Los apestados. Fragmento 5: Infancia

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    Se hizo el silencio cuando don Pedro entró en la clase. Primero, matemáticas, después, lengua. A tercera hora, sociales. Don Pedro lo había advertido el día anterior. Incluso había subrayado que preguntaría a dos niños en particular los ríos de la Península Ibérica. No había mencionado sus nombres en voz alta, pero toda la clase comprendió al momento a quiénes se refería. Uno de ellos era César. El otro, Paquita, una niña a la que la clase llamaba gitana y que dibujaba muy bien.

    Tal vez don Pedro tuviese razón. Incluso ahora, estampando a César contra el armario de los mapas, don Pedro tenía razón. Le había advertido que le preguntaría los ríos. A él y a Paquita. Paquita había sido la primera en salir al encerado. Había respondido a duras penas las preguntas, por lo que el profesor preguntó en segundo lugar a César para no quedarse con las ganas de pegar a algún niño esa semana. Y César no sabía responder ni el más simple de todos. ¿Por qué no era capaz de aprendérselos?, se preguntaba África. ¿Acaso su cerebro no funcionaba como el del resto de los niños y no sabía señalar unos cuantos nombres en el mapa? Porque leer sabía leer. Tal vez no muy bien, se trababa en las palabras difíciles y no era muy rápido a la hora de terminar un párrafo. Pero sabía leer.

    África vio cómo César se hacía cada vez más pequeño entre las manos gigantescas de don Pedro que le retenían por la pechera del jersey. La cara del niño era una pequeña mancha pálida encuadrada por las gafas de pasta marrón con trocitos de cinta aislante pegados.

    —¡El río Niño! ¿Has dicho el río Niño? —don Pedro estampó a César una vez más contra el armario de los mapas—. ¿Habéis oído el resto? Este dice que tenemos un nuevo río en la Península: el Niño.

    Algunos niños rieron. La cara del profesor estaba roja de rabia, algo brillante con la leve capa de sudor a causa del esfuerzo de zarandear de un lado a otro a César.

    Las primeras filas susurraron el nombre correcto. Paquita, sentada más atrás, vocalizaba de forma exagerada el nombre, o lo escribía en el aire con el dedo, la M, la I, la Ñ, la O. Pero César no podía centrarse en otra cosa que no fuesen las fosas nasales hinchadas de don Pedro, el hilillo transparente y pegajoso que asomaba de una de ellas. Cerró los ojos antes de recibir el vaivén que lo estamparía de nuevo. ¿Hasta cuándo? La niña que le gustaba no le quitaba los ojos de encima, con la boca abierta de asombro. El último golpe le había clavado el pomo de la puerta en los riñones, haciéndole soltar un gemido lastimero. Pero don Pedro continuaría un poco más antes de darse por vencido. El dolor se expandía por el costado.

    —¡No me pegue más!

    La escena se paralizó. El chillido de César rebotó en las paredes desnudas. Don Pedro detuvo el nuevo golpe; los niños emitieron al unísono una aspiración de sorpresa. César se soltó de la mano de don Pedro, colocándose el jersey deformado en el lugar donde antes estaba el puño cerrado del profesor.

    —Si me vuelve a pegar, se lo digo a mi madre.

    —¡A tu madre! —instintivamente, don Pedro dio un paso atrás—. Y a mí qué me importa tu madre. Tu madre aquí no manda nada —tomó aire y esperó unos minutos a tranquilizarse—. Siéntate, y como vuelvas otro día sin saberte la lección, no te salvará… ¡ni tu madre!

    La clase siguió a César con la mirada, viéndole caminar por el pasillo de pupitres, sentándose en su sitio, arreglándose el jersey. Nada delataba la escena que acababa de ocurrir a no ser por el silencio sepulcral de los niños y la deformidad del jersey de César, que había cogido la forma de un girasol abierto en el lugar donde le había agarrado don Pedro.

    El profesor no volvería a preguntarle nunca más durante el resto del curso.      En la mente de África algo cambió esa mañana. Comprendió, como un conocimiento que ha permanecido oculto y que salta repentinamente como un resorte, que no se podía pegar a los niños. Aunque quien lo hiciese fuese el profesor. Aunque fuese un adulto cualquiera. Y comprendió que los adultos podían convertirse en armas arrojadizas para otros adultos. Ya no solo servían para atemorizar a otros niños, sino que servían para atemorizarse entre ellos. Comprendió también que aquel niño de su clase había podido a don Pedro. Sin un solo golpe. Valiéndose únicamente de su aguda voz, había derrotado al profesor, de dos metros de alto y que le cuadriplicaba el peso.

    César, que ahora ya no parecía tan tonto ni tan aislado, comenzaba a destilar cierta simpatía en África, quien lo miraba y le sonreía y César le devolvía la sonrisa roja que llenaba el centro de su cara blanca mientras se peinaba con la mano el pelo alborotado por el zarandeo.

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    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      22 julio, 2012

      Excelente capacidad narrativa, Paloma, no habia caido en cuenta (que expresion tan rara, no? “caer en cuenta”) que es parte de una novela. Voy a leer los capitulos anteriores. Pero dime, es una novela que ya tienes escrita y la subes poco a poco, o la vas escibiendo al paso? A proposito, si no me equivoco, la foto es de la extraordinara pelicula de Bunuel, Los Olvidados, filmada en Mexico, no? Abrazos y, por supuesto, voto.

    2. Avatar de

      volivar

      22 julio, 2012

      Paloma Benavente: te felicito porque nos indicas cómo debe escribirse… qué fuerza en los diálogos. Yo leí lo que publicaste anteriormente con el mismo tema, y veo que tienes amplia capacidad para expresarte con poco o con mucho texto.
      Bella enseñanza la que brota al final de este relato: los malvados se ensañan, pero sólo con los que se dejan; son cobardes cuando escuchan una palabra fuerte.
      Mi voto
      Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)

    3. Avatar de Luna.de.lobos

      Luna.de.lobos

      22 julio, 2012

      Demasiado tiempo sin tu presencia ni la de estos muchachines, que un capítulo tras otro nos enternecen con su actitud no tan infantil como la de muchos adultos.
      Me alegra mucho verte por aquí de nuevo, Paloma.
      Un abrazo fuerte!
      Luna

    4. Fran Farias

      23 julio, 2012

      La historia de mi vida, Paloma, excepto por el afortunado final feliz y que en mis tiempos la norma aun era la segregacion por generos. Aunque son cosas que prefiero no recordar demasiado, te doy las gracias por tu generosidad al hacer que ganen los buenos. Gracias por recordarnos que en el fluir de la vida tambien hay felicidad y no solamente drama como tan a menudo tendemos a creernos y hacer creer a los demas, incluidos nuestros propios hijos. Se me ocurre mostrarles tu trabajo a los mios porque estoy seguro que a sus trece y quince lo van a apreciar y disfrutar.
      Me quedo esperando el siguiente Fragmento.

      Saludos

      • Avatar de Paloma Benavente

        Paloma Benavente

        8 junio, 2014

        Es verdad, tengo una tendencia a que ganen los buenos. Pero intentaré corregirla en el futuro!!!

        Un saludo y gracias por leer y comentar.

    5. Avatar de Mabel

      Mabel

      28 mayo, 2014

      Me encanta tu Novela, felicidades, un abrazo y mi voto desde Andalucía

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