arrepentimiento o una estricta penitencia que alguien impuso a Don Facundo. Desde luego, no marchó en paz y ese ángel que él había pensado devorar en su soberbia, ahora sonreía satisfecho.

Comentarios

  1. Profile photo of Esther.A.P.Ruinervo  (Sofista)

    Esther.A.P.Ruinervo (Sofista)

    20 mayo, 2012

    Interesante historia. Un confesionario con mucha personalidad, nunca he conocido uno igual.
    Y la respuesta a la fórmula de inicio de confesión un poco antigua, el concepto de “original” ya no se usa desde hace muchísimos años, un simple “sin pecado concebida” vale.
    Me ha gustado la historia y el ambiente creado.
    Saludos

    • Profile photo of PedroGda

      PedroGda

      20 mayo, 2012

      Gracias por tu comentario y por tu puntualización. No sé si por suerte o por desgracia, es un ambiente que no frecuento, así que mi conocimiento de la liturgia y sus formulas está seguro, desfasado. Casi tanto como el confesionario.

      Otro saludo para ti.

  2. Profile photo of Erg

    Erg

    20 mayo, 2012

    Pedro Gda, sólo por curiosidad y referente al mueble confesionario, ¿lo has inventado o lo has visto en algún lugar?.
    Relato intenso y con final merecido.
    Sé de la existencia de varios “Don Facundo”… prefiero no comentar este aspecto. Mi voto y mis felicitaciones :-)
    Saludos.

    • Profile photo of PedroGda

      PedroGda

      20 mayo, 2012

      Gracias por tu comentario Erg. El confesionario, como todo lo demás, es afortunadamente inventado. De hecho lo había pensado mucho mas detallado y malicioso. Iba a ser él, el que contara la historia, pero al final lo cambié y lo puse a compartir protagonismo.

      Otro saludo para ti.

  3. Profile photo of Shu

    Shu

    20 mayo, 2012

    ¡Bien hecho!
    Pero antes de matarle deberías habernos regalado sus pecados ¡Total, donde caben 40 párrafos, caben 41!

    • Profile photo of PedroGda

      PedroGda

      21 mayo, 2012

      ¿Tu crees que en un párrafo cabrían sus pecados? Sería un ejercicio de síntesis que no creo que pudiera hacer. :) Gracias como siempre.

  4. Profile photo of

    mariav

    20 mayo, 2012

    Es un gusto leer cosas como esta que acabo de leer. No cabe duda de que sabes escribir y como atrapar a un buen lector a medida que avanza el relato. Tras comenzar a leer los primeros párrafos no imaginaba el desenlace y me ha sorprendido gratamente. Muy bueno.

    • Profile photo of PedroGda

      PedroGda

      21 mayo, 2012

      Mariav gracias por tus palabras y tu idiosincrasia. Un saludo.

  5. Jorepa

    20 mayo, 2012

    Gran facilidad y maestría , suspense,,un final maravilloso,que le pertenecía … Por derecho adquirido!! Muy intenso, compacto, tienes mi voto, me encanta!!

    • Profile photo of PedroGda

      PedroGda

      21 mayo, 2012

      Gracias por tus palabras Jorepa. Un saludo para ti

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