Secreto inconfesable

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    Recuerdo el día en que mi madre me confesó su gran secreto. Era la primera vez que confiaba en mí y me sentí feliz cuando me dijo que debía contarme algo importante, algo inconfesable, pero todo cambió al enterarme de lo que había hecho; desde aquel día nada volvió a ser igual, y su secreto que ahora también era mío me desgarraba por dentro, no podía sacar de mi cabeza que ahora era cómplice de mi madre, cómplice de un asesinato. Cómplice del asesinato de mi propio padre.
    Recuerdo cada palabra que salía de su boca, era difícil para ella dar a conocer lo que había hecho, pero ya no podía aguantar más. Mientras la escuchaba las lágrimas iban corriendo por mi cara, como si de un río tratando de llegar a morir al mar se tratasen. Jamás la culpé, lo había hecho para salvar su propia vida, en defensa propia. Mi madre jamás hubiera imaginado tener que matar a una persona, y menos a alguien con quien había compartido tantas cosas, alguien con quien había convivido, alguien con quien había tenido a su única hija.
    En esa época yo contaba con tan solo doce años y no sabía lo que era la vida, no sabía lo que mi madre había tenido que soportar tantos años, hasta que por fin había dado el paso de divorciarse de mi padre. En aquellos años, yo no lo entendía, lloraba y me enfadaba porque mis padres ya no vivían juntos, ya no eran felices. Incluso nos habíamos mudado de casa. Mi madre apenas salía a la calle, solamente del trabajo a casa y de casa al trabajo, se había alejado de todo el mundo, salvo de mis abuelos. Tenía miedo de salir a la calle y cualquier ruido la alteraba.
    Eran pasadas las doce de la noche de un tres de febrero de dos mil dos. Ese día mi madre se había quedado sola en casa ya que yo pasaba la noche en casa de mi mejor amiga. Como siempre, echó el pestillo de la puerta y cerró las persianas, sin embargo, estaba inquieta. En la cama apenas podía conciliar el sueño, tenía pesadillas con todas las palizas y vejaciones que había soportado durante sus años de matrimonio. Lloraba, gritaba y se agitaba entre las sábanas, intentando luchar contra sus miedos, intentando olvidar el terror. De pronto se escuchó un ruido, abrió los ojos sobresaltada pero no había nada fuera de lo normal. Volvió a cerrarlos, pero otro ruido hizo que se asustara y que se pusiera en pie. Bajo la almohada su pistola. La había comprado el día en que aquel hombre le puso la mano por última vez, el día en que la había amenazado de muerte. “Si te vas, te buscaré, te encontraré, y haré lo que ya debería haber hecho hace mucho tiempo, puta”. Las palabras volvían a su mente mientras acariciaba suavemente la pistola, cargada con una sola bala. Bajó poco a poco las escaleras, descalza, sus pasos hacían un suave ruido, apenas perceptible.
    Un bulto se movía en la oscuridad, era él, podía reconocer su silueta. La había encontrado e iba a acabar con ella.
    Encendió la luz con cuidado, el rostro de aquel hombre, tan conocido y a la vez tan desconocido se acercaba cada vez más impasible. Su mirada se clavaba sobre ella, fría, casi congelada. En la mano, un gran cuchillo amenazándola. Lo miró por última vez. En su cara, una gran sonrisa llena de cinismo. En ese momento se dio cuenta de que él no dudaría ni un segundo en acabar con su vida, iba a morir si no hacía algo pronto. Empuñó con fuerza la pistola y cerrando los ojos apretó el gatillo, justo en el momento en que él hacía afán de apuñalarla.
    Un golpe seco. Un cuerpo caído. En la alfombra un gran charco de sangre. Abrió los ojos mirando como su marido agonizaba en el suelo. La bala le había dado en el cuello.
    Sangre. Sangre. Sangre.
    Tiró la pistola al suelo y allí se quedó, inmóvil, al lado del cuerpo. Un par de minutos bastaron para darse cuenta de que había muerto.
    Por fin, tranquilidad. Silencio. Una parte de ella por fin respiraba, estaba a salvo.
    En ese momento se dio cuenta de lo que había hecho. Había quitado una vida. ¿Y ahora qué pasará? ¿Ahora qué? Cogió el teléfono y llamó al único amigo que le quedaba. Sabía que él podría ayudarla o al menos apoyarla en esos momentos tan difíciles. ¿Y qué le diría a su hija? ¿Cómo podía decirle que había matado a su padre? Era muy pequeña para entenderlo. No, no podía decírselo.
    Tres horas después el cuerpo había desaparecido. Ni siquiera ella sabía lo que su gran amigo había hecho con él. Solamente le dijo que jamás confesase. Que jamás se lo contase a nadie. Todo se arreglaría. Y así hizo, siguió con su vida y un año después la rehízo con el hombre que la había ayudado.
    De mi padre nada se supo. Lo que todos creen es que se fue a Estados Unidos y que nunca más regresó. Esa es y será la única verdad, para siempre.
    A pesar de que prometió no decir lo que había ocurrido a nadie, me lo confesó y desde aquel instante no hemos vuelto a hablar de ello, pero todos los días lo tengo presente. Mi madre mató a mi padre, pero ahora sé que hizo bien, ahora es feliz. Quizás esa fue la única forma de que ella recuperara su vida, de que siguiera adelante. De otro modo, estaría muerta.

    Comentarios

    1. Avatar de

      volivar

      4 julio, 2012

      Ah, Sarita, qué bien escribes.. ya lo sospechaba que eras profesional de las letras.
      Que estás muy familiarizada con las bellas expresiones escritas.
      Te felicito
      Mi voto
      volivar (Una pregunta: ¿por qué eso de “lacasita”?)

      • Avatar de Saritalacasita

        Saritalacasita

        4 julio, 2012

        Muchas gracias Volivar. La verdad es que no me considero una “profesional” sino una simple aficionada, pero leer estos comentarios tan positivos me anima a seguir escribiendo y más viniendo de ti pues creo que escribes muy pero que muy bien.
        Y en cuanto a lo de “lacasita” es porque me encantan los lacasitos ¿Sabes? las bolitas de chocolate, y desde hace muchos años tenía la broma de Sarita lacasita con unos amigos, y pues… se me ocurrió llamarme así aquí ;)
        Un gran abrazo

    2. Avatar de alca

      alca

      5 julio, 2012

      Conmovedor relato y muy bien escrito en mi opinión. Saludos y voto.

    3. Avatar de Envoy

      Envoy

      8 julio, 2012

      Sarita, a veces me preocupan las cosas que pueden pasar por esa cabecita. No obstante, espero que nunca deje de funcionar y sigas regalándonos relatos como éste. Mi voto y un saludo.

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