Música para una rima de verano

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    Era inevitable sentir que algo iba por el aire, no era lo de siempre, el verano bajaba en ondas cálidas y un olor a hierba y a sol brillante, a tierra húmeda y a encuentros, a caras familiares. Una pareja en silencio, sonriendo. Ella, con los ojos entreabiertos por la luz dorada que bañaba su cara mediterránea. Él fijaba su vista en cada paso que daba. Dos monjas aceleran el paso en blanco y negro, contrastan con el fondo rojo tierra de la iglesia que llama con la campana agrietada en repliques tan sonoros y tan lejanos como el vuelo de gaviotas, esas aves de ruegos, en un horizonte de mar y cielo. Algunos niños cerca de un árbol de lima con el tronco verde de musgo, de un universo sobre otro universo, mueven pequeños guijarros con varitas de madera. La niña con ojos azul cielo ve el fruto amarillo que cuelga y se mueve con el ritmo del tiempo. Un anciano camina presintiendo el futuro como profeta de vida, sabe que es el último día, sabe que en la noche cerrará los ojos con la serenidad acumulada de sus palpitaciones, de su corazón viajero, con la serenidad del nómada y la persistencia de las estrellas y que no volverá más a ese sendero. Un par de colibríes pasan cerca de su sombrero y vuelan hacia el norte. El andar de una bicicleta que lleva prisa y los pantalones dentro de los calcetines. Su paso deja un olor a tabaco que rápidamente se confunde con el olor a moras aplastadas. El agua acumulada de la lluvia nocturna llena el espacio antes vacío de una maceta alargada, como platón de barro, blanco, de un blanco marfil desgastado, es la pileta para el gorrión confiado que hincha su pecho y se sacude y se salpica y se moja y voltea a todos lados con movimientos rápidos, nerviosos, felices y con su alegría llama a otro pájaro, que baja y se posa cerca y sólo observa, se regocija en su silencio, en su contemplación. Levanta el vuelo. Se despide. En la habitación cerca del campanario, donde todo ha permanecido intacto durante años, se abre la puerta. Alguien regresa a casa, se sienta al borde de la cama y revisa todo con la vista, con la tranquilidad de saber que lo que recordaba existe y permanece. No sabe si se quedará o tendrá que partir de nuevo. En su ventana, en la esquina, entre el color del óxido y la madera, una araña aislada de las estaciones, teje el monumento de su vida, memorias y trampas, las aventuras salvajes del microcosmos, de todos los instantes juntos, recorriendo un hilo de seda. Los pasos apresurados de dos mujeres que se hablan de todo después de visitar el mercado y llenar su morrales de colores y extravagancias. Planean como si dependiera todo de ese momento. Un perro escucha que llega su amo y se levanta, corre a la puerta a recibirlo como nadie puede hacerlo, como sólo una alma así puede hacerlo. Él, espera una tarde como esa, un tarde que detenga todo y que todo sirva como pretexto para recordar la cara de ella, que todo lo que existe sólo sirva de marco para ella, bañada por la luz dorada del sol que baja despacio, la caricia de la existencia, de la más bella de todas, la absoluta certeza de saber que pertenece y que nunca más podrá olvidar ese instante, porque no puede existir un momento igual, un momento así de irrepetible, para que dos, como ellos, se enamoren. Ella toma su mano.

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      1 junio, 2012

      Gran habilidad descriptiva en un prosa casi poetica. Felicitaciones, Luis, y mi voto.

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