La cita

Escrito por
| 195 | 5 Comentarios
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+

Sábado. Tarde de otoño en Madrid. Una cafetería. Una mesa. Una mujer sola. En la mesa, un café y un libro cerrado. No estaba allí para ser leído, estaba para servir de señal a una hombre que había de llegar y con el que esta mujer había concertado un cita.

De vez en cuando aquella mujer, cuyo nombre era Sonia, miraba el reloj. Todavía era muy pronto. Había llegado demasiado pronto, quizá por la impaciencia de conocer a aquel hombre con el que solo se había comunicado por carta. No le había visto en su vida. En cambio conocía todo, o al menos eso creía, de su personalidad. Sabía también su nombre, David. Se imaginaba su físico. Tal vez no sería, pensaba, demasiado guapo, pero sería sin duda atractivo.

La enorme cristalera de la cafetería dejaba ver a Sonia la calle, que parecía presentarse ante ella con un gran espectáculo, por el que no dejaba de pasar gente, con el paso rápido la mayoría, las manos en los bolsillos de los abrigos, con cara de felicidad algunos, de tristeza otros, de indiferencia muchos. Desfilaban todas las edades: niños pequeños, a veces con un globo, que corrían; adolescentes con faldas cortas y botas con enormes plataformas, ellas, y cabezas con el pelo muy corto y un pendiente en la oreja, ellos; parejas de novios, matrimonios, solitarios, ancianos con garrota, muy encorvados algunos.

Sonia esperaba. Se acercaba el momento feliz de conocer al hombre que tal vez fuera el de su vida.

Sonia se había enamorado de David a través de las cartas que durante un largo tiempo se habían estado escribiendo. Todo había empezado en la sección de corazones solitários de un periódico. Cuando Sonia leyó el anuncio de aquel hombre, tuvo el presentimiento de que podía surgir algo entre los dos. Dado que la otra alternativa era la soledad, no dudó mucho en escribir a David. Comenzaba así una relación epistolar que tal vez aquella tarde, así necesitaba creerlo Sonia, dejaría de ser platónica.

Durante algín tiempo Sonia se había sentido condenada a la soledad. A sus treinta años había visto como sus amigas se casaban mientras ella no acababa de encontrar al hombre de su vida. Y no es que ella fuera la más fea de sus amigas, sino que la suerte, que rige en buena medida la vida y el amor, no había querido que entrara en el club de las parejas. Desde que Carlos, su novio durante años, decidió que la relación había terminado, Sonia engrosaba las filas de los solitarios.

“Tienes que comprenderlo, Sonia, lo nuestro ha terminado, le dijo un buen día Carlos. Sonia no podía comprender que la misma persona que mil veces le había hecho jurar amor eterno viera ahora con tanta claridad el final de aquella historia. Tal vez no lo habría visto tan claro de no haber conocido a Natalia, aquella chica de dieciocho años a la que conoció en una discoteca en una noche de juerga con los amigos y con la que se había tenido que casar al cabo de poco tiempo por embarazo de ella.

“A ver si quedamos un día”, decían siempre a Sonia sus amigas casadas cuando hablaban con ella por teléfono. Pero ese día núnca llegaba y Sonia recorría los cines de arte y ensayo, las salas de teatro independiente y las exposiciones de artistas vanguardistas. Se había hecho amiga de la soledad, pero había empezado a cansarse de ella y ansiaba un poco de acción en su vida, la misma que veía en los personajes de las novelas y las películas. David podía salvarla, debía salvarla. Por eso estaba allí, en aquella cafetería, con un libro cerrado al lado de una taza de café como señal. Parecía estar portagonizando una película francesa en viersión original y blanco y negro.

La tarde se había transformado en noche. Por la calle continuaba el desfile urbano con menos niños y más jóvenes. Se acercaba la hora. Ya tenía que estar al llegar el hombre de su vida. Llevaría una rosa de las que venden las chinas como señal. En la cafetería había música de fondo. Sonia esperaba que la entrada triunfal de su principe azul no se produjera con una canción hortera, pues tendría que recordarla el resto de su vida. “Será como en las cartas” se decía. “No me decepcionará” se repetía, para convencerse de que ola vida no siempre tine que jugar malas pasadas.

Por fin llegó la hora exacta a la que David debía hacer acto de presencia en la cafetería. Sonia miraba la puerta impaciente. Un hombre de treinta años con un rosa, de las que venden las chinas, en la mano tenía que entrar de un momento a otro.

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    10 junio, 2012

    Buen relato, Alca. Saludos y mi voto.

  2. Profile photo of Netor

    Netor

    10 junio, 2012

    Entró, pero sin la rosa para pasar desapercibido, por si aquella tarde tenía que aprender a correr, no era su tipo, que pena. Dejas el final abierto para que cada uno crea lo que pasó.
    Buen relato Alcaprofe, besos para ti y Golon

  3. Profile photo of

    volivar

    11 junio, 2012

    Alca: muy buen relato… está uno siempre a la expectativa, y mientras, tú contándonos de los niños y los muchachos que pasan por la calle… siempre obsevando todo (el escritor), y la pobre de Sonia esperando a David que, como dice uno de tus comentaristas, tal vez entró, pero sin la rosa, pues se seguramente se decepcionó al verla. Mi voto.
    Volivar

Escribir un comentario

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.