¡Qué calor y qué nervios!

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Ella había dedicado buena parte del trayecto en el metro a juguetear con mi miembro. Y cuando dejamos detrás de nosotros la puerta de mi habitación, no podía sentirme yo como mínimo bastante nervioso. Por fin iba a poseer su cuerpo, después de tanto comernos el uno al otro, de tanto rozarnos guiados por nuestros más primitivos instintos animales; aquí estábamos, sólo nos separaba lo que llevábamos puesto. Enfrentados se hallaban nuestros ardientes cuerpos. No sabía que quitarle primero, si lo uno o lo otro; me decidí pues por la parte de arriba, le quite con cautela (y cierta torpeza) el sostén y se aparecieron ante mi sus increíbles pechos, note entonces que algo debajo del pantalón se me estaba removiendo. La cogí en brazos y la recosté en cama, …lo demás me parece que ya pueden imaginarselo.

 

 

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