Los límites del cacique

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    Corría el año mil novecientos sesenta y seis, concretamente el diez de agosto. La fecha no la recordaba por sí mismo, sino que la repetición obsesiva de la madre la había cincelado en su cerebro. Mencionaba ese día y un temblor difícil de aplacar la sacudía por entero.  La frecuencia de la evocación había aumentado a raíz de la muerte del padre por causas naturales. Una y otra vez se demoraba en minuciosos detalles que habían situado a Juan en un trance difícil: ejecutar la venganza, una lección proporcional a la gravedad de la ofensa. Pero, ¿por qué en aquél momento y no, por ejemplo, unos años antes cuando ya se le suponía, como hombre, con la suficiente madurez y fortaleza para cumplir el mandato? La última razón, la que nos conduce a dar el primer paso, el paso decisivo que nos pone en movimiento, es difícil de determinar. Lo cierto es que Juan lo había  dado y ya no admitía marcha atrás. Por eso permanecía sentado en el ribazo de un campo yermo junto a su hermano Manuel rememorando aquella historia crucial en sus vidas acaecida cuarenta años atrás, una historia sin duda contaminada por el paso del tiempo, por traición de la memoria y corregida y deformada, tal vez,  por palabras inexactas.

    Sí recordaba con nitidez aquella procesión silenciosa y amarga conformada por sus padres y sus cinco hermanos, las difíciles condiciones de la partida y los días interminables  que caminaron por carreteras y caminos polvorientos sin apenas comida que llevar a sus bocas. Pero si era fiel a su relato de los hechos, era justo sustituir la palabra partida por la palabra huída. De eso exactamente se trató.

     

    ***

     

    Al atardecer del nueve de agosto llegó con signos externos de haber sido golpeado con saña. No cabía otra posibilidad. Padre presentaba hematomas en la cabeza y en la cara. La camisa, hecha jirones, le dejaba casi al descubierto la espalda y el pecho con rastros de sangre. Aquella tarde le llevaron al cuartel y ahí parecía residir la clave, pero el nunca habló de lo que había ocurrido dentro. En realidad  sobre ese suceso enmudeció para siempre. Ese mismo día por la mañana había acudido al Ayuntamiento, según contaba madre, a querellarse contra el amo. Por la tarde vino a buscarle una pareja de guardias civiles. Requerían su presencia en el cuartel. De inmediato, dijeron. A partir de ese momento padre habló poco, lo indispensable. A su vuelta, ya te expliqué en qué lamentables condiciones, solo dijo, mañana tenemos que salir al amanecer, y madre comenzó frenéticamente y sin descanso a recoger nuestras pertenencias. Todo iba muy deprisa, como si se quisiera acelerar el momento de la marcha. Nos movíamos inquietos de un lado a otro, sin mucho sentido. Esa noche no hubo más palabras. Sólo que ella dijo, ya lo habéis oído, recoged vuestras cosas, pero sólo lo necesario. La precisión era inútil, pues cosas innecesarias no teníamos. No sé si lo recuerdas, pero no contábamos ni con lo indispensable. Esa noche no hubo más palabras, ni quejas por lo bajo, no, todos muy serios porque se sabía que algo gordo había ocurrido y lo mejor era no molestar a nadie con preguntas.

    Ya imaginarás por qué hemos venido hasta aquí, continuó Juan,  aunque seguro que poco recuerdas, tenías cinco años; yo trece, y sí, me enteraba de todo, bueno, después pensándolo, cuando me fui haciendo mayor y logré descifrar todo aquello por la insistencia de madre, relacionando su historia con mis recuerdos. Sí, fue mucho más tarde cuando empecé a ver claro, a entender qué había pasado.

    El amo encargó una tarea a padre en un lugar alejado. Tenía que ir andando, no teníamos otro medio, doce kilómetros, seis de ida, seis de vuelta. Fue ese día y en ese intervalo cuando de improviso apareció el coche negro y grande del amo. Se acercó, cuenta madre, alegre, riendo, con una botella de vino en la mano, se la entregó diciendo, toma mujer, para que festejéis el domingo. Ella enseguida sospechó lo peor, y volvía la vista hacia el baño improvisado que entre telas de saco le montábamos en el campo a María del Sagrario para que se lavase antes de ir de domingo. Cargábamos con los baldes llenos de agua de la acequia y se los dejábamos al lado para que ella los cogiera. De ese modo respetábamos su intimidad. El amo tenía el objetivo marcado y madre lo imaginaba. Trató de evitarlo por todos los medios, rogándole, suplicándole, incluso llegó a ofrecerse ella, pero el reía a carcajadas negando con la cabeza y repetía, mujer, mujer, qué cosas dices, de eso hablaremos otro día, hoy no.  Yo no podía entender de qué se trataba, y en aquellos tiempos  no se andaba haciendo preguntas a los padres, lo que ellos te dijeran. Después, madre nos llamó a todos, sólo a los varones, y nos urgió a que la siguiéramos hasta el canal, el canal que delimitaba al norte la tierra que trabajábamos. Tú no lo recuerdas, pero fue así. Allí estuvimos buena parte de la tarde, aunque no sabría precisar el tiempo; por entonces, de joven, no se tiene la misma idea del tiempo, pero fue largo, hasta que oímos el ruido del coche negro y grande del amo, hasta que arrancó levantando una nube de polvo tras de sí. Entonces madre nos dijo que volviéramos. Caminaba como una autómata ajena a todos nosotros, con la mirada extraviada.

    María del Sagrario lloraba cuando llegamos, un llanto tranquilo, cayéndole goterones de los ojos. Madre quiso abrazarla, pero ella la rechazó con determinación estirando los brazos para impedirlo. A ese momento le sucedió un silencio raro…

    Fue justo allí, esperando a padre, dentro de esas ruinas de adobe que ves, todos en torno a María del Sagrario que mantenía la cara oculta entre las manos y aquel pelo negro y largo que llevaba entonces. Tiempo después padre asomó por la puerta y enseguida sospechó que algo grave había ocurrido, pero nos contó con la mirada y estábamos todos, no entendía qué pasaba: estábamos todos y aparentemente bien. Se le notó desconcertado, ansioso por saber. Madre se levantó con exasperante lentitud y con suavidad le empujó al exterior de esa casucha que ves, le alejó lo suficiente para que nosotros no oyéramos, aunque no era necesario porque todos sabíamos que algo grave había pasado, y que le había pasado a María del Sagrario con el amo, pero dada nuestra inocencia no acertábamos a concretarlo, no llegábamos a entender qué podría hacerle el amo a María del Sagrario que pudiese considerarse tan grave como para que estuviéramos todos tan abatidos, aunque entonces desconociéramos el significado de  la palabra abatidos. Padre, con los ojos inyectados en sangre, volvió seguido de madre que le sujetaba de un brazo mientras decía, mira bien qué vas a hacer, qué vamos a hacer nosotros, piensa en nosotros. Cuando se sentó, como si ignorase la presencia de María del Sagrario, creí que le había convencido, que madre se había hecho con el dominio de la situación.

     

    En las dos semanas escasas que continuamos en estas tierras, en esa casa de adobe semiderruida que ves ahí, el cacique no volvió a aparecer. Tal vez fuese por temor o quizá por prudencia, lo cierto es que dos o tres días más tarde —padre tampoco estaba ese día— apareció el encargado en su moto roja y dijo que la niña se iba con él, que el amo le mandaba a buscarla,  que haría unos encargos para la señora y la traería de vuelta en dos o tres horas. No hubo resistencia, ni siquiera asomo de sorpresa, sólo sumisión. La niña subió a la moto y desaparecieron tras una nube de polvo por el camino de tierra. Padre no se enteró: todos guardamos el secreto. Ese hecho se repitió al menos dos veces. Quizá fuese la tercera o cuarta vez cuando padre se cruzó con la moto, con el encargado llevando a la niña detrás. Llegó a la casa y cogió a madre por el cuello, pero no presionó, fue sólo una especie de advertencia; después balbuceó a su oído unas pocas palabras, pocas, quizá fueran instrucciones muy precisas. Madre parecía comprender, porque entre sollozos no dejaba de asentir con la cabeza.

    Más tarde oímos el ruido creciente de la moto. Padre  corrió a esconderse dentro de la casa, tras la puerta, con un azadón cargado al hombro. Oímos la moto detenerse sin apagar el motor. Fue sólo un momento, porque enseguida, por el rugido que emitió, arrancó con gran potencia. Padre tiró el azadón, salió sin decir una palabra y se alejó con paso tranquilo. Nadie hizo nada por detenerle. Tiempo después, ya lejos de estas tierras, se lo contaría a madre, no entendía que había pasado, porque el alcalde le envió a casa con golpecitos amistosos en la espalda. Pero su visita al Ayuntamiento resultó no solo inútil,  sino contraproducente, porque el edil era hermano del amo y el juez un hombre de paja al servicio de los caciques. Por la tarde, ya lo sabes, apremiándole, sin explicaciones le llevaron al cuartel  y de allí volvió arrastrándose a casa  con la noticia de que nos marchábamos, ya te conté en qué condiciones, pero él nunca contó a madre que había ocurrido allí dentro.

     

    Fue así, tal cual. Eran otros tiempos. Tú no puedes entenderlo porque eras muy chico, por eso no me has corregido una sola vez, ni te has interesado por  ningún detalle. Yo esperaba que lo hicieras para intentar explicártelo, pero, aunque pareces atento a mis palabras, no sé si me escuchas, si das crédito a lo que digo o crees que he enloquecido, por eso no has hecho una sola pregunta. Al cacique le llamábamos amo, y con la cabeza gacha cuando nos dirigíamos a él, porque, aunque no lo entiendas, éramos como perros que pertenecen a un dueño, a un amo, éramos de su propiedad, y por ese derecho hacía lo que le venía en gana y los perros no se atrevían a ladrar, porque de ello dependía su comida.

     

     

     

    Cuando nos alejábamos de aquellas tierras, camino de un lugar incierto, María del Sagrario se hizo cortar el pelo. Puso a madre unas tijeras en las manos y, con resolución fascinante, le dijo que se lo cortase, muy corto. No admitía negativa. Parecía que María del Sagrario poseía autoridad sobre todos nosotros, nadie se atrevía a oponerse, siempre estábamos a lo que ella dijera, aunque, a decir verdad, decía poco. Generalmente se expresaba con gestos, órdenes de mando gestuales. Físicamente quedaba rara, desconocida, pero ella parecía satisfecha de su nueva imagen, como si de pronto hubiese dejado de ser niña.

     

                    Menos mal que María del Sagrario rehizo su vida. Una suerte que la tomaran  como doméstica en Sevilla. Aquella familia adinerada la trataba bien. Eran otras formas. Cierto que era criada, pero ellos establecían distancia y la respetaban en todos los sentidos. Eso era lo que pensábamos, pero realmente no llegamos a saberlo.

    Ahora, por fortuna, vive feliz, bueno, es un decir, porque no sé si tan ominosa experiencia puede olvidarse alguna vez. En algún momento la he visto sonriente, divertida y alegre, pero, de pronto, aunque continúe riendo, es como si una sombra de tristeza cruzara su semblante. Una risa contaminada por recuerdos abominables. No sabría expresar los sentimientos de una chiquilla ante semejante atropello, cómo puede afectar a su cabeza y cómo y cuándo, si es que llega a ocurrir, comienza a desdibujarse en su memoria y renace el gusto por la vida.

    Pero nosotros vamos  a lavar su honra, nosotros, personalmente, porque podíamos hacerlo por encargo, pero no sería lo mismo, se asemejaría a prácticas mafiosas y podría suponer que la policía relacionara su muerte con asuntos de drogas y darle carpetazo. No, la policía tendrá que romperse la cabeza y cuando se vean incapaces de encontrar un móvil dejarán enfriar el asunto, lo archivarán e intentarán que se olvide como cualquier caso no resuelto.

    Lo tengo todo atado. No habrá fallos, no, no los habrá, puedes estar seguro. En los cinco días que llevo esperándote he investigado sobre el terreno y analizado lo suficiente para que nada nos pueda sorprender. Además, no me he dejado ver y no nos dejaremos ver, de modo que no podrán relacionar el suceso con la presencia de extraños en el pueblo. Creo que he hecho  bien las cosas. Además, antes de venir, indagué las circunstancias de su vida y la de los suyos. Te puedo asegurar que el mal que hizo a nuestra familia y a otras muchas familias lo está pagando en vida, quizá por castigo divino. No lo sé. Pero por darte algunos datos, su mujer murió, dicen que de tristeza, por sus cuatro hijos, no pudo soportarlo. Un hijo drogadicto, robando y arrastrándose por una dosis, se quedó en los huesos, sin dientes, hasta que se lo llevaron a un centro de rehabilitación, cosa, según averigüé, inútil; otro, dicen que ejercía como médico, fue expulsado de varios pueblos y finalmente del colegio porque en la consulta abusaba de las mujeres; de otro, cuentan que anda por ahí de chulo, viviendo de una prostituta; y del último, que se fue un día y no volvió a aparecer. De modo que el amo está solo, sin nadie de la familia que le cuide, solo está mal atendido por una asistenta social que le lleva comida una o dos veces por semana, le saca media hora de paseo y le atiende en las necesidades básicas. Seguramente, eso no lo he podido verificar, esté en la ruina.

    Ahora sólo hay que esperar a que anochezca; después entraremos en la casa. Contamos con los medios necesarios y, como has podido comprobar, he analizado los detalles cuidadosamente, con olfato de sabueso, para que todo salga según lo previsto, para no fallar.

     

     

    ***

     

     

                    A las afueras del pueblo, camuflado entre matorrales, se entrevé un coche con las puertas abiertas. Sentados en su interior Juan y Manuel permanecen inmóviles,  pensativos, con la mirada perdida en el horizonte.              

                    En un momento dado, Juan gira la llave de contacto y arranca. Poco después el coche avanza con velocidad moderada por la carretera comarcal. Durante un tiempo viajan en silencio.

     

     

    Pareces preocupado. Quizá crees que por algún motivo, que por algún cabo suelto puedan reconocernos, que el amo pueda denunciar a dos individuos que han allanado su casa con fines que ignora. Pensarán que son alucinaciones de viejo, porque nadie más en el pueblo nos ha visto. Quizá temas que, de algún modo, puedan relacionar el suceso con el coche, pero pensé en todos los detalles. Le cambié las placas de la matrícula, el color… Nada que temer. Todo lo contrario, hombre, hay que festejarlo: el tiempo, la vida y la propia naturaleza han establecido los límites del cacique.

    No sé si convenceremos a madre, pero creo que hemos hecho lo correcto, aunque ella después de tantos años esperaba que nosotros hiciéramos justicia. Pero… qué mala impresión verle allí con las carnes colgando donde antes había lustre y grasa, postrado en la silla de ruedas, en silencio, solo, abandonado, no sabemos si pensando en  los males que hizo a lo largo de su vida o en los momentos que el canalla disfrutó. En cualquier caso, acostumbrado a tomar lo que se le antojaba sin pensar en el daño que causaba, endiosado como un buda feliz, ajeno a las miserias humanas, seguro que sufre viéndose acabar de este modo. Que continúe con la penitencia, aunque no sé si madre lo entenderá, si la defraudaremos, porque ella espera noticias en un sentido, en un solo sentido, y nosotros se las llevamos en otro bien distinto.

     

    (Del libro de relatos Algo que contar.  T.H.Merino. 2011)

     

    Comentarios

    1. Avatar de VIMON

      VIMON

      26 julio, 2012

      Excelente, T.H. Se nota el oficio. Saludos y mi voto.

    2. Avatar de T.H.Merino

      T.H.Merino

      26 julio, 2012

      Apreciado VIMON:
      Agradezco sobremanera sus comentarios a mi entradas. Añado que no somos inmunes a los elogios, máxime cuando provienen de una pluma experta y contrastada como la suya. Leeré sus artículos en esta red y dejaré mi modesta opinión sobre ellos.
      Gracias de nuevo, y reciba mi afecto.
      T.H.Merino

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