Memorias escondidas

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Búscame y encuéntrame, te lo suplico. No me dejes más en este andén, sufriendo.

Andrés Caicedo.

 

 

Alguna vez fui feliz, no siempre la soledad ha estado de huésped acá en este corazón. Fui feliz, hermosamente feliz con dos personas,  dos personas que cambiaron mi vida y mi rumbo, mis silencios y mis ecos, mis azules  y mis verdes, mis caminos y mis destinos, mis amores y mis extraños. Dos mujeres, que se convirtieron rápidamente en parte esencial de mi vida y que ahora recuerdo. Ahora las recuerdo y juro que tengo unas ganas malditas de matarme. Tomar esas pastillas de la mesa de noche  y dormir, pero siento que esa amiga que me cuida todas las noches quiere que me quede un rato acá.

De acá se ve Lima en su perfecto gris. De acá puedo ver todo, este hotel es bonito, hermoso, muy cool. Lo malo del asunto es que me encuentro solo.  Sería ilógico matarte en este hotel cinco estrellas donde duermo provisionalmente, porque mi amiga duerme con su chico en el departamento oficial de este ermitaño loco, porque tienen problemas de familia. Y acá me encuentro con un cóctel de tantas cosas que maquillan por unos breves momentos la fea melancolía.

 

**

La primera mujer que me hizo muy feliz fue Valeria. Fueron años que era feliz, que no  me importaba mucho de nada, épocas en que Vale. Mi Vale, empujaba Lima con su eterna risa y yo su acompañante oficial, amigo y confidente, la apoyaba en todo. La cuidaba, cuando se encerraba en el baño para aspirar la dulce cocaína que le anestesiaba el dolor de su enfermedad. Quizás no pensé que mi Vale se tenía que ir tan rápido, tan veloz. No pensé que me iba a dejar tan solo, tan triste y tan jodidamente abandonado en el gris de esta ciudad. Los huesos tiemblan todas las noches cuando le rezo y le pido que me de fuerzas para seguir con esta absurda vida.

De ella aprendí a brindar, a no ser cobarde, a no ser tímido. Los abrazos de despedidas en los aeropuertos eran interminables, sabíamos que quizás ya no nos volveríamos a ver. Recuerdo con los ojos rojos, cuando la recogí para comer por su santo, y ella canceló a cuanto amigo se interponga. Su vestidito de flores hasta la rodilla, la playa, los cigarros, la hierba y la coca. Y los dos matándonos de risa de las locuras que esa dulce mujer me hablaba. Matándonos de risa porque la vida se pasaba rápido y nos iba cobrar factura.  Para mi mala suerte, ella se fue antes que yo, en una clínica de la ciudad, lo último que me regaló fue un cuaderno Minerva lleno de memorias, poemas y cartas. A veces me duele dejar a mi viejita sola. A mi perro solo. Tengo miedo cholito, miedo de irme y que no nos volvamos a ver. Ese miedo horrible me carcome siempre antes de dormir. Y así se fue ella durmiendo, y yo destrozado en la sala de espera, como un niño retorcido sin aparente consuelo. Quería morirme, quería matarme, como ahora, que paso lentamente este vaso de ron en nombre de mi amiga. Yo también tengo miedo de no volverla a ver.

***

La otra persona que me brindó felicidad, pero como pareja, como una chica que dios había puesto en mi camino porque tarde o temprano me terminaría suicidando por la falta de Vale. Fue Stacey, jamás pensé en eso de estar con ella, la veía lejana, no en el sentido de que yo carecía de caballerosidad y todos los atributos necesarios para ciriar a una mujer. Simplemente porque la melancolía la tenía pasmada adentro.

Ella supo hacerme reír, supo sacar de mí el niño que llevo dentro, me quitó de un solo beso la melancolía. Estuvimos más de cuatro años. Muchos meses fueron duros, la distancia, nos golpeaba fuerte y terco.

Le conté todo, ella sabía que mi amiga había muerto de Vih, que nos amábamos porque éramos almas gemelas, que dios me la arrancó.

Ella con esa sonrisa que ahora no me regala, supo entender, y se encargó exclusivamente de hacerme feliz. Fuimos felices, nos amamos, nos quisimos en todo aspecto. Consumamos nuestro amor en un cuarto de hotel. Me quería casar con ella, pero aún estaba muy desordenada mi vida. No me terminaba de gustar mi carrera, escribía pero aún nadie me publicaba. Me dedicaba a escribir poemas sólo para ella y a leer casi todas las noches sus cartas con puño y letra.

Ella tenía en sus cartas una honestidad increíble. Tenía un romanticismo especial. Pero no todo dura para siempre. Las peleas no se hicieron esperar, los insultos tampoco y todo se terminó.

Ahora que navego por esos recuerdos. Se me viene a la mente la foto que ayer me enseñó  Daniela; mi amiga, editora, consejera y representante oficial.   De ella (mi ex)  con un perro blanco gigante, y yo haciéndome el importante, el señorito escritor y sarcástico, burlándome de su peluche. Pero luego sólo, contemplo la foto scaneada y logro ver su mirada de felicidad. Esa felicidad que alguna vez compartimos.

*

Y ahora que la noche avanza y yo tengo insomnio, miro en la mesita de noche la foto de mi amiga en la playa, feliz de la vida. Y luego volteo y camino hacia la ventana y veo mi felicidad esfumada en los aires del norte. Entonces, brindo como un demente, y me refugio en la música de Nat King Cole y el alma se parte y mis recuerdos siguen acá narrándole a mi corazón sus penas.

 

 

11:14  Hotel Tunderbird

Comentarios

  1. Profile photo of antoniosib

    antoniosib

    30 mayo, 2012

    Gracias por compartir tus recuerdos con nosotros. Supongo que muchos hemos tenido vivencias parecidas. Y creo que podemos considerarnos afortunados por haber podido vivir esas experiencias. Enhorabuena y a seguir adelante.

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