Mulato

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Los vientos de violencia recorrían al país, por el pacífico pueblo de Jiquilpan pasaban de oriente a poniente, de norte a sur lo mismo gavilleros, realistas e insurgentes; la población no atinaba si salir a la calle o esconderse en sus casas y jacales.

Tiempos violentos en que un costal de maíz, una vaca, un cerdo o cualquier cosa que sirviera como arma eran objeto de codicia tanto para aquellos levantiscos que pretendían liberarse del yugo español como para algunos criollos partidarios de la monarquía europea.

El pueblo de Jiquilpan no era la excepción, las tropas de Pedro Celestino Negrete, el más sanguinario de los realistas rondaban continuamente en las regiones cercanas al Lago de Chapala en busca del hacendado Luis Macías y del Cura Marcos Castellanos que hacía rato estaban dando batalla y descabezando regimientos fieles a la Corona.

Los mulatos e indios de la región de Jiquilpan estaban temerosos, en cualquier momento llegaban los realistas o los insurgentes para amarrarlos a sus respectivos ejércitos y llevarlos a pelear o a morir por una causa que no conocían y a lo mejor no les importaba.

Manuel Canela mulato fugado de la hacienda de Huaracha, buscaba esconderse entre los extensos y altos maizales que se extendían desde la hacienda hasta las primeras casas del barrio indígena de San Martín Totolán.

 

Tenía que esconderse no  sólo  de las levas de los ejércitos sino también de los perros de presa del amo español que a esta hora le estarían buscando a lo largo y ancho de la región desde el cerro de Huaracha hasta el Río la Pasión cerca de la capital de la Nueva Galicia y de los indios de Totolán que guardaban sobrados motivos para odiar a los negros y mulatos que continuamente arremetían contra sus siembras y sus mujeres ya por gusto o por órdenes de Victorino Jasso, dueño de la hacienda más poderosa de la región.

Escondido entre las cañas de maíz, su negra mirada perforaba las calles del quieto barrio de San Martín Totolán, en una esquina dos negros  hablaban con Encarnación Ceja, sobrino de Serafín, el capataz de la hacienda que se había hecho famoso por capturar al mulato Martín Toscano, el más temible de los bandidos de que se hubiera escuchado hablar.

Encarnación era peor que su tío Serafín, Manuel  le había visto arrancarle la oreja a uno de los indios de la hacienda porque no había respondido a su llamado, le había visto patear el vientre de una mulata que se había preñado sin el consentimiento del amo, le había visto matar a garrote a un viejo negro que no pudo levantar una carreta desvencijada.

Ese era Encarnación Ceja, la personificación del mal y el motivo de que él estuviera huyendo sin rumbo fijo tratando de evitar la muerte que le esperaba. Temprano por la mañana, el amo en persona pidió al mulato que buscara y preparara su caballo pues tendría que recorrer los linderos de la hacienda, el mulato callado se levantó de donde descansaba y caminó casi a llegar a las casas de los peones donde encontró pastando al noble bruto, lo tomó del lazo y emprendió el camino de regreso.

-¿Dónde llevas ese animal perro mulato?

Era la voz aguardentosa  del sobrino del capataz quien sentado en una cerca de piedra le gritaba al tiempo que le señalaba con un machete.

-El amo me mandó a buscarlo… de veras, él me dijo que se lo arrimara para recorrer los linderos.

-¡Mientes negro, te lo querías robar pa escaparte como los demás!

-Le juro que no amo Encarnación, se lo llevo al amo Victorino, él me está esperando.

Encarnación se acercó al mulato y levantó el arma para descargar el golpe, pero el muchacho en un acto de reflejo logró evadir el mandoble y hacerse de una rama de ocal con la que desmayó al esbirro de la hacienda, a correr por su vida, a esconderse y rogar por que no le encontraran, tocar a uno de los criados preferidos del español era igual a morirse.

Manuel intentó reiniciar su huida pero la región estaba convulsionada por los enfrentamientos que se daban casi en cada pueblo, esperó la noche para poder escapar, podía irse a través de la sierra a las regiones de Mazamitla o avanzar a través de la Ciénega hasta la hacienda de Toluquilla donde nada podría hacer el amo por atraparlo nuevamente.

No, lo mejor sería buscar a Gordiano Guzmán, mulato igual que él y que encabezaba un nutrido grupo de insurgentes, o quizá volver a Jiquilpan y esconderse en el mesón de Don Vicente Ferrer que aunque también era español no quería mucho al hacendado Jasso, a lo mejor él podría esconderle un tiempo.

Era casi la media noche cuando  llegó a Jiquilpan, el mesón estaba cerrado así que decidió recorrer el pueblo en busca de comida, hacía muchas horas que su moreno cuerpo no recibía alimento alguno, a lo lejos se escucharon detonaciones y gritos de dolor, era una batalla, al amanecer, vencedores o vencidos, llegarían a Jiquilpan.

Era de mañana cuando el ejército realista cruzó la calle principal de aquel poblado cabeza de distrito, Manuel del Río, ex comisario de la Santa Hermandad  capitaneaba al maltrecho regimiento de la Corona Española, los soldados pasaron a todas y cada una de las casas del pueblo y sacaron a los hombres en edad de combatir para concentrarlos en la plaza principal; entre estos hombres y a causa de haberse quedado dormido se encontraba el mulato  quien de pronto se vio con casi cien hombres más entre los que estaban  mulatos, negros e indios frente al pelotón comandado por el realista.

Manuel del Río, criollo soberbio que consideraba todo lo americano como indigno de buscar igualdad a lo existente en la Madre Patria, recorría con su mirada el grupo de prisioneros, hizo que los soldados formaran una sola fila y comenzó a caminar, los contaba y uno de cada cinco prisioneros era puesto aparte.

Terminó el criollo de hacer la cuenta y agrupó a los casi veinte hombres escogidos, dio órdenes, a la mañana siguiente los escogidos serían colgados o pasados por las armas; el mulato no había sido escogido, los soldados dispersaron al resto de los prisioneros, pero el de sangre africana se quedó escondido en uno de los pilastrones de las casas vecinas.

 

El pueblo, sumido en una miseria que había iniciado antes de la guerra y que con ésta se recrudeció miraba impotente el inminente sacrificio de aquel puñado de jiquilpenses cuyo único pecado fue estar cerca de Manuel del Río cuando se lamía las heridas de la derrota impuesta por el Lego Gallaga horas antes.

Llegó la noche los prisioneros que quedaban se apilaban alrededor de una fogata en la plaza principal, el mulato  no se había movido de su escondite en varias horas, casi la media noche un joven se acercó al grupo de guardias, fue conducido ante el jefe de los realistas, después de un breve intercambio de palabras, uno de los guardias desató a uno de los prisioneros y ató en su lugar al visitante.

El mulato esperó paciente la madrugada. Hombres, mujeres y niños se encaminaban  al norte de la ciudad, rumbo al pueblo de Sahuayo, entre los prisioneros que llevaban los soldados se encontraba el joven que la noche anterior se había acercado a hablar con el comandante de las fuerzas españolas y entre la multitud caminaba el hombre que había sido liberado horas antes.

Junto con la multitud, los prisioneros llegaron a la orilla del pueblo donde algunos prisioneros fueron colgados de los enormes árboles  y otros muertos a tiro de arcabuz y dejados los cuerpos a su suerte.

 

 

 

El mulato emprendió el regreso en medio de las maldiciones dichas a media voz por los lugareños contra el ejército ahí escuchó la historia del muchacho que había llegado la noche anterior a la plaza: su padre había sido escogido entre los quintados  y el hijo pidió al realista cambiar una vida por otra y eso era lo que había pasado, el intercambio se había consumado en el lugar que a partir de ahí la gente llamó El paraje de los colgados.

Las luchas seguían en toda la región, las noticias del enfrentamiento de Gordiano Guzmán y su victoria en la Estancia de la Hacienda de Toluquilla llenaban de alegría a los jiquilpenses que mientras se enorgullecían de estas y otras victorias veían como el alimento escaseaba cada vez más y las enfermedades devoraban vidas.

Para el mulato no había más camino, como tantos otros tendría que abrazar el partido insurgente y unirse a la lucha, caminó muchos días y muchas noches hasta llegar a uno de los puertos clandestinos de donde se embarcó, ya entrada la noche, a la isla de Mezcala.

La isla era un caos, entre los líderes de los insurgentes se encontraba el Cura Marcos Castellanos y el ranchero Luis Macías vecinos los dos de la hacienda de La Palma y enemigos proclamados del gachupín que fuera su amo; un puñado de hombres mal armados, mal vestidos y con hambre intentaban entender las instrucciones de batalla del Cura Marcos Castellanos alrededor de una fogata mientras veían ansiosos el arribo de las canoas procedentes de San Pedro Caro, Cojumatlán y Tizapan con comida y municiones para seguir en la resistencia.

 

A lo lejos se veían las embarcaciones realistas que esperaban ansiosas la oportunidad de tomar por asalto la diminuta isla, Marcos Castellanos, rodeado de insurgentes trazaba en la tierra el plano de la isla y señalaba las poblaciones vecinas de donde llegaban los apoyos.

Sin embargo, esa noche, junto con el mulato prófugo, llegaban malas noticias para los insurgentes, el ejército realista había saqueado y quemado los pueblos de donde recibía ayuda, los combatientes estaban solos en una guerra que parecía destinada al fracaso.

La vida en la isla era difícil, el hacendado Luis Macías, nombrado general de los ejércitos insurgentes de Chapala partió a tierra firme para buscar nuevos apoyos, la mala noticia corrió pronto, el General fue detenido por los soldados realistas y en breve sería ejecutado; los insurgentes se reunieron de emergencia había que rescatar al General; las opiniones se dividieron, una parte deseaba regresar a la Ciénega y enfrentar abiertamente a los ejércitos, otra, en cambio, sugería mantener la resistencia de Mezcala que para ese tiempo era ya referente de la lucha insurgente en todo el territorio de la Nueva España.

Sentado en una piedra el mulato meditaba, hacía unas horas que le habían entregado un arcabuz y un morral con municiones, era la primera vez en su vida que tocaba una arma, sus manos negras debían servir para crear, para sembrar y producir, no para matar le decía su padre, negro puro traído de África para  servir como esclavo.

Por un lado su sangre negra le decía que había que aceptar el destino como se presentara pero la sangre india heredada de su madre se rebelaba ante los siglos de opresión a que había sido sometido el pueblo mexicano.

No había más tendría que luchar, ante él se abrían pocos caminos, o regresaba a la hacienda a morir a manos de Encarnación Ceja o luchaba por una libertad que sólo conocía en las palabras de los sacerdotes durante la misa.

De pronto la gente de la isla corría, gritos por doquier, los cañones de las embarcaciones vomitaban municiones sobre los isleños, las mujeres y niños corrían a esconderse mientras los hombres hincaban una pierna en la playa para recibir la bendición del Bachiller Marcos Castellanos antes de entrar en batalla.

Desde la playa de la isla partían canoas llenas de insurgentes para enfrentar a las embarcaciones que se acercaban, entre los insurgentes, de pie, sobre la canoa, el mulato apretaba contra su pecho el arcabuz, quizá moriría, no volvería a sentir los tibios amaneceres de la Ciénega, pero se daría el gusto de plantar cara a los españoles y a los criollos que veían a la raza de su padre y la de su madre con poco menos respeto que al ganado que pastaba por los potreros de las haciendas.

Moriría pero lo haría después de haber cobrado con la vida de un gachupín por cada uno de los golpes, insultos y vejaciones que había recibido desde que fue vendido a los hacendados de Huaracha.

La batalla se dio, las canoas mezcaltecas eran despedazadas, los cuerpos flotaban en el Mar Chapálico, pero también caían los españoles que pagaban cara la osadía de enfrentar a los naturales en un terreno que conocían a la perfección.

 

 

El mulato disparaba y preparaba su arma con la rapidez que sus toscas manos le permitían, junto a él un mestizo giraba su jonda con una destreza digna de imitar, piedra que salía del arma del mestizo significaba un soldado que caía muerto a las tibias aguas, nunca supo su nombre, sólo que por su habilidad con la jonda hecha de una correa de cuero de res, le llamaban La correa.

Era este Correa, un hombre de unos 20 años nacido en la región de Jiquilpan, moreno, de profesión chivero y era dado a matar a pedradas a los coyotes que merodeaban sus rebaños.

Los ecos de los disparos no cedían en el ambiente chapálico, las canoas como mil avispas atacaban a la embarcación invasora que no tuvo más remedio que regresar al puerto de donde había salido.

¡Victoria! Gritaban los combatientes! el español había tomado las de Villadiego pero había dejado una estela de sangre y muerte flotando sobre las aguas de la laguna; el regreso a la isla fue doloroso, el mestizo que había hecho tantas bajas a los realistas bajó de una de las canoas cargando el cuerpo de un hombre ya mayor, el mulato se aprestó a ayudarlo.

-Es mi padre mulato, lo único que tenía ya en este mundo, hace unos meses los gachupines cayeron sobre nuestro pueblo y mataron a nuestras mujeres, nuestros hijos, sólo mi padre y yo quedamos con vida porque estábamos en la  sierra pastando nuestras chivas, desde entonces estábamos vagando, entrando los primeros en cada batalla buscando la venganza o la paz que da la bendita muerte, déjame llorarlo y enterrarlo y luego, si tu quieres mulato, nos fletamos otra vez a la pelea”.

El mulato nada dijo, se hincó junto al mestizo y rezó durante unos minutos mientras las viudas y huérfanos de la batalla sacaban con cuerdas y ganchos los cuerpos que flotaban en la laguna.

Muchas batallas se dieron en la defensa de la isla, en una de ellas, el mestizo que llamaban La Correa encontró la paz en la bendita muerte después de haber hecho adelantar el camino sin regreso a casi cincuenta soldados.

El mulato aprendió a matar pero no con la saña que mataban los españoles y algunos insurgentes, mataba para mantenerse con vida y rogando encontrar alguna vez en batalla a Encarnación Ceja y cobrar cumplida venganza en él por los agravios a su raza o para encontrar la paz en la bendita muerte.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Profile photo of VIMON

    VIMON

    18 junio, 2012

    Muy interesante relato de una de las epocas mas aguerridas de la historia de Mexico. Se nota que conoces bien el tema, Tadeo, y me parece que este relato es parte de algo mas largo, no? Te felicito muy sinceramente, te voto y te mando un saludo.

  2. TADEO

    18 junio, 2012

    Gracias VIMON, en efecto se trata de una parte de un relato más largo que estoy construyendo aún, de hecho he querido compartir con ustedes esta primera parte

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