La otra vida de Mr. Duval

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    En el nº 8 de Thing Street, cerca del parque de Primrose Hill había una pequeña tienda que atesoraba los objetos más variados. Su propietario, Mr. Duval era un hombre discreto y dedicado por entero a su pasión. En su afán recolector no había rastro, ni casa de empeños donde su presencia fuera desconocida. Las liquidaciones de herencias y los desahucios eran otra fuente de rarezas que frecuentaba. Los alguaciles del juzgado conocían de sus buenas propinas y siempre le avisaban cuando uno de estos desdichados sucesos se producía.

    De ademán elegante, de paso lento y porte frágil, siempre acompañado de su bastón y su vieja chistera, dedicaba un día a la semana a su particular itinerario. Él lo llamaba su día de gloria y en cierta forma, tenía razón. En su ritual, Mr. Duval ,desde la puerta de cada uno de los sitios que visita, descubría su despoblada cabeza en un ademán exagerado que acompañaba de un breve saludo. Fijaba su mirada gris en su interlocutor y en una interrogación muda, le inquiría. Tras un instante fugaz de silencio cómplice, se marchaba tal como había venido o se iniciaba una conversación que, quizá, podía culminar en una posible transacción. Esto último sucedía muy pocas veces.

    Si alguien le mostraba un objeto que creía podía ser de su atención, Mr. Duval le interrogaba hábilmente sobre su propietario y las circunstancias de su muerte, intentando siempre no descubrir la naturaleza de su verdadero interés. Era una tarea realmente difícil, por lo singular de sus preguntas. Nadie sabía a ciencia cierta que movía a Mr. Duval a interesarse por un objeto concreto. No le interesaba ni la perfección de los mecanismos, ni la suntuosidad de los materiales con que pudiera estar construido. Mr. Duval solo quería conocer si el objeto en cuestión había intervenido de forma relevante en los últimos instantes de la vida de su propietario.

    Pero si sorprendente y apasionada era la actividad que desarrollaba en ese afán recolector, no lo era menos su total desinterés a la hora de perfeccionar su posterior venta. De hecho, no se sabía cuando había sido la última vez que algún cliente había franqueado la pequeña puerta de entrada, anexa a su exótico escaparate.

    En su especial obsesión, se consideraba víctima de una singular maldición familiar. Pensaba que tras su muerte, sería el alma de alguno de aquellos objetos que tan fervientemente atesoraba. Todos ellos, de alguna forma, especiales.

    En un lugar destacado de se pequeño local, en una vitrina estrecha, tras su mesa de trabajo, había dos objetos que destacaban sobre el resto y que ocupaban ese lugar de privilegio. Él parecía mimarlos de una manera especial. Cada uno de ellos, había hospedado el alma de alguno de sus antepasados y en cierta forma, dado un sentido final a su vida, o así lo creía él. El último estante, permanecía vacío. Mr. Duval, en su previsión, lo había reservado para sí, o mejor dicho, para el objeto de su maldición.

    Aquella tarde anunciaba un invierno duro y temprano. La calle estaba especialmente poco transitada. El viento helado hacía que los pocos viandantes que por allí circulaban, lo hicieran con paso apresurado y con sus caras resguardadas tras las solapas alzadas de sus abrigos. Mr. Duval, sentado en su mesa, estaba totalmente concentrado en sus labores de limpieza y clasificación de sus preciados objetos. No se percató de que un individuo de faz hosca, se dirigía sigiloso hacia él empuñando un viejo revolver.

    Cuando alzó su mirada era demasiado tarde. El tipo le estaba encañonando. En esos instantes, Mr. Duval, que ajustaba el astrolabio de su padre, sobresaltado, hizo un movimiento brusco. El ladrón, en un acto casi instintivo, disparó alcanzándole en el pecho. Aterrorizado, el delincuente soltó el arma, recogió precipitadamente los objetos que le parecieron de mayor valor y salió apresurado del local. Mr. Duval yacía abatido sobre la vieja tarima, que absorbía reseca, la sangre de su mortal herida. En su último aliento, miraba ansioso el revolver que aun humeaba junto a él.

    Tras cerrar la investigación de su muerte sin resultado alguno. Su viuda solicitó que le fuera entregada el arma del crimen. Al juez, le pareció una petición macabra a la que accedió no sin ciertas reticencias.

    El siguiente recuerdo de Mr Duval, fue al despertar sobresaltado por un estruendo que le propulsó, en un giro loco, a 200 pies por segundo. Por un instante, le pareció reconocer a aquel viejo que sacaba brillo a su astrolabio, mientras su esposa, situada unos pasos tras él, hacía una señal de apremio a su asesino.

    Por fin descansaba en paz ocupando su sitio, de pleno derecho, en aquella vitrina.

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      25 mayo, 2012

      Un relato muy interesante, Pedro, aunque, si me permites, el final no precisa si fue la pistola la que ocupo aquel sitio en la vitrina, como supongo. Aun asi esta muy bien escrito y te doy mi voto y un saludo.

    2. Avatar de antoniosib

      antoniosib

      25 mayo, 2012

      Enhorabuena y voto. Pedro, ¿la pistola está ahora en la vitrina?

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