Cuento de salto

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    Era ya tarde cuando Lorenzo vio girar en si, alborotando los cercanos zanates en
    las ramas, casi dentro del agua pero lejos a la orilla, a un inmenso cocodrilo.
    Antes de eso, el día había sido mordido por aire caliente solamente y teteras
    de café que ya habían vaciado, se habían agotado las carnadas, la masa de
    chihuelote y los frescos, ya era hora de largarse cuando esto.

    Llamó de inmediato a Odilio, que estaba a cuatro pasos de un venadillo junto al
    portal de Almendros en su lindero frente a la laguna, vale la pena decir,
    Almendros la hacienda mas grande de caña de por acá en Salto, y le contó
    asombrado, primero con palabras y luego con su mirada, lo acercó hasta la línea
    de agua donde efectivamente se asomaba el desproporcionado animal.

    Odilio, hombre sin corazón, sin buena sangre en la sangre y con exagerada virtud para
    matar al más feroz o al más débil de los animales, no dudó un solo momento y
    desde allí, le clavó de una dos tiros de cartucho, con su Hamilton hechiza. El primero
    cruzo de largo un ojo del animal, el otro posiblemente se incrustó entre la
    muñequera y su vientre blancuzco dentro del agua.

    -¿Lo mataste Odilio? 

    -si.

    -Ahora ¿que hacemos?

    Buscaron mientras la luz del día les dió chico, un tronco ya viejo de guaraguao, lo
    lanzaron al agua y con el, aferrados a sus lados, emprendieron la búsqueda.

    El agua quieta, detenida, apenas despierta de cuando en vez, por la rizada brisa
    de Salto, que es en la tarde en esta época, había sido revolcada violentamente
    con dos explosivos coletazos, antes de irse el cocodrilo muerto al fondo,
    vientre arriba, esa era la señal y sólo les bastaron dos brazadas largas para
    encontrar el sitio.

    -Anda vos, que sos chaparro, le dijo
    Odilio.

    Lorenzo se soltó del tronco, buscó el cuerpo de Odilio del otro lado y comenzó a
    descender teniendo siempre agarrada su mano a la espalda de Odilio y luego a
    sus largas piernas. Agarrado a ellas, Lorenzo estiraba hacia abajo las suyas y
    tanteaba el suelo baboso de la laguna hasta dar finalmente con el animal.

    Tomó bastante aire esta vez, se envolvió la cuerda en una de sus manos y bajó
    suelto, sin Odilio, amarró su enorme estomago, sacó el otro extremo de cordel y
    lo amarró al tronco, casi ahogado luego de atarlo al lastre tomó aire muchas
    veces, a pesar de sus 55 años aún aguantar la respiración le sacaba ventaja,
    aún cazar venadillos lo enfermaba de ciática, pero le gustaba, carajo si le
    gustaba, por eso seguía haciéndolo, él y Odilio.

    Entre los dos y el tronco de por medio, llevaron al animal a la orilla, tres metros
    tal vez, la sombra sobre la playa grisácea y manchada, no dejaba ver a flote su
    verdadero tamaño.

    Odilio lo partió en dos.

    Lorenzo sentado primero, luego acostado en las calzas de barranco que deja el invierno
    de Septiembre en Salto, no pudo ayudar esta vez, cansado también, partido en
    dos por el esfuerzo, sólo se limitó a escoger desde allí, algunos filetes de
    carne blanca y fresca para llevar, similares a los filetes de mojarra en Chela,
    pero mejores sin duda que el pescado, sin espinas, cocido, con buen chimole, servido
    con bastantes tortillas y licuado de carambolo, eso era lo que había que hacer.

    Revisaron la piel, envolvieron los pedazos mas grandes, las crestas no pudieron ser
    metidas, la cola y sus fauces fueron lanzadas al agua, sólo había espacio para
    los fajos de carne, los recortes de piel y los cigarros.

    Comieron tres días cocodrilo.

    Al cuarto día, su mujer, eran como las cuatro de la madrugada cuando de un tirón,
    despertó a Lorenzo.

    -Hay como rata muerta en el piso, esto huele
    hediondo, papaíto ve y checa qué es
    .

    Lorenzo siguió el olor, pero éste no lo llevó al guardado del piso contra el suelo que
    aquí en Salto es húmedo, por eso su olor, sino que lo guió hasta el patio, en
    donde se secaba al sereno un recorte de la piel del cocodrilo, el olor era muy
    fuerte pero además, cientos de moscas, verdes brillantes que en Salto llaman
    colmoyotes y que producen Míasis en los patojos, revoloteaban por todo el
    lugar.

    Ya estaba clareando cuando Lorenzo terminaba de enterrar el único vestigio de ese día inolvidable con Odilio.

    Volvió a la cama.

    -¿Qué era papaíto? ¿La rata?

    -No. No era nada mamaíta.

    Ambos durmieron hasta las diez ese día.

     

    Comentarios

    1. Avatar de

      volivar

      10 junio, 2012

      José Giovani: mi comentario está relacionado a que no pude seguir más allá de la primera oración. Amigo, es que las fallas mandan al carajo nuestro trabajo., especialmente el literario.
      Puedes tener muchos dones para escribir, pero si no haces buen uso de las herramientas, pues, amigo, esto se va por la borda.
      En tu primera frase uno se desanima y no sigue leyendo. Teniendo más cuidado con la sintasis, todo sería mejor.
      Atentamente
      Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)

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