Conejo

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    Ilustración Conejo

    El calentador despertó de forma automática cuando el Hombre abrió la llave del agua caliente de la ducha. Y mientras se enjabonaba, maldecía a toda su familia.

    “¿Tenía que ser hoy la dichosa comida?” No le apetecía aguantar a tíos, primos, abuelos y sobrinos. Ese era su único día libre después de dos semanas de trabajo y solo quería tirarse en el sofá, ver una película y comer hasta reventar.

    Con todo el cuerpo lleno de espuma, empezó a aclararse la cabeza. Pero, ahora su pelo era más espeso y duro y sus orejas miraban hacía el techo largas y puntiagudas. Confuso y extrañado, se miró las manos y en su lugar había unas patas cubiertas de pelo marrón. El Hombre, empezó a gritar palabras entrecortadas mientras el agua iba arrancando el jabón del resto del cuerpo y dejaba ver una gran panza y unas patas enormes.

    Aterrado, saltó de la ducha y se miró en el espejo.

    Era un conejo.

    Un conejo marrón gigante.

    Sus ojos eran, ahora, como dos bolas negras, sus dientes, largos y afilados y su nariz, pequeña e inquieta. Incluso tenía bigotes y cola: un pequeño pompón que se movía en la parte de atrás de forma graciosa.

    El Hombre estampó el espejo contra una pared mientras gritaba desesperado. Corrió al salón y cogió el móvil para llamar a un médico, pero sus pequeñas patas delanteras se lo impidieron.

    Salió al balcón para pedir ayuda. Inútil. Demasiado alto para que alguien le oyese.

    “¡No puede ser! ¡No puede ser!” Pensó el Hombre y corrió hacia el espejo que tenía en la entrada para comprobar lo que ya sabía. Era un conejo.

    Un conejo marrón gigante.

    De pronto, advirtió que se veía más pequeño. Cuando se miraba en ese espejo, siempre tenía que agacharse para ver cómo le había quedado el peinado y ahora se veía desde la mitad de su gorda panza, hasta los últimos pelos que habitaban en las puntas de sus orejas. Estaba encogiendo por momentos.

     

    Salió del piso y corrió escaleras abajo. Una mujer que salía de su casa en ese instante, gritó y cayó desmayada ante la imagen de un conejo de metro y medio.

    Mientras descendía, intentaba imaginar cuál sería el mejor camino para llegar a la consulta del médico sin provocar un escándalo en las calles.

    Los escalones se hacían cada vez más grandes y él más pequeño.

    En el último peldaño casi tropezó, pero sus patas traseras se activaron inconscientemente y le impulsaron elevándole unos centímetros del suelo, para luego caer justo delante de la puerta que daba a la calle.

    Ya no era aquel conejo monstruoso. Ahora, era un pequeño roedor de campo.

    Tras esperar unos minutos, la puerta se abrió dejando entrar al cartero y el Hombre pudo salir al exterior.

    Los pies de la gente iban de un lado a otro. Zapatos negros, marrones, planos, con tacones. Debía tener mucho cuidado si no quería ser pisoteado por las cientos de personas que pasaban ante sus pequeños ojos.

    Salió rápidamente del portal y permaneció pegado a la pared mientras corría a pequeños saltos en dirección al callejón que se encontraba a la derecha.

    Misión cumplida.

     

    El sucio callejón estaba desierto, solo le acompañaban un par de contenedores y un coche abandonado. Ahora podía respirar tranquilo. Ningún peligro le acechaba.

    De repente, escuchó unos ladridos a su espalda.

    Un perro callejero bastante más grande que él le atravesaba con unos ojos que destilaban rabia y las grandes bolsas de saliva que caían de su boca parecían gritar que ese día probarían la carne de conejo.

    Aterrorizado, el Hombre se escondió debajo del coche justo antes de que los dientes del perro le alcanzasen. Con la espalda contra la pared, observaba las enormes mandíbulas que intentaban atraparle y, mientras temblaba, pensó que si todavía fuese una persona, cogería un palo y echaría a aquella bestia del callejón. Pero solo era un conejo asustado.

    El perro seguía en su intento de cazar a su presa a cualquier precio ladrando y gruñendo, mientras intentaba meter la cabeza debajo del coche moribundo. Por suerte, un gato despistado sirvió para que el animal rabioso olvidase al conejo y comenzase una nueva cacería.

    El Hombre se quedó allí debajo pensando durante un rato que ya no era una persona y, seguramente, ya no volvería a serlo. No podía pedir ayuda médica. ¿Cómo iba a hacerlo? No podía hablar. No podía contar lo que le había sucedido. Pensó que la ciudad no era un buen lugar para un conejo. Pensó que la única solución era acostumbrarse a su nuevo cuerpo.

    En un extremo de la ciudad, el Hombre intentaba, ahora, cruzar la carretera que separaba la metrópoli del campo.

    Con sus sentidos animales más desarrollados, podía escuchar a los coches venir de lejos, pero no sabía si le daría tiempo a cruzar debido a sus lentos y todavía desconocidos movimientos.

    Afinó el oído y miró a los dos lados. Nadie. Notaba las patas traseras fuertes como troncos y el corazón violentamente acelerado. Se agarró al asfalto y tomó impulso para dar el primer salto. Por un momento, creyó estar volando, pero en seguida cayó al suelo con mayor destreza que la primera vez. Dio un par de saltos más, y ya se encontraba en la mitad de la carretera. Los nervios empezaron a disiparse. Solo tenía que repetir lo que acababa de hacer.

    Se preparó de nuevo hundiendo las patas en la carretera con la ilusión de dominar el movimiento básico de su especie, pero su oído estaba distraído. Un coche pasó a toda prisa rozándole la cola mientras estaba en el aire, y se desestabilizó cayendo aparatosa y bruscamente contra el asfalto. De todas formas, respiró aliviado ya que había llegado al otro lado de aquella calzada traicionera.

    El campo era un universo totalmente distinto visto desde aquella altura tan reducida.

    La tierra era blanda y húmeda y los olores se intensificaban y se me mezclaban unos con otros. Se podía escuchar el paso de hormigas, escarabajos y saltamontes. Los colores tomaban una fuerza radiante y se respiraba la pureza que solamente la naturaleza puede regalar.

    De pronto, el Hombre notó que le observaban. Al principio todo eran plantas y arbustos, pero enseguida supo distinguir y encontró unos ojos. Unos ojos de conejo que le miraban fijamente. El Hombre se acercó poco a poco, pero aquel conejo no se movía. Cuando llegó a estar delante de él, el otro ejemplar comenzó a olisquearle. Era un animal precioso. Su pelo negro, sus orejas finas y puntiagudas, sus grandes patas. El Hombre se quedó inmóvil sintiendo su nariz húmeda y sus pequeños bufidos por todo el cuerpo.

    De repente, el conejo negro dejó su reconocimiento quedando totalmente estático y salió corriendo. El Hombre había estado durante un momento en una especie de paz total y tardó unos segundos en reaccionar. Por un momento, pensó que podría ser un comportamiento típico de la especie, pero la imagen del perro callejero era demasiado reciente y le empapó de terror.

    Corrió lo más rápido que pudo intentando alcanzar con la vista al conejo negro y, así, asegurarse un escondite. Pero la corta experiencia en el campo y la espesa vegetación lo hacían imposible.

    El sonido de una escopeta rompió el aire y congeló el tiempo durante unos segundos. Bandadas de pájaros alzaron el vuelo huyendo del peligro. Cada animal estaba en su refugio. Menos uno.

    El Hombre estaba tendido en el suelo con un perdigón en la espalda. No se podía mover, no podía gritar, no quería morir. Sangraba lentamente, pero sin descanso.

    Enseguida, aparecieron unas grandes botas negras frente a él que, con un cordel, ataron sus patas traseras para después quedar colgado bocabajo. La sangre seguía fluyendo hacía el exterior y, mientras era llevado a algún lugar, supo que no llegaría vivo.

    Un dolor punzante atravesó todo su cuerpo.

    Algo estaba hurgando dentro de su herida buscando, posiblemente, el perdigón disparado.

    Con los ojos entreabiertos reconoció la estancia en la que se encontraba. Una cocina. Una cocina repleta de gente hablando y riendo.

    En ese momento, comprendió que su situación era la más dantesca que podría sufrir cualquier ser humano, ya que, entre las personas que se encontraban allí estaba su madre, su padre, sus hermanos, sus tíos, sus sobrinos. Había sido cazado para formar parte de su propia comida familiar. Y antes de que pudiese volver a maldecir aquella reunión, un enorme trinchante afilado le decapitó la cabeza.

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      8 julio, 2012

      Muy buen relato, Armando, con un final un tanto crudo pero en fin, asi debera ser la vida de los conejos. Saludos y mi voto.

    2. Avatar de

      volivar

      8 julio, 2012

      Armando Arjona: un estilo novedoso, bien contado, muy atrayente; para se releído.
      Buen uso de las reglas.
      Felicidades
      Mi voto
      Volivar

    3. Avatar de Roro

      Roro

      9 julio, 2012

      Ha sido interesante. Al principio me he reído cuando se convirtió en conejo, mientras maldecía por tener que ir a una reunión familiar (cosa que yo también maldigo de cuando en cuando) y después me ha dado pena el final; pero en si, me ha gustado mucho. Ha sido: fácil de leer y entretenido. Felicidades y voto

    4. anagnostés

      9 julio, 2012

      Un tanto pueril. Sería correcto si se tratara de literatura infantil. La historia no es novedosa y está escrita de una manera pesada, con descripciones irrelevantes, con errores de estilo q contribuyen a q haya una falta total de estilo. Mi consejo es q leas algo de Borges o de Cortázar y q sigas escrbiendo intentando evitar las obviedades. Las adulaciones no te servirán para mejorar, creéme.
      un abrazo

      • Avatar de Armando-Arjona

        Armando-Arjona

        9 julio, 2012

        Gracias por tu comentario anagnostés. Todos los tipos de críticas, ya sean buenas o malas y siempre con espíritu constructivo, son útiles.
        De todas formas, ¿me podrías explicar por qué piensas que es un relato más propio de literatura infantil?

        Muchas gracias!

    5. Avatar de

      volivar

      9 julio, 2012

      Armando Arjona: con el hecho de que el muy distinguido Sr. Anagnostés te sugiera que leas a Borges y a Cortásar, te da en la torre.
      Ahora que si te indicara a los famosos cuentistas (Guy de Maupassant, Anton Chéjov, etc.) sería otra cosa.
      Que yo sepa (¿seré tan ignorante?) lo de Borges y Cortázar son cosas tan pesadas, que pocos las aguantan, digo, pocos las leen, por eso, precisamente, porque están tan elevadas, que sólo los grandes (como parece que es el Sr. Anagnostés) los leen.
      Disculpa mi intromisión, pero es que si se trata de hacer crítica, pues ha hacerla, pero no a destrozar al escritor, con eso de que Borges, Cortázar, y qué sé yo, que no son nada populares (serán grandes, ni quien lo niegue).
      Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)

    6. Laurisilva

      10 julio, 2012

      Armando, sé que es difícil escribir y que nadie está preparado para exponerse a la crítica, más aún si eres un escritor primerizo. Yo estoy en cierta medida de acuerdo con Anagnostés. No hace falta decir “Era un animal precioso. Su pelo negro, sus orejas finas y puntiagudas, sus grandes patas.” Se trata de unas descripciones que recuerdan a los cuentos de los niños. Todo ese episodio del perro en el callejón etc… Mira la Metamorfosis de Kafka. Eso ya se contó hace cien años, y de una manera menos previsible, más incisiva, con una metáfora desgarradora. El compañero Volivar dice que Borges es pesado pero es uno de los escritores más populares y más leídos de todos los tiempos. Alguien que dice eso de un escritor como Borges es obvio que no ha leído nada que tenga importancia, aún menos los clásicos. Es muy loable tu interés por la escritura, pero los comentarios complacientes no harán que mejores. Sólo un consejo, quizás Anagnostés esté de acuerdo conmigo: intenta volver a escribir el relato quitando lo superfluo y eliminando lo que no aporte nada a la acción. Huye de los lugares comunes, de todo lo previsible. Espero que te sea de ayuda. Mucho ánimo.

    7. Avatar de

      volivar

      10 julio, 2012

      Laurisilva: alguien que diga que Borges es cuentista… eso dije, no que no sea de los grandes escritores.
      Aquí el Sr. Arjona está haciendo un cuento, y que yo recuerde, Cortázar no es cuentista; “La Rayuela” ¿La has leído? No es precisamente un ejemplo de cuento.
      No es nada de malo escribir los temas que infinidad de ilustres personajs ya lo hicieron.
      Lurisilva: he leido desde Aristóteles, Horacio, Homero, y la mayoría de los clásicos españoles, muchos franceses, rusos… que tampoco son ejemplo de cuentistas… ¿Calderón de la Barca es cuentista?
      Laurisilva: Si hiciéramos crítica constructiva, sería muy sano, no esto de echarnos en cara que no hemos leido a los Clásicos… ¿qué tiene qué ver, por ejemplo, La Iliada, con un cuento moderno? ¡Por Dios, amigo! Estamos en el siglo XXI, en donde hay nuevas reglas, impuestas por la tecnología, la mayoría!
      ¿Tú qué has aportado para que la lengua española no se deforme, precisamente por la modernidad? ¿Cuántos cuentos, o poemas has publicado? Si nosotros nos atrevemos a hacerlo, ya es mucho… porque nos exponemos a la crítica destructiva de los que se creeen, sólo se creen, grandes….
      Amigo, los grandes, en verdad, son humildes, y tratan, siempre de los siempres, de subir a los inferiores, no de aplastarlos.
      Andas mal, amigo. Mucho muy mal.
      Voilivar (Me llamo Jorge Martínez. Soy de una pequeña ciudad llamada Sahuayo, en el estado de Michoacán, de la república mexicana, cosa sin imporancia, pero aquí me tienes para lo que se te ofrezca, amigo).

    8. Avatar de Armando-Arjona

      Armando-Arjona

      10 julio, 2012

      Primero de todo, me gustaría agradecer las distintas opiniones (todas las tengo en cuenta) sobre mi relato “Conejo”. No obstante, sigo sin entender el apelativo de “infantil” refiriéndose al mismo.
      Laurisilva, ¿te refieres a la forma de escribir? ¿acaso no puedo hacer una descripción en una sola línea para que el lector/a vea lo que el protagonista tiene delante? Es más, si el texto tiene algo de infantiloide ¿qué tiene de malo? Que conste que respeto tu opinión como las demás.
      Me gusta que me recomienden lecturas (yo de paso os recomiendo a Edgar Allan Poe, Lewis Carroll, Shakespeare, Roland Topor… lector omnívoro), como Cortázar o Borges… De todas formas, no pretendo parecerme a ninguno de ellos, ni siquiera a Kafka con este escrito.
      ¿Qué tiene de malo escribir una historia sobre una persona que se transforma en otra cosa aunque alguien ya lo hiciese hace cien años? Supongo que ya habréis comprobado que no tiene nada que ver una historia con la otra. Además, existe también un relato llamado “La Mosca” escrito por George Langelaan del que se han realizado dos películas y no pasa nada.
      Entiendo que la idea principal del relato pueda recordar a “La Metamorfosis”, pero no por eso voy a dejar de escribirlo si me parece interesante.
      Por último, os pido por favor que no utilicemos los comentarios de este relato para discutir entre nosotros. Ya hemos visto que tenemos opiniones distintas sobre “Conejo”, pero dediquémonos a opinar de forma razonada y argumentada.

      Muchas gracias!

      Un saludo!

    9. Avatar de Armando-Arjona

      Armando-Arjona

      10 julio, 2012

      Perdón, se me olvidaba…
      Laurisilva, el episodio del perro en el callejón sirve para que el Hombre huya de la ciudad. Se podría decir que el perro es la misma ciudad…

      Gracias.

    10. Avatar de Mabel

      Mabel

      17 junio, 2014

      ¡Escalofriante!!! Me has dejado de una pieza, un abrazo y mi voto desde Andalucía

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