La fosa de Las Cotorras

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    Coita, Chiapas

    Fue  antesito de la fecha del natalicio de don Benito Juárez, en el arranque de la primavera del 78, cuando escuché por vez primera de la Fosa de las Cotorras. Que era un tremendo hoyón como pozo seco en cuyo fondo había una selva misteriosa, encantada, anidada por cientos de cotorras. Que estaba muy cerca de Ocozocoautla, a pocas horas de camino de la comunidad de Piedra Parada. Así  platicaban los tíos de mi vecino y carnal René Marina, propietarios de un rancho por ese rumbo  y  nos animaban a echar una vuelta. El topógrafo, arqueólogo, Eduardo Martínez  supo por algún lado que la mentada fosa estaba llena de pinturas rupestres y que adentro hacia el Cañón del Río la Venta había otras fracturas más grandes. Eso me encandiló de plano y sin saber nada del oficio periodístico, con una camarita fotográfica de lente fijo, una Voigtlander,de 35 mm. me propuse visitar la zona y escribir algo publicable. Esa decisión significó lo que soy, en donde estoy y lo que me convertí en el paso de los años.

    René, que no escuchaba camino dos veces se apuntó al viaje.  De Tuxtla agarramos un aventón -así circulaba la banda en aquellos  felices tiempos – al pleno centro de Coita. Ahí compramos unas latas de sardinas -de aquellas con empaques ovalados -, galletas saladitas y un paquetón de animalitos, por si conseguíamos café en alguna ranchería. Otro raid nos llevó a cuatro ó cinco kilómetros de Ocozocoautla, sobre la carretera Panamericana, a un camino de acceso a la comunidad de Piedra Parada. Caminando como una hora, y un aventón gondolero más, llegamos al poblado. Se llama así por una piedra, lisa y erguida – una estela prehispánica seguramente – que todavía debe de estar clavada en un predio del lugar.

    No lejos de Piedra Parada estaba el rancho de los tíos de René. No había nadie, los familiares sólo llegaban los fines de semana y nunca les avisamos de nuestro arribo. Nos apersonamos con el cuidador – un vecino, se llamaba don Pedro – que al conocer nuestras buenas intenciones platicó sin hacerse del rogar todo lo que sabía de la fosa. Que estaba tras lomita, que en el fondo había arbolones, que no se podía bajar mas que amarrado como cubeta, que algunos la llamaban la Sima de Copal. Al calor del bla, bla, bla, la doña de don Pedro sacó los platos de caldo de gallina con huevera,  destapamos las sardinas con  saladitas. Un compa de nuestro anfitrión se apuntó con unas caguamas. Ya animados seguimos escuchando que la fosa estaba embrujada, que ahí vivían los duendes, que un gallo cantaba en una cueva y de las luces que corrían por el suelo o pasaban volando. Su abuelito le contó a don Pedro que ya alguien había  bajado en una canastilla con poleas y era cierto lo de las lunas y los soles pintados en las paredes. Estábamos todos tan contentos que don Pedro y su cunca- creo que se llamaba Humberto – se ofrecieron a ir con nosotros a visitar la sima. Dormimos bajo los portales de la casa del rancho, en el piso de losa- ¡ aguevo ¡- con unas cobijas limpias que prestaron los nuevos amigos. Como a las cinco de la mañana, después de haber tragado galletas de animalitos sopeadas en café salimos a la fosa. Don Pedro llevaba un rifle y un par de chuchos  flacos, orejones y de ojo chispado. El otro amigo traía su machete acapulco para abrirnos paso entre los arbustos de cachito: no jode tanto el piquete de la espina como el veneno de la hormiga que vive adentro.

    En menos de dos horas llegamos al sagrado abismo.  Salió detrás de un montón de árboles, casi de sorpresa, magnífico, cautivante.  Al final del precipicio, un botón de selva espesa  cubría  la base  de la gigantesca olla. Muchas cotorras, el chinguero, anidando en la pared circular, blanca, enorme. Esto no se veía ni en las mejores películas matineras de Tarzán. Cuando la naturaleza quiere nos marca para siempre con su complicado lenguaje. Y nosotros, intrusos peluditos veinteañeros, con un bagaje escaso de cultura, no teníamos palabras ni respuestas para comprender el tesoro que nos regalaba el monte. Del puro gusto don Pedro tiró un plomaso al aire. Un remolino de alas verdes, chillante, comenzó a elevarse por el centro de la fosa.Volando en círculo, parvadas de escandalosas, encabronadas, cotorras se perdieron en el azul del cielo.  Seguimos un balcón natural y bajamos caminando unos 20 metros hacia una terraza en la pared; por ese lado apreciamos  varias pinturas antiguas,   ejecutadas en lugares innacesibles. Los chuchos, que habían estado muy machitos, no quisieron entrar y aullaban asustados mientras gateábamos entre el monte y el borde de piedras. Alcanzamos una cuevita en donde aparecieron unas manos pintadas. Hasta ahí nomás nos arriesgamos, más abajo, solamente con cuerdas.

    Empachados de tanta belleza y misterio regresamos a Piedra Parada, felices de haber logrado nuestro objetivo. Ya en Chiapa mandé a revelar mi rollito de 24 fotos, blanco y negro; y de todas, que no sirvieron para nada, aparecieron como cinco de calidad más o menos. Escribí un texto muy desubicado en cuanto a las características físicas del lugar, pero que traía una medula de la impresión que me había causado la jornada.

    En un viaje al D.F. visité a la revista Contenido y la que se llamaba Signore, esas y otras me mandaron por un tubo,  porque el lugar era atractivo, pero nunca habíamos tocado el fondo. Mi último cartucho fue México Desconocido, que en ese entonces operaba en la calle de Aguascalientes, en la colonia Roma. Me atendieron Luis Moreira y Harry Moller, le echaron un ojo al material y les gustó. No lo vamos a publicar de inmediato- me dijo Moller-organizaremos un viaje con gente experta que descienda a la sima y lo complementamos.” Pero bienvenido a bordo”, me avaló el buen viejazo. Así empezó todo.

    El material apareció publicado un tiempo después en el número 66 de la revista. Para entonces ya estaba trabajando como colaborador regular de México Desconocido, con algunos escritos y aportaciones fotográficas. En 1982 Carlos Lazcano Sahagún del Grupo Espeleológico Universitario hizo una exploración profesional de la fosa. El levantamiento topográfico reportó un diámetro de boca de más de 142 metros y un tiro de descenso de 92 metros en la parte más alta, escribió Carlos. El grupo encontró registros de tres descensos, el más antiguo de noviembre de 1897. En la presidencia de Coita estaba el acta de la última incursión, hasta ese entonces, de 1979. El trabajo de Carlos Lazcano salió publicado en el número 72 de México Desconocido.

    Actualmente la Fosa de las Cotorras está al alcance familiar. Hay un camino de acceso hacia un parador ecoturístico. En el lugar se puede acampar, cuenta con un restaurante, un hotelito y te asesoran por si quieres bajar a rapel a la fosa. Esta joyita del corazón de Chiapas forma parte de la Reserva Especial de la Biósfera El Ocote.  Una chulada de selva, de las últimas que quedan en América, partida en medio por el Cañón del Río La Venta, con muchas cuevas, simas, sitios prehispánicos. Grupos espeleológicos internacionales han efectuado acertadas exploraciones en todo el encañonado y puntos neurálgicos como el Sótano de La Lucha y el soberbio Arco Natural, no muy lejos del embalse de la presa de Malpaso. Y dicen que todavía hay más, mucha magia y misterio allá adentro. Pero esas son otras historia

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      5 junio, 2012

      Muy interesante relato, David, ojala y sigas subiendo cosas del Mexico magico y misterioso. Felicitaciones y mi voto.

    2. Carmen

      29 septiembre, 2012

      Gracias por tu relato, que nos inspiró a ir a conocer el lugar y fue una experiencia maravillosa.

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