El secuestro (1ª parte)

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Todo había sucedido de forma rápida. Cuando Carlos se disponía a entrar en su chalet aquella noche, aparecieron aquellos individuos. Apenas había podido ver sus caras. Uno de ellos sacó una pistola.

__Se va a venir usted con nosostros ahora.

Carlos trató inútilmente de escapar. Le sujetaron.

__Quietecito o te matamos.

Los dos individuos eran corpulentos y además uno de ellos apuntaba con la pistola en su pecho. Se dio por vencido. Tenía que irse con ellos. Le ataron los pies y las manos y le metieron en el maletero de un coche. El coche inició un viaje hacia algún lugar desconocido por Carlos, que estaba viviendo aquello como si fuera una pesadilla. Su viaje en aquel maletero le pareció eterno. Finalmente el coche paró. Le sacaron, todavía era de noche. Le desataron y le condujeron a una casa perdida en medio del campo. Le llevaron a una habitación y cerraron la puerta. En la habitación había una mesa con una silla y una pequeña cama. Una bombilla colgaba del techo. En las paredes había espejos, exactamente dos espejos grandes cuadrados en cada pared, salvo en la pared donde estaba la puerta donde solo había uno.

Carlos se sentó en la cama. Había pasado todo el viaje en aquel coche deseando que aquello fuera un mal sueño, que sonara un despertador, que amaneciera, que le despertara su mujer. Su mujer le estaría esperando en su casa. Estaría, sin duda, preocupada.. ¿Quien sería esa gente?, ¿por qué le habían secuestrado?

Pasaron los días. A Carlos le habían quitado el reloj, pero suponía que cuando apagaban la luz de la habitación ( la llave de la luz no estaba en la misma habitación, sino fuera) es que era de noche, y cuando la encendían es que era un nuevo día. Apagaron la luz hasta tres veces, contando la noche en que le encerraron allí. Por tanto, llevaba dos días de secuestro. Entraba una persona con la cara tapada con una tela negra con dos agujeros para poder ver, como los antiguos verdugos, y le daba de comer. No le decía nada. Cuando Carlos le preguntaba que hacía allí, quienes eran ellos, no le contestaba. La comida era buena. Carlos no tenía mucha hambre, pero intentaba comer algo. Había un orinal para que hiciera sus necesidades. ¿Cuanto tiempo estaría allí? ¿cuanto tiempo duraría aquella pesadilla?

Carlos se preguntaba por qué le habían secuestrado a él. No era un empresario ni un político. Solo era un actor, un actor que ni siquiera estaba en su mejor momento. El chalet en el que vivía, en una lujosa urbanización, era una de las pocas cosas que le quedaban de tiempos mejores en los que había trabajado con prestigiosos directores y había hecho un gran número de películas. Después empezaron a dejar de llamarle. Solo pequeños papeles en series de televisión constituían en ese momento su trabajo. A sus escasos cuarenta años confiaba en mejorar su situación, remontar su mala racha, encontrar un buen papel que hiciera que los grandes directores se acordaran de él. Esa esperanza hacía que no se derrumbara, aunque a veces la depresión le rondaba.

Su mujer, Ana, era modelo, pero a sus treinta años su estrella empezaba a declinar. Mujeres más jovenes que ella le hacían una dura competencia y no podría luchar contra ellas mucho tiempo. Pretendía iniciar una carrera como actriz. Como ocurría con su marido, la esperanza hacía que no se derrumbara.

Ni Carlos ni su mujer tenían en aquel momento una gran fortuna. Carlos se preguntaba entonces por qué le habían secuestrado, que pretendían sacar con aquello, quienes eran aquellos locos. A veces pensaba que se volvería loco allí encerrado, con aquellos espejos empotrados en la pared que le devolvían una imagen patética, la de él mismo en un absurdo secuestro, sin que nadie le diera la más mínima explicación.

Al tercer día de encierro le llevaron libros. Carlos volvió a preguntar al secuestrador de la cara tapada que hacía allí, cuanto tiempo pensaban tenerle. Los días anteriores el secuestrador había permanecido mudo ante las preguntas de Carlos, pero esta vez habló.

__Ya se le explicará todo en su debido momento. Por ahora no puedo explicarle nada. Tenga paciencia.

El secuestrador abandonó la habitación. Carlos se sentó en la silla. Estaba desesperado. Se quedó mirando hacía uno de los espejos. ¿Que hacían allí esos espejos? Sin duda resultaban extraños. No es normal que a un secuestrado se le pongan espejos, y menos tantos. Había llegado a la conclusión de que tras los espejos le observaban. Sospechaba que había gente detras. Eso le hacía ver como más terrible su tortura, ya que no solo le tenían encerrado sino que le miraban como a una fiera en un zoológico.

¿Por qué a él? Esa pregunta no se le quitaba a Carlos de la cabeza. ¿Que dinero podían sacarle a él o a su mujer? Suponía que ya debían de haber hablado con su mjer. ¿Como estaría ella? Suponía que estaría desesperada. Se paseaba por la habitación, se quedaba mirando a alguno de los espejos, se acercaba al espejo y ponía una oreja en él para ver si oía algo. No oía nada, aunque sus sospechas de que detrás había gente aumentaban cada vez más. A veces golpeaba alguno de los espejos. Incluso llegó a gritar.

__Sé que estais ahí detras. ¡Soltadme ya!

Carlos gritaba con todas sus fuerzas para hacer ver a sus secuestradores que sabía que le vigilaban pero solo recibía el silencio por respuesta. Silencio, un continuo silencio, no se oía nada allí. ¿Cuanto tiempo duraría aquello? Alguna vez tendría que terminar. Alguna vez le tendrían que soltar, o tal vez alguien le liberara. A veces pensaba que sería mejor que le sacaran y le mataran. Cualquier cosa menos continuar allí.

El secuestrador entraba día tras día. Le llevaba cominda. Se llevaba el orinal para vaciarlo y se lo volvía a llevar limpio. A pesar de ello, en la habitación empezaba a haber un olor insoportable. Aquel encierro se estaba convirtiendo en una terrible tortura que no parecía tener fin. Carlos llegó a pensar en dejar de comer, en hacer una especie de huelga de hambre. Pero tras momentos de intensa desesperación venían momentos de esperanza, como si el instinto de supervivencia fuera más fuerte que la desesperación. Pensaba en su mujer, a la que esperaba volver a ver, leía los libros que le llevaban. No le llevaban prensa, estaba aislado del mundo. Había perddo la cuenta de los días que llevaba allí.

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    18 junio, 2012

    Muy bueno. Quedamos a la espera de la continuacion. Saludos y voto.

  2. Profile photo of

    volivar

    19 junio, 2012

    Alca, efectivamente, como dice Vimon, esto es emocionante, pero falta el final. Mi voto.
    Volivar

  3. Profile photo of puente de piedra

    puente de piedra

    20 junio, 2012

    Me gustaria leer pronto la segunda parte, a ver si sale ya,
    Te voto y a portada que vas, ja ja ja
    Cuidate

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