Mariposas en soledad

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    Se sentó, miró a su alrededor y vio el odio de un mundo que a su vez la había odiado desde sus pasos de neonata.

    No se merecía eso. ¿Por qué? Si su primer chupete lo cedió en propiedad a su hermano que lo llevaba exactamente once meses.

    Hija de un albañil alcohólico, sin más interés en la vida que su botella de vino, y si acaso algún momento de “cariño” para hacer algún hijo más a su madre.

    Esto ocurrió hasta seis veces seguidas.

    Ella era la segunda de sus hermanos, que se repartían en sexos como los días que se erigían morados en el cuerpo de su madre.

    Se criaron allá, en ese pueblo que maldijo y al que nunca quiso regresar.

    Le seducía la naturaleza, la vida, las sensaciones sin frialdad, los aromas sin artificialidad y a la edad de la madurez de los sentimientos encontrados, logró comprarse un chalet de esos que hacen en plan cadena de producción de zapatillas deportivas.

    Tenía al fin sus quince metros cuadrados de jardín, donde podía invitar a sus hijas los fines de semana, y a sus recién nacidas nietas a tomar una paella los domingos.

    Pero tenía miedo a abrir una botella de vino, recordaría entonces cuando pasaba por la oscura cantina de su pueblo, en busca de su padre.

    Este, la sentaba en la barra del bar y allí como una especie de mascota, la invitaban a cacahuetes.

    Con el paso del tiempo, se dio cuenta que era alérgica. Por eso, siempre notaba un picor en la garganta. Pero esos cacahuetes y los brazos sobre su cintura que la alzaban a la barra, eran el regalo y el gesto más próximo a un padre cariñoso que llegó a tener.

    Caminaban hasta su casa, perdón zigzagueaban hasta ella.

    Ella intentaba sostener su peso para que pudieran andar recto, y llegar lo antes posible, porque sabía que al llegar a casa. Empezaba la función teatral, donde él tenía siempre el papel protagonista.

    Tenía la esperanza que de las dos funciones que tenía esa noche, interpretara la de ángel que se desfallece al llegar a la cama y no la de demonio que despierta para hacer desfallecer de dolores morados a su víctima.

    Eso fue siempre así, sus hermanos se cuidaron los unos a los otros. Protegieron a la madre para que los golpes se mulleran en los algodones de sus abrazos.

    Cuando tuvo la mayoría de edad y con el mismo talento que aún rezuma en cada uno de sus gestos. Tuvo que anular la matrícula de la universidad, para cuidar a su madre que la acababan de detectar un cáncer.

    Y no sólo eso, sino tuvo que trabajar para pagar las deudas que se bebió su padre. Murió para la tranquilidad eterna ese mismo verano.

    El cáncer, desintegró a su madre en un par de meses. Quizás, porque ya no era una pieza entera, sino eran retazos de lo que fue una vida dedicada a la cría, para poder finiquitar con la felicidad de ver a sus hijos fuera del alcance de las garras del depredador de su familia.

    Un año después, volvió a matricularse en la universidad.

    Compró todo tipo de objetos de papelería y se enfrentó a este periodo con la esperanza de la ilusión del que sabe; que por malo que sea, todo va a ser mejor.

    El primer año de carrera, fue extraordinario. Sabía que su futuro sería ser abogada, para poder defender a la mujer maltratada, aunque para ello tuviera que seguir las diez horas diarias sirviendo cafés y limpiando casas. No importaba, lo tenía claro. Esa sería su vida, una vida.

    Al comenzar el segundo año, se percató de un pequeño detalle. Aún no había hablado con ningún chico.

    Maldito padre, no quería que provocara en ella más traumas. Tenía que salir con chicos, como lo hacían el resto de sus compañeras.

    Así lo hizo, pero no por desdén. Se enamoró del chico más dulce, simpático de su clase y el sentimiento fue recíproco.

    Ella odiaba los espejos, recordaba cuando en el angosto pasillo de su casa, se miraba antes de ir al colegio para comprobar si tenía demasiadas ojeras, tras la fatídica noche anterior.

    El noviazgo no duró demasiado, los tres meses para que hicieran el amor y dar las gracias a la educación sexual del colegio al que fue con las ojeras, y a un sistema educativo tan obsoleto y falto de de coherencia como el mandatario de su país.

    Fue entonces, cuando la familia de su chico por aquel entonces, con la frialdad de un inverno austral y sin conocerla propinaron sobre ella, lo que hasta entonces eran unas lágrimas desconocidas.

    Ya no eran gotas salinas de dolor hacia otra persona, esta vez eran propinadas hacia ella.

    Ella que fue madre de su hermana, hermana de su madre y ahora sería madre de un bebé tachado de maldito, de pecado.

    Hijo de pecado, engendrado por una pecadora. Así la tildaron.

    Cuando el mayor pecado que cometió, fue enamorarse y dejarse llevar por los instintos biológicos, naturales y propios de la edad.

    Pero, si ni siquiera la conocían. ¿Por qué?, ¿por qué, a ella?

    Pasada una semana y tras proporcionar la información a ambos bandos. Se produjo el antagonismo de las opiniones.

    Ella que incluso viviendo en la oscuridad, entendió que había toda una gama infinita de grises. Justo que ahora estaba tan próxima al gris claro, tan claro como las gotas de felicidad que demarró su hermana más pequeña al conocer la noticia.

    El dolor del odio hacia ella mostrado por la familia de su chico, que a partir de ese momento se convirtió en rival.

    Ella nunca sintió ninguna sensación de odio, porque su corazón siempre estuvo ocupado por amor. El odio sólo puede albergarse en corazones vacíos.

    Fueron nueve meses por una ilusión, por la vida, por crear una familia. Pero en ese proceso, no encontró un espejo donde mirarse, así que regresó girando en el tiempo a la soledad acompañada de su propio cuidado. Volvería a rescatar la caja de apósitos para el alma, que guardó el día de la muerte del depredador.

    Se casaron de “penalti”, nunca entendió de fútbol y menos de leyes que firmaran el amor dentro de un rectángulo de celulosa. Tras esa firma, él tomó el papel de mecenas para tapar los agujeros económicos de un proyecto de familia en pañales.

    Llegó Cristina, mismo nombre que su madre y abuela. Con la esperanza aunque sólo fuera por un suspiro, que su vida no tuviera ni un solo reflejo del odio que sembraron sobre ellas.

    Intentó crear un círculo entre los tres, pero el usó constantemente las tijeras para cortarlo, para dejar escapar; lo que podía haber sido el padre que se fijaba en la hija y el marido que no maltrataba a la esposa.

    Otra nube más en el cielo del planeta, donde los sexos no deberían ser ni azules, ni rosas. Deberían ser azul-rosados o un color indeterminado, tirando a asexuado. A ser humano.

    Cristina tenía cinco años, el bebé era objeto de admiración en cada gesto por parte de la familia materna, a la par que desestimada como un lastre dentro de un avión ultraligero por parte de la familia rival.

    Cuando se dio cuenta de que el marido, o el papá de Cris como la llamaba mientras se divertían jugando, se escapaba por segunda vez con su secretaria.

    Una mujer, que a mayor tamaño de pecho, mayor éxito en la vida.

    ¿Éxito? Éxito, era ver la sonrisa de Cris mientras la tocaba su barriguita, éxito era ver como sus hermanos la hacían reír y como nunca la faltó ni un beso, ni un arrumaco.

    Al mes siguiente, pidió el divorcio. Fue un divorcio amistoso, tan amistoso que quedó en eso; en amigos. Por eso nunca se volvió a preocupar por Cris.

    No tenía que hacer un nuevo punto de partida. Ella partió embarcada en el primer mar de lágrimas moradas dirección al alma pura y distante del odio, próxima a la felicidad. Aunque fuera inventada.

    Intentó, no hacer distinciones entre las niñas y niños que fueron yendo a los respectivos cumpleaños de Cris.

    No quiso, que el machismo fuera un veneno. Necesitaba saber que ese veneno, no envenena.

    No quería escribir una historia entre el olvido y el recuerdo, se quedó con las dos cosas para poder contribuir a solventar las dudas de Cris, cuando entrara en la edad en que comienzan los gustos por los placeres carnales.

    A los catorce años, comenzaron las dudas sobre los chicos. Se decantó por los chicos. Ella dudó sobre qué ocurriría si la gustaban las chicas. ¿Serían las mismas dudas? Supuso, que sí.

    La llevó de la mano hasta el imperio de las sensaciones, de los primeros deseos, de las primeras fiestas y de sus primeras lágrimas por el chico que no la hacía caso.

    Ella en ningún momento dejó de apoyarla y jamás dijo que los chicos fueran ninguna especie de demonio, con un cuerpo cavernoso que en la mayoría de ocasiones se extendía hasta ser parte de un cuerpo fusionado por deseos para llegar a formar un ente de desatinos hacia ellas.

    Cris tenía novio formal, ella se sentía sola los sábados cuando se dedican a ver películas lacrimógenas, la mayoría comedias románticas.

    Ellas no se fijaban en el argumento que era tan predecible como el beso que siempre la daba antes de dormirse, pero se fijaban en las ciudades donde transcurrían las películas, para ver dónde irían ese año de vacaciones de verano.

    Las gustaba recrear las escenas de las películas mientras se reían hasta que el dolor de barriga se hacía tan intenso, que tenían que parar. Sabía que esas sonrisas tan puras, nítidas y el abrazo de después serían las mariposas que ella crió, que volarían en libertad y que jamás las atravesaría con el alfiler de la intolerancia en su desarrollo.

    Pero este verano sería diferente. Su hija cumplía ya los veinte años, y la había pedido que si podía ir de viaje con su novio.

    La insistió que todo dependería de sus calificaciones. Estaba en segundo de derecho, necesitaba como el suspiro de una ficción soñada, que empezara a sentir la pasión que sentía ella por la profesión y todo lo referente a la justicia.

    Ahora reflexionaba sobre ello sentada en el nuevo sofá de cuero blanco, que acababa de comprar justo debajo del bufete del que ella era socia junto a otras dos compañeras de universidad.

    Defendían toda clase de causas a favor de la mujer, mejor dicho a favor de la igualdad y con un objetivo tan altruista como que su hija, viviera en un mundo menos malo. Con el tiempo, empezaron a ganar dinero. Ella nunca lo persiguió pero fue dejando siluetas en las puertas porque su niña, nunca tuviera ninguna necesidad económica.

    En este proceso de un lustro de antigüedad, para el público empezó siendo lesbiana luego misoginia y ahora pija. Nunca nadie la definió como niña-mujer maltratada o ser humano luchador.

    Cuando el bufete empezó a funcionar a pleno rendimiento, decidieron contratar becarios. Aún recuerda a los dos primeros, fueron una chica y un chico recién salidos de la carrera. Entonces, al fin pudo hacer el mismo contrato, con las mismas condiciones para los dos. Después de tantos y tantos trabajos, después de limpiar casas a destajo, tantos cafés y tantas copas; ya no sin ningún tipo de contrato, sin ningún tipo de agradecimiento en la mayoría de las ocasiones, que es peor. Hasta bufetes donde cobraba menos que sus compañeros, donde tuvo que servir cafés, cuando objetivamente, era la más talentosa de aquella banda.

    Así que ese contrato lo firmó con el trazo firme, como ella fue en todas las ocasiones en las que no se derrumbó ante las injusticias.

    Con ese pleno rendimiento del bufete y con la niña con cientos de actividades extraescolares, tomó la dura decisión de contratar a una empleada del hogar. Pensó en contratar a un hombre, fue cuando sus compañeras la trataron de sexista. Por lo que ella, borró esa idea como lo hizo con la sonrisa de su ex marido y que aún conservaba Cris.

    Guardó ese recuerdo en un ataúd, lo enterró con la tierra seca de un dolor sin lágrimas y con la capa de tierra suficiente para no tener que volver nunca a necesitar aquellos abrazos de universidad.

    Intentó hacer las entrevistas a las empleadas de la forma más objetiva posible y eliminando la idea de su cabeza de no ser un vieja machista.

    Redactó un anuncio en el periódico local y al día siguiente a la una de la tarde tuvo su primera llamada.

    Quedó en hacer su entrevista en dos horas.

    Llegó María, dulce y temblorosa con la calidez en el brillo de su mirada. Todas las preguntas fueron parte de un cuestionario banal, ni siquiera personales.

    Porque se quedaría sin ninguna duda con la prestación de sus servicios.

    Prepararía el contrato al llegar a su recién ampliado bufete.

    A la mañana siguiente comenzó a trabajar en su casa, mientras que a ella sólo la llegaban flashes que guardaba en la recámara de la recelosa memoria, la que no pudo formatear completamente y eran esos retazos de recuerdos los que la hacían ser mejor persona. Al menos eso su consuelo, tenía que auto-convencerse para no hurgar en el saco de los desprecios que recibió en las decenas de casas que trabajó como haría María ahora en la suya.

    Esperaba no parecer prepotente, ni madraza, ni dura, ni frágil, ni mandona, ni pasota.

    Estas dicotomías la asustaban, quería mantener las distancias al menos al principio y pasados dos meses, se acortaron tanto que María terminó viviendo con Cris y con ella en la habitación roja.

    No tomaron esa decisión por el simple hecho de tener una amiga para Cris o compañía para ella, ni por el tamaño del dúplex. Lo decidieron por la protección y la integridad de ella, que tras vivir una infancia mecida en la hamaca de los lujos, el cariño y el amor efervescente de sus progenitores.

    Al llegar a la mayoría de edad, el propio día de su cumpleaños decidió invitar a la comida a su pareja, encantadora y con una infinita calidad humana. Era el momento, tras tres años de relación que se podría considerar no perfecta, pero si equilibrada.

    Llegó el desequilibrio cuando dijeron a sus padres que ella era la persona por la que su expresión era siempre de día despejado y sus sueños de noches estrelladas.

    Todo se tornó en días nublados y los sueños en bucles constantes a un pasado de hamacas.

    Fue cuando arrojaron su hamaca al vertedero del olvido y todo porque su pareja, acababa en una “a” y no en una “o”.

    Con el tiempo tras haberla destrozado su prometedora carrera profesional, se dedicó a recoger las piezas del puzle de la vida que perdió en el postre de su cumpleaños para fijarlo con el pegamento de una nueva María. Para terminar dándose cuenta que nunca tuvo un puzle encajado, sólo vivió en un marco para mostrar a los conocidos de sus padres como ejemplo de hija y terminar siendo el despojo humano que se confundió al elegir su tendencia sexual.

    Pero papá: ¿cómo voy a elegir?, las dos nos elegimos, nací con ese gusto; soy tu niñita María.

    Nunca existió ni una solitaria llamada, ni un estás viva.

    Murió durante dos años recorriendo los senderos de la soledad más llena, repleta de recuerdos de abrazos de amor. Se sumergió en océanos de ginebra buscando en ellos una isla con forma de hogar. Tras no encontrarla ni por un aislado momento, voló al cielo de la felicidad química montada en el avión de las drogas para aterrizar en picado en una clínica de desintoxicación, pagando antes todos los billetes con sábanas de usar y tirar con elementos del mismo género que la persona que la tiró al vertedero de la sociedad.

    Tras un año de sudores, monos, metadona y fármacos derivados. Con la entereza y fuerza de un ser humano, que sabía que esa intolerancia era la que la había ayudado a no poseer la toxicidad química dentro de ella.

    Salió un lunes a las diez de la mañana y se fue a desayunar a uno de esos bares sin humo. Había dejado todas las sustancias cancerígenas ilegales, ahora sólo fumaba pero prefería no hacerlo demasiado, porque el vicio pequeño parecía que siempre buscaba la compañía de sus hermanos mayores.

    Pidió un desayuno mediterráneo mientras las nubes del recuerdo eclipsaron y fijaron su mirada en el exceso de maquillaje en el ojo derecho de la camarera.

    Ella había sido una chica maquillada no sólo la cara, sino también el alma después de las palizas de su “manager” antes de recibir a su cliente.

    Intentó no fijarse más en ella, aunque sólo tenía ganas de llamar a la policía para que arrestaran y mutilaran al antihumano que hizo eso.

    Se acercó a por el periódico con la ilusión de una niña en su primer día de clase en el reencuentro con sus compañeras, y comenzó a leer las ofertas de trabajo la sección de servicio doméstico, para su desgracia y gracias a la expulsión de su casa.

    Si nunca entendió sólo su expulsión, menos entendió que si ellos eran más fuertes y resistentes. Una cuestión que podía comprobarse en todos los registros de los juegos olímpicos, ¿no estarían mejor capacitados para los servicios domésticos?.

    Pasado el tiempo, hicieron entre ellas un triángulo equilátero en el cual todas aportaban lo mismo, vivencias tan diferentes; pero con el mismo fondo.

    En los tiempos que corren, Cristina y María esperaban ver algún atisbo de progreso y efectivamente lo vieron. Pero eran cambios de cosmético, de los que quedan muy bien por fuera, pero por dentro si rascas en ellos. Todo sigue siendo lo mismo.

    María se agarraba férreamente a esa familia, fueron tantos huracanados los sentimientos que rompieron los diques de los convencionalismos para pasar a ser madre y hermana.

    Ahora, intentaba acceder a la universidad a toda costa. No era por ser superior a nadie, recordaba como era antes de que su familia biológica anudara la bolsa para depositarla en el contenedor del olvido, como se pasaba las horas vivas leyendo y escribiendo poemas, relatos y toda clase de literatura para concursos. Era feliz enseñándoselos a sus compañeros y profesores, que siempre la alentaban para que siguiera escribiendo.

    Quería estudiar una de esas carreras que nunca te dan para vivir, eso la daba igual estuvo muerta varios años. Ahora lo sabía; aún tenía la vida y cuando estudiara esa carrera tendría la pasión, que sabía que estuvo hibernando para despertar en el verano de la resurrección.

    Los fines de semana salían Cris, su novio Rubén y ella. Solían ir a cenar siempre al mismo restaurante para después ir de copas a los mismos bares, eran refugios de luces intermitentes y miradas fugaces.

    Ella recuperó su expresión de día despejado. Rubén y Cris se reían mucho al ver como todos los fines de semana intentaba ser seducida por algún chico. Se habían propuesto hacen una libreta con todas las artimañas que usaban con ella, para comprobar cuál era la más repetida.

    En estos refugios de luces intermitentes no echaba de menos el alcohol, pero si el abrazo de una chica y los besos como los que se daban los demás. Así que viendo que eso no tenía visos de cambiar, un fin de semana los tres optaron por ir a un bar de esos que denominan de “ambiente”.

    ¿Por qué?, ¿siglo XXI? y ¿distinguimos entre sexos?, ¿acaso no eran los mismos refugios de luces intermitentes?, acaso las luces, ¿tenían sexo?.

    Tras protestar durante más de un mes, tras hablarlo largo y tendido dentro del triángulo equilátero. Se fueron de compras.

    El sábado por la noche bajó las escaleras del dúplex, donde la esperaban en el hall como hacen con las princesas de cuento. Ella siempre tímida y vergonzosa volvió a subirlas para cambiarse, pero se lo impidieron.

    Al llegar al pub de “ambiente”, vio reflejado el odio de una sociedad y el confinamiento de un grupo de personas que tenían tantos deseos de sentirse queridas, que buscan los besos sin miradas. Se agobió y huyó de las luces cual vampiro en un amanecer.

    Cristina ahora tenía que volver a lidiar con otro problema, esta vez de su nueva hija. Pero era madre y orgullosa de sus hijas.

    Unos meses después, tras insistentes miradas los fines de semana de la chica que se situaba siempre al lado de la máquina de tabaco, se encontró con ella comprando el pan. Se saludaron con la mirada, esperaba que esa mirada nunca refugio del mal desatado contra ella.

    Puso la alarma en el móvil y en el corazón para ir a la panadería todos los días. Cristina, se dio cuenta al tercer día que María perfumó toda la casa mientras se acercaba a la puerta.

    Tras varios reencuentros, comprar el pan durante un mes, mirarse infinitamente y comprar cinco paquetes de tabaco por sábado. Llegó el gran día. Ana, la propuso un café, ella aceptó su ofrecimiento y ese fue el comienzo de lo que es ahora un matrimonio con la niña bebé más risueña de la urbanización.

    Vivieron el inicio de su amor con la intensidad y la ilusión de un rayo de luz que se abre paso en un día encapotado.

    Ocultaron su amor a la sociedad pero nunca a sus familias. Los fines de semanas iban al pub de “ambiente”. No eran muy cariñosas en público, no por pudor, sino porque las amedrentaba el odio y la exclusión que podrían sufrir del ser humano que a si mismo se excluye de la humanidad. Era sólo en ese pub donde se podían besar y abrazar sin ningún tipo de censura.

    María echaba de menos a Cris y Rubén. Entonces fueron a la fiesta de cumpleaños de su hermana, lo celebraría donde siempre. Todo era perfecto hasta que Ana se acercó con el sigilo del aleteo de una mariposa y depositó un inocente beso en María, movida por el deseo de ver como su mirada se encontraba en el infinito y que pensar que es en ese infinito se encontraba ella.

    Como si de un apagón de luz se tratara, el cosmos del pub se detuvo para girarse e intentaran buscar el arma asesina. Allí empezaron los desprecios de la gente.

    No describiré los comentarios de los asistentes repartidos por sexos y siendo los más dolorosos, los de sus supuestas amigas.

    No entendieron si lo de los chicos fue por no querer ningún tipo de relación con ellos, y menos los de alguna de las chicas, debería ser que tendrían miedo a que se enamorasen de ellas. Las parecía de un egoísmo tan profundo, como el amor y respeto que había entre ellas.

    A la mañana siguiente, Cristina había preparado el desayuno y otra vez a luchar para hacer entender que el machismo seguía sin envenenar y que ellas no tenían que ser el medio de transmisión de ese odio, tenían que ser el vacío.

    Albergaron el vacío durante todas las ocasiones similares que se produjeron en su vida.

    Cris en su carrera como vicepresidenta de una empresa, donde nunca se descartó que ese puesto hubiera sido conseguido, por sus dotes sexuales. Y María, como una afamada editora donde su inusual talento se debía a su especial sensibilidad por ser homosexual.

    A día de hoy Cristina, no sólo formó una familia de un papel mojado. Sino que formó dos, unidas, entrelazadas e hibridadas por los lazos menos sanguíneos y más puros que se pueden anudar como son los del amor y la tolerancia.

    A la altura de mayo con la llegada del buen tiempo, usaban el césped del jardín para corretearan con los bebés y los domingos para preparar su tan renombrada paella, donde siempre Cristina a la hora del café pensaba: “Soñé un sueño, viví una vida. Para terminar soñando una vida y viviendo una realidad”.

     

    David EPC ©
    Todos los derechos reservados y copyright a nombre de David EPC.
    Valladolid, España 2012

    Comentarios

    1. Ondina Marian

      15 junio, 2012

      Deslumbrante, desgarrador, auténtico. La lucha callada y pertinaz de quién sabe que la fuerza del amor a la vida, a superarse, junto con una ferrea voluntad por crecer, por superarse y avanzar, es el mejor de los caminos a seguir. Ondina.

    2. Monica

      15 junio, 2012

      Increiblemente todavia se vive la intolerancia, solo espero que las siguientes generaciones sigan luchando por la igualdad, contra el machismo y la discriminacion, felicidades David, tu prosa es tan bella como tu poesia

    3. YBETH

      15 junio, 2012

      Sencillamente fantastico…. tus letras tan atinadas y tan reales… debo confesar q por alguna razon q desconozco o tal vez si…. lograste remover las fibras mas profundas de mi alma….. tu admiradora all 100%

    4. sonia

      15 junio, 2012

      Felicidades!!! Hay que seguir luchando para que historias como estas no se repitan. Tolerancia, diversidad, aceptación ¡ la felicidad cada cual que la encuentre donde la quiera encontrar!. Un besazo

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