El día en que cambió mi vida

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| 200 6 |

    Ya habían pasado casi cuarenta años desde entonces, pero aquel verano se había quedado grabado en mi mente a fuego. Desde aquel momento mi vida había cambiado totalmente, quizás más de lo que me hubiese gustado, sin embargo no me arrepentía de nada de lo que había vivido. “Arrepiéntete de las cosas que no haces, pero jamás te arrepientas de aquello que has decidido hacer, pues si has tomado esa decisión, es porque así lo has creído oportuno” Recordaba las palabras de mi abuelo, las tenía siempre presentes en mi cabeza y me habían ayudado en muchas ocasiones, me daban ese empujoncito que me faltaba para hacer aquellas cosas que habían marcado mi vida. Sí; eran palabras sabias, las palabras de un gran hombre, las palabras de un gran sabio; mi abuelo. Suspiré mientras apuraba mi cigarrillo y entraba en mi pequeña y acogedora caravana. Con mis ya cincuenta y siete años había recorrido casi todo el país, pasando por pequeños pueblos y grandes ciudades, por playas y montañas, ríos, lagos, prados y valles. Quizás sin aquel verano del setenta y cinco mi vida hubiera sido totalmente distinta. Tal vez me hubiera dedicado a ser una gran abogada como mi difunto padre quería. Sí, aquel verano había sido el punto de inflexión donde todo se había desmoronado y había comenzado una nueva vida. Cerré la pequeña puerta y me senté en la encimera mientras calentaba mis manos con la taza de café. Mis pensamientos se fueron alejando de aquel recóndito lugar en medio de ningún sitio y se acercaron rápidamente a mi pequeño pueblo en el norte de Asturias. En aquellos tiempos era una joven inexperta de tan sólo veinte años de edad, había pasado dos años viajando desde que había terminado mis estudios, era hija de un abogado y aunque mi padre quería que siguiera sus pasos ya que no tenía más descendencia, jamás me planteé que ese fuera mi destino. Quería ser artista. Lo repetía una y otra vez mientras me tiraba horas y horas en mi pequeño estudio de arte. Siempre me había gustado plasmar en lienzo todas las cosas que pasaban por mi mente. Me gustaban los colores, las sombras, la luz, las figuras difuminadas en aquel trozo de tela. Imaginaba como serían sus vidas, a que se dedicarían y si serían felices. Me gustaba ver mis obras y las tenía colgadas por las paredes de madera de aquella pequeña habitación. Todas salvo una. El retrato de mi abuela Catalina, por quien me habían puesto mi nombre, no lo había podido dejar allí, se lo había regalado a mi abuelo, sabía que él la echaba de menos día tras día y pensé que ese sería un gran regalo para un hombre enamorado todavía de su esposa. A pesar de haber muerto hacía ya tres años no había día que no la recordase. El abuelo era el único que me comprendía, pues las mismas ansias de ser libre y volar que yo tenía ahora, ya las había sentido él con la misma edad. Todos los días iba a visitarlo, me sentaba con él y hablábamos durante horas, siempre era lo mismo pero me hacía feliz y sabía que a él le ocurría lo mismo. Aquel día no era distinto de los demás, o eso creía, sin embargo al tocar a la puerta en lugar de abrir el abuelo, apareció un joven de cabello oscuro y ojos color miel que no me dejó indiferente. Mis hormonas se revolucionaron y sentí un cosquilleo en el estómago. El joven abrió la puerta y sonrió tímidamente totalmente sonrojado. Al entrar, el abuelo no estaba donde acostumbraba; al lado del cuadro de su esposa; sino que estaba en la cocina, preparando una gran merendola. Lo más raro del asunto es que se le veía sonriendo, en los ojos tenía una nueva expresión. Cuando la mesa estuvo puesta y toda aquella cantidad de comida servida comenzamos a hablar, me contó que ahora ese chico vivía con él, era un huérfano que había vivido su vida por las calles y que unos días antes le había salvado la vida; cuando un coche casi le atropella. Al verlo sin recursos lo había invitado a su hogar; al hogar que ahora era de ambos. La tarde pasó rápidamente, riendo, contando historias de tiempos pasados y de sueños sin cumplir. El chiquillo era unos años mayor que yo y a pesar de ser tan joven, era ya un experto en la vida. Sus padres murieron cuando solamente contaba con siete años. Llevado a un centro para menores, consiguió escaparse tras unos cuantos intentos y se dedicó a vagar por las calles mendigando un plato de comida o un poco de dinero. A pesar de su mala suerte, era un joven muy honrado que intentaba trabajar en lo que podía para sacarse unas míseras propinas. Una vida tan diferente a la mía… Criada en una gran mansión rodeada de los mejores vestidos y los mejores juguetes con los que divertirme, hija de un gran abogado que me había dado todos los caprichos esperando que siguiera sus pasos, a pesar de que mamá había muerto cuando era una niña, siempre había estado rodeada de mis nanas que me criaron como a una hija. Terminada la merienda decidí que era hora de irme a mi enorme y solitaria casa, pero por alguna extraña razón, algo dentro de mí quería quedarse en aquel lugar. Los días iban transcurriendo y cada vez pasaba más tiempo en casa del abuelo. La vida cambió para los tres, el abuelo ya no estaba solo, sonreía y se le veía lleno de vida de nuevo, quería al chico como a su propio hijo, y para él también era como su padre. El joven, que se llamaba Javier, también había cambiado drásticamente su vida, tenía una casa y una persona que se preocupaba por él; realmente dos personas que se preocupaban por él, ya que yo lo apreciaba cada día más y más.
    Pasado ya un mes nos habíamos vuelto inseparables. Ya no quedábamos solamente en casa del abuelo sino que íbamos de paseo, y de vez en cuando al cine. Nos habíamos enamorado y éramos muy felices. Pero había un problema. Papá no veía con buenos ojos a Javier y me había prohibido verlo aunque sus negaciones me habían entrado por un oído y salido por el otro. Yo quería a ese chico, sabía que estábamos hechos el uno para el otro y no iba a dejarlo por nada del mundo. Había decidido que me iba a escapar con él.
    Llegó el día de la huída, estaba nerviosa pero intentaba serenarme, tenía que evitar que mi padre se enterase. Ya había guardado ropa en una maleta y había sacado todos mis ahorros de la libreta del banco. No eran muchos pero nos durarían un par de meses. Teníamos pensado irnos a Santander. Allí, él trabajaría en lo que encontrase mientras yo pintaría mis lienzos y con suerte los vendería. Cuando ya apenas quedaba media hora para escapar, llegó mi abuelo con el paso acelerado y el rostro destrozado por las lágrimas. Abrí la puerta con la certeza de que algo horrible había ocurrido y me tiré a sus brazos. Sabía que a Javier le había ocurrido algo, que la desgracia se había cernido sobre él; sobre nosotros. Mi abuelo me dio las malas noticias. Javier había sido asaltado anoche en una calle oscura y había sido asesinado. No hubo robo, simplemente se ensañaron con él. Caí al suelo destrozada y comencé a llorar agarrada a mis rodillas. Había perdido lo que más quería, mi vida ya no tenía sentido. En ese momento salieron del despacho de mi padre unos hombres con un fajo de billetes cada uno, riendo a carcajadas; y mirándome fríamente, pasaron a mi lado para alejarse de la casa en sus motocicletas. Detrás de ellos, mi padre. Se arrodilló y susurrándome al oído me confesó que había sido él quien había dado el encargo. No podía permitir que su hija se relacionase con aquel joven sin estudios y sin futuro. Lo odié. Lo odié tanto que tuve que contenerme para no hacerle a él lo mismo que le habían hecho a Javier. En ese momento decidí que no quería vivir al lado de un asesino. Me iba de allí.
    Ese día perdí un padre, y a mi gran amor; y ¡sí! aunque años después conocí a mi marido y lo amé como a ninguno, un pedazo de mi corazón siempre perteneció a Javier. Viajé durante muchos años intentando encontrar mi hogar y solamente lo encontré en aquel pequeño bosque donde ahora me hallaba con mi viejo perro.
    Volví de nuevo a la realidad y comprendí entonces que las cosas suceden por una razón y que si todo aquello no hubiese ocurrido, hoy no sería la persona que era, pues cada uno está formado por esas pequeñas cosas que le suceden; cosas cotidianas, cosas que a simple vista parecen mínimas, que no tendrán importancia, pero que si no se hacen no serías tú mismo. Bebí mi último sorbo de café y sonreí. Ahora era feliz.

    Comentarios

    1. Avatar de Eidan

      Eidan

      12 junio, 2012

      Adoro éste texto, pero se me hizo corto! Podrías dividirlo y así tendrías mas calma para hacer felices a tus lectores! yo entre ellos! (lo digo porque en ésta red social, si la gente entra en un relato de alguien que no conocen, que sea mínimamente largo, no lo leen. Algo comprensible, dado que hay gente que entra en sus escasos ratos libres y no pueden permitirse el lujo de leerse una biblia. Por ésto, en muchas ocasiones yo, personalmente me veo forzado a “recortar” o simplificar, y no me gusta jeje. Mi solución si te pasa ésto; divide) Por último, el párrafo final. Estoy de acuerdo con lo que dices; “cada uno está formado por esas pequeñas cosas que le suceden; cosas cotidianas, cosas que a simple vista parecen mínimas, que no tendrán importancia, pero que si no se hacen no serías tú mismo.” Pero permíteme… yo no llamaría al asesinato de tu novio concertado por tu padre un “detalle sin importancia”… no se… llámame radical… Jajaja.
      Como siempre, espero que no te parezca mal mi comentario.
      Espero seguir leyéndote, me fascina tu inventiva.
      Mi voto, por supuesto.

      • Avatar de Saritalacasita

        Saritalacasita

        13 junio, 2012

        ¡Muchas gracias por tu comentario y por supuesto por tu voto,Eidan! Tienes toda la razón, la verdad que no soy partidaria de textos tan largos por el mismo motivo que dices tú, y sobre todo en estas fechas en las que estoy hasta arriba de exámenes, el problema es que me puse a escribir y escribir y me metí tanto en el papel que no podía parar y luego me di cuenta de que era demasiado largo, así que lo deje tal y como estaba, pero prometo que el próximo será más corto en tu honor :)
        Y en cuanto a lo de la segunda parte, también tienes toda la razón, quizás me expresé mal jajaja.
        Un saludo ;)

    2. Avatar de antoniosib

      antoniosib

      13 junio, 2012

      Me ha parecido un relato escrito con mucha corrección, te voto.
      Eidan, tu comentario es muy interesante. Quizá en este caso es difícil dividir este relato, si no se lee todo seguido se pierde la ambientación, el clima. Saludos!

    3. Avatar de

      volivar

      13 junio, 2012

      Saritalacasita: qué tonto soy: no haber leído ayer esto tan interesante, tan bien escrito.
      Que disculpe Eidan, pero si cortas tu narración, le das en la torre (por no decir “en la madre”, al cuento, o narración -si no es ficcción, claro-).
      Sarita, me da mucho gusto saber que eres una escritora de las buenas, de las que poco se dan ahora; delante de alguien que cuenta esto tan interesante, sin llegar a las bajezas y vulgaridades, que expresa tan bellos sentimientos relacionados con el amor, no tiene uno más que inclinarse, y decirle: Hola, señora escritora, felicidades.
      Un cuento, cuando es bueno, no interesa el número de renglones que tenga, según creo y así lo he experimentado. Es cierto que en la computadora se tiende a los textos cortos a causa de cierto temor o deseos de no sé qué… creo que a buscar música, distracción, y hasta otras cosas “non sanctas”.,.
      Pero eso es otra cosa; lo que has escrito, es literatura, pura, linda, atrayente, como pocos podremos hacer, o escribir.
      Felicidades (Como un detalle que reafirma lo anterior: tratando de ahorrar palabras, renglones y hasta párrafos, ¿qué hubiese salido de la pluma de Guy de Maupassant al escribir Bola se sebo?
      Volivar

      • Avatar de Saritalacasita

        Saritalacasita

        14 junio, 2012

        Muchísimas gracias por el pedazo comentario Volivar. La verdad es que me ha hecho mucha ilusión que tu pienses eso de mi, ya que me encanta como escribes y creo que sabes mucho sobre el tema. Siendo sincera no me considero una buena escritora, simplemente escribo aquello que me nace y lo hago porque me gusta mucho escribir, pero la verdad me alegra saber que a alguien le gusta lo que escribo y os agradezco muchísimo que me valoréis como “escritora”.
        Solo me queda darte de nuevo las gracias y mandarte un montón de saludos. ;)

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