El libro muerto

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Theodor era un desconocido escritor que  gustaba de pasar horas y horas leyendo, plasmando, luego, sus avenencias cognitivas en una hoja insulsa.

A pesar de su notoria dificultad por hablar – no podía pronunciar la R ni la S – los cuentos de terror creados por su pluma eran magistrales, verdaderas obras literarias.

A pesar del éxito que poseía entre su círculo más cercano – que se reducía a los cincuenta escritores más famosos y reconocidos de Europa y América – no quería que nadie conociese su obra. Se justificaba diciendo que “sólo los cultos podían leer lo que él escribía”.

Nadie le preguntó el motivo real, respetando su decisión. Era clara cuál era la verdadera razón: tenía miedo, un miedo que sólo el escritor comprende.

Ese miedo a ser leído y no ser aceptado, a que alguien descubra su alma y escupa sobre ella, a fracasar en el campo donde mejor se movilizaba.

Era normal que ese temor surgiera desde la literatura y sus entrañas, ya que la mayoría de los escritores – por lo menos los que realmente sienten el arte de escribir – sienten ese temor en algún momento. Sólo cuando se rompe esa barrera, un escritor amateur pasa a transformarse en un verdadero escritor.

Los relatos que plasmaba en las hojas tocaban diversos temas; desde políticos, hasta religiosos y sociales. Todo un aglomerado de ítems con los que la ingeniosa pluma de Theodor bailaba o hacia el amor, dependiendo de cuál era el tema a tocar.

Además de ser criticado por no publicar sus obras y hacerse reconocido, había algo más, algo que sólo dos escritores conocían de Theodor: tenía un espanto mucho más profundo en su ser.

Julio Alcántaras, el mejor escritor argentino del momento, y Hugo Brisuela, el máximo exponente de la literatura colombiana, conocían el verdadero secreto de su amigo alemán.

Habían estudiado juntos, graduándose con honores en una de las universidades más prestigiosas de España.

A pesar de conocerse mucho y entablar una relación de amistad profunda, Theodor jamás reveló su secreto. Fue una desatención la que impulsó a Julio y Hugo a averiguar el secreto de su compañero.

Una noche, luego de pasar largas horas estudiando en la biblioteca nacional, Theodor emprendió otro camino, dirigiéndose hacia el barrio bajo de San Isidro. Era ese sector un lugar un tanto macabro, donde, según las leyendas, ciertas almas perdidas de condenados insufribles pululaban sin encontrar su ansiado descanso eterno.

Julio y Hugo decidieron seguirlo, puesto que notaron un leve nerviosismo en la voz de su compañero. La noche fue una aliada ambigua, ya que, si bien jugaba los papeles de cortina para camuflarlos a ellos, también oscurecía el horizonte e impedía visualizar a Theodor de la mejor manera posible.

Al llegar a una plaza – faltaba media cuadra para arribar a la casa del escritor alemán – Julio y Hugo se percataron de un acto muy extraño de su compañero.

Se sentó en uno de los bancos que costeaban la fuente central. Sacó uno de sus libros, y comenzó a leerlo.

En un momento, cuando Hugo cayó desprevenido a causa del sueño, Julio pudo observar el título de aquel libro misterioso: El libro muerto.

Al principio, creyó que sería una apología de Theodor por crear tangiblemente el Necronomicón de Howard Lovecraft; lamentablemente, se trataba de algo mucho más oscuro que eso.

Hugo cayó tendido a sus pies, víctima de un sueño insaciable que sólo encontró catarsis en los brazos de Julio. Empero, unas bofetadas ayudaron a despabilarlo.

Juntos observaron los movimientos de Theodor, hasta que se percataron de algo ominoso.

¡Oh, el sudario de la maldad caía sobre ellos como un rayo fulgurante sobre la tierra prometida!

¿Qué era lo que sus ojos mortales visualizaban? ¿Es acaso la figura de Mephistopheles la que surge de la tierra? ¿Acaso traerá las tinieblas que oscurecen los claros de luna?

Theodor estaba… estaba hablando con el mismísimo Diablo, y parecía conocerlo desde tiempos inmemoriales. Una relación sin igual, una relación similar a la que tenía con ellos.

Una amistad profunda, deseos impregnados en un libro maldito.

No volvieron a preguntarle el motivo por el cual Theodor no publicaba sus obras, ya que sabían el secreto que se transformaba en una maldición.

Es que el pacto con Lucifer había sido cerrado. Con una gran destreza y dotes literarios, Theodor se transformaría en el mejor escritor de obras de terror de la historia. Sin embargo, sólo a aquellos que odiase debería hacerles leer sus escrituras, ya que las almas de los ilusos quedarían apresadas por el resto de la eternidad en los fuegos eternos del infierno.

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    14 junio, 2012

    Buen relato, Lumiere, saludos y mi voto.

  2. Profile photo of NicolasMattera

    NicolasMattera

    14 junio, 2012

    Muy bueno, me recordó otro cuento publicado por aquí, La Letra Pequeña que está en el Ranking incluso, esa maldición de la escritura cercana a Lucifer. Nada, en horabuena, mi voto

    • Profile photo of Lumiere

      Lumiere

      15 junio, 2012

      Me alegro que te haya gustado. Esta es mi verdadera faceta, la del escritor de obras de terror. Saludos!

  3. Profile photo of

    volivar

    15 junio, 2012

    Lumiere: Muy buen relato; felicidades.
    Mi voto, amigo.
    Volivar

    • Profile photo of Lumiere

      Lumiere

      15 junio, 2012

      Gracias por pasar y dejar tu comentario volivar. Saludos!

    • Profile photo of Lumiere

      Lumiere

      15 junio, 2012

      Me alegro que te haya gustado. Saludos y gracias por leer.

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